III
El señor de Dun Ailean abandonó el bastión cuando las primeras sombras del crepúsculo comenzaban a devorar el patio de armas.
Vestía un sayal oscuro sin broches de plata ni franjas que delataran el linaje de los MacLeod.
A su lado avanzaba Hamish, compañero de correrías desde la infancia, guiando las dos monturas menos llamativas de los establos: jacas de pelaje apagado que jamás atraerían la atención de un vigía apostado en la linde del bosque.
En las alforjas, Mhairi había guardado un odre de hidromiel, dos hogazas endurecidas y un trozo de cordero curado.
Callum, hombre de costumbres férreas, llevaba veintidós inviernos ascendiendo a aquella cumbre dos o tres veces por año sin que un solo miembro de la familia conociera la existencia de aquellas visitas.
El secreto pertenecía únicamente al silencio leal de Hamish, a la mirada cómplice de Margaid y al viejo Eòghan, el embaucador que habitaba en las alturas.
Y, a sus cuarenta y ocho años, Callum comenzaba a sentirse ridículo cada vez que sus botas seguían aquel sendero de cabras.
—Han pasado dos años desde la última visita —comentó Hamish mientras igualaba el paso de su montura a la del laird —. ¿Se me permite preguntar qué urgencia os empuja de nuevo hacia la choza del viejo, o debo conformarme con contemplar las crines de mi yegua hasta el amanecer?
—Podéis preguntar. Aunque sospecho que la respuesta os dejará peor sabor que el hidromiel avinagrado.
—Llevo media vida tragando vuestros caldos amargos. Mi estómago está preparado.
Callum guardó silencio mientras atravesaban un tramo escarpado donde la hojarasca húmeda ocultaba piedras sueltas.
Después habló sin apartar la vista del sendero.
—¿Habéis deseado alguna vez desposaros?
La jaca de Hamish aminoró el paso un instante.
—¿Es esa la cuestión que os desvela en las noches de insomnio o pretendéis arrancarme una confesión para amenizar la subida?
—Todavía no sé cuál de las dos cosas me inquieta más. Aunque la rigidez de vuestra nuca me hace pensar que quizá exista una historia detrás.
Hamish soltó un resoplido bajo.
—Hubo una vez en que lo consideré. Yo contaba veintitrés inviernos y ella diecinueve.
Una muchacha de los Cameron. Le ofrecí dos cabras que daban la mejor leche de mi valle y una promesa de fidelidad escrita en pergamino.
Me devolvió las cabras, se quedó con la promesa y acabó casándose con un MacRae tres lunas después.
—¿Qué clase de palabras empleasteis para que prefiriera a un MacRae?
—No considero que la pendiente de esta montaña sea el lugar apropiado para desnudar el alma delante de mi señor.
Callum sonrió por primera vez en todo el día.
Había pasado las últimas horas atrapado en una pesadez que ni él mismo sabía justificar. La compañía de Hamish siempre lograba aliviarle parte del peso.
El bosque bajo comenzaba a quedar atrás. Los últimos reflejos rojizos del crepúsculo se filtraban entre los troncos desnudos. Callum alzó el rostro y respiró el olor de la resina y del musgo húmedo.
Aquel aroma lo arrastró inevitablemente a otra subida. Veintidós inviernos atrás. La primera vez que recorrió aquel mismo sendero, perseguido por un miedo muy distinto.
—¿Recordáis nuestra primera visita? —preguntó.
—Con más claridad de la que me gustaría.
Yo había superado los veinte y vos llevabais seis meses ocupando el asiento de vuestro padre.
Dormíais tan poco que los ojos parecían hundírseos dentro del cráneo.
Subisteis dispuesto a preguntarle al viejo si teníais la firmeza necesaria para gobernar el clan.
—Apenas conservo recuerdos de aquella jornada.
—Yo sí. Eòghan os aseguró que para alcanzar la sabiduría de un laird primero debíais tragar un puñado de barro extraído de la tumba de vuestro padre.
Vos os negasteis. Él exigió tres monedas de plata como compensación por el insulto y descendimos la montaña con vuestra ira y mi diversión haciéndose compañía.
Callum negó con la cabeza.
—Si ese es el alcance de su ciencia, ¿por qué continúo subiendo hasta su choza?
—Porque vuestro padre hacía exactamente lo mismo cuando las cosechas venían torcidas.
Y antes que él lo hacía vuestro abuelo antes de cada guerra.
Sobre todo, porque en el fondo, sospecháis que ese viejo farsante, aun siendo el mayor bellaco de las Highlands centrales, acierta algunas veces sin proponérselo.
Y esa puntería ocasional resulta más inquietante que la sabiduría de un santo.
Callum asintió despacio.
Eòghan no era druida ni hechicero.
Solo un viejo astuto que descubrió hacía décadas que los hombres preferían pagar por mentiras adornadas con símbolos y salmos antes que aceptar que nadie gobierna el futuro.
Y, aun así, en treinta años, había acertado tres veces de forma imposible de discutir.
Esta primavera, el problema tenía tres nombres distintos y un mismo orgullo heredado. Sus hijas habían alcanzado los veinte inviernos y seguían bajo el techo de Dun Ailean, sin marido y sin acuerdos de matrimonio.
