El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1) 11 Migas y malentendidos #2
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11 Migas y malentendidos #2

El silencio que se instaló entre los dos fue de los que se cortan con cuchillo.

Podías oír perfectamente al vecino del tercero ensayando con la trompeta y el traqueteo de una lavadora vieja.

Vi cómo su mandíbula se relajaba milímetro a milímetro, y esa chispa de terquedad nórdica fue sustituida por una rendición resignada.

—¿Cuánto sitio necesitas para tus cosas? —preguntó al fin.

—No demasiado, te lo prometo. Sólo guardar los apuntes y alguna que otra tontería.

—El cajón de la izquierda tiene los filtros de densidad neutra —concluyó, soltando un suspiro largo—. Si los pongo con los cables que ya has quitado se quedará libre completamente. Así tendrás más sitio para tus cosas.

—Gracias —dije, suavizando el tono y dándole un beso rápido en la barbilla—. ¿Ves cómo no era tan difícil? Y perdona si he sido demasiado vehemente…

—Es difícil para mí —insistió él, aunque me rodeó los hombros con el brazo, pegándome a su costado—. Tu energía, tu temperamento, es demasiado a veces, Adri.

La cuestión lingüística fue nuestro gran patio de recreo durante aquellas primeras semanas.

Einar progresaba con el español a una velocidad pasmosa, devorando diccionarios y viendo series locales por la noche con una atención que daba miedo, pero el registro de la calle a veces le jugaba malas pasadas.

Un sábado por la mañana entró en el piso de Lavapiés con los ojos brillantes de orgullo y una bolsa de papel del mercado de San Fernando.

—He comprado macarras —anunció con absoluta solemnidad, dejando la bolsa sobre la encimera de la cocina.

Dejé la taza de café a medio camino y me lo quedé mirando, parpadeando algo perpleja.

—¿Qué has comprado qué?

—Macarras. El hombre del puesto me ha dicho que eran muy buenos, una marca especial. He pensado que podíamos cocinarlos con tomate.

Me levanté de un salto y me asomé a la bolsa. Dentro había un paquete de macarrones de pasta gorda, de los de toda la vida. Me tapé la boca con las manos para que no se me escapara la carcajada, pero fue inútil; solté una risotada que hizo que Einar arrugara el entrecejo, visiblemente contrariado.

—¿Qué pasa? ¿No se dice así?

—No, mi amor, no —dije dramáticamente, limpiándome una lágrima de la risa—. Esto son macarrones. Pasta, nada más. Y de la más normalita, por cierto, creo que el del puesto te ha vacilado un poquito al verte tan guiri.

—Pero entonces…

—Ah, y los macarras son otra cosa muy distinta, a ver cómo te lo explico...

—continué con una sonrisa—. Son tipos duros, de esos que llevan chándal, cadenas de oro falso y te miran mal en las esquinas para pedirte un cigarro.

No querrás ir pidiendo por ahí un kilo de macarras, igual alguien se lo toma a mal.

Einar sacó su inseparable cuaderno de notas del bolsillo trasero del pantalón, apuntando la corrección con esa caligrafía suya tan limpia.

—Macarrones: comida —repetía en voz baja mientras escribía—. Macarras: hombres peligrosos con chándal. Entendido. ¿Y qué es una choni? Lo escuché ayer en el metro. Una mujer le decía a otra que su falda era de choni.

—Madre mía, entre los del mercado y la gente en el metro te van a dar un doctorado —reí, sentándome en la encimera y tirándole de los cordones de la sudadera para que se acercara—.

Una choni es... bueno, no sé cómo explicarlo.

Digamos que una chica algo ordinaria, que habla muy alto, suele llevar pendientes de aro gigantescos y demasiado maquillaje, vestida también de forma chabacana.

Él se quedó mirándome fijamente, con esa atención tan suya que te hacía sentir el centro del universo, y arqueó una ceja con una lentitud exasperante.

—Aros grandes... y habla muy alto. Como tú a veces, cuando te enfadas por los cajones.

—¡Oye! —Le di un puñetazo flojo en el hombro—. Que yo tengo mucha clase, Gunnarsson. A ver si te voy a enseñar yo a ti cómo responde una malagueña, aunque sea de adopción como yo.

—A cambio, yo te enseño islandés —propuso, con una sonrisa de suficiencia que me pareció insufriblemente atractiva—. Es de justicia.

Sentados en la cama, empezó el calvario. El islandés no parece un idioma de verdad, yo lo encontraba como un sistema de tortura fonética diseñado para que los que somos del sur nos traguemos la lengua.

—Hvernig hefur þú það? —pronunció él con una naturalidad pasmosa. Sonaba limpio, musical, con una vibración extraña en los dientes.

—¿Eso qué es?

—¿Cómo estás? Repite. Hvernig...

—Jvernik... hefur... tú... ¡ay, no sé qué! Esa letra que parece una 'p' con chepa, ¿cómo se lee? —protesté, señalando el cuaderno.

—Es una þorn (thorn). Suena como vuestra 'z', pero con más aire. Y la otra es una ð (eth). Inténtalo de nuevo. Más despacio, tranquila.

Lo intenté, os lo prometo. El resultado fue un sonido gutural que pareció más bien el inicio de un ataque de asma que un saludo cortés. Einar cerró los ojos durante tres segundos, manteniendo una compostura heroica para no reírse en mi cara, aunque le temblaba ligeramente la comisura de los labios.

—Un poco..., no sé. Rudo —dictaminó—. Suenas como si tuvieras arena en la garganta.

—Es que vuestro idioma no está hecho para humanos, Einar. Trescientos mil habitantes y tenéis una ortografía que parece un código secreto de la Guerra Fría. Deberíais simplificar, es imposible de aprender.

—Y vosotros deberíais eliminar el subjuntivo. ¿Para qué necesitáis cuatro formas de decir algo que quizás no pasa? Es totalmente ineficiente.

—Se llama pasión, Gunnarsson, no te enteras. El subjuntivo es el espacio donde viven los deseos, hay muchas formas de referirse a nuestras acciones. Los islandeses es que lo queréis todo tasado y el castellano es una lengua muy rica en detalles y matices.