11 Migas y malentendidos
Madrid, marzo-abril de 2018
Eso de compartir espacio con otra persona es una de las grandes trampas de la literatura romántica, a mí no me engañan.
Te lo pintan siempre con un filtro de luz cálida, tazas de café humeantes a medio compartir y camisones de lino que caen estratégicamente sobre un hombro.
Pero claro, ningún guionista de comedia romántica nos había conocido a Einar o a mí, dos trenes muy diferentes a punto de colisionar.
La cruda realidad se impuso a su pesar. Y es que a las siete y media de la mañana yo soy un peligro público en proceso de descompresión y Einar, por el contrario, parecía de esa estirpe de hombres que se despierta con los ojos limpios y despejados,
el pelo milagrosamente peinado y una disposición insultante para mantener conversaciones estructuradas cuando a mí sólo me apetece una ducha, un café y algún gruñido de buenos días.
No es que viviéramos juntos de forma oficial, claro, al menos eso hubiéramos jurado los dos durante aquellos días.
Él mantenía su habitación en el piso de Lavapiés con los tres músicos y el polaco invisible, y yo seguía atrincherada en Prosperidad con mis compis Martina y Vanesa.
Pero el destino, que es muy de costumbres, acabó por difuminar las fronteras.
Y así, sin comerlo ni beberlo, tuvo comienzo nuestro particular caos.
Al principio surgió de modo casual, como casi todo en esta vida.
Por ejemplo, aquella tarde en la que Einar apareció con su mochila repleta de cámaras y terminó por quedarse cuatro noches a dormir.
Las circunstancias de mi domicilio también ayudaron, ya que Martina pasaba cada vez más tiempo con Brais, por lo que nosotros no quisimos ser menos.
De ese modo se acabó por instaurar un sistema de fronteras abiertas que funcionaba de maravilla, siempre y cuando nadie cometiera el error de ponerle una etiqueta oficial.
Hasta que Vanesa decidió meter la cuchara, claro. ¡Menuda bocazas!
Fue una noche de abril, creo recordar, y todo comenzó en el coqueto salón de nuestro pisito.
Esos días hacía bastante calor para la época en la que nos encontrábamos y decidimos improvisar una cena rápida con un plato típico de mi tierra de adopción.
Pero como no tenía batidora ni mucho tiempo libre, decidí comprarlo ya hecho en el supermercado.
Un verdadero sacrilegio si hubiéramos preguntado a cualquier ama de casa andaluza, pero allí sólo estábamos nosotras y nadie se iba a chivar.
La gracia empezó cuando se lo puse delante a Einar, que miraba el cuenco con una concentración digna de un cirujano, como si aquel líquido maravilloso fuera radiactivo o algo similar.
—¿Esto se come... así? ¿Frío? —preguntó confuso, mientras sostenía la cuchara a mitad de camino, mirándome con esos ojos azules llenos de una desconfianza pacífica.
—¿Y cómo quieres comértelo, chiquillo? Es un gazpacho, Einar.
En Andalucía es casi una religión, pruébalo sin miedo —le expliqué, mientras abría una bolsa de picos—.
Lleva tomate, pepino, ajo, aceite... Es lo mejor que vas a probar en tu vida para combatir el calor que se viene, te lo aseguro.
Aunque a veces prefiero el salmorejo, ya lo irás viendo…
—Entonces, ¿es como una ensalada batida? —preguntó él confundido. Se decidió entonces a probarlo, dándole un sorbo minúsculo. Arrugó ligeramente la nariz, como si sopesara el sabor en el paladar antes de dar su veredicto—. Umm, no sé… Es diferente.
—¿Diferente para bien o diferente para mal? —intervino entonces Vanesa, que andaba por allí al quite.
—Para bien, claro —contestó Einar con cautela—. Es que es extraño para mí, nada más, tiene un sabor peculiar…
—Estos guiris no tienen ni idea, lo que yo decía —soltó Vanesa a modo de broma, guiñándonos el ojo a ambos mientras seguía repantingada en el sofá con los pies apoyados en la mesa baja, observándonos con una sonrisa ladina que no auguraba nada bueno—.
Porque a ver si lo vas a tratar como a la comida de los aviones, esto es un verdadero manjar y eso que yo soy navarra.
Por cierto, ¿cuándo vais a dejar de jugar a los diplomáticos y os mudáis juntos de una santa vez?
Llevas dos semanas con la mitad de tu armario aquí y la otra por ahí, Adri.
Y el vikingo, tres cuartos de lo mismo, no te creas que no nos damos cuenta.
Me atraganté con el pico de pan y tuve que dar un trago largo de agua antes de poder responder.
—Nadie está jugando a nada, Vane. Estamos perfectamente así, no saques las cosas de quicio. Cada uno tiene su espacio y sus cosas, no hay necesidad de correr.
Vanesa soltó una carcajada seca, de esas que significaban que no se creía ni una sola palabra de mi discurso de mujer moderna e independiente.
—Ya, claro, será eso. Espacio lo llaman ahora a lo de vivir en pareja.
Si el chico ya se sabe hasta el horario de la vecina del quinto que barre el rellano, pregúntale si no me crees —soltó Vanesa a mala leche, mientras mi islandés favorito asentía con la cabeza—.
Einar, cariño, no la escuches. En cuanto encuentres un piso con un salón luminoso para tus fotos, te la llevas de aquí y así os expandís a vuestro gusto, que me tiene la cocina invadida de sus botes de cremas.
