7 La citación #3
Llegado ese momento, dejaría salir al dragón que anidaba en mi garganta, dispuesto a arrasar con todo lo que se encontrara a su paso.
Ni siquiera me había dado cuenta de que mi madre se hubiera quedado con la citación, que blandía en alto como si fuera una espada.
Por lo menos parecía haber reaccionado, todavía le quedaba sangre circulando por sus venas.
Incluso me sorprendí ante el tono con el que interpeló a Antonio, poco acostumbrado a los golpes dialécticos en su propia casa.
—Hola, cariño. ¡Qué bien huele…! —dijo el pobre sin saber la que se le venía encima.
—Ni cariño ni leches. ¿Se puede saber qué coño es esto?
Le entregó en mano la citación, emulando al funcionario del juzgado, mirándole con los ojos inyectados en sangre.
Yo ignoraba lo que había estado rumiando mi madre desde nuestra última interacción, pero entendería que, por lo menos, se planteara si no había algo de cierto en todo lo que yo afirmaba.
Ella tenía que haber visto o escuchado alguna cosa, algún detalle que ahora, visto en perspectiva, le hiciera replantearse la situación.
Antonio recogió el documento, lo leyó y se le torció el gesto.
Fue sólo un instante y su piel cetrina palideció por unos instantes, aunque tenía cuajo suficiente para salir con bien de aquel pequeño contratiempo.
Se rehízo enseguida, como si no pasara nada, y le quitó importancia con un gesto de la mano y el resto de su lenguaje corporal.
Pero yo sabía que se había llevado una pequeña sorpresa, eso estaba claro.
—Esto no es nada, no os preocupéis. Es el nuevo Fiscal Anticorrupción, que me quiere buscar las cosquillas. Sólo pretende hacerme daño tocando a las personas que más quiero, pero esto lo soluciono yo, de verdad. Adriana no va a tener que ir a declarar a ningún lado…
—¿Seguro? —intervine yo sorprendida.
No veía yo tan fácil que pudiera librarme, a saber lo que sus propios abogados estuvieran ya hablando entre bambalinas con las autoridades. Quizás esa investigación llevaba ya meses en marcha y nosotras éramos las que estábamos fuera de la ecuación, sin conocer todas las implicaciones reales.
—Sí, esto ha sido una equivocación. Estamos colaborando con la Justicia en una investigación más grande y mis negocios han salido a la palestra, pero yo no tengo nada que ocultar.
Y, por supuesto, tú no tienes que preocuparte de nada.
Bueno, hay un pequeño detalle que igual sí debería hablar contigo.
—Ya sabía yo. ¿De qué se trata? —pregunté mientras mi madre nos miraba embobada.
—El mercado está fatal y lo de la diversificación no ha dado sus frutos, por lo que mis socios y yo hemos decidido liquidar algunos activos, compactar la empresa de algún modo, si así queremos llamarlo.
—Espero que no estés con el consabido alzamiento de bienes, eso es lo primero que van a investigar. Y no sé qué tiene que ver eso conmigo.
—No hay nada ilegal, te lo aseguro. Y tengo a los mejores abogados de Málaga, no te preocupes. Me refería a que nos hemos deshecho de muchos activos inmobiliarios que teníamos y la participación en otros emprendimientos, como los apartamentos turísticos de Madrid.
—¿Me tengo que marchar del piso en el que estoy viviendo ahora?
—inquirí casi divertida. Aquella situación comenzaba a descontrolarse, aunque en esos momentos lo que menos me preocupaba era continuar mi curso en Madrid—.
La verdad es que me da igual, no quiero nada tuyo.
Lo único que me preocupa es que ni a mi madre ni a mí nos metas en tus chanchullos y acabemos entre rejas por encubrir tus delitos.
—A ver, no tienes por qué dejar el curso, el año completo del Máster ya está pagado. Lo único es que habrá que buscarte otro alojamiento para febrero, he conseguido que por lo menos nos dieran de margen todo el mes de enero para buscar una solución.
—¡Que le den al Máster! Y a ti también de paso, no quiero nada tuyo. Ojalá no pudieran relacionarme contigo, al final acabarás como todos los de la Operación Malaya. Menos mal que conservo el apellido de mi padre, el tuyo está manchado de corrupción.
—¡No le hables así, Adriana! Tengamos la fiesta en paz y ya hablaremos con más calma cuando pasen estas fechas.
—No tengo ganas de Nochebuena, ni de seguir compartiendo espacio con este tipejo. Yo ya te he avisado de lo que puede suceder y lucharé por intentar que no te salpique. Pero no me puedes obligar a estar aquí, soy mayor de edad.
—¿Y dónde vas a ir, desagradecida?
El gesto de rencor con el que me miró Antonio me dijo a las claras que yo sobraba allí.
No podía dármelas de digna porque en verdad yo dependía de ellos para todo, pero afortunadamente poseía mi propia cuenta bancaria con unos pequeños ahorros.
Tendría que ponerme a buscar trabajo, algo me saldría.
Aunque tuviera que posponer mi brillante futuro y plantearme otra estrategia.
Eso sí, no pensaba soportar una humillación más.
Me fui a mi habitación, preparé dos maletas con lo más indispensable, sin olvidarme del móvil, portátil y cargadores.
Los aparatos electrónicos me los había regalado él, pero no era tan idiota de desaprovecharlos, los necesitaba para salir adelante.
Escribí un mensaje a Mónica mientras me despedía de la que había sido mi habitación durante los últimos años, sin saber si mi huida sería sólo un punto y seguido o quizás un punto y aparte.
Muy lejos no me podía marchar porque tenía obligación de presentarme en el juzgado días después.
Afortunadamente mi amiga se apiadó de mí y me invitó a pasar las fiestas con ella.
A su familia le contamos la mentirijilla de que mis padres al final habían aceptado pasar las Navidades en Suiza con unos amigos y que a mí no me apetecía viajar, por lo que me había quedado un poco colgada.
Creo que nadie me creyó, y menos al ver mi careto, pero tuvieron la decencia de no preguntarme ni insistir en el tema.
Así que pasé las peores Navidades de mi vida. Antonio cumplió su promesa y sus abogados consiguieron que el juzgado dejara sin efecto mi citación, alegando que mis tareas de becaria en verano eran meramente administrativas, por lo que era libre de marcharme donde quisiera.
Cuando quise despedirme de mi madre su rostro se tornó frío y severo, por lo que el beso a contrapié que le di en la mejilla me supo igual que un puñetazo en el estómago.
Había hecho daño a mi madre, lo sabía, pero no entendía que se pusiera de su parte.
Ahora me encontraba sola en el mundo y debía reconocer que la situación me aterraba.
Sólo me quedaba pensar en mis siguientes movimientos. Se trataba de mi propia vida y ni siquiera sabía que sería de mí en los próximos días. Una encrucijada real con la que el nuevo año me dio la bienvenida de un modo que jamás llegué a imaginar.
Pero yo estaba dispuesta a luchar. Además, el Máster ya estaba pagado y allí tenía amigas que podrían ayudarme.
Tendría que encontrar un alojamiento en Madrid, buscar algún trabajo de media jornada para subsistir, sacar una de las mejores notas del curso y comenzar mi verdadera vida en la capital o donde fuera.
Un reto difícil que tendría que afrontar en unas condiciones anímicas complicadas, antes de asumir que mi mundo había cambiado para siempre.