EPÍLOGO
El alba todavía no había terminado de romper sobre las Highlands cuando las cuatro mujeres abandonaron Dun Ailean.
El castillo permanecía envuelto en una quietud gris azulada y solo algunas antorchas seguían ardiendo junto al portón principal mientras el viento descendía desde las colinas con olor a sal, tierra húmeda y brezo mojado.
Ninguna habló durante la partida.
Margaid avanzaba al frente sobre la yegua oscura con el chal verde cubriéndole los hombros y el cabello oculto bajo la capucha de lana.
Fiona cabalgaba a su derecha, envuelta también en silencio, mientras Roselyn e Isla las seguían unos pasos más atrás con los caballos avanzando despacio por el sendero estrecho de la loma septentrional.
Detrás de ellas, a cierta distancia, Callum y Lachlan avanzaban sin interrumpirlas.
Ninguno había preguntado si podía acompañarlas.
Simplemente lo habían hecho, porque ambos comprendían que aquella mañana no pertenecía solo a las mujeres MacLeod, sino también a los hombres que dedicarían el resto de sus vidas a protegerlas.
La niebla cubría parte de la subida y el sonido de los cascos contra la piedra húmeda parecía perderse entre el viento que recorría las montañas. A medida que ascendían, el mar iba desapareciendo poco a poco detrás de las colinas hasta quedar reducido a un rumor lejano bajo el amanecer.
Fiona levantó la vista hacia la espalda de su madre y sintió un nudo formándose en el pecho, porque jamás la había visto tan silenciosa. No era tristeza ni tampoco miedo. Era algo mucho más antiguo, como si Margaid hubiera pasado media vida caminando hacia aquel instante exacto.
Cuando alcanzaron el claro de la loma septentrional, el viento pareció detenerse alrededor de ellas.
Las cuatro mujeres desmontaron sin intercambiar palabra y avanzaron despacio hacia la pequeña tumba de piedra blanca cubierta de musgo que descansaba en mitad del claro.
Fiona sintió un escalofrío recorriéndole la espalda al contemplar el lugar, porque toda la sangre de las MacLeod, toda la huida y todo el miedo nacido generaciones atrás habían comenzado en aquel lugar.
Callum y Lachlan permanecieron junto a los caballos, observándolas desde cierta distancia sin intentar acercarse más. Aquel momento no les pertenecía.
Las cuatro mujeres formaron el círculo despacio. Margaid tomó la mano de Fiona, Fiona la de Roselyn, Roselyn la de Isla e Isla cerró nuevamente el círculo sujetando a la madre.
El viento regresó entonces, suave al principio, descendiendo desde el norte hasta rodear lentamente el claro mientras levantaba los extremos de los vestidos y movía el cabello claro de Isla sobre sus hombros.
Margaid cerró los ojos y empezó a cantar.
La voz surgió baja, antigua y quebrada por recuerdos demasiado viejos para pronunciarlos en voz alta. Cantó en gaélico antiguo utilizando palabras que ninguna de sus hijas había escuchado jamás dentro de Dun Ailean y que, aun así, parecían despertar algo enterrado profundamente dentro de ellas.
Era una nana.
Una melodía suave y triste que Sorcha había cantado muchos años atrás en una pequeña cabaña perdida entre las montañas mientras intentaba enseñarle a una hija aterrorizada cómo sobrevivir en un mundo que jamás perdonaría aquello que no comprendía.
El viento comenzó a girar más deprisa alrededor del círculo y Fiona sintió el pecho apretándose mientras la voz de su madre llenaba la loma septentrional. Antes incluso de comprender lo que hacía, terminó uniéndose al canto.
Las palabras brotaron solas.
No necesitó aprenderlas ni recordarlas. Simplemente estaban allí, escondidas dentro de la sangre de las MacLeod igual que el fuego que llevaba años intentando contener.
Roselyn levantó la cabeza y comenzó también a cantar. La humedad apareció entonces sobre la hierba del claro y pequeñas gotas cubrieron las piedras mientras el aire se volvía más frío alrededor de las mujeres.
Isla fue la última en unirse.
Su voz se mezcló con la de las otras tres justo cuando el viento descendía desde el norte y comenzaba a rodear el círculo con una fuerza que ya no parecía natural.
Callum observó la escena en silencio.
Nunca había escuchado aquella lengua y jamás había visto a su esposa cantar de aquella forma.
Comprendió entonces que existía una parte entera de la vida de Margaid que nunca había conseguido tocar y entendió también el tamaño del miedo con el que aquella mujer había aprendido a vivir durante veinte años, ocultando a sus hijas, enseñándoles a esconderse y esperando cada invierno que el pasado no terminara encontrándolas.
