El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) II #2
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II #2

—Las bestias preñadas mudan el temperamento cuando se acerca el parto —resolvió el laird —. Forma parte de su naturaleza. La yegua de vuestra abuela pasó dos lunas enteras rechazando el grano antes de parir y nadie creyó necesario preparar un funeral por ello. Mandad llamar al capataz.

—El capataz está ajeno al mundo desde anoche. He intentado despertarlo y sus ronquidos son tan descomunales que ni los perros se acercan a su camastro.

Fiona ocultó la sonrisa detrás de la taza.

Callum exhaló un suspiro cansado.

—Entonces enviad a Hamish. Él sabrá qué hacer. Y vos, sentaos a desayunar y dejad que los animales resuelvan sus propios asuntos.

—¿Tendré vuestro permiso para regresar a las cuadras cuando termine?

—La pregunta resulta innecesaria. Sabéis que lo tenéis. Aunque antes me explicaréis una cosa. ¿Qué mensaje pretendía transmitiros vuestra potra mirando hacia el norte?

Isla detuvo la cuchara a medio camino. Su padre no estaba bromeando.

Bajó el utensilio, buscó el apoyo de sus hermanas con una mirada rápida y terminó observando a Margaid. La madre respondió con una leve inclinación de cabeza.

El permiso silencioso.

—La potra percibe algo acercándose desde las colinas del norte. No sé si se trata de hombres, de lobos o de una tormenta tardía. Solo sé que avanza hacia Dun Ailean y que el animal lo siente antes que nuestros vigías.

El silencio que cayó sobre la mesa duró exactamente lo que tardó una astilla de pino en crepitar dentro del hogar de la sala contigua.

Margaid bebió el último sorbo de tisana. Callum se reclinó contra el respaldo labrado de la silla. Fiona volvió la vista hacia su hermana mediana. Y Roselyn, por primera vez en toda la mañana, cerró el manuscrito.

—Regresaréis a los establos en cuanto terminéis el desayuno —ordenó Callum—. Pondréis la mano sobre el costado de la yegua y, si vuestra presencia consigue tranquilizarla, os quedaréis allí. Pero si el nerviosismo continúa, me enviaréis aviso de inmediato. ¿Ha quedado claro?

—Sí, padre.

—Y otra cosa. Si el alba vuelve a encontraros en las cuadras en vez de en vuestro jergón, tendréis la bondad de informar antes a vuestro padre que de preocupar a vuestra madre.

—Entendido.

Isla volvió a concentrarse en las gachas. Roselyn mantenía ambas manos sobre las cubiertas del libro. Fiona observó de reojo el semblante de Margaid.

Y entonces lo vio.

Su madre contemplaba el ventanal orientado al este con la misma fijeza de siempre, igual que llevaba haciendo desde que las hijas tenían memoria. Sin embargo, aquella mañana, por primera vez en veinte inviernos, Fiona distinguió un matiz distinto en sus pupilas verdes.

Temor. Un destello.

Cualquier otra persona lo habría confundido con el reflejo de la luz sobre el cristal, pero Fiona conocía demasiado bien a su madre.

Aquel brillo le cerró el estómago. Apartó la escudilla con discreción y fingió beber de la taza. Margaid volvió entonces la cabeza hacia su hija mayor.

Las dos miradas se encontraron sobre el bronce del candelabro. La de Fiona, llena de preguntas. La de su madre, revestida de aquella calma serena que durante dos décadas había servido para apaciguar fiebres, miedos y tormentas.

Margaid sostuvo el examen un instante antes de ofrecerle una pequeña sonrisa. Fiona no creyó en ella. Aun así, respondió del mismo modo. Callum, ajeno a aquel pacto silencioso, se incorporó en el asiento y empujó el plato vacío hacia el centro de la mesa.

—Margaid, hoy subiré a la montaña.

La taza se detuvo cerca de los labios de su esposa.

Una pausa. Tan breve que ni Roselyn ni Isla repararon en ella. Fiona sí. Margaid volvió a dejar el cuenco sobre la mesa sin llegar a beber.

—¿A qué cumbre?

—A la única que reclama mi presencia cuando decido ascender.

—¿Os acompañará la guardia?

—Solo Hamish.

—¿Regresaréis antes del alba?

—Antes de que los vigías cambien la guardia.

—¿Necesitáis algo de mí?

—Que vuestra vigilia continúe aguardándome despierta.

Una calidez tenue suavizó el rostro de Margaid.

—Llevo veintidós inviernos practicando esa costumbre. No veo motivo para modificarla ahora.

Callum sonrió. Fue una sonrisa breve, íntima. De esas que pertenecían únicamente a Margaid.

Se levantó del banco y rodeó la mesa. Al pasar junto a Fiona le revolvió el cabello encendido con afecto.

Golpeó las cubiertas del tratado de Roselyn con el nudillo y provocó que la mediana cubriera el libro con ambas manos en un gesto protector.

A Isla le pellizcó el lóbulo de la oreja antes de detenerse junto a su esposa.

Después se inclinó y besó a Margaid en la sien.

—Mantened el orden de estas tres mientras estoy fuera.

—Llevo veinte años gobernando sus voluntades. Creo que sabré sobrevivir unas horas más.

Callum abandonó el comedor con el paso pesado y firme de quien pertenece más a la tierra que a las paredes de un castillo.

Roselyn fue la primera en levantarse. Recogió el manuscrito contra el pecho, dejó un beso silencioso sobre la coronilla de su madre y abandonó la estancia rumbo a sus aposentos.

Isla se puso en pie poco después. Se inclinó sobre Margaid para estamparle un beso ruidoso en la mejilla y, justo antes de salir, se volvió hacia ella.

—Madre.

—¿Sí, hija?

—Lo que viene por el norte no es una manada. Tampoco un grupo de hombres. Es el destino de Fiona.

Margaid no respondió. Roselyn continuó caminando como si aquella afirmación no necesitara explicación alguna. Fiona permaneció inmóvil en el banco, observando el silencio que acababa de instalarse sobre el rostro de su madre.