El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) III #2
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III #2

El taburete crujió bajo Callum, pero resistió. Ajustó la empuñadura de la espada al costado para que el hierro no tocara la pata calzada con la piedra.

—Vayamos al grano. No he dejado mi fortaleza al caer la tarde por el puro placer de contemplar vuestras caracolas. Me aqueja un problema familiar.

—¡Gran honor me conferís ante los cielos! ¿Qué mal turba la paz de vuestro linaje?

—Mis hijas.

Eòghan, que se disponía a ocupar el asiento opuesto, quedó suspendido en el aire con las nalgas a un palmo del mimbre. Las pupilas azules se le entornaron con la astucia profesional cultivada en tres décadas de engaños.

—¿Las tres doncellas, señor?

—Las tres. No me dejé ninguna en el castillo para muestra. Han cumplido veinte inviernos y no he logrado disponer sus nupcias con ningún caballero del norte.

El charlatán tomó asiento con una lentitud calculada.

—Nos encontramos ante un dilema de la más extrema gravedad. Las doncellas sin esposo son una carga para la honra del feudo.

—No precisaba subir esta dichosa cuesta con el frío de la tarde para conocer la gravedad del asunto. Lo que mi honra precisa saber es si vuestros salmos van a revelarme algo de utilidad o si pago las tres monedas de rigor y doy por concluido el viaje.

Eòghan se enderezó con la dignidad herida del artesano. Apoyó las dos palmas sucias sobre las rodillas y respiró hondo. Era el preámbulo al despliegue de la mejor parafernalia teatral para justificar el precio.

—Las tres jóvenes portan un destino sellado en las estrellas del firmamento. Un camino que ningún hombre puede torcer con el hierro.

—Todas las almas que pisan el brezo portan un destino sellado por el Altísimo. Concretad.

—Las tres habrán de contraer nupcias en un tiempo cercano. Las tres conocerán varón de linaje. Mis ojos lo perciben en el humo que sube del hogar.

—¿Y alcanzan vuestros ojos legañosos a descifrar la heredad o el estandarte de esos hombres?

—Varones surgidos de las tierras del norte. Caballeros que cruzarán los ríos para reclamar su derecho.

—Todas las tierras altas se sitúan al norte de algún feudo. Buscad mejores precisiones.

—Hombres dotados de manos corpulentas y brazos de hierro, curtidos en las marcas. Caballeros marcados por la desgracia, cuyos nombres resonarán en Dun Ailean.

—Eòghan. ¿Vais a ofrecerme una respuesta concreta o continuaremos jugando a las adivinanzas?

El embaucador exhaló un suspiro cargado de teatralidad. Se levantó del mimbre con un quejido de huesos, se acercó al anaquel y empezó a remover varios enseres sin orden ni concierto: manojos de lavanda seca, una cuchara de peltre torcida y un puñado de huesos que Callum prefirió no identificar.

Finalmente, se volvió hacia el señor con la expresión triunfante de quien ha localizado el remedio definitivo.

—El éxito del deseo exige un sacrificio de vuestra parte, mi señor. Las estrellas no entregan sus secretos de balde a los MacLeod.

—¿Un sacrificio? Jamás vuestra boca había osado demandar tal cosa.

—Un tributo de humildad. Para que las tres doncellas hallen los esposos que su rango y su extraña naturaleza merecen, la tierra exige una ofrenda.

—¿De qué ofensa estamos tratando?

Eòghan se dirigió a la entrada con paso teatral. Abrió la hoja con un chirrido que alteró la paz de la rana cautiva. El anfibio dio un brinco contra los mimbres y soltó un croar bronco que resonó en todo el claro.

El viejo alzó la jaula con las dos manos y la depositó sobre el tablón interior, justo frente a los ojos grises de Callum, con la solemnidad de quien expone el cáliz sagrado.

—Esta criatura de los pantanos, mi señor. Ella guarda la llave del porvenir de vuestra sangre.

Callum clavó la vista en la rana y esta le sostuvo la mirada con los ojos saltones y fijos.

Un silencio de plomo se adueñó del habitáculo. Callum alcanzó a percibir la tos disimulada de Hamish en el patio trasero. El bayo, amarrado al haya, resopló espantado por los mosquitos de la balsa. Una urraca cruzó el cielo emitiendo su graznido de mal agüero sobre el tejado.

La rana, sin pestañear, croó por segunda vez.

—¿Esa bestia inmunda del fango?

—Ella misma. No hay otra en esta ladera que posea el favor de las potencias ocultas.

—¿Qué disposición exige vuestra supuesta ciencia que dé a ese animal?

—Habré de pediros que juntéis vuestros labios con su lomo, señor. Un beso de laird para sellar el pacto con la tierra.

Callum cerró los párpados con fuerza, conteniendo un juramento.

Segundos después, abrió los ojos.

—Llevo veintidós inviernos gobernando este clan con la justicia de mi espada. ¿Y vuestra audacia se atreve a demandar que el señor de Dun Ailean junte sus labios con la piel babosa de una rana de balsa para casar a sus hijas?

—No es mi humilde voluntad la que dicta la sentencia. Son las potencias del más allá las que reclaman el tributo de vuestra boca noble.

—Vos ignoráis las potencias del más allá, viejo tramposo.

Callum se mordió el interior de la mejilla con saña. Era el único recurso disponible para evitar que una carcajada de absoluta incredulidad arruinara la severidad del momento.

—Si someto mi honra a semejante ordalía, ¿qué beneficio reportará a mi casa?

—Vuestras tres hijas localizarán los caballeros idóneos antes de que las próximas siete lunas completen su ciclo. Hombres que sabrán guardar el secreto de su piel.

—¿Tres maridos de linaje en el espacio de siete lunas?

—La luna debe interpretarse en su sentido más sagrado y metafórico, señor.

—No aguardaba otra cosa.

Callum volvió a contemplar al anfibio.

Respiró hondo. Pensó en sus tres hijas, en la advertencia de Margaid de la víspera: «Callum, las muchachas mudan con las estaciones y las alianzas de los clanes no se forjan solas en las Highlands», y en que dentro de aquella choza infecta solo estaban Eòghan, el anfibio y su propia persona embozada.

—Escuchadme bien, viejo bellaco. Si esto llega a oídos de mi esposa por cualquier descuido, vuestra choza arderá hasta los cimientos. Vos conoceréis el fuego en su interior sin derecho a réplica.

—Llevo treinta inviernos custodiando los secretos de los linajes más antiguos. Mi discreción ante el oro está libre de toda sospecha.