Einar alternaba la mirada entre las dos, tratando de seguir el ritmo de nuestro castellano, que cuando nos juntábamos cobraba una velocidad de crucero inalcanzable para cualquier extranjero que no dominara el idioma.
Se frotó la nuca con un gesto que hacía siempre que se sentía un poco desbordado por cualquiera de los torbellinos locales de los que solía rodearme.
—Perdona, Vanesa... —dijo él despacio, midiendo las palabras—. El gazpacho puede ser algo relevante, cierto. Pero el espacio también. En Islandia somos pocos y nos gusta tener, ¿cómo se dice?, metros de distancia.
—Metros de distancia dice el cachondo —murmuró Vanesa, poniendo los ojos en blanco—. Si duerme pegado a ti como una lapa, Adri, que lo he visto con estos ojitos. En fin, me voy a mi habitación, que paso de ser el tercer vértice de este tratado internacional de la ONU.
Cuando nos quedamos a solas, el silencio del salón se volvió más denso, roto solo por el zumbido lejano del tráfico de la M-30. Me giré hacia él y le vi terminar el cuenco de gazpacho con una parsimonia casi sagrada.
—No le hagas caso a Vane —le dije en voz baja, acercándome a él—. Le encanta pinchar, ya sabes.
Einar dejó la cuchara en la bandeja, me rodeó la cintura con sus enormes brazos y me pegó a su pecho. Olía a jabón limpio y a ese olor suyo tan particular, que me recordaba al aire frío de montaña cuando subía a esquiar a Sierra Nevada.
—No me importa Vanesa —susurró contra mi pelo—. Pero tiene razón en algo. Tu gazpacho es bueno, aunque sea comprado. Y tus cremas y botes ocupan demasiado espacio, eso no es mentira.
Las fricciones de verdad, sin embargo, ocurrían en su territorio con más ímpetu que en el mío.
El piso de Lavapiés tenía un encanto bohemio indudable, pero Einar era un hombre metódico hasta rozar lo monástico, algo que a veces me alucinaba y otras me sacaba de quicio.
Tenía un sistema rígido para absolutamente todo: los objetivos de las cámaras ordenados por focales y año de fabricación, las camisas dobladas casi con escuadra y cartabón,
y los archivos del ordenador clasificados con una lógica militar que a alguien tan caótico como yo le resultaba difícil de comprender.
Vamos, que si mi amiga Mónica lo hubiera visto, ella que era acérrima seguidora de la serie Friends, lo hubiera comparado enseguida con su tocaya en el show de televisión, la mismísima Mónica Geller.
El choque de trenes estalló un martes a media tarde. Yo estaba intentando repasar en el salón los apuntes de un examen que tenía en unos días y él llevaba diez minutos rezongando por lo bajini, como dice mi madre, mientras revolvía entre los cajones del aparador.
—Adriana —me llamó con voz calmada. Su tono era excesivamente tranquilo, esa calma escandinava que yo ya había aprendido a temer porque equivalía a un aviso de tempestad—. ¿Has movido tú la caja de los cables de sincronización?
—¿La caja gris? —pregunté sin levantar la vista de los folios—. Sí, creo que la pasé al otro armario, el de allí. Necesitaba ese cajón precisamente para meter mis apuntes y un par de tonterías más.
Einar se quedó estático a medio camino, evaluando su respuesta.
Llevaba el pelo rubio recogido en un moño improvisado y unos vaqueros desgastados que le sentaban como un guante.
No quise ponerme a pensar en lo buenísimo que estaba con esa ropa, ya que su rostro me avisó del inminente desastre.
Se me quedó mirando con esos ojos azul glacial, de un modo imperturbable, como si estuviera procesando una infracción grave del código penal.
—Ese cajón es para los accesorios de la Hasselblad, ya lo sabes —dijo, pronunciando cada sílaba con una precisión quirúrgica.
—Ya, Einar, pero es que la Hasselblad ocupaba mucho espacio, encima guardada en esa horrible funda con sus accesorios y yo necesitaba dejar los apuntes ahí, para tenerlos cerca cuando estudie en tu salón —repliqué, dejando el bolígrafo sobre la mesa y cruzándome de brazos—.
Tampoco pasa nada porque compartamos un mueble, ¿no? Vamos, digo yo.
Él dio dos pasos hacia mí con su imponente envergadura, deteniéndose al borde de la mesa. No había ira en su rostro, solo un desconcierto profundo, casi filosófico.
—No sé cómo explicarte… En Islandia... —empezó a decir, buscando las palabras exactas en su repertorio—, el espacio personal es sagrado. Si tú tocas las cosas de un fotógrafo sin preguntar, es de mala educación. Muy mala, ok?
Sentí que la sangre mediterránea, aunque fuera por asimilación, me daba un vuelco por dentro. Me levanté de la silla para recortar la distancia física, plantándole cara con mi escaso metro sesenta de altura.
—Pues en Andalucía, Gunnarsson, cuando alguien pasa la noche contigo y te respeta, se asume que su presencia no molesta y que un cajón de mierda no es un tratado internacional —solté furibunda, con los ojos chispeando—.
No he tirado los cables a la basura, solo los he movido a otro cajón. No seas tan cuadriculado.
Einar apretó los labios, manteniendo la mirada.