III #3
—Vuestro silencio es proporcional a la plata que mis dedos depositan en vuestra palma sucia. ¿Cuánto reclama vuestra codicia?
—Cinco monedas de plata, mi señor.
—Tres os entregaré y debéis daros por satisfecho.
—Cuatro es el precio que dictan las potencias.
—Tres, Eòghan. Ni una más. Y el animal permanecerá en vuestra choza antes y después. No abrigo el menor deseo de que Margaid lo descubra en mis alforjas.
—Sea conforme a vuestro dictamen, señor de los MacLeod.
Callum se incorporó del taburete. Se acercó a la mesa con el paso firme del guerrero que asume el cadalso. Fijó la vista en las pupilas saltonas de la bestia y se inclinó sobre la estructura de mimbre con una parsimonia que delataba la magnitud de la humillación.
Cerró los párpados. Aproximó los labios al lomo húmedo, frío y verdoso de la rana.
El animal, ante la proximidad inesperada del bigote, reaccionó de la única manera que dictaban las leyes de su especie: propinó un brinco violento contra los mimbres y, en mitad de la agitación, liberó sus aguas con precisión absoluta.
Callum se apartó.
Se enderezó cuan largo era, extrajo el lienzo de lino limpio que Margaid le había dispuesto esa misma mañana —sin que él se lo pidiera— y se limpió los labios con una parsimonia que delataba el juramento de venganza.
Lanzó las tres monedas de plata sobre el tablón con un golpe seco.
Sin concederle al charlatán una sola mirada, enfiló la salida.
—Si los ciclos de las lunas se agotan y mis tres hijas continúan sin compromiso, regresaré con mis hombres de armas, Eòghan. Y no será para una segunda consulta. Traeré el hierro de Dun Ailean para limpiar la ladera.
—Mi juicio sospechaba esa advertencia desde el primer momento, mi señor. Quedad bajo la protección de las colinas.
Callum abandonó el habitáculo con el sayal ondeando bajo la brisa helada.
Hamish, sentado sobre un tronco caído junto al haya mientras daba cuenta de un mendrugo, alzó la vista al ver salir abruptamente a su señor.
Sus facciones, adiestradas en descifrar las mudanzas del ánimo de Callum, mantuvieron una rigidez profesional.
Sin embargo, la complicidad de los años y el absurdo de la estampa terminaron por quebrar la contención:
—¿Habéis obtenido el remedio místico que precisaba vuestro espíritu, señor, o el viejo ha demandado más plata de la debida?
—Hamish. Si vuestra boca osa mentar el suceso de esta noche en lo que nos resta de existencia bajo el cielo de las Highlands, juro por las cenizas de mi padre que os enviaré al camposanto con los ojos abiertos ante mi acero.
—No ha salido palabra alguna de mis labios.
—No lo ha hecho aún. Pero vuestras mañas me son conocidas. Y vuestro semblante delata el deseo incontenible de pronunciar una impertinencia sobre el pañuelo que sostengo.
—Mi rostro conserva la misma expresión de piedra desde mi juventud. Es un infortunio heredado de los hombres de mi linaje que nada tiene que ver con las ranas de balsa.
Callum montó en su jaca de un solo movimiento. Aplicó las espuelas con una presteza que delataba la urgencia por alejarse. Hamish recogió el odre, aseguró las alforjas y espoleó la montura tras él.
Descendieron la vertiente mientras los últimos reflejos del ocaso teñían de oro viejo los troncos desnudos.
Callum, rígido en la silla, no despegó los labios en todo el trayecto.
Hamish, con buen criterio militar, imitó la mudez.
Solo el rítmico golpear de los cascos contra la tierra húmeda y el graznido distante de las aves rompían el silencio del bosque.
A media legua de la fortaleza, allí donde el sendero confluía con la calzada principal, Callum refrenó la jaca. El bayo de su acompañante se detuvo a su zaga.
—Hamish.
—Decid.
—¿Albergáis la certeza de que ese viejo haya acertado en alguna ocasión, o todo es un mito forjado por los borrachos de la aldea baja?
—Los relatos de los pastores aseguran que su boca pronunció la verdad en tres sazones señaladas a lo largo de treinta inviernos, salvando cosechas y advirtiendo de las fiebres del ganado. No todo es palabrería.
—¿Qué probabilidad asiste a su ciencia esta noche para consumar un cuarto acierto con la herencia de mis tres hijas?
—Bajo mi modesto criterio, mi señor, las mismas probabilidades exactas que asistían a la rana de la jaula para vaciar sus aguas sobre vuestro bigote en mitad del beso.
—La bestia consumó el agravio con una precisión pasmosa.
—Tengo plena constancia del suceso por la prisa de vuestra salida. Por esa única razón he construido la comparación.
Callum hizo una leve inclinación de cabeza, reconociendo la amarga victoria del ingenio del subordinado. Aplicó de nuevo el hierro a los flancos de la jaca y reanudó la marcha sin añadir palabra.
Las torres de Dun Ailean se recortaban ya contra el firmamento violeta.
Cuando cruzaron el puente levadizo, la noche cerrada se había adueñado del feudo.
Y exactamente horas después de que las herraduras de las jacas de Callum golpearan las maderas del acceso principal, un acontecimiento ajeno al conocimiento del laird alteraría la paz de las marcas del norte.