El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1) 10 La noche sin prisa #2
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10 La noche sin prisa #2

Miré de reojo nuestro reflejo en el escaparate de una librería cerrada.

Él descollaba por encima de mí con su casi metro noventa de planta escandinava, y yo, a su lado, parecía una liliputiense, la estudiante desorientada que mira hacia arriba a su profesor.

Pero la presión de su mano era real, podía sentirla en cada centímetro de mi piel.

El norte y el sur amarrados en una calle cualquiera de Lavapiés, como lo más normal del mundo.

Nos dirigíamos hacia su piso sin hablarlo, como si fuera algo habitual en nuestras rutinas, un detalle que me asustó durante unos segundos, aunque enseguida alejé ese pensamiento de mi cabeza. Unos minutos después llegamos al portal, donde nos paramos un instante antes de adentrarnos en el edificio.

Su piso era exactamente lo que cabía esperar de un fotógrafo bohemio afincado en un barrio multicultural: un pasillo largo con el suelo de parqué crujiente, techos altos con molduras desconchadas y un caos organizado de cables, trípodes y libros de arte apilados junto al sofá.

Por suerte, los músicos y el polaco debían de estar de concierto o de juerga, porque reinaba un silencio absoluto en el inmueble.

—¿Quieres un té? ¿O agua? Quizás tenga algo de cerveza en la nevera, voy a ver —soltó de corrido tras colgar la chaqueta en el perchero, mirándome con una mezcla de timidez y expectación.

—Agua está bien, gracias.

Mientras él iba a la cocina, me acerqué a la pared principal del salón.

Había una hilera de copias fotográficas colgadas con pinzas de madera de un hilo de pescar y me detuve a observarlas con calma.

No eran imágenes urbanas de Madrid, sino paisajes de una belleza violenta y desolada: lenguas de hielo azulado que morían en playas de arena rigurosamente negra, llanuras de lava cubiertas de musgo fosforescente bajo cielos de un gris plomizo, y la silueta de una montaña perfecta,

rematada por una corona de nieve blanca.

Imágenes espectaculares que me dejaron sin habla, paisajes de un mundo que yo no conocía.

Me fijé entonces en una fotografía revelada a mayor tamaño, situada en el centro de la serie. Allí aparecía destacado el retrato de una mujer mayor, de pelo canoso y rebelde, que sonreía con los ojos entrecerrados mientras el viento le batía la cara.

—Es mi madre, Sigrid —dijo Einar, apareciendo a mi espalda con dos vasos de agua. Su voz, tan cerca de mi oído, me erizó por un momento la piel del cuello.

—Tiene una mirada poderosa —comenté, dándome la vuelta lentamente para quedar frente a él—. Se nota de dónde has sacado esos ojos tan profundos.

—Ella cree que los ojos son para mirar hacia dentro, no hacia fuera —respondió con una sonrisa mansa, dejando los vasos sobre una cómoda cercana—. Dice que en Islandia la gente habla poco porque el paisaje ya hace demasiado ruido.

—Pues aquí vas a tener que acostumbrarte a lo contrario, Gunnarsson. Aquí somos nosotros los ruidosos, seguro que ya te has dado cuenta.

Einar dio un paso hacia delante, acortando la escasa distancia que nos separaba.

Sus manos subieron directas a mis caderas, firmes, colándose por debajo de mi jersey.

El calor de su piel en contacto con la mía me hizo soltar un leve suspiro.

Me obligó a alzar la cabeza para sostenerle la mirada y yo obedecí.

Esos ojos azules ya no tenían nada de tímidos; eran puro fuego contenido, el mismo volcán silencioso que intuía bajo su fachada calmada.

—No me importa el ruido —susurró, inclinándose despacio—. Siempre que estés tú en mitad de él.

El beso comenzó sin la urgencia febril de Londres, pero con una profundidad que me hizo perder el sentido de la orientación.

Sus labios, suaves y expertos, recorrieron los míos con una parsimonia casi agónica, recreándose en cada rincón, como si estuviera memorizando la textura de mi boca.

Su lengua buscó la mía con un reclamo firme, desatando una corriente eléctrica que me bajó por la espina dorsal en ráfagas cada vez más salvajes.

Gemí entre sus labios y me pegué más a su pecho, enredando mis dedos en su cabello rubio, disfrutando del tacto áspero de su barba contra la piel de mi cuello y barbilla.

Einar me levantó en vilo casi sin esfuerzo, haciendo que mis piernas se ciñeran a sus caderas, y me guio a ciegas por el pasillo hasta su habitación.

La cama era grande, baja con respecto al suelo y olía a limpio, a él.

Nos despojamos de la ropa con una lentitud deliberada, desnudándonos no solo de las prendas, sino también de los meses de esperas y desencuentros.

Bajo la luz pálida que entraba por la ventana desde la calle, su cuerpo se veía imponente: hombros anchos, pecho firme y la musculatura marcada de quien está acostumbrado a cargar equipos pesados por terrenos difíciles.

Cuando sus ojos recorrieron mis curvas, no sentí el habitual ramalazo de timidez por mis anchas caderas; su mirada era tan limpia y cargada de un deseo tan genuino que me sentí la mujer más hermosa del mundo.

Se tumbó sobre mí, repartiendo el peso con cuidado, y sus manos comenzaron a explorar cada palmo de mi piel con una devoción que me hizo temblar de deseo y pasión.

Me besó el cuello, descendió por la clavícula y se entretuvo en mis pechos, mordisqueando los pezones hasta hacerme arquear la espalda y gemir su nombre en la penumbra del cuarto.

—Adriana... —susurró él contra mi piel, mientras su acento nórdico le daba a mi nombre un matiz exótico, casi sagrado.

Cuando por fin nos unimos, el mundo exterior desapareció por completo.

Fue un encuentro pausado, rítmico, una coreografía perfecta donde nos compenetramos sin prisa, buscando el límite del placer en cada embestida.

Cada movimiento suyo era profundo, certero, estirando el tiempo hasta que la tensión se volvió insoportable.

Mis uñas se clavaron en su espalda mientras él aceleraba el ritmo, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en los míos, sosteniendo el contacto visual hasta que el piso de Lavapiés pareció estallar en mil pedazos y nos sumergimos juntos en una oleada de calor denso y cegador.

Hacia las cinco de la madrugada, me desperté a medias. La cabeza de Einar descansaba sobre mi pecho y uno de sus brazos, pesado y protector, me rodeaba la cintura. Fuera, Madrid seguía con su runrún lejano de sirenas y camiones de la basura, pero dentro de aquella habitación la calma era absoluta.

Le acaricié el pelo, disfrutando de la paz que me inundaba.

El destino nos había mareado bastante durante un año, pero esa noche, por fin, nos había dado tregua.

Sonreí en la oscuridad, pegándome un poco más a su cuerpo caliente, dispuesta a descubrir qué clase de invierno nos esperaba a partir del día siguiente.