II
Dun Ailean, dos días después…
El comedor familiar de Dun Ailean jamás había sido una estancia silenciosa.
La mesa larga de roble oscuro, marcada por las cicatrices que generaciones de laird s habían ido dejando sobre la madera, soportaba cada mañana el bullicio inevitable de cinco personas intentando romper el ayuno al mismo tiempo.
Margaid aprendió hacía muchos años que la única forma de mantener cierto orden bajo aquel techo ahumado consistía en servir las escudillas antes de que el último habitante del castillo cruzara el umbral.
Aquella mañana, sin embargo, la quietud pesaba sobre la estancia.
Margaid permanecía sentada en uno de los extremos del banco, rodeando la taza de tisana con ambas manos mientras observaba los tres asientos vacíos frente a ella.
Su marido ocupaba el otro extremo de la mesa, presidiéndola con la rigidez silenciosa de un centinela.
En el centro, la gran fuente comunal comenzaba a perder el vapor.
Callum dejó caer la cuchara de madera sobre el tablero con un golpe seco.
—Decidme una cosa.
Margaid no apartó la mirada del líquido oscuro de la taza.
—Si entra dentro de mis conocimientos, será un placer responderos.
—¿Me he convertido en el último siervo de esta fortaleza?
Ella sonrió y, sin volverse hacia él, deslizó la jarra de leche caliente por el roble.
—En este castillo os sentáis el primero y os levantáis el último, Callum. Eso confirma vuestra autoridad. No os concede el privilegio de desayunar acompañado si vuestras hijas han decidido atender otros asuntos.
—Significa que cuando el señor de Dun Ailean convoca a su sangre a la mesa, su sangre acude.
—Significa exactamente lo que vuestro orgullo necesite esta mañana. Aunque, siendo justa, en más de veinte años no he conocido mujeres más obstinadas que las tres hijas que os empeñasteis en traer al mundo.
Callum apretó los labios y alzó los ojos hacia el techo ennegrecido.
—¿Y bien? ¿Dónde se esconden?
—La mayor bajó a las cocinas antes del alba. Sus pasos descalzos la delataron en el corredor. La mediana lleva despierta desde antes del amanecer encerrada con un manuscrito y he mandado a Mhairi a buscarla. Y la pequeña continúa en los establos porque la potra preñada presenta síntomas extraños.
Callum frunció el ceño.
—¿Extraños?
—Esa misma pregunta hice yo. Mhairi solo repitió lo que Isla le dijo.
Callum cerró los ojos un instante. No rezaba. Contaba hasta diez para evitar que la primera palabra que abandonara su boca terminara provocando una discusión antes del amanecer.
—Ese animal pertenece a mis cuadras, no a los caprichos de Isla. Y para atender partos ya tenemos al viejo capataz.
—El viejo capataz, a estas horas, probablemente siga purgando los excesos de anoche. Aileas asegura que los cantos en gaélico se escuchaban en el patio hasta bien entrada la madrugada.
—¡Por las llagas del Santo! ¿Y nadie consideró oportuno avisarme?
—Todos lo consideraron. Lo que ninguno poseía era el valor suficiente para interrumpir vuestro descanso a causa de la borrachera de un anciano.
Callum apoyó ambas manos sobre la mesa y respiró hondo.
Margaid le acercó entonces el cuenco de hidromiel suave que reservaba para las mañanas en las que el carácter de su marido amenazaba con quebrar la paz doméstica antes de las oraciones.
—Margaid… tenemos tres hijas. La mayor aviva los pabilos con la mirada.
La mediana se alimenta de tratados sobre hierbas y remedios que harían persignarse a cualquier sacerdote.
Y la pequeña cree comprender mejor a las bestias que a las personas.
Entretanto, el laird del clan rompe el ayuno solo. Decidme la verdad: ¿erramos en algo?
Margaid levantó por fin la vista hacia él.
—No hubo error alguno, Callum. Las trajimos al mundo conforme a lo que la sangre exigía. Otra cuestión distinta es que ahora nos falte valor para aceptar el resultado.
Callum sostuvo la mirada de su esposa por encima del candelabro de hierro.
La verdad permanecía allí, suspendida entre las escudillas humeantes y el silencio.
El crujido de las bisagras interrumpió el momento. Fiona cruzó el umbral con la melena roja recogida, el bajo de la saya manchado de harina y los párpados todavía pesados de sueño. Cerró la puerta tras de sí, comprobó de un vistazo la ausencia de sus hermanas y avanzó hacia la mesa con cautela.
—Buenos días os concedan los cielos.
—Dadme una razón —reclamó Callum sin levantar la vista del plato— para explicar por qué mis hijas han decidido abandonar la mesa esta mañana.
—No ha existido conspiración alguna, padre. Bajé a las cocinas en busca de un mendrugo, Roselyn permanece secuestrada por uno de sus libros e Isla está más pendiente de la suerte de la potra que del desayuno. No busquéis conjuras donde solo hay coincidencias.
—La coincidencia es el refugio favorito de quienes olvidan que su padre también despierta con hambre.
