El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1) 10 La noche sin prisa
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10 La noche sin prisa

Madrid, marzo de 2018

No sé cuánto tiempo nos quedamos así, suspendidos en un rincón de la galería, ajenos al murmullo de la gente que rodeaba las copas de vino espumoso y las hileras de fotografías en las paredes.

Cuando mis pies volvieron a tocar el suelo y deshice el nudo de mis brazos alrededor de su cuello, me dio por reír.

No fue una risa ensayada, sino una carcajada nerviosa, de esas que te nacen en la boca del estómago cuando la vida decide saltarse todas tus lógicas y plantarte delante lo que dabas por perdido.

Einar me miraba fijamente, sin soltarme las manos, con las cejas ligeramente arqueadas bajo el flequillo rubio-cobrizo que ahora llevaba algo más corto que la última vez que nos vimos en Gran Canaria.

Tenía una expresión de desconcierto absoluto, como si temiera que, si parpadeaba demasiado rápido, yo volviera a evaporarme de nuevo sin despedirme siquiera.

—¿De qué te ríes? —preguntó al fin. Su español sonaba más firme, más estructurado que en nuestro anterior tropiezo. De todas formas, me pareció que arrastraba una cadencia pausada, tal vez sopesando el peso de cada vocal antes de soltarla al aire.

—De nosotros, Einar. Esto es increíble, ¿no te parece?

Menuda puntería la nuestra —dije, apartándome un mechón de pelo de la cara y tomando aire—.

Primero en Covent Garden, luego en Gran Canaria y ahora el centro de Madrid.

Esto lo cuento en voz alta y nadie me cree, es un poco surrealista la situación.

Y ya que estamos, ¿se puede saber qué demonios haces aquí?

Él esbozó su media sonrisa ladeada, esa marca patentada que recordaba perfectamente del pub de Londres, la misma que me había perseguido en sueños durante meses. Una chispa de orgullo discreto le iluminó los ojos azules antes de contestarme.

—Te dije que no me gustaba dejar los trabajos a medias —respondió en voz baja, recorriendo con el pulgar el dorso de mi mano—.

Vine a buscar algo de luz, you know. La de Londres era demasiado gris y la de Canarias too much.

Creo que me quedo con la de aquí, Madrid tiene una luz especial que todo fotógrafo profesional debe poder captar en algún momento de su carrera.

Antes de que pudiera indagar en esa respuesta o preguntarle cualquier otra cosa, una sombra alargada se interpuso entre nosotros.

Ya me había soltado de mi abrazo de koala, pero permanecíamos muy juntitos y acaramelados.

Vanesa apareció entonces con los brazos cruzados y una ceja alzada, analizándonos con la precisión de un perito judicial.

Miró mis manos entrelazadas con las de Einar, subió después la vista hacia su imponente estatura y luego me clavó una mirada cargada de pura picardía.

—Vaya, vaya. Y eso que no querías venir a la exposición porque no te gustaba el arte de vanguardia, ¿verdad, Adri? —dijo con retintín, hablando un castellano rapidísimo que dejó a Einar parpadeando un par de veces, asombrado.

—Vane, por favor, no empieces... —mascullé a duras penas, sintiendo que las mejillas me ardían.

—Yo no he dicho nada, mosquita muerta. De hecho, ya me voy —sentenció mientras le dedicaba a Einar una sonrisa deslumbrante justo antes de extenderle la mano—. Hola, ¿qué tal? Yo soy Vanesa, la compañera de piso de Adriana. Un placer y de los gordos…

Einar se quedó un momento perplejo, quizás abrumado ante la exuberancia verbal de mi amiga. Ella ni se inmutó y siguió a lo suyo.

—Os dejo solos, parejita, creo que me ha salido un plan. En la barra hay un maromo que me hace ojitos y tiene cara de necesitar que lo entretengan. Pásalo bien, guapa, tú sí que sabes... No me esperéis despierta, igual se me hace un poco tarde.

Me plantó un beso rápido en la mejilla que olía a su perfume de sándalo y se alejó entre la multitud con ese contoneo de caderas tan suyo, dejándonos solos otra vez en mitad de la marea de la exposición.

Debía reconducir la situación, sólo esperaba que mi vikingo preferido no se hubiera asustado ante el ímpetu salvaje de mi compañera de piso.

Miré a Einar, que seguía con los ojos fijos en el punto por donde Vanesa había desaparecido, procesando todavía su ráfaga de palabras.

—Tu amiga es un…, ¿cómo se dice? Like a whirlwind —comentó al final en inglés, refiriéndose a un torbellino.

Clavó de nuevo la pupila de sus ojos azules en mí y me pareció distinguir un tono más cálido, menos glacial que de costumbre. Quizás fuera la luz que me confundía o algo en mi interior que me hacía procesar de un modo especial las imágenes a mi alrededor.

—Sí, algo así. Un terremoto, más bien —corregí, soltando un suspiro que me liberó de parte de la tensión acumulada—. Oye, ¿tienes hambre? Llevo desde el almuerzo con un nudo en el estómago y creo que necesito darle algo de comida.

—Mucha —asintió él de inmediato con ese acento suyo tan especial. Y entonces se le escapó una risa corta y sincera, algo espontáneo que me encantó. Fue un gesto aparentemente inocente que no le había escuchado jamás, teniendo en cuenta nuestros anteriores encuentros, siempre tan accidentados.

