El fuego del Laird (Las Hermanas Macleod 1) PRÓLOGO
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PRÓLOGO

La penumbra de la alcoba se quebró con el primer espasmo. Margaid abrió los ojos en mitad de la noche y soportó la embestida sin emitir un solo sonido.

Llevaba semanas aguardando aquel momento. El cuerpo se lo había anunciado en la tirantez de las costillas, en el peso constante de los riñones al caer la tarde y en aquella sensación extraña de habitar una carne que empezaba a pertenecer más a sus hijas que a ella misma.

Otra oleada de dolor le atravesó el vientre.

Apretó los dientes.

«Ya vienen».

Hundió los dedos en la sábana y dejó caer la cabeza sobre el almohadón de plumas.

El miedo no encontraba sitio dentro de ella.

Su madre la había traído al mundo sola, sin comadronas, en aquella choza de la loma septentrional que el fuego redujo a cenizas años atrás.

Desde niña había escuchado historias sobre el frío que se instala en los pies cuando la sangre se concentra en el vientre y sobre ese instante exacto en que las fuerzas de una mujer dejan de pertenecerle solo a ella.

La puerta de roble se abrió sin previo aviso.

La curandera de la aldea baja entró con el paso tranquilo de quien ha visto demasiada sangre para impresionarse por otra más.

Era pequeña, redondeada, con dedos ágiles y curtidos por las hierbas y los partos.

La doncella la había conducido hasta el ala noble hacía más de una hora, siguiendo las instrucciones que Margaid había dejado preparadas.

—¿Cuánto tiempo hay entre los dolores, milady ? —preguntó mientras dejaba un cuenco de greda sobre la mesa.

—Un suspiro. El último no llegué ni a contarlo.

La mujer asintió.

Le rodeó la muñeca con los dedos, le palpó la frente con el dorso de la mano y recorrió después el vientre tensado, hundiendo las palmas allí donde la piel se endurecía como cuero de tambor. Cuando terminó volvió a cubrirla con la manta y la observó en silencio.

—Vuestras entrañas no guardan el fruto ordinario de los hombres, señora.

—Lo sé. Llevo meses sintiendo tres corazones.

La comadrona no reaccionó con el espanto que habría mostrado cualquier otra mujer del valle. Solo apretó los labios.

—Que Dios tenga misericordia de vosotras.

Margaid cerró los ojos.

La siguiente contracción llegó como un golpe de hacha. La mano izquierda buscó la lana del colchón mientras la derecha se aferraba al hierro de la cabecera. En mitad del dolor sintió moverse a sus hijas.

Solo las originarias daban vida a niñas.

Jamás había existido noticia de una mujer que hubiera traído tres al mundo. Aquello solo podía ocurrir por la división de poderes.

La primera estaba a punto de nacer.

Las cinco velas de cera de abeja se inclinaron hacia el lecho al mismo tiempo. Las llamas no crecieron ni se apagaron; simplemente doblaron sus puntas doradas en dirección a Margaid.

La comadrona alzó la vista un instante antes de continuar trabajando. En el rincón, la doncella contuvo un gemido y se llevó las manos al delantal, aunque evitó santiguarse. Margaid se lo había prohibido desde el principio.

—Empujad con la fuerza del clan, milady .

Margaid obedeció. En pleno esfuerzo sintió cómo el fuego abandonaba su cuerpo.

Fue una pérdida brutal. Como si una garra ardiente le arrancara algo del pecho.

Veinte años de convivencia con las brasas desaparecieron en un instante.

Las chimeneas que revivían bajo el roce de sus dedos.

El agua que calentaba con solo apoyar las manos alrededor del caldero. Todo se extinguió de golpe.

El ardor le subió por la garganta y enseguida un frío profundo le invadió los pies.

Al mismo tiempo, el llanto de la primera niña llenó la alcoba. La comadrona la alzó hacia la luz. Era pequeña y fuerte, con el cabello pegado al cráneo del mismo color que las brasas de turba en invierno. Lloraba con furia, reclamando su lugar en el mundo desde el primer instante.

