IV
—Mi señora, en la fragua os necesitan. El crío de los Murray ha tenido el accidente del hierro. La vieja sanadora no atina y vuestra madre está allí abajo.
Fiona se levantó sin terminar la trenza.
Rescató el chal de lana del respaldo del banquillo y se lo echó sobre los hombros mientras seguía los sayos de la criada por el pasillo de piedra gris.
No demoró la marcha con preguntas. Si la vieja sanadora consideraba necesario convocarla, la situación rozaba la tumba.
Cruzaron el patio de armas bajo un cielo plomizo. La nieve de la víspera se había transformado en un lodazal espeso y gris que se adhería a las suelas de las botas. El humo blanco que brotaba de las cocinas portaba el aroma denso del cordero que ya doraban los fogones de Aileas.
Al pie del muro de la herrería, un hombre de estatura imponente, con las hebras de la barba salpicadas de vello rojizo y las manos tiznadas por el carbón, estrechaba contra el pecho un fardo envuelto en una manta.
Era Tormod Murray, el herrero de Dun Ailean desde los tiempos en que el padre de Callum lucía las espuelas.
El infante que el herrero acunaba no sumaría más de siete estaciones.
Mostraba unas facciones cenicientas, los párpados sellados y esa respiración rota propia de las criaturas que se imponen el silencio para no quebrar el ánimo del padre.
Fiona se detuvo frente al umbral.
— Milady , una herradura al rojo se me resbaló del yunque. Le mordió el antebrazo. No fueron más de dos suspiros. Pero le ha llegado a la carne.
—Pasad dentro a vuestra esposa. Yo voy ahora.
—Ha bajado a las marmitas. No aguanta verlo.
Fiona le posó la palma derecha sobre el hombro al herrero durante un latido y se adentró sin esperar réplica.
El habitáculo, una pieza angosta contigua a la fragua principal, estaba impregnado de una atmósfera densa: olor a sudor, a hierro caliente, a carne quemada por debajo del paño.
El perfume amargo de las hierbas que la vieja quemaba en un cuenco no conseguía cubrir nada.
Dos hachones de resina daban una luz temblorosa al tablero central.
Sobre la madera yacía el hijo de los Murray, con el brazo derecho dispuesto en extensión y un paño de lino limpio ocultando la herida.
La sanadora, una mujer menuda, encorvada por las décadas, permanecía inclinada sobre la carne manejando una escudilla con aceite de oliva.
A la cabecera, Margaid sostenía la mano izquierda del niño.
Callada. Con los ojos verdes fijos en las facciones contraídas de la criatura.
Al percibir las bisagras, la vieja alzó las pupilas gastadas y, prescindiendo de cortesías, retiró el lienzo con un movimiento rápido de los dedos nudosos.
La quemadura tenía un aspecto terrible. La piel del antebrazo, desde la flexión del codo hasta la muñeca, aparecía levantada en ampollas blanquecinas atravesadas por estrías negruzcas allí donde el metal incandescente había consumado el castigo.
La sanadora había extendido ya una primera capa de ungüento de manteca y manzanilla.
El crío sufría un temblor espasmódico, a pesar de la inconsciencia.
Fiona lo reconoció al instante: el aviso del cuerpo que empieza a renunciar a las fuerzas.
—¿Cuánto lleva?
—Una hora larga. Lloró al principio. Después se quedó callado.
A Fiona se le hizo un nudo sordo en la garganta. Lo expulsó concentrándose en el brazo deshecho.
Se quitó el chal y se lo dio a la sanadora. Se subió las mangas hasta superar los codos. Ocupó el flanco opuesto de la mesa, frente a Margaid, y dispuso las dos palmas a la distancia de un dedo por encima de la llaga, evitando el contacto con las vesículas.
El calor que subía de la carne dañada, al confluir con la tibieza de las manos, generó entre ambas superficies un aire denso.
Aquella ciencia no figuraba en los manuscritos de Roselyn.
Fiona la había descubierto a los nueve años intentando aliviar un raspón en la rodilla de Isla.
Desde entonces, sus palmas conocían la diferencia entre el fuego que destruye y el calor que restaura.
Pronunció el nombre del crío en un susurro. Eachan. Tenía padre que aguardaba tras el muro y heredad que defender.
Bajó las palmas hasta rozar los bordes de las ampollas mayores. La vieja sanadora retuvo el aliento. Margaid no se movió.
El calor de los dedos de Fiona empezó a declinar.
Fue cambiando hasta transformarse en frío.
No el relente que desciende de los cielos.
