El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) INICIO DE LA HISTORIA
2%
El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1)

El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1)

Por Dama Beltran

© inepub.com

INICIO DE LA HISTORIA

El sendero hacia las colinas se retorcía entre peñascos grises y raíces expuestas. Callum MacLeod hacía avanzar al castaño a paso perezoso, permitiéndose por primera vez en dos inviernos el lujo de fingir que no tenía destino.

La verdad tras su salida de Dun Ailean era un ciervo.

Un viejo macho del que un trampero de la aldea baja le había hablado dos jornadas atrás.

Una pieza imponente, con el cuello marcado por una cicatriz blanquecina fruto de algún invierno mal sobrevivido.

El animal descendía al amanecer hasta el arroyo grande y volvía a refugiarse entre los pinos del norte antes de caer la noche.

La excusa perfecta para abandonar Dun Ailean sin cargar con la escolta de hombres que vigilaba cada uno de sus movimientos desde que heredó el bastón de mando.

Llevaba el arco de tejo cruzado a la espalda, endurecido al fuego. Al cinto descansaban dos venablos cortos y una cantimplora de cuero medio vacía. Las armas cabeceaban con el andar del animal, aunque los pensamientos del laird pesaban bastante más que toda aquella impedimenta.

«Hoy no soy el señor de nadie», pensó al doblar el último recodo.

Hacía dos inviernos que su padre, el viejo MacLeod, se había reclinado contra el cabezal de roble y había permanecido mirando las vigas del techo con una quietud extraña antes de exhalar el último aliento.

Una fiebre breve y limpia. De esas que terminan quebrando a los hombres recios cuando el cuerpo decide que ya ha soportado suficiente carga.

Lo enterraron mientras las gaitas lloraban durante tres jornadas enteras.

Al cuarto día, los ancianos del consejo comenzaron a medirlo con la misma atención con que un herrero examina a un potro recién herrado antes de decidir si resistirá el peso del hierro y la guerra.

No había hermanos menores. Solo un hijo único de veinticinco años y un territorio entero aguardando la primera señal de debilidad.

No se quebró.

Aguantó los meses más duros administrando el grano, enterrando a los enfermos que la peste reclamaba y sosteniendo el ánimo de su madre cuando el luto amenazaba con tragársela también a ella.

Ocupó el asiento tallado del laird sin permitir que las manos le temblasen alrededor del bastón de mando.

Todo se había cumplido conforme a la costumbre.

Y, aun así, dos años después, en una mañana de enero incapaz de templar las rocas, el cansancio seguía instalado en sus huesos.

«Padre, ¿cómo demonios lo hacíais vos?», preguntó al espectro silencioso que parecía acompañarlo desde el entierro.

El bosque guardó silencio, igual que llevaba haciendo desde entonces. Callum detuvo la montura con un leve tirón de las riendas y alzó el rostro para captar el aire.

Reconocía el aroma de enero incluso con los ojos cerrados: musgo húmedo, brotes tiernos, resina dulce y tierra liberada poco a poco de la nieve. Sin embargo, entre los olores familiares apareció otro distinto.

Humo.

La mandíbula se le tensó.

Volvió a inhalar despacio. No era el humo limpio de una chimenea de turba ni el de un campamento de cazadores.

Aquel hedor resultaba más espeso, más oscuro.

Olía a madera consumida junto a jergones, lana, herramientas y vidas enteras reducidas a ceniza.

Lo había respirado antes. A los dieciocho años, durante una incursión contra los MacGregor.

Y también en el extremo oriental del bosque, cuando una anciana murió después de que un candil cayera sobre el colchón de paja.

Alzó la vista.

Sobre la cresta de la colina, a menos de media legua, una columna gris emborronaba el cielo.

Espoleó al caballo.

El castaño relinchó antes de lanzarse pendiente arriba con las herraduras golpeando las rocas húmedas.

El sendero terminó estrechándose tanto que Callum se vio obligado a desmontar y continuar a pie, guiando al animal por las bridas.

La nube gris se aplastaba contra las copas de los pinos y el aire empezaba a volverse irrespirable, cargado de lana calcinada y de otro olor más denso y dulzón que ningún hombre de las Highlands confundía jamás.

Carne quemada.

«Por los clavos de Cristo… que no llegue tarde».

Apretó los dientes hasta sentir dolor en la mandíbula.

Hacía meses que no rezaba de verdad. Su padre se había llevado a la tumba al Dios severo al que ambos habían servido durante años, y las visitas del joven laird a la capilla de Dun Ailean se reducían ya a la cortesía necesaria frente al clan.

Aun así, al salvar la última elevación con los pulmones ardiéndole, las palabras sagradas regresaron solas a sus labios.

Cuando la línea de árboles se quebró, Callum se detuvo en seco.

Las riendas se le escaparon de los dedos.

En mitad del claro, los restos de una cabaña daban testimonio del desastre.

Las paredes de troncos seguían en pie por un capricho de la fortuna, aunque la techumbre de paja y ramas se había desplomado por completo.

