V
—¿De qué heredad procedéis?
—De las tierras del laird MacThane.
—Al laird MacLeod en persona. Mi mano ha de entregarlo en su palma.
—La establece la cera del sello.
Aonghas se mordió la mejilla. Las gentes de Ironhold aplicaban leyes más severas en sus fronteras. Sin insistir, despachó al emisario hacia los bancos de la cocina interior y enfiló el pasillo principal. Mhairi iniciaba las rutinas de la mañana portando las jofainas limpias.
—Avisad al laird . Explicadle que requiere su presencia un jinete del norte que porta un pliego con el sello de Ironhold.
La doncella se quedó parada en mitad del corredor con los lienzos contra el corpiño.
—¿Estáis seguro?
—Las dos espadas en la plata. Vistas con la misma claridad que vuestra cara.
Mhairi enfiló la escalinata de la torre oeste con paso apresurado. Golpeó el roble de los aposentos señoriales con tres impactos secos. Callum dio la orden de hablar.
—Mi señor, ha llegado un mensajero de Ironhold que desea verlo.
—Bajo enseguida.
Margaid lo miró y él se encogió de hombros, pues no sabía qué deseaba el laird de esas tierras. No hablaron mientras se disponían los sayos y las capas. Veintidós años les habían enseñado que las noticias de peso exigían un cuarto de hora de silencio.
Bajaron juntos a la sala privada.
Mhairi les arrimó una jarra de hidromiel caliente sin que se la pidieran y se retiró. Callum permaneció de pie junto a la repisa, con las manos cruzadas tras el espinazo. Margaid ocupó el borde del asiento más próximo a las llamas.
—Fiona debería estar.
Margaid alzó los ojos. La frase no le sorprendió. Le extrañó que la formulara en voz alta.
—Ha cumplido los veinte. Si el despacho dice lo que sospechamos, le toca oírlo.
Callum hizo sonar la campanilla. Mhairi acudió y partió con la instrucción de conducir a Fiona a la sala privada. Callum se quedó mirando el fuego. Margaid lo observó de reojo. La arruga del entrecejo no se le manifestaba desde el invierno en que Isla había padecido las fiebres altas.
—Fiona tiene carácter. Es la única de las tres a la que podemos contar esto sin temor a una rabieta.
—Eso no me devuelve la calma.
—No pretendía devolvérosla.
Callum no contestó.
El portón se abrió un instante después.
Fiona entró guarecida en el chal de lana que había vestido en la fragua, con el cabello recogido en una trenza apresurada y el rostro demacrado aún por el esfuerzo de la sanación de Eachan. La criada le había transmitido la orden sin explicaciones.
—Buenos días os den los cielos.
—Esta mañana franqueó el portalón un jinete del norte —anunció Callum, omitiendo las cortesías—. Despacho firmado en Ironhold con el lacre del clan MacThane. Quiero que estéis vos delante.
Fiona no se movió. La coloración que las mejillas habían recuperado tras las horas de la fragua se le esfumó.
—¿Lachlan MacThane? Si sostiene una guerra contra su propia estirpe…
—Eso es lo que vamos a averiguar. Sentaos.
Margaid desplazó el taburete contiguo con el pie. Fiona acomodó las faldas y entrelazó los dedos sobre el regazo en una imitación inconsciente de la postura materna.
Callum sostuvo la misiva a la altura del pecho. El lacre seguía intacto. Lo quebró con el pulgar. Desplegó la piel de becerro y la recorrió en silencio durante un buen rato.
Al alzar la vista, sus facciones carecían de expresión.
—Voy a leerla.
Margaid asintió sin pronunciar palabra.
Callum carraspeó.
—Del laird Lachlan MacThane, señor del castillo de Ironhold y de las tierras de los acantilados del norte, al laird Callum MacLeod, señor de Dun Ailean y de las marcas del lago, salud y reconocimiento de antiguo linaje aliado.
Hace dos décadas, vuestro progenitor y el mío rubricaron en Inverness un pacto de alianza entre nuestras casas que jamás fue activado por las armas.
Fue voluntad de ambos laird s que dicha unión se consumara mediante un matrimonio entre nuestros linajes en cuanto los vástagos alcanzaran la edad conveniente.
Fiona apretó los dedos del regazo. Callum prosiguió.
—Las circunstancias que afligen a mi clan no son ajenas a vuestro conocimiento.
Sostengo una guerra contra mi tío Murchadh por la soberanía de Ironhold.
Ese pleito de sangre persiste; no habré de ocultar la verdad ante vuestra mesa.
Una hija vuestra, asentada en mis estancias, vivirá rodeada de hombres armados y bajo la amenaza real de un asedio.
No prometeré estabilidades que mis espadas no puedan sostener.
Fiona alzó los ojos hacia el padre. Callum evitó el encuentro y siguió leyendo.
—Os ofrezco, a cambio del cumplimiento del antiguo pacto, una alianza militar plena.
Si mi linaje sucumbe ante el enemigo, vuestras fronteras quedarán desprotegidas ante las incursiones del norte.
Si vuestro clan ratifica este compromiso, mis guerreros formarán en cualquier frente que afecte a vuestra seguridad.