Otro frío, interior, surgido de un rincón del pecho que ella nunca había sabido ubicar.
Aquella helada no apagaba la vida del crío.
Devoraba la inflamación. Retiraba la ponzoña del dolor.
La vieja contemplaba el proceso con las pupilas entornadas. No ignoraba que aquellos prodigios, si llegaban a oídos de los sacerdotes que predicaban en el valle bajo, podían transformarse en el peor de los castigos para el linaje.
Eachan detuvo el temblor.
La respiración recobró la cadencia normal. La frente, hasta entonces perlada de sudor, recuperó algo de color. Las pestañas le vibraron una sola vez.
Margaid alzó al fin la vista y clavó los ojos verdes en el rostro de la hija mayor.
No pronunció palabra. Madre e hija sostuvieron la mirada el espacio que dura un latido. Un parpadeo en el que Fiona creyó detectar la misma sombra que la había inquietado durante el desayuno de la víspera.
Bajó los ojos al antebrazo y se concentró.
Mantuvo las palmas fijas sobre la carne durante un intervalo que su noción del tiempo no acertó a medir.
A su lado, los dedos hábiles de la sanadora aplicaban nuevas capas del compuesto en cuanto el frío de Fiona cedía paso a la temperatura natural.
Margaid, sin abandonar la cabecera, susurraba al oído del crío oraciones cuyos vocablos escapaban a la comprensión de Fiona.
Frases breves, fragmentos de un canto tradicional del valle que recordaba haber oído en la infancia, sin que su madre hubiera revelado jamás la procedencia.
Al poco, retiró las manos.
El cansancio se le instaló tras las cejas con la pesadez de una losa, una fatiga sorda que precisaría medio día de reposo.
Pero los bordes negruzcos de la llaga habían perdido la rigidez y las ampollas mostraban una quietud benévola.
El hijo del herrero descansaba ahora con la serenidad de las criaturas ajenas al tormento.
—Ha pasado el peligro de muerte —dijo la sanadora—. Pero la marca queda.
—Ungüento de milhojas en las próximas jornadas —añadió Margaid—. Y que el brazo no reciba el azote del sol hasta la primavera. Si no, le queda lívido.
Fiona se apartó del tablero. Recogió el chal y se cubrió los hombros, que le temblaban.
Derramó el agua de la jarra de peltre sobre los dedos y se lavó el rastro de los aceites sin mirarse las palmas.
Las falanges le temblaban con ese ritmo persistente que seguía siempre a las sanaciones ocasionadas por el fuego.
Se secó con un lienzo basto y enfiló la salida sin despedirse. Margaid permaneció junto al lecho.
Empujó el portón.
En el patio, Tormod Murray seguía en la misma postura, con el espinazo apoyado contra los sillares grises del muro exterior.
Pero ya no estaba solo. Su esposa permanecía a su flanco estrujando un pañuelo de lino con unos dedos enrojecidos.
Al percibir la salida de Fiona, Uma enderezó el cuerpo y acortó la distancia con tres pasos vacilantes.
Se detuvo a escasa distancia de sus faldas sin saber qué destino dar a las manos callosas.
—Vuestro crío reposa en calma —explicó Fiona—. Conservará el brazo. Y la destreza para el taller. Pasad. Mi madre os necesita dentro.
Uma no acertó a contestar. Le faltaba el aliento. Extendió el brazo y le rodeó la muñeca con los dedos ásperos del trabajo. Apretó. Una presión firme durante un latido.
Después la soltó, cruzó el umbral y no volvió la cara.
Tormod la siguió con la mudez agradecida de los hombres del clan.
Fiona se quedó sola junto a los sillares de la herrería.
Inspiró el aire helado que apaciguaba el dolor de cabeza que empezaba a asediarla detrás de las cejas.
Se ajustó el chal contra el pecho y elevó los ojos hacia el firmamento.
Sobre los muros orientales, los primeros tañidos de la campana empezaron a desparramarse anunciando la hora del Ángelus. El mediodía se adueñaba de Dun Ailean.
Enfiló la escalinata de la torre septentrional.
A mitad del patio, las piernas le detuvieron el avance sin que mediara orden de su voluntad. Permaneció inmóvil en mitad del lodazal gris, estrechando el tejido de lana contra el jubón, y giró el rostro con pausa hacia el flanco izquierdo.
Hacia el sendero de cabras que descendía a la aldea baja y, más allá de los valles, enfilaba los páramos del norte.
El horizonte no desveló rastro alguno de peligro.
El acceso conservaba el aspecto ordinario de los días invernales.