El agua llegó después.
A pocos pasos de la tumba, el pequeño arroyo que descendía desde la loma comenzó a aumentar lentamente el caudal pese a que no había llovido durante toda la mañana.
El agua avanzó despacio sobre la tierra húmeda, rodeando el claro con una calma extraña hasta detenerse alrededor de las cuatro mujeres como si obedeciera a algo mucho más antiguo que la voluntad humana.
Roselyn abrió los ojos y el agua siguió avanzando, no con violencia ni furia, sino con la serenidad de algo que llevaba demasiado tiempo esperando regresar a casa.
El fuego apareció al final.
Fiona sintió el calor brotándole desde el pecho mientras la nana continuaba elevándose sobre la colina y, antes de poder contenerlo, pequeñas llamas comenzaron a deslizarse sobre sus dedos entrelazados con los de su madre.
Callum dio un paso involuntario hacia delante. Lachlan le sujetó el brazo. No hizo falta hablar.
El fuego avanzó lentamente sobre las manos unidas de las cuatro mujeres, pasando de Fiona a Roselyn, de Roselyn a Isla y de Isla a Margaid sin quemarlas.
Las llamas parecían vivas y el reflejo naranja comenzó a iluminar la niebla húmeda del amanecer mientras el viento seguía girando alrededor del círculo y el agua protegía el exterior del claro.
Las cuatro mujeres continuaron cantando y las voces se mezclaron con el viento de las Highlands mientras el amanecer terminaba de romper sobre las montañas del norte y el claro entero parecía despertar alrededor de la tumba de Sorcha.
Entonces ocurrió.
El fuego abandonó las manos de Fiona y descendió lentamente hasta la hierba húmeda, rodeando la tumba con un anillo perfecto de llamas que iluminó el claro entero sin consumir la piedra ni quemar la hierba.
El viento giraba alrededor del círculo, el agua protegía el exterior y el fuego sellaba el centro mientras las tres fuerzas parecían responder al mismo latido nacido dentro de la sangre de las hermanas MacLeod.
Lachlan sintió algo estremeciéndole la piel mientras observaba el círculo levantado alrededor de la tumba. Ahora lo comprendía. No estaba protegiendo únicamente a Fiona ni tampoco únicamente a las MacLeod. Protegía algo mucho más antiguo que cualquiera de ellos.
La sangre de aquellas mujeres.
La nana continuó unos segundos más hasta llegar al último verso y entonces las cuatro voces pronunciaron juntas una frase que ninguna de ellas había aprendido jamás.
—Que vuestra sangre sea guardada por las tres.
El viento comenzó a debilitarse despacio mientras el agua retrocedía hacia el arroyo y el fuego descendía poco a poco alrededor de la tumba hasta desaparecer entre la hierba húmeda del amanecer.
El silencio regresó a la loma.
Las cuatro mujeres permanecieron inmóviles varios segundos antes de soltarse lentamente las manos.
Margaid fue la primera en arrodillarse frente a la tumba.
Sacó un pequeño paño de lino de la alforja que llevaba colgada al hombro y lo extendió cuidadosamente sobre la piedra blanca.
La tela conservaba una antigua mancha de sangre oscurecida por el tiempo.
Fiona comprendió inmediatamente lo que era. La última tela que había pertenecido a Sorcha. Margaid apoyó ambas manos sobre el lino durante varios segundos antes de cerrar los ojos.
—Madre… gracias.
La voz fue un susurro. Sin embargo, el viento volvió a recorrer la loma justo después de escucharla.
Roselyn levantó entonces la vista hacia el cielo del amanecer y permaneció observándolo varios segundos antes de hablar.
—Marchémonos.
Isla sonrió.
—¿Tan rápido queréis abandonar este momento? ¿Ya habéis pensado qué libro de flores os vais a leer antes del anochecer?
Roselyn soltó aire por la nariz y giró la cabeza hacia el sendero que descendía hasta Dun Ailean. Después miró a sus hermanas y al final habló.
—Mi esposo está al llegar.
El silencio terminó rompiéndose.
Fiona empezó a reír primero, después Isla e incluso Margaid terminó sonriendo mientras, a pocos pasos detrás de ellas, Callum observaba a su esposa y Lachlan rodeaba la cintura de Fiona con un brazo.
Las Highlands seguían cubiertas por el viento del norte. Sin embargo, sobre la loma septentrional, mientras el amanecer terminaba de romper sobre Dun Ailean y la sangre de Sorcha dejaba por fin de esconderse, la familia MacLeod comprendió que la guerra acababa de comenzar.