8 Un nuevo comienzo
Madrid, enero de 2018
Como no quería amargarme de más y pensar en el futuro tan negro que se me avecinaba, quise seguir a rajatabla el dicho latino Carpe diem y disfruté lo que pude de las fiestas.
La Nochebuena no fue la mejor de mi vida, no os voy a engañar, y eso que Mónica se las apañó para colarnos en un fiestón de Nochevieja en el que desfasamos hasta las siete de la mañana.
Nos pusimos nuestras mejores galas, nos reunimos con el resto de la pandilla y dimos la bienvenida al nuevo año como es debido.
Y claro, después de la juerga y la borrachera llegó la resaca, y no sólo la física.
Sabía que todo mi mundo se había trastocado, aunque yo era muy orgullosa y no pensaba regresar al redil.
Ni por todo el oro del mundo querría ver el gesto de suficiencia de Antonio, con esa sonrisa sibilina que no entendía cómo podía encandilar de esa manera a mi madre, diciéndome que sería bienvenida de nuevo a su hogar.
Eso sí, siempre con algún tipo de contrapartida en la que me humillara y demostrara su poder y ascendencia sobre nosotras. Ni muerta.
Así que me preparé para regresar a Madrid: contaba con un mes para encontrar un alojamiento que no me saliera por un ojo de la cara, algo complicado en la capital.
Y más si se me ocurría buscar en las inmediaciones de mi centro de estudios para no perder demasiado tiempo con el transporte.
Algo a lo que no estaba acostumbrada, la verdad, como algunos de mis compañeros.
No me veía yo cruzando media provincia de Madrid en tren, metro y autobús para llegar a mi destino, aunque todo dependería de las circunstancias.
Ya no podía considerarme una privilegiada, una niña pija como la mayoría de participantes en el curso.
Yo era la pobre del grupo y así tendría que asumirlo.
Tampoco me iba a asustar; sólo tenía que aguantar unos meses, sacar adelante el curso y empezar una nueva vida, trabajando en algo que me gustara. Con los ahorros que atesoraba en el banco tendría que sobrevivir una temporada.
Hice mis cábalas: si me olvidaba de salir, de mis caprichitos en las tiendas de moda, y encontraba una habitación compartida a buen precio, quizás pudiera aguantar hasta el verano sin trabajar.
Eso o dedicar mis noches y fines de semana a poner copas en algún tugurio de mala muerte, sin poder estudiar en condiciones y aguantando a babosos de todo tipo.
No me gustaba ninguna de las dos soluciones y menos después de la vida regalada que había llevado en ese sentido hasta entonces, por lo que tendría que cambiar mi mentalidad.
Al pensar en lo de la habitación compartida, recordé a mis compañeras del Máster, Martina y Vanesa. Las llamé y me llevé una agradable sorpresa. Regresaban a Madrid el día 4 de enero, porque querían celebrar la noche de Reyes en la capital, y prepararse para la reanudación del curso.
Les solté entonces una pequeña mentirijilla: tenía que desalojar el piso que habitaba hasta entonces porque la empresa de mi padrastro lo necesitaba para una gran convención en Madrid a la que acudirían ejecutivos de todo el mundo.
Tenía de margen hasta el 31 de enero y yo quería regresar también a Madrid para comenzar con la búsqueda de pisos, pero en esas fechas el mercado estaba fatal y no veía nada que me convenciera.
—Y encima te piden un pastón por auténticos cuchitriles, lo de esta ciudad es una vergüenza —afirmé por teléfono en una videollamada a tres con mis compañeras.
—Sí, en redes sociales he visto una cuenta parodia que habla sobre esos zulos imposibles que quieren hacer pasar por viviendas.
Algunos son auténticos escoberos, altillos o simplemente huecos en buhardillas o locales que han rehabilitado y pretenden hacer pasar por viviendas cobrando un ojo de la cara —contestó Vanesa.
—Oye, ya sé que vivir en la Prospe no es tan glamuroso como tu pisito actual al lado de Ponzano. Y que lo de compartir piso después de vivir sola igual no te apetece demasiado, pero yo te lo ofrezco de todos modos —dijo Martina con una sonrisa.
—¡Claro, sería perfecto! —intervino Vanesa—. Así podríamos estudiar juntas y apoyarnos en el curso, que ninguna somos la primera de la clase, aparte de salir de fiesta por Madrid, claro.
—¿De qué estáis hablando?