Las antorchas estaban apagadas y el centinela de la torreta mascaba un trozo de cecina con desidia.
Sin embargo, Fiona sintió en la carne, durante el espacio de una respiración, la certeza de que una presencia avanzaba hacia los muros.
Un presentimiento que no lograba ubicar en ningún rincón del feudo.
Frunció el entrecejo. Forzó una sonrisa pequeña, incrédula ante sus propios temores, y reanudó la marcha hacia la torre.
Al alcanzar los primeros peldaños, Mhairi le salió al paso con una escudilla de hidromiel caliente y una pequeña hogaza untada con miel.
Cumplía con el ritual que lady Margaid había instaurado años atrás para restaurar el vigor tras las sanaciones.
Fiona recibió el cuenco entre las palmas y le ofreció una sonrisa de gratitud.
—¿Alguna novedad, Mhairi?
—Solo un mensajero de los Cameron tomando el rancho en las cocinas, milady . Nada más.
—Bien.
Fiona descartó las cuitas atribuyendo la palidez del semblante al esfuerzo de la fragua y se despidió de la criada para buscar el amparo de la alcoba.
Al alcanzar el tercer descanso de la escalera, los pies volvieron a frenarse.
Clavó los ojos en el vapor que ascendía del líquido dorado.
Aquella vibración, la certeza de una presencia que recortaba las distancias con Dun Ailean, no la visitaba desde los días de la infancia. Desde aquella vez en que presintió el deceso de la tía abuela Eilidh lunas antes de que la fiebre la reclamara.
Soportó el peso del recuerdo. Alcanzó la alcoba.
Se acomodó en el borde del jergón, reteniendo la greda caliente entre los dedos.
Permaneció inmóvil, con los ojos fijos en el techo de madera, mientras al otro lado de la puerta el rumor de las criadas componía la música cotidiana del señorío.
Los canes ladraban ante el vuelo de algún cuervo y Aileas gobernaba los fogones con sus habituales gritos en gaélico.
La existencia en Dun Ailean discurría con el ritmo acompasado de las muelas de un molino.
Sin embargo, Fiona se sintió por primera vez ajena al espacio que habitaba.
Dejó el cuenco sobre el tablero y se recostó vestida sobre las mantas buscando el alivio del sueño.
Los párpados cedieron.
Al caer la tarde, el letargo abandonó sus miembros y bajó al comedor familiar con el cabello recién peinado y mudado el sayal de la fragua por un vestido limpio de lana verde.
La sopa de cebada humeaba en la gran fuente dispuesta en el centro del tablero, flanqueada por las rebanadas de trigo.
Margaid, sentada en el extremo del banco, conversaba en voz baja con Roselyn sobre las virtudes de las raíces que maduraban en el invernadero trasero.
Callum cruzó el umbral un instante más tarde. Dispuso la espada contra la silla de roble y se sirvió una porción de hidromiel antes de preguntarle a su hija por la suerte del crío de los Murray.
—El peligro ha pasado. Conserva el brazo.
—Bien.
Callum le sirvió el cuenco de sopa antes de atender el propio plato. Era el rito mudo que el guerrero repetía cada vez que algo similar ocurría.
Isla irrumpió un latido después con el bajo del sayo cubierto de briznas de heno y las mejillas encendidas por el viento. Ocupó su lugar sin saludar, se adueñó de la rebanada de pan de su hermana con la avidez habitual y sentenció:
—El reparto está claro. A vos os toca salvar las almas de las aldeas. A mí, las bestias que sostienen los carros. Es justo.
Roselyn esbozó una inflexión apenas perceptible en la comisura. Margaid rio contenida, ocultando la boca tras el lienzo. Callum cerró los ojos buscando la templanza. Fiona soltó una carcajada franca, revolvió los mechones trigueños de la menor y volvió a la cebada.
En el exterior, la tormenta había iniciado su castigo y la lluvia golpeaba las losas con un repiqueteo familiar. Las antorchas del portón principal arrojaban reflejos rojizos sobre el lodo del patio.
Y en esa misma hora, un jinete embozado con los colores severos del norte sumaba ya dos lunas de permanencia en la taberna de la aldea baja, resguardando la montura del azote del temporal y aguardando el primer fulgor del alba para salvar las últimas leguas que lo separaban de las torres.
En el bolsillo interior del jubón de cuero custodiaba una misiva sellada con la cera roja del clan septentrional.
El lacre estampaba el emblema de las dos espadas cruzadas sobre el cardo del clan MacThane.
Esperando el amanecer para desatar sus consecuencias.