Las velas recuperaron la vertical. Ya no apuntaban hacia Margaid. Ella lo comprendió antes que nadie. Lo sintió en el vacío helado que acababa de instalarse bajo su piel.

—Fiona —susurró mientras tendía los brazos—. Se llamará Fiona.

La anciana depositó a la niña sobre su pecho envuelta en lino rústico. Margaid la abrazó despacio. La criatura olía a sangre, humo limpio y vida recién nacida.

La tercera contracción llegó acompañada de un trueno lejano. No resonó sobre las torres de Dun Ailean, sino en las colinas. Un eco sordo que se percibía antes en los huesos que en los oídos. La lluvia, constante desde el crepúsculo, cesó de pronto.

El agua empezó a brotar de las paredes.

Una gota apareció en la viga maestra. Otra descendió lentamente por la piedra junto a la puerta. Una tercera resbaló por la mampostería cercana al lecho.

La comadrona observó la humedad con resignación y continuó trabajando.

—Empujad, señora. Ya viene.

Margaid empujó de nuevo Y sintió cómo el agua también la abandonaba.

Aquella pérdida resultó todavía más cruel que la del fuego. El calor desapareció de sus muñecas, de la nuca y de los tobillos. Durante veinte años había calmado sequías y llamado a la lluvia sobre los campos resecos del norte. Ahora todo se escapaba de ella como el contenido de una vasija rota.

La segunda niña nació con menos violencia que la primera.

Tenía el cabello oscuro como una noche sin luna y la piel pálida, delicada como un lirio. Su llanto tardó en llegar y, cuando lo hizo, sonó pausado, casi solemne.

En el instante en que tomó aire por primera vez, las filtraciones desaparecieron de las paredes.

—Roselyn —murmuró Margaid con voz agotada—. Tu nombre será Roselyn.

La comadrona acomodó a la recién nacida junto a Fiona. Las dos hermanas compartieron el mismo calor sobre el pecho exhausto de su madre.

Margaid tuvo tiempo de contemplarlas. La última reclamaba ya su lugar. La cuarta contracción llegó sin tregua.

El aire de la alcoba se volvió más frío, aunque los postigos seguían cerrados con barras de hierro. No fue un vendaval violento, sino una corriente circular que hizo temblar las llamas y balanceó las hierbas secas colgadas de las vigas.

—Ya está en el umbral —advirtió la comadrona—. Esta cierra el camino.

Margaid asintió con los ojos cerrados y empujó con las últimas fuerzas que le quedaban.  Los postigos estallaron de golpe.

Los cierres de hierro saltaron y las hojas de madera chocaron con la piedra exterior.

El viento nocturno irrumpió en la estancia como una presencia invisible.

Tres velas se apagaron al instante. La doncella se cubrió el rostro con las manos mientras la partera se aferraba a la cama para no perder el equilibrio.

En mitad del torbellino nació la tercera hija.

Tenía el cabello del color del trigo maduro bajo el sol de agosto. La respiración le llegó entrecortada, como si el aire todavía dudara en concederle espacio dentro del mundo.

Una de las velas apagadas volvió a encenderse sola. No por voluntad de Margaid. Fiona acababa de abrir los ojos.

—Isla —susurró la madre, exhausta—. Te llamarás Isla.

La comadrona acercó a las dos primeras para que la madre pudiera contemplar a sus tres hijas juntas.

Margaid las observó mientras las limpiaban con paños tibios.

Eran tres niñas hermosas, sanas, y cada una llevaba ya en el rostro y en el cabello la huella del don que había heredado.

Al mirarlas, no pudo evitar preguntarse si el futuro sería tan misericordioso con ellas como lo había sido con ella al permitirle encontrar un hogar lejos del miedo.

—Llamad al laird —dijo a la doncella sin apartar la cabeza del almohadón.

La sirvienta salió desesperada.

Callum cruzó el umbral antes incluso de que la criada pudiera anunciarlo.

Había pasado la noche entera en el corredor.

