9 El despertar de la primavera
Madrid, marzo de 2018
Fue un trimestre duro que sacamos adelante no sin penurias. Con mucho esfuerzo y sacrificio fuimos mejorando en nuestras calificaciones, gracias al trabajo que desarrollamos en los meses del frío invierno madrileño. Estaba muy orgullosa de mí, y también de mis nuevas amigas.
Martina y Vanesa se habían convertido en mi nuevo soporte vital.
No me olvidaba de Mónica y el resto de la pandilla de Málaga, pero mis prioridades en esos momentos eran otras.
Quería sacar el curso por encima de cualquier otra idea, y no pensaba desfallecer hasta conseguirlo.
Aunque siguieran apareciendo obstáculos en el camino.
Reconozco que, al principio, la convivencia no fue demasiado sencilla.
Yo estaba acostumbrada a unas cosas y ellas a otras, y al final todas cedimos por el bien común.
Lo hablamos como personas civilizadas, organizamos los turnos y las tareas para mantener el piso en condiciones y fuimos solucionando cualquier pequeño problema que fuera surgiendo.
Al final les confesé mi verdadera situación y se apiadaron de mí.
Yo no quería dar lástima y pretendía salir adelante por mis propios medios, pero por lo menos no tuve que inventarme más excusas para no salir a cenar una noche, ir a la discoteca de moda o comprarme el último modelo de vestido o maquillaje.
Ellas comprendieron mi situación y me apoyaron, alucinadas ante mi perseverancia.
Yo quería demostrarle a Antonio, a mi madre y, por supuesto, a mí misma, que era capaz de triunfar en lo que me había propuesto.
Con el frío no apetecía tanto salir de marcha por la noche, y menos con una calefacción tan potente como la que disfrutábamos en aquel piso de Prosperidad, un barrio en el que se mezclaban vecinos de toda la vida con familias de inmigrantes que llegaban a Madrid con ganas de buscarse la vida.
Un vecindario ecléctico que nos pillaba a tiro de piedra del centro de estudios, por lo que tampoco tuve que moverme demasiado en transporte público por la ciudad.
De todas maneras sí que organizamos alguna pequeña fiestecilla en casa.
Y si no, nos lo montábamos por nuestra cuenta las tres solas.
Ya fuera con una buena película, cena para llevar o una botella de alcohol de alta graduación con la que quitarnos las penas.
Alguna vez también fuimos al cine e incluso un par de noches salimos de copas por el centro, con resultado desigual para las tres.
Una de esas noches, Vanesa ligó y prefirió largarse con el muchacho sin regresar a casa con nosotras.
Fue un rollo pasajero, aunque el chico también apareció en algún momento por casa, encerrándose en la habitación con nuestra amiga.
Y claro, en esas ocasiones fue difícil concentrarse para estudiar o siquiera conciliar el sueño; el chaval era fogoso y un poco escandaloso en la cama.
Yo preferí pasar de hombres en esa época, sólo me centré en los estudios.
Alguna vez permitía que mi mente desvariara y siempre se colaba por algún resquicio el maldito vikingo, pero conseguí trasladarlo al rincón más oculto de mi mente para poder seguir adelante.
Ni siquiera guardaba ninguna foto de él, ni whatsapp, mail o cualquier tipo de mensaje, por lo que el trance se convertía en algo menos duro.
Sin darnos cuenta habíamos llegado ya al mes de marzo y Martina nos descolocó un poco con su actitud.
Se la veía nerviosa, alterada, y ninguna sabíamos bien los motivos.
Ella no soltaba prenda y nosotras no quisimos insistir, así que lo dejamos correr.
Hasta una tarde en la que Vanesa y yo regresamos de la biblioteca, donde habíamos estado estudiando y consultando unos manuales ya descatalogados que nos servirían para un trabajo de clase.
Al llegar al descansillo escuchamos unos extraños ruidos en el interior de la casa y pensé que habían entrado a robar o algo así.
Estuve tentada de llamar a la policía pero Vanesa sonrió y me hizo el gesto universal de silencio llevándose un dedo a los labios.
Abrió con su llave y entramos con sigilo en el domicilio, sin llegar a comprender a qué venía tanto misterio.
Atravesamos el pequeño pasillo que separaba la entrada del piso de nuestro salón, donde se escuchaba una especie de sonidos guturales.
Yo quise advertir a mi compañera, no sabíamos bien a qué nos enfrentábamos, pero ella parecía muy resuelta.
Me agarró del brazo, tiró de mí y nos plantamos como dos idiotas en el medio del salón.
No sé si grité yo más por la sorpresa o los causantes de aquellos sonidos tan intrigantes por el susto.
—¡Aaarrrggghhh!
Un tipo semidesnudo, con el culo más blanco y peludo que había visto en mi vida, intentaba subirse los pantalones y escapar de allí, todo a la vez.
Mientras tanto, Martina echaba espuma por la boca y fuego por los ojos, increpándonos a voz en grito por haberle dejado el polvo a la mitad.
Yo no sabía dónde meterme, mientras Vanesa se descojonaba de todos nosotros.
—¡Joder, vosotras no ibais a estudiar hasta las nueve! —exclamó Martina bastante cabreada.
—Sí, perdona, es que ya estábamos cansadas de tanto estudio —respondió Vanesa mientras se aguantaba la risa—. Pero si llego a saber que está aquí el bueno de Brais nos hubiéramos acercado antes, mujer.