Dentro, el fuego agonizaba en un resplandor rojizo y apagado.

El huerto aparecía destrozado, con las hortalizas arrancadas y un balde astillado junto a la cerca.

La empalizada mostraba una abertura brutal abierta a golpes de hacha.

No quedaba rastro de vida.

Ni gallinas entre el barro, ni cabras atadas junto al cercado, ni siquiera el ladrido de un perro. Solo aquel silencio pesado que siempre sobrevivía a los actos de sangre y que los ancianos llamaban «el silencio del lobo».

Un escalofrío le recorrió la espalda.

La ira le subió después desde el estómago hasta la garganta con una violencia que no recordaba desde el entierro de su padre.

«Ha ocurrido esta misma mañana. Tal vez al amanecer».

La escena resultaba clara para alguien acostumbrado a rastrear monterías.

Un grupo de hombres armados había irrumpido en el claro, destrozado la empalizada y removido el barro buscando el dinero y las provisiones que las gentes del campo escondían bajo tierra.

Después prendieron fuego a la cabaña y se llevaron animales, mantas y grano.

Quizá también alguna vida si los moradores intentaron resistirse.

Callum hundió las uñas en las palmas.

«¿Cómo ha podido suceder sin que mis vigías vieran nada?».

Las colinas del norte pertenecían a los MacLeod desde los tiempos de su abuelo.

Cada cabaña de pastor y cada cobertizo figuraban en los registros de Dun Ailean.

Sin embargo, aquel asentamiento no le resultaba familiar.

El huerto estaba bien trabajado y las paredes habían sido levantadas con esmero.

Si su padre hubiera sabido de aquella gente, se lo habría mencionado.

Una de las hojas de la puerta colgaba torcida sobre el gozne. En el suelo, medio oculta por el hollín, descansaba una pequeña bolsa de tela oscura.

Callum se agachó y la recogió.

Había sido rajada de arriba abajo con un filo limpio. La tela era fina y de buena calidad, impropia de campesinos pobres.

«No venían buscando ganado».

Guardó el jirón en el bolsillo de la casaca y apartó los restos de madera con la bota antes de entrar.

La encontró en el rincón más alejado, justo donde una parte del tejado había resistido el derrumbe.

Era una anciana.

El cabello plateado seguía recogido en un moño que ni el caos ni las llamas habían conseguido deshacer. Vestía una túnica de lana gris, sencilla pero limpia. Las manos descansaban cruzadas sobre el regazo y los labios permanecían entreabiertos.

La muerte no la había sorprendido luchando.

Callum permaneció inmóvil unos instantes, conteniendo la respiración mientras la observaba en silencio.

Se acercó procurando no hacer crujir las maderas carbonizadas.

Examinó los brazos caídos, el cuello y los pliegues de la túnica.

No encontró rastro de sangre, ni señales de lucha, ni quemaduras que explicaran la muerte.

El fuego había devorado la cabaña a unos palmos de su cabeza y, aun así, la anciana permanecía intacta, como si las llamas hubieran decidido respetarla.

«¿Cómo demonios habéis muerto vos?».

Callum se arrodilló a su lado. La estancia conservaba un calor sofocante y extraño que no procedía únicamente de los rescoldos.

—Os juro —murmuró— que no quedaréis aquí para los cuervos. Tendréis tierra y rito. Y el hombre que ha traído el fuego a este claro pagará por ello, aunque me lleve el invierno entero encontrarlo.

En las Highlands, la hospitalidad y la protección de los desvalidos formaban parte del honor de un hombre. Aquella mujer había muerto bajo su cielo y la vergüenza le abrasó la garganta.

Se quitó la capa y la casaca de cuero. Salió en busca de herramientas y encontró una pala de labranza con el mango medio quemado, además de una manta gruesa abandonada bajo un saúco, a salvo de las chispas.

Escogió un rincón donde la tierra parecía más blanda, junto al huerto destruido, y comenzó a cavar.

Trabajó sin prisas. El sudor le descendía por las sienes mientras el vaho de la respiración se deshacía en el aire helado. Cavaba recordando las palabras que su padre le repetía durante las jornadas de caza.

«Haz los fosos profundos, Callum. La tierra de las colinas es celosa de sus secretos y no devuelve aquello que recibe con respeto».

Los hombros comenzaron a protestar y las palmas le ardieron bajo la gamuza de los guantes. Aun así, no detuvo el movimiento de la pala hasta que la fosa alcanzó la altura de sus muslos.

Regresó luego a la cabaña.

Envolvió a la anciana con la manta y la acomodó entre sus brazos con un cuidado impropio de unas manos acostumbradas al acero. Al levantarla descubrió que pesaba. Era poco más que huesos y piel, como si los años hubieran ido borrándola despacio.

La depositó en el fondo de la fosa con la misma delicadeza con la que una madre deja a un niño en la cuna.

Se aseguró de que las manos permanecieran entrelazadas sobre el pecho y, antes de cubrirla, le rozó la frente helada con las yemas de los dedos, repitiendo el gesto que su madre exigía a los hijos del clan ante sus muertos.