Hamish lo acompañó durante las primeras vigilias, aunque terminó retirándose al comprender que su señor no necesitaba conversación, sino permanecer junto a aquella puerta escuchando cada sonido procedente del interior.

Al entrar, el olor de la estancia lo golpeó de inmediato: sangre, cera derretida, lluvia y aire frío entrando por los postigos destrozados. Vio los charcos sobre la piedra, la madera golpeada por el viento, a la doncella temblando junto al muro y a la comadrona recogiendo lienzos manchados.

Después la vio a ella.

Margaid descansaba en mitad del lecho con tres criaturas entre los brazos.

Callum se detuvo en el umbral. Intentó pronunciar su nombre y descubrió que la voz no le respondía. Margaid alzó el rostro hacia él y lo buscó entre las sombras de la alcoba.

—Tres hijas, Callum.

Él cruzó la estancia en pocas zancadas y se sentó en el borde del colchón.

La madera crujió bajo su peso. Margaid le tendió a la primera de las niñas y Callum la sostuvo entre las manos endurecidas por el acero y el invierno.

Era tan pequeña que casi desaparecía entre sus dedos.

Observó el cabello rojizo, los puños cerrados y la boca abierta en un bostezo diminuto antes de volver la vista hacia su esposa.

Comprendió entonces que algo había cambiado.

Llevaba veinte años aprendiendo a leer cada uno de sus silencios. Buscó en ella el calor extraño que siempre parecía despertar cuando él entraba en una habitación, aquella tensión invisible que había acompañado a Margaid desde la noche en que la encontró entre las cenizas.

Habían desaparecido.

No preguntó nada. Se limitó a deslizar la mano libre sobre la sábana hasta encontrar los dedos de Margaid y entrelazarlos con los suyos.

—¿Estáis a salvo?

Ella sostuvo su mirada con una serenidad agotada.

—Estoy mejor que nunca en mi vida, Callum.

Él guardó silencio un instante antes de hablar de nuevo.

—¿Y vuestra alma?

Margaid sonrió despacio. Era una sonrisa distinta a todas las que él había conocido en ella: cansada, tranquila y libre de aquella sombra antigua que tantas veces le había oscurecido la mirada.

—Mi alma se queda aquí, Callum. Ya no alberga nada que no pertenezca a vuestro hogar.

Callum comprendió el alcance de aquellas palabras y asintió.

—Está bien.

Fuera, la lluvia terminó por extinguirse. El viento retrocedió hacia las cumbres del norte y las antorchas de los muros recuperaron sus llamas serenas. Incluso los perros de caza dejaron de gemir y se acomodaron sobre la paja húmeda del patio.

Las tres niñas respiraban contra el pecho de su madre siguiendo ritmos distintos.

La primera lo hacía con impaciencia, como si quisiera conquistar el mundo desde aquella misma noche.

La segunda respiraba de manera profunda y constante.

La menor, en cambio, tomaba el aire en ráfagas breves, como si todavía estuviera aprendiendo a convivir con él.

Callum no soltó la mano de Margaid.

Terminó acomodándose en el suelo, junto a la cabecera del lecho, apoyando la cabeza contra el borde del colchón mientras permanecía despierto, velándolas en silencio.

Mientras escuchaba la respiración tranquila de su esposa y de sus hijas, el futuro comenzó a abrirse paso entre sus pensamientos.

Margaid había conseguido ocultar su origen durante años sin que el clan sospechara nada. Había aprendido a convivir con el miedo y a esconder aquello que la hacía distinta.

Sin embargo, aquellas niñas crecerían marcadas desde el nacimiento.

Callum pensó en los hombres con los que algún día compartirían apellido y lecho, en si serían capaces de comprender lo que ellas eran o si reaccionarían con el mismo miedo cruel que el laird que años atrás arrebató a la madre de Margaid de su hogar.

Faltaban muchos inviernos para enfrentarse a esas respuestas.

Aun así, mientras observaba a sus hijas dormidas contra el pecho de la mujer que amaba, comprendió que no volvería a dormir tranquilo hasta saber que el mundo sería digno de ellas.