Lo que demando es el enlace con vuestra primogénita.
A Fiona se le escapó el aire de los pulmones. No se había dado cuenta de que lo retenía.
—Os pido respuesta por escrito en el plazo de dos lunas. Si os parece inaceptable, os pido la misma presteza en la negativa. Mi mensajero aguardará durante cinco jornadas. Recibid el respeto del clan MacThane. Lachlan MacThane, primero de su nombre.
Callum dobló el pergamino. Lo depositó sobre el escritorio. Se aproximó a la chimenea, apoyó la palma en la repisa y aguardó.
Margaid conservaba los dedos entrelazados sobre el regazo. Fiona fijaba la vista en un punto de la alfombra.
—El pliego es sensato —dijo Margaid al fin—. No oculta el rigor de sus batallas ni miente sobre la dote. Respeta la edad, el rango y la legitimidad. Tal cosa, en una demanda surgida del norte, no es lo habitual.
—No, no lo es.
—¿Qué sabéis de él?
—Lo que manejan los hombres del consejo.
Treinta inviernos. Asumió el clan hace tres años, tras la muerte del padre a manos de Murchadh.
Severo, justo en sus sentencias, poco propenso a las palabras ociosas.
Sin descendencia. Sin esposa anterior. No bebe en exceso.
Lo único que se le reconoce es haber sobrevivido al acero de los suyos.
Margaid bajó los ojos al cuenco. Tardó un instante en formular la siguiente pregunta y, cuando lo hizo, la voz le salió más baja.
—¿Es desagradable a la vista?
Callum la miró por encima de la repisa.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—La de una madre.
—Jamás lo he cruzado. Su padre era un caballero de gran envergadura. Hamish, en su juventud, lo trató y asegura que el hijo ha heredado la planta. Es todo lo que tengo.
—Suficiente.
Fiona seguía sin levantar la cara. Sus padres hablaban de su porvenir con la naturalidad de quien analiza los límites de un pastizal. En una sazón ordinaria habría aprovechado la distracción para escapar de la sala. Aquella mañana le faltaba aire para levantar el cuerpo del taburete.
Margaid extendió la mano hasta posarla sobre los dedos contraídos de la hija. Le notó el frío bajo la piel.
—Hoy no os pediremos nada. Subid a la alcoba, comed algo y dormid si podéis. Al mediodía hablaremos las dos.
Fiona asintió. No despegó los labios.
Se incorporó del taburete con lentitud. Inclinó la cabeza ante sus padres en una reverencia pequeña, un protocolo que la intimidad familiar no exigía y que no practicaba desde sus primeros años.
Margaid tomó el gesto. Callum lo devolvió con la solemnidad del gobernante que comprendía a quién iba dirigido aquel respeto.
Fiona abandonó la sala asegurando el portón. Apoyó la frente contra la madera oscura. Inspiró con fuerza, enderezó los hombros y ascendió hacia los aposentos sin cruzar mirada con las sirvientas que barrían los pasillos.
En la alcoba, trancó el acceso y se sentó en el borde de las mantas. Por el ventanal del este, la llovizna golpeaba los cristales.
Cerró los puños sobre el regazo. Furia contra los pactos de un abuelo muerto y un señor del norte ya difunto.
Enojo contra Ironhold por activar un compromiso tras dos décadas de olvido.
Resentimiento contra ese tal Lachlan que redactaba cláusulas honestas sin haberla mirado nunca a la cara.
Un dolor amargo por haber nacido la primera.
Le subió la quemazón inmediata por la cara.
Si rechazaba el compromiso, Ironhold no abriría negociaciones con las menores; el pliego era explícito.
La alianza militar se desvanecía. Su padre pasaría los inviernos calculando el tributo en sangre y grano que exigiría defender las tierras sin las espadas del norte.
Se levantó. Se acercó al escritorio de nogal que su padre le había regalado al cumplir los dieciséis. Sacó un pliego limpio, una pluma de ganso y el tintero de cuerno. Mojó la pluma.
«Lachlan MacThane», escribió.
Tachó.
«Señor de Ironhold».
Tachó con saña.
«Lachlan».
Tachó.
Empezó otro párrafo sin tratamientos:
«Os escribo en esta hora, sentada ante la ventana de mi alcoba, con la lluvia emborronando el patio y mis manos aún fatigadas por haber restañado ayer la llaga del hijo del herrero.
No conocéis mi estampa y yo no tengo noticias de la vuestra.
Y, sin embargo, vuestro despacho ha desterrado de mi aposento el sosiego de este invierno.
Ignoro qué clase de caballero redacta cláusulas de tanta honestidad para una mujer a la que jamás ha ofrecido su respeto.
Tampoco sé si quiero averiguarlo. Por ahora solo tengo una certeza: antes de que vuestro jinete cruzara el portalón, mi vida pertenecía a estos muros.
Tras la lectura de vuestro pliego, mis padres razonan sobre mi porvenir como si trataran con una pieza de su tablero de damas.
No soy un elemento de vuestros pactos. Y si mi voluntad acata vuestra demanda, no será por temor al acero ni por reverencia a las firmas de dos muertos.
Será por una razón propia. Y esa certeza aún no habita en mi corazón. Fiona MacLeod».