—Lo has entendido perfectamente, Adriana, no te hagas de rogar.
Tenemos una habitación libre en nuestro pisito de tres dormitorios y dos baños, con un gran salón, cocina y una pequeña terraza.
Y en el precio entra el agua y la calefacción central, no pasaremos frío.
Y por supuesto, Wifi en toda la casa. Por 400 euros al mes, gastos aparte, no vas a encontrar nada mejor. ¿Te apuntas?
En mi cuenta corriente no llegaba a cinco mil euros, por lo que tendría que apretarme mucho el cinturón desde esa fecha hasta el verano.
Por lo menos si lo que pretendía era currar duro en el Máster, sacar adelante el curso sin ningún trabajo precario de fin de semana y ahorrar hasta el último euro.
Tal vez tendría una oportunidad, tras asumir que de facto me iba a convertir en la más tiesa del alumnado.
Ya podía disimular bien, el estatus había que seguir manteniéndolo antes de que las hienas se te echaran encima si olían el miedo. Las apariencias lo son todo en nuestro mundo, aunque parezca mentira, y yo pensaba convertirme en la mayor cínica e hipócrita del grupo, cuestión de mera supervivencia.
Y nada de viajes a Málaga, a no ser que alguien me los financiara.
Esperaba reconducir la relación con mi madre en los próximos meses, sin saber cómo iba a evolucionar la situación judicial de Antonio y sus empresas.
De momento parecía haber paralizado el primer golpe, sus abogados estaban trabajando a destajo.
La Fiscalía no cejaba en su empeño y yo temía que al final se cobraran la pieza de caza mayor y mi madre se quedara en la calle.
La verdad era que en ese momento no podía detenerme a pensar en esas cosas, bastante tenía con mi drama personal.
No me quedaba más remedio que aceptar el trato, sin pretender ponérselo tan fácil a mis nuevas compañeras de piso.
Buff, me daba un poco de vértigo. Había escuchado verdaderas barbaridades entre gente que había compartido piso con estudiantes en algún momento de su vida y yo era un poco especial para mis cosas.
Lo malo era que no me podía poner exquisita, tenía una única oportunidad para salir adelante.
Quería aprovechar el curso, aunque lo hubiera pagado Antonio, triunfar en el Máster y comenzar una floreciente carrera en la que no tuviera que depender de nadie.
—Bueno, dejadme por lo menos que regrese a Madrid y le dé una vuelta. Estoy de bronca con mi madre y no he pasado las mejores navidades de mi vida. No me suena mal del todo, igual os sorprendo y me instalo en ese pisito con tantas posibilidades.
—Anda, vente para Madrid ya —dijo Martina—. Nos han invitado a un fiestón en la noche de Reyes, tienes que acompañarnos. Y así, entre chupito y chupito…
—O entre chupetón y chupetón…
—Vanesa siempre pensando en lo mismo —repliqué entre risas—.
Creo que hay tiempo para todo, chicas. Está bien, me habéis convencido.
Yo llegaré a Madrid el día 5 lo antes que pueda, tengo que organizarme primero.
Y me apunto a la fiesta de esa noche: habrá que celebrar el comienzo del curso, que luego con tanto estudio a saber si nos queda tiempo de salir por ahí.
—No me seas aguafiestas, Adri, en Madrid siempre hay tiempo para todo, ya lo verás. Ninguna somos de aquí, pero ya nos sentimos unas madrileñas más. Esta ciudad te acoge entre sus amorosos brazos y no te suelta. Una ciudad que nunca duerme…
—Hay que dormir, Vane. Que luego no rendimos en clase y no hay quien se quite esas ojeras de la cara, ya lo sabes.
—Vale, contamos contigo para la fiesta. Pero todavía no has contestado a lo más importante, guapa. ¿Qué hay de la habitación?
Martina era también un poco pesada, no me iba a dejar escapar tan fácilmente. Y no podía hacerle un feo, la pobre me lo había ofrecido de buena fe.
—Te he dicho que lo pensaré, Martina, todavía no he regresado siquiera a la capital. Ya te he dicho que suena muy bien, de verdad, seguramente tendréis que aguantarme en breve en el barrio de Prosperidad.
—¡Así se habla! Ya verás lo bien que lo vamos a pasar.
—Eso es lo que más miedo me da, Vanesa. Habíamos quedado en que nos íbamos a ayudar en los estudios, no me lieis…
—Siempre hay tiempo para todo en esta vida.