Fiona se mordió el interior de la mejilla para no sonreír. Acercó la jarra de agua a su madre sin necesidad de que se lo pidieran y se sirvió una porción generosa de gachas. Llevó la cuchara a la boca demasiado deprisa y enseguida sufrió el castigo del calor sobre la lengua.
Había olvidado templarlas. Otra vez.
—¿Os habéis quemado de nuevo? —preguntó Margaid con resignación tranquila.
—No ha sido nada. Un roce.
—Vuestras facciones contradicen vuestras palabras. —Callum señaló el pan con un gesto seco—. Dadle mantequilla antes de que termine con la lengua inflamada.
Margaid deslizó una rebanada hacia su hija en silencio. Fiona murmuró las gracias y comenzó a comer más despacio. Fue entonces cuando captó el intercambio silencioso entre sus padres.
Una mirada breve.
Cómplice.
Toda una conversación sostenida sin necesidad de palabras. Fiona apartó los ojos hacia el ventanal.
Desde los catorce años sabía que entre sus padres existía un territorio al que ninguna de las hijas podía acceder. Lo descubrió la noche en que encontró a su madre llorando en la alcoba y vio a su padre limitarse a estrecharla contra el pecho hasta que el llanto desapareció.
La puerta volvió a abrirse, esta vez con mayor parsimonia.
Roselyn entró sosteniendo un libro entreabierto con la mano izquierda mientras intentaba asegurar un chal de lana gris con la derecha.
La cabellera oscura, casi siempre recogida en un moño impecable, aparecía desordenada por la prisa con la que Mhairi debía de haberla expulsado de sus aposentos.
Un pasador de hueso colgaba torcido de un mechón lateral y la mejilla derecha todavía conservaba la marca rojiza de la almohada.
Aun así, había logrado vestirse correctamente y lavarse el rostro antes de bajar.
—Buen día.
Margaid le sirvió una escudilla mientras Roselyn tomaba asiento sin apartar los ojos del pergamino.
Cogió la cuchara y empezó a comer como si el desayuno fuese una molestia secundaria frente al texto que tenía delante.
Callum la observó durante varios segundos.
Margaid aguardó la pregunta con paciencia. Finalmente, el laird habló.
—¿Qué tratado os retiene esta vez, hija mía?
—Las anotaciones de Hildegarda. El ejemplar que Hamish rescató del monasterio meridional.
—Ese texto ya pasó por vuestros ojos el invierno anterior.
—Tres veces. Cuatro, contando la de esta mañana.
—¿Y qué provecho halláis en recorrer el mismo sendero tantas veces?
Roselyn alzó por fin los ojos verdes del pergamino. Los sostuvo sobre su padre antes de responder.
—Padre, las palabras permanecen quietas sobre la página. La que cambia soy yo. La primera vez se me escapaba la mitad. Anoche, al concluir la cuarta lectura, entendí cosas que antes no veía. Tal vez en la quinta consiga comprender aquello que todavía se me resiste.
Callum apoyó la barbilla sobre la mano curtida. Margaid ocultó una sonrisa tras el borde de la taza y Fiona recurrió a una tos fingida para esconder la propia.
—Hija, concededme al menos una promesa. Cuando llegue el día de vuestro matrimonio, elegid a un hombre que sepa leer. Porque si el desdichado ignora las letras, vuestro aburrimiento será monumental y terminaré cargando yo con la culpa.
—Antes de que eso ocurra, padre, me caso con el libro.
—Eso era exactamente lo que temía.
El portón volvió a abrirse, esta vez sin la cautela de Fiona ni la distracción permanente de Roselyn.
Isla irrumpió en el comedor con el bajo del vestido cubierto de barro hasta las rodillas, una de las botas mal ajustada y los cordones arrastrando sobre las losas.
Los carrillos encendidos por el viento del norte le daban un aspecto todavía más salvaje que de costumbre y varios mechones rubios escapaban del peinado para caerle sobre la frente.
Cerró la puerta de un golpe de talón y ocupó su sitio sin molestarse en saludar.
Cogió la escudilla con una mano, la cuchara con la otra y se llevó las gachas a la boca sin comprobar siquiera la temperatura.
Margaid arqueó una ceja.
—¿Es esa la cortesía que merece la mesa de vuestros padres?
Isla tragó con dificultad antes de responder.
—Os pido disculpas, madre. Pero la situación en los establos es peor de lo que imaginaba.
—Los perdones no se solicitan antes de cometer la falta. Se ofrecen después.
—Entonces os prometo la enmienda en cuanto termine el desayuno. Pero antes necesito que padre me escuche.
Callum dejó el cuenco de hidromiel sobre la mesa con una lentitud deliberada.
—Hablad.
—La potra rechaza el forraje. No deja que los mozos se acerquen al pesebre.
Cuando intenté tocarle el costado lanzó un relincho que jamás le había oído.
No era hambre ni dolor. Era… como si escuchara algo que nosotros no alcanzamos a percibir.
Lleva toda la mañana mirando hacia las colinas del norte y no hay forma de apartarla de esa dirección.
Margaid bajó la cuchara despacio. Fue un gesto mínimo. Callum no reparó en él. Fiona sí.