—Perfecto, conozco un sitio cerca —aseguré—. No es tan cool como esta galería, pero tienen buena comida.

Terminamos en una taberna estrecha y de techos altos en la calle Hortaleza, uno de esos típicos locales madrileños de toda la vida.

Un lugar que olía a aceite de oliva, ajo y solera, donde las paredes estaban cubiertas de azulejos antiguos y fotos en blanco y negro de toreros olvidados.

El local se encontraba a tope y nos encajamos como pudimos en una mesa de madera al fondo, al amparo de una luz tenue que suavizaba las facciones nórdicas de mi acompañante.

Einar no sabía qué pedir, así que le hice alguna que otra sugerencia y creo que pensó que le estaba vacilando.

Al final pedimos una ración de boquerones en vinagre y unas croquetas de cocido, sin que él pareciera muy convencido.

Al principio miraba los platos con el recelo lógico del que se ha criado entre pescados secos y cordero ahumado, por no hablar de la comida en Londres.

Sin embargo, tras el primer bocado, sus hombros se relajaron notablemente.

—Umm, muy bueno… Esto es increíble —admitió, señalando el plato con el tenedor—. En Reikiavik el pescado es excelente, pero aquí hacéis cosas extrañas que funcionan. Y no me extraña que a todos los guiris les gusten las croquetas, es algo fabuloso.

Su nivel en castellano había subido muchísimo, permitiéndose incluso el lujo de hablar de los guiris como si él no formara parte de ese grupo. Sonreí a mi pesar, tranquila al ver que se había relajado un poco después de nuestro nuevo encuentro fortuito.

—Esto no es nada, Gunnarsson, en mi tierra de adopción se comen los boquerones de otras maneras.

Y ya verás cuando pruebes la porra antequerana o los bastones de berenjena con miel de caña, eso sí que quita el sentío —bromeé con él mientras apoyaba los codos en la mesa y le sostenía la mirada—.

Ahora, habla. Me debes una explicación de cómo narices has acabado en Madrid.

La conversación fluyó, ahora sí, sin los tropiezos del pasado.

Sin la urgencia alcohólica de aquella primera noche londinense o el agobio de los horarios de playa en Canarias, con tiempo para expresarnos.

Me contó, con paciencia y buscando las palabras exactas en su español todavía algo rígido, el cúmulo de desgraciadas coincidencias por el que perdió de nuevo mi teléfono en Mogán.

Así que, tras el desastre del Beach Club de Gran Canaria, regresó a Londres solo para cerrar su apartamento y empaquetar sus cámaras en busca de un lugar mejor.

Se había mudado a Madrid en otoño, alquilando una habitación en un piso compartido con tres músicos españoles y un estudiante polaco que, según él, nunca dormía.

Para pagar las facturas hacía fotografía de catálogo para una firma de ropa barata en un polígono de Villaverde, un trabajo gris que devoraba su paciencia, pero los fines de semana se dedicaba a recorrer los mercados de abastos, una de sus grandes pasiones al parecer,

en busca de capturar la vida oculta de la ciudad y sus mejores imágenes.

Yo, por mi parte, no me guardé tampoco nada.

Le hablé de la caída en desgracia de mi padrastro Antonio, del laberinto legal en el que me había visto envuelta sin quererlo, y de mi mudanza forzosa a Madrid para empezar de cero, lejos del ambiente viciado de Estepona.

Y de cómo, gracias a mis nuevas amigas, había comenzado a construir algo en la capital, algo todavía indefinible, pero que en unos meses pensaba terminar el MBA y buscar mi lugar en el mundo.

Einar no me interrumpió con frases hechas ni condolencias baratas, él no era de ese estilo.

Se limitó a escuchar, con una intensidad en la mirada que me hacía sentir que cada palabra mía quedaba registrada en su memoria como una de sus fotografías.

Por una vez, me encantó sentir que alguien me escuchaba de verdad, porque le interesaba lo que le estaba contando, sin dobleces de ningún tipo.

Yo le miraba a mi vez y observaba, de vez en cuando, como apretaba la mandíbula y mostraba una empatía silenciosa que me reconfortó más que cualquier discurso vacío.

Cuando salimos de la taberna, Madrid nos recibió con esa brisa de finales de invierno que te obliga a subirte el cuello de la chaqueta.

Caminamos despacio hacia el sur, cruzando la Gran Vía y adentrándonos después por las callejuelas que bajaban hacia Tirso de Molina.

La ciudad a esa hora tenía un encanto desvencijado y nocturno: olía a asfalto húmedo tras el paso de las brigadas de limpieza y al vaho de los portales, una mezcla extraña que me llamó la atención.

Al torcer por la calle del Olivar, la acera se estrechó.

Einar, que caminaba a mi lado con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo oscuro, rozó mi brazo.

Se detuvo un segundo, sacó la mano derecha y, sin decir una palabra, buscó la mía.

Sus dedos eran largos, firmes y ligeramente fríos, pero su palma estaba sorprendentemente templada para no llevar guantes.

Encajamos a la perfección, como si lleváramos toda la vida paseando por Madrid a esas horas de la madrugada.

Emití un suspiro ahogado que esperaba no hubiera escuchado, aquello sobrepasaba todas mis expectativas.