11 Migas y malentendidos #3
—No todo, la verdad —dijo él, y su voz bajó una octava, volviéndose de repente más cálida, más peligrosa. Dejó el cuaderno sobre la mesilla y se inclinó sobre mí, atrapándome entre sus brazos—. Hay cosas que no necesito tasar, si quieres te lo demuestro…
Las noches, por fortuna, borraban de un plumazo cualquier debate lingüístico o burocrático.
Lo que pasaba de puertas para adentro en aquella habitación de Lavapiés tenía una cualidad que yo no había experimentado jamás: era una mezcla perfecta de urgencia y absoluto deleite.
Einar se convertía en un amante metódico en el mejor de los sentidos posibles; se tomaba su tiempo para descifrar la geografía de mi cuerpo con la misma paciencia con la que ajustaba el enfoque de sus lentes, buscando siempre el ángulo exacto que me hacía perder el control.
Aquella noche, la tormenta de primavera golpeaba con fuerza los cristales del balcón.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor ámbar de las farolas de la calle que se filtraba a través de las cortinas finas.
El ambiente perfecto para el tipo de escena que me encanta protagonizar.
Einar estaba tumbado sobre mí, con el torso desnudo y la respiración acompasada, recorriendo con los labios la línea de mi clavícula. Sus manos, grandes y cálidas, bajaron por mis costados, deteniéndose en la curva de mis caderas con una presión firme que me hizo arquear la espalda hacia él.
—Adri... —susurró contra mi oído, y su acento nórdico, arrastrado y espeso por el deseo, me provocó un escalofrío que me recorrió de golpe la espina dorsal.
—Dime —logré articular, hundiéndole los dedos en los hombros, disfrutando de la tensión de sus músculos bajo mi tacto.
—You are too much, demasiado…—dijo, deteniendo sus labios a milímetros de los míos.
Sus ojos azules, casi negros por la dilatación de las pupilas, me devoraban con ansia—.
En Madrid todo es rápido, la gente grita, los coches pitan a todas horas y tú te mueves como si el tiempo se fuera a acabar de repente.
—Es que se acaba, Einar —respondí en un jadeo, tirando de él hacia abajo para besarlo con desesperación—. No pienses tanto, chiquillo y sigue por donde ibas…
El beso fue un incendio de proporciones bíblicas.
Me abrió la boca con una exigencia salvaje que me dejó sin aliento, su lengua reclamando la mía con una posesividad que me encendió las entrañas.
Me arrastró a su ritmo, un vaivén profundo, pausado pero implacable, que estiraba el placer hasta volverlo casi doloroso.
Cada embestida suya era limpia, certera, hundiéndose en mí de una manera que me hacía olvidar los apuntes, las broncas por los cajones y el mundo entero fuera de esa cama.
Mis uñas se clavaron en su espalda firme mientras el calor nos envolvía, una marea densa y eléctrica que terminó por estallar en un gemido sordo que él me ahogó en la boca, dejándonos a los dos temblando, abrazados como náufragos en mitad de la noche madrileña.
Mucho más tarde, cuando la lluvia había amansado y solo quedaba el goteo rítmico en el canalón, yo descansaba con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos lentos de su corazón.
—Oye —dije, rompiendo la calma con voz perezosa.
—¿Mmm? —respondió él, dándome un masaje suave en el hombro.
—Esa aplicación de móvil de la que me habló el otro día el polaco... Esa que tenéis en Islandia para comprobar si la persona con la que vas a salir es tu prima segunda... ¿Cómo se llama?
Noté cómo los músculos de su brazo se tensaban ligeramente, una reacción casi imperceptible.
—Íslendingabók —dijo, con un tono sospechosamente neutral.
—Esa misma. ¿La consultaste antes de perderte entre mis muslos en Londres? —Me incorporé un poco sobre el codo, mirándole de reojo con una sonrisa traviesa.
Einar guardó silencio durante unos segundos, mirando al techo con una seriedad cómica.
—No tenemos antepasados comunes en el siglo XVIII, Adriana. Tuve que comprobarlo, es una costumbre. Estás limpia, no te preocupes.
—¡Serás imbécil! —Le arrojé la almohada a la cara entre risas, mientras él se defendía con los brazos, soltando esa risa grave y contenida que tanto me gustaba—. O sea, ¿que de verdad lo miraste?
—Bueno, en realidad no me dio mucho tiempo.
Pero entiende que en un país de trescientas mil personas, se trata de una precaución elemental —afirmó, volviendo a tirar de mí para pegarme a su cuerpo—.
Pero contigo no me preocupé en exceso, el riesgo era bajo.
Demasiado morena, demasiado macarra. ¿O no se decía así?
—Te voy a dar yo macarra, Gunnarsson. No sabes la que se te viene encima, chiquillo —le solté, dispuesta a afrontar otra lucha cuerpo a cuerpo si él me seguía el ritmo.
Un rato después, con las pulsaciones todavía a mil después del encuentro en todo lo alto, decidí acurrucarme de nuevo contra su pecho caliente.
Un lugar increíble para cobijarse del frío, un abrigo natural donde guarecerse de las inclemencias del tiempo.
Y ahí sí, con algo de miedo y vergüenza, comencé a creer que, a pesar de los idiomas, los cajones y los mapas, aquel invierno que ya se derretía en Madrid empezaba a tener un sentido absoluto para mí.