No por falta de pretendientes. Todo lo contrario.
Durante cuatro años, Margaid había rechazado propuestas sin descanso. Uno era demasiado anciano. Otro carecía de tierras suficientes. Otro bebía más de la cuenta. Otro trataba mal a los caballos. Callum jamás había contradicho el juicio de su esposa.
Porque sus hijas no eran mujeres corrientes.
Fiona despertaba las llamas cuando se distraía. Isla agitaba el viento de las estancias con el humor. Roselyn calmaba el agua del lago con rozarla.
Un laird no podía entregar semejante herencia a cualquier hombre.
Necesitaban esposos capaces de reaccionar con respeto y silencio si algún día descubrían aquello que las muchachas ocultaban bajo la piel.
No con miedo.
Y hombres así parecían escasear en las Highlands. Por eso Callum ascendía aquella montaña en mitad de la noche.
—Hamish. Mantendréis silencio ante lady Margaid sobre el verdadero motivo de este viaje. Si pregunta, inventad una montería o un pleito de lindes.
—Llevo veintidós inviernos ocultándole a vuestra esposa aquello que no deseáis que perturbe su tranquilidad.
—Porque os conozco, sé que vuestra firmeza desaparece en cuanto ella os clava esos ojos verdes.
Hamish soltó una risa baja.
—Eso es cierto. Pero he perfeccionado cierta técnica de supervivencia. En cuanto vuestra esposa aparece, bajo la vista hacia las losas y aparento estar entregado a la oración. Lady Margaid jamás interrumpe a un hombre que parece conversar con el Altísimo.
Callum dejó escapar una carcajada franca. No era el único que había aprendido a sobrevivir a los interrogatorios de su esposa.
Superaron el último recodo y el claro apareció ante ellos.
La choza de Eòghan parecía desafiar todas las leyes de la construcción.
Se sostenía sobre cuatro troncos torcidos que amenazaban con derrumbarse al primer viento fuerte.
Del alero colgaban tres caracolas marinas.
Un cráneo de cabra ennegrecido descansaba sobre la mesa exterior y un pequeño altar de piedras pintadas ocupaba el rincón junto a la entrada.
A pocos pasos de la puerta, sobre un taburete de paja, descansaba una jaula de mimbre.
Dentro, una rana descomunal contemplaba el ocaso con la resignación indiferente de las criaturas que llevan demasiado tiempo encerradas.
—Aguardad fuera con las monturas —ordenó Callum mientras desmontaba—. Y procurad que no hagan ruido.
—¿Las mantengo embozadas?
—Aseguradlas en el haya grande de la bajada. Y escuchadme. Si oís un lamento desde dentro, no os mováis. Si el grito se repite por segunda vez con más fuerza, cruzad el umbral con el hierro desenvainado y no hagáis preguntas hasta que el viejo esté en el suelo.
Hamish descendió de la jaca mordiéndose el belfo para contener la risa. Callum se reajustó el embozo para asegurarse de que el broche de plata permaneciera oculto y golpeó la madera con los nudillos.
El impacto provocó dentro un estrépito de cacharros de peltre caídos, seguido de una letanía de imprecaciones en gaélico rústico.
El portón se abrió con un chirrido.
Eòghan se asomó con la cabellera canosa alborotada en todas direcciones, las pupilas azules empañadas de modorra y una túnica de lana marrón que se parecía sospechosamente a una manta de caballería vieja y remendada.
Sostenía un mendrugo en la mano izquierda.
Una pluma de gallina se le había pegado a la barba.
Al ver al visitante, los ojos se le abrieron.
—¡Por el bienaventurado san Andrés y todos los mártires del brezo! ¡Si es el mismísimo señor de Dun Ailean quien honra mi techo!
—Buenas noches, Eòghan.
—¡Mi señor! Pasad, pasad, no permanezcáis en el umbral como un mendigo, por el amor que profesáis a la Madre.
—Ahorradme el nombre de la Madre.
—¿Qué ofensa halláis en mis piadosas palabras, señor?
—No estoy aquí para pagaros por los dioses, sino para tratar asuntos de peso.
El embaucador se rascó la barba con los mismos dedos sucios que sostenían el pan. La pluma cayó al fango. Se apartó del acceso con una reverencia tan exagerada que perdió el equilibrio y tuvo que apoyar la espalda en el marco.
Callum entró conteniendo la respiración.
El habitáculo ignoraba las leyes más elementales de la higiene. Apestaba a humo de turba mala, a pelaje de cabra húmedo y a un ramillete de hierbas secas que ningún botánico habría logrado clasificar sin recurrir al sarcasmo.
—Sentaos en la silla destinada en exclusiva a las dignidades del feudo —ofreció el viejo, señalando un taburete cojo cuyo cuarto pie había sido sustituido por una losa de río.
—Esa madera amenaza ruina.
—Vuestras palabras hieren mi orgullo de ermitaño.
—Vos no remendáis vuestras túnicas, Eòghan. Yo encomiendo una pieza nueva de lana a las tejedoras cada vez que mi jaca enfila esta vertiente para que no parezcáis un espantapájaros.
—Lo cual confirma lo que siempre he sostenido: que Dun Ailean está gobernado por un laird tan generoso con los desvalidos como sabio en sus decisiones. Sentaos.