—Os juro que me las pagaréis, palabrita de meiga…
Yo temía a Martina cuando se ponía en plan bruja gallega, aunque a Vanesa parecía hacerle mucha gracia. Así que preferí guardar silencio y esperar acontecimientos, ellas se conocían desde antes y no pensaba meterme en medio.
A todo esto, Martina seguía medio desnuda en el sofá y no parecía importarle que nosotras nos encontráramos allí enfrente.
Era tal el calentón que llevaba, el furor uterino por dentro y la mala hostia por fuera, que ni siquiera se daba cuenta.
Y yo, como soy idiota, me sentí mal por admirar el precioso pecho de mi amiga. ¡Qué suerte tienen algunas!
Enseguida se recompuso Martina, acabó de vestirse y se levantó del sofá, dispuesta a buscar al Romeo escondido.
Al parecer se había parapetado en el dormitorio de su amante y ella lo sacó de allí a rastras, de vueltas al salón.
El pobre no sabía dónde meterse, imagino que más por mí que por Vanesa, que ya parecía conocerle.
En realidad la situación resultó un tanto surrealista.
—Buenas tardes, Brais, cuanto tiempo sin verte por Madrid. ¿Qué tal va todo?
—Hola, Vanesa, todo bien, gracias. Bueno, yo ya me iba, hablamos en otro momento…
Yo también quería escaparme de allí, pero la cabrona de Vanesa me agarraba de la manga para que no me escaqueara. Había escuchado que aquel chico se llamaba Brais, pero para mí se llamaría siempre Tamar en mi mente. Y es que era clavadito a Tamar Novas, un actor gallego que me gustaba mucho.
—Brais, ella es nuestra nueva compañera Adriana. Viene de Málaga y también está estudiando el Máster con nosotras.
—Encantada de conocerte, Brais —dije desde la distancia sin querer acercarme.
—Lo mismo digo, Adriana —balbuceó a duras penas—. Bueno, lo dicho, ya nos veremos otro día...
El chico se vistió como pudo, le dio un fugaz beso en los labios a Martina y nos dejó con la palabra en la boca.
Eso a nosotras dos, las recién llegadas, porque a Martina le sentó un poquito peor la situación.
Primero, porque le habíamos interrumpido la diversión y segundo, porque el maromo se largaba de allí a la carrera casi sin despedirse.
—Vaya, vaya, así que has vuelto a las andadas con el bueno de Brais…
Vanesa picó a Martina y yo preferí escabullirme a mi habitación, por lo que pudiera pasar.
No es que llegaran a discutir, pero las dos tuvieron una conversación subida de tono, con algún tipo de reproche por circunstancias o situaciones antiguas en las que no me pensaba meter, allá se las compusieran.
Al parecer Martina ya había salido medio en serio con Brais en Vigo, pero la relación no terminó de cuajar.
Lo habían dejado varias veces porque al gallego le gustaba picar de flor en flor y eso Martina no lo soportaba.
Y al parecer, de vez en cuando, volvían a quedar para recordar viejos momentos.
Y es que siempre se ha dicho que donde hubo brasas siempre quedan rescoldos…
Esos días se palpaba la tensión en el piso compartido, por lo que intenté centrarme en los estudios.
El jueves por la noche ya noté el ambiente algo más distendido y yo me relajé también, aliviada ante el devenir de los acontecimientos.
Prefería ver bromear a mis dos compis mientras cenábamos antes que los episodios de malas caras que habíamos vivido durante la semana.
Y si nosotras habíamos sorprendido a la fogosa pareja in fraganti, el bueno de Brais tenía también preparada una pequeña sorpresa para nosotras para ese fin de semana.
Y a fe que lo consiguió. Al parecer se sentía culpable por haber aparecido así de repente en nuestras vidas, —yo no quise preguntar, pero me pareció escuchar que se quedaría unos días más en Madrid.
Y por supuesto se alojaría en nuestro piso, para ser más exactos en el dormitorio de Martina— y quiso recompensarnos por ello.
Tamar, digo Brais, había preparado una velada diferente para ese sábado.
Primero pretendía pasarse por la inauguración de una exposición de escultura de un amigo suyo y luego quería invitarnos a cenar a un nuevo restaurante de cocina-fusión, significara aquello lo que significase, en el que conocía a uno de los socios.
Según él, como agradecimiento por todas las molestias ocasionadas durante los últimos días al haberse acoplado a nuestro pisito de solteras.
—¿Y no me puedo escaquear de todo eso? —le pregunté a Vanesa con disimulo—. Total, no es que mienta si digo que tengo mucho que estudiar. Llevo retraso con el trabajo que hay que entregar antes de Semana Santa, igual me quedo aquí y adelanto algo.
—¡Ni de coña, guapita! —replicó la navarra—.
No me vas a dejar sola, de carabina nada menos, con la parejita feliz.
Le acompañamos un rato a ver a su amigo el escultor, no creo que sean más de diez minutos, y luego cenamos con ellos de gorra en el sitio ése.
Y más tarde, como quien no quiere la cosa, dejamos solos a los tortolitos y nos vamos tú y yo a quemar Madrid.
—Buff, ¡qué pereza! No me apetece nada el plan, la verdad. ¿Qué clase de amigos tiene el bueno de Ta…, digo Brais?