El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) INICIO DE LA HISTORIA #2
4%

INICIO DE LA HISTORIA #2

Primero echó tierra con la pala. Cuando el montón comenzó a escasear, terminó de sellar el sepulcro con las manos embarradas.

Al incorporarse, una de las últimas vigas del tejado cedió dentro de la cabaña y una nube de chispas ascendió hacia el cielo gris. El claro pareció hundirse todavía más en aquel silencio pesado que sobreviene tras la desgracia.

Callum se limpió el barro en los costados del jubón.

—No sé qué nombre os dieron al nacer —dijo frente al túmulo— ni qué buscaban los hombres que quemaron vuestro hogar. Solo sé que estabais bajo mi protección y llegué tarde. Os pido perdón por ello, anciana. Que vuestro viaje sea leve.

Hizo la señal de la cruz sobre el pecho.

Entonces lo oyó.

Un gemido débil y quebrado, semejante al sonido de una criatura atrapada entre zarzas.

Callum se tensó al instante. La mano descendió hasta la empuñadura de la daga de caza mientras contenía la respiración.

El claro seguía inmóvil. El lamento volvió a escucharse poco después, esta vez desde la parte trasera de las ruinas, junto a los postes ennegrecidos de lo que debía de haber sido un establo.

Avanzó rodeando el perímetro calcinado.

Detrás de la cabaña se alzaba un pequeño cobertizo de paja que había escapado al incendio. La puerta permanecía entornada y una mancha oscura cruzaba el listón central, imposible de distinguir entre hollín y sangre seca.

Empujó la madera con el pomo de la daga y entró en penumbra.

El interior era estrecho y húmedo. Olía a hierba seca, estiércol antiguo y al rastro reciente de los animales. La luz del mediodía se filtraba por las rendijas del techo, dibujando líneas doradas entre el polvo suspendido.

Callum tardó unos instantes en acostumbrar la vista.

La vio entonces.

Una mujer descansaba medio oculta tras un montón de paja revuelta, recostada contra los tablones de la pared.

Una melena oscura y espesa le caía sobre los hombros, emborronada de ceniza.

Vestía una camisola de lino basto con los bordes desgarrados y tiznados.

El brazo derecho protegía su cuerpo del frío, mientras el izquierdo mostraba una quemadura extensa y enrojecida que devoraba la piel desde el antebrazo hasta casi el codo.

Un hilo de sangre seca le cruzaba la sien.

Al advertir su presencia, abrió los ojos.

Callum sintió que el aire se detenía en sus pulmones.

Eran verdes, profundos, y lo observaban con una quietud desconcertante, desprovista de la histeria habitual de las víctimas.

La joven parecía llevar horas aguardando su llegada, como si hubiera aceptado de antemano que el siguiente hombre en cruzar aquella puerta podía convertirse tanto en su salvación como en su verdugo.

—Salvadme —susurró con un hilo de voz—. Os lo suplico, mi señor.

La súplica carecía de dramatismo. Sonaba más bien a la aceptación serena de quien ha pasado demasiado tiempo esperando el desenlace y ya no distingue entre la esperanza y la resignación.

Callum tardó un instante en responder. Llevaba meses soportando disputas entre pastores, consejos interminables y el peso constante de un clan que seguía examinando cada una de sus decisiones.

Acababa de cavar una tumba con sus propias manos y ahora, en mitad de aquella desolación, una desconocida le pedía amparo con una dignidad capaz de desarmarlo más que cualquier llanto.

—¿No queda nadie más con vida? —preguntó al fin, procurando no alterar el extraño equilibrio que llenaba el cobertizo.

—Nadie.

—¿Tenéis más heridas?

La joven negó despacio, aunque el movimiento pareció costarle más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

—Solo el brazo… y un golpe en la cabeza que ya me turba el juicio. No es grave.

Callum volvió a mirar la quemadura. La herida era seria. De las que tardan lunas enteras en cerrar y obligan a las curanderas a emplear los ungüentos más amargos si se quiere evitar que la carne termine pudriéndose.

Aquella cicatriz la acompañaría toda la vida.

Se acercó hasta ella y se arrodilló sobre la paja húmeda, lo bastante cerca para percibir el olor a humo y piel limpia bajo el hedor del establo. Extendió luego la capa junto a la muchacha.

—¿Cuál es vuestro nombre?

La joven vaciló un instante. Los ojos verdes se le oscurecieron como un lago antes de la tormenta.

—Margaid.

—¿A qué casa pertenecéis? ¿Cuál es vuestro clan?

Ella sostuvo la mirada sin apartarse.

—No tengo clan —respondió en voz baja—. Y ahora tampoco tengo familia.

Callum frunció el ceño. Había aprendido demasiado pronto a desconfiar de ciertos silencios.

—Margaid, vais a salir de aquí conmigo. Cabalgaréis hasta Dun Ailean y las mujeres del clan os curarán la herida antes de que caiga la noche. Tendréis comida caliente, un jergón limpio y mis muros sobre vuestra cabeza.

La muchacha abrió los ojos por completo.

—¿Y por qué habría de confiar una mujer sin hogar en un hombre armado?

Callum sostuvo la mirada sin vacilar.

—Porque os lo juro ante la tumba que acabo de cavar ahí fuera.

El silencio volvió a instalarse entre ambos. Margaid pareció sopesar la promesa durante unos segundos antes de inclinar la cabeza.

—Acepto vuestra ayuda y protección, mi señor.

Callum pasó un brazo bajo su espalda y el otro tras sus piernas.

La levantó con cuidado.

Era ligera, aunque el calor de su cuerpo y la tensión de los músculos le recordaron que seguía aferrándose a la vida. Al verse entre sus brazos, Margaid apoyó la frente contra el jubón de lino y cerró los ojos. No se quejó del dolor ni protestó por el roce de la quemadura.

Simplemente se dejó sostener.

Callum la sacó del cobertizo y cruzó el claro humeante bajo el sol pálido del mediodía. Al pasar junto al túmulo de la anciana, inclinó la cabeza en un saludo silencioso.

Acomodó después a Margaid sobre la grupa del castaño y montó tras ella. La sujetó por la cintura para mantenerla firme contra su pecho, tomó las riendas y espoleó al animal con suavidad.