9 El despertar de la primavera #2
—Te puedes imaginar con sus pintas, le va el rollo alternativo.
Un poco hípster-perroflauta, ya sabes de qué palo va.
La exposición creo que está en Alonso Martínez y el restaurante en Malasaña, así que ya sabes de qué palo va.
Por esa zona hay locales chulos, luego nos lo montamos por nuestra cuenta y a lo mejor acabamos también la noche acompañadas, tú ya me entiendes…
Vanesa me guiñó el ojo, pero la última parte de su plan me daba más pereza aún.
Al final terminé por claudicar y me uní al grupito.
Yo no tenía muchas ganas de fiesta y esperaba poder volver temprano para no perder toda la mañana del domingo.
Si me acostaba tarde esa noche luego me costaría mucho más aprovechar al día siguiente para estudiar o avanzar con el trabajo pendiente.
Y claro, ya os estáis imaginando que la noche tranquila se iba a torcer ligeramente.
Hice caso a mis amigas y nos vestimos con nuestras mejores galas.
En plan informal, no nos habían invitado a la recepción del embajador, pero tampoco en plan tiradillas.
Brais y Martina parecían de muy buen humor, y ni Vanesa ni yo pretendíamos amargarles la velada, por lo que les dimos su propio espacio.
Nos acercamos en metro hasta Alonso Martínez y a escasos metros de allí, en la calle de los Hermanos Álvarez Quintero, se encontraba la galería de arte.
Un espacio multifuncional de arte moderno y contemporáneo donde podías encontrar exposiciones de todo tipo.
Nos adentramos en el edificio y nos dieron un folleto informativo.
Allí me fijé en la exposición de escultura del amigo de Brais, que por el tipo de piezas que aparecían en el dossier, no tenía pinta de llamarme demasiado la atención.
Todo lo contrario de lo que me encontré al final del programa, donde informaban de una exposición fotográfica de artistas vanguardistas europeos.
Y claro, el subconsciente me traicionó, y me acordé de mi amigo fotógrafo, el hombre llegado de las nieves que había trastocado todo mi mundo durante los últimos meses.
No tenía nada que ver, claro, porque por allí aparecían fotografías espectaculares de muchos lugares conocidos y no tan conocidos de Europa, pero nada relacionado con la isla de hielo y fuego: el Coliseo de Roma, las escaleras de Montmartre, los bisontes del parque nacional de Bialoweza en Polonia,
un atardecer en Santorini o una panorámica del barrio gótico de Barcelona.
Hasta que me topé con una fotografía en blanco y negro de una panorámica del mercado de Covent Garden, firmada por un tal E.
Gunnarsson. Ese apellido me sonaba a escandinavo, pero no sabía si podía ser islandés y mucho menos si la E provenía de Einar.
Aunque claro, al recordar que nos habíamos conocido en un pub inglés de esa misma zona, las mariposillas se adueñaron de nuevo de mi estómago.
¿Y si…? No, no era posible, no en Madrid.
Mi mente me jugaba malas pasadas mientras seguía buscando en aquella exposición alguna fotografía que me recordara a mi querido vikingo.
Igual me topaba con algún glaciar o volcán de su tierra, o tal vez otra fotografía londinense o de cualquier otro lugar que hubiera visitado.
Como por ejemplo, la isla de Gran Canaria.
No divisé nada similar y me desilusioné un poco.
Intenté encontrar a algún encargado de la exposición o alguien de la galería que pudiera informarme sobre los artífices de aquellas fantásticas fotografías, pero no me fue fácil entre el gentío que pululaba por el recinto.
Y encima Vanesa me estaba friendo a mensajes, preguntándose dónde narices me había metido, ya que al parecer la visita escultórica también estaba llegando a su fin y nuestros amigos pensaban abandonar aquel lugar camino del restaurante en el que teníamos reserva.
Ya sé que esto no es una película romántica de Hollywood, y eso que a veces la realidad supera a la ficción, pero entonces algo cambió.
Me sentí flotar sobre aquel maremágnum de gente, casi levitando sobre sus cabezas mientras escudriñaba cada rincón del edificio.
Una sensación extraña se apoderó entonces de mí, como si alguien estuviera observándome desde su escondite.
De vuelta a la realidad, miré en derredor buscando al culpable de mi desasosiego.
Me cruzaba con todo tipo de caras y miradas diferentes, algunas amables y sonrientes y otros adustas o huidizas, como si ocultaran algo.
Es curioso observar a la gente, es un ejercicio que a veces hago como parte de un experimento sociológico pero en esos momentos, allí plantada y dando vueltas como una idiota, me hizo sentir como un bicho raro.
Entonces regresó esa extraña sensación, como si el tiempo se detuviese.
Imaginé que el resto de personas comenzaban a moverse a cámara lenta y luego incluso parecieron difuminarse a mi alrededor.
Me sentí como si el director de mi propia película hiciera zoom sobre mí, desenfocando el resto del escenario en el que me encontraba.
Una locura que no logré comprender, pero que sentía en el fuego de mis entrañas.
Hasta que una voz conocida vino a sacarme de mi ensimismamiento.
—¿Adriana?
No podía ser, estaba soñando. Mi mente seguía jugándome malas pasadas y el mareo comenzó a apoderarse de mí. Todo me daba vueltas y no lograba ubicar el origen de esa voz misteriosa que me llamaba, temerosa de desmayarme allí mismo. ¿Me estaba volviendo loca?
—¿Eres tú de verdad, Adriana? ¡No me lo puedo creer!
Me di la vuelta despacio, orientándome hacia la dirección de la que sospechaba provenía aquel sonido maravilloso pronunciado en mi propio idioma, con mis sentidos embotados ante el ruido exterior y la sucesión de extraños acontecimientos que me habían trastocado de aquel modo.
Y de pronto lo vi, allí plantado delante de mí, como una aparición llegada del frío que se hizo carne a pocos metros de mi posición. Era imposible, no me lo podía creer.
—¿Einar?
Mi garganta se había secado y me costaba articular palabra.
Y aquel dios norteño, elegantemente ataviado con un pantalón de vestir estilo inglés, un jersey de cuello vuelto de color beige y un abrigo de paño gris marengo, se acercó a mí a grandes zancadas.
Me pareció incluso que venía envuelto en una bruma que acrecentaba la sensación fantasmagórica que atenazaba mis músculos desde hacía unos minutos.
Y entonces me demostró que todas esas absurdas ideas sólo estaban en mi imaginación.
—¡Esto es increíble, Adriana! ¿De verdad eres tú? —me dijo a escasos centímetros de mi rostro, mientras me cogía de los brazos y me observaba alucinado como si yo fuera la Venus de Milo.
No podía reaccionar, mi lengua se negaba a obedecerme y ni siquiera fui capaz de contestarle nada coherente.
Así que dejé que actuara el instinto, o como se llame esa fuerza atávica y misteriosa que tenemos forjada a fuego en nuestro ADN, desde los tiempos de los primeros hombres sobre la Tierra.
Me dejé llevar e hice lo que de verdad quería, sin importarme el qué dirán ni que estuviéramos rodeados de decenas de personas.
Salté hacia él sin pensármelo dos veces, agarrándole con mis piernas y aferrándome a su cuello para no caerme.
Afortunadamente él reaccionó bien y me sujetó, levantándome en volandas como aquella noche londinense en la que perdimos todas nuestras vergüenzas.
Ahora nos encontrábamos vestidos y me daba lo mismo, el erotismo del momento me subyugó por igual.
Nos fundimos en un apasionado beso que incluso levantó algún murmullo a nuestro alrededor, pero yo sólo podía deleitarme con la suavidad de sus labios y la exquisita humedad de una boca que ansiaba devorarme tanto como yo.
Siempre recordaré aquel instante que prolongamos todo lo que pudimos como uno de los mejores momentos de mi vida.
A lo largo del resto de mi existencia, en esos tramos de angustia o de zozobra en los que las cosas no marchaban como debían, siempre podía refugiarme en ese puerto seguro: el instante en el que volvimos a encontrarnos, en cuerpo y alma, con la firme convicción de no separarnos de nuevo.
Aunque ya sabéis que el destino, caprichoso él, siempre tiene sus propias reglas para que no puedas descuidarte ni un segundo.
Tenía que buscar a mis amigos y contarles la buena nueva, ya que no pensaba alejarme de Einar ni por todo el oro del mundo.
Nos habíamos vuelto a encontrar, por tercera vez en sitios que nada tenían que ver con nuestro verdadero origen o lugar de residencia, y eso sólo podía significar una cosa.
Me daba igual lo que pensara el resto de la humanidad, lucharía con uñas y dientes para que aquella relación, cuando en realidad ni siquiera podíamos llamarla así a esas alturas de nuestro propio largometraje, funcionara a pesar de las circunstancias.
Tiempo tendría de darme cuenta de que no todo era tan fácil en la vida. Y sin embargo, en esos momentos, con las endorfinas revolucionando mi organismo, no podía borrar de mi rostro aquella sonrisa de felicidad que tanto anhelaba.