7 La citación #2
Antonio no hizo acto de presencia por casa en todo el fin de semana, yo me imaginé que andaría apagando fuegos.
O con alguna de sus amiguitas, pensé con maldad, cuando en realidad mi padrastro no había dado señal alguna en ese sentido a lo largo de los años.
Era tal el cabreo que tenía con él que ya me daba igual todo y me consumía por dentro esperando la confrontación definitiva.
Ni siquiera se dignó en dormir en casa el domingo por la noche y mi madre ya se mosqueó, más de lo que estaba si eso era posible al enfrentarse a mi actitud hostil.
No sé si sumó dos más dos, ella era más de mirar para otro lado, pero el lunes por la mañana la encontré más taciturna que de costumbre.
Yo no quise echar más leña al fuego, fue ella la que me sacó el tema desayunando.
—Estoy harta, Adriana. ¿Me quieres decir qué demonios pasa?
—¿A qué te refieres exactamente? —contesté haciéndome la loca.
—No me tomes por idiota. Ya sé que no he estudiado y que siempre me he dejado llevar, pero tengo ojos en la cara.
Antonio no vuelve a casa, no me coge el teléfono y sólo me ha mandado un mensaje diciendo que está todo bien y que nos vemos esta noche.
Por no hablar de tu comportamiento desde que has llegado.
—Perdona, mamá, esto es muy grave. Quería esperar a que llegara Antonio para confrontarlo entre los tres, pero tampoco te mereces este desprecio. Eso sí, no podrás decir que no te lo he avisado durante los últimos años.
—Ya estás con la misma monserga de siempre. Venga, suéltalo de una vez, a ver qué es eso tan importante que os tiene a todos en vilo.
En verdad quería contárselo y soltar la angustia que me carcomía por dentro, aunque fuera sin mencionar de dónde había sacado la información. Y eso que en realidad podría considerarse sólo un rumor, ya que ninguna autoridad se había puesto en contacto conmigo hasta la fecha.
En ese momento sonó el timbre de la casa y mi madre se dirigió hacia la puerta sin encomendarse a nadie.
Yo me quedé un momento bloqueada y no me dio tiempo a decirle que no abriera ni mencionara que yo estaba en casa en caso de que alguien preguntara por mí.
Mi velocidad de reacción no fue la adecuada y tuve que apechugar con las consecuencias.
—¿Adriana Peñalver? —escuché decir a un hombre mientras se dirigía a mi madre.
—Sí, es mi hija. Adriana, preguntan por ti…
El recién llegado se encontraba en el umbral, con la puerta completamente abierta y yo a escasos metros de la misma.
Me quedé paralizada como un cervatillo en plena carretera cuando le deslumbran los faros de un vehículo.
No podía escabullirme sin hacer el ridículo, ese tipo ya me había visto.
No me quedó más remedio que acercarme hasta allí, con la angustia instalada en mi estómago.
—Sí, soy yo. ¿Qué desea?
—Le traigo una citación del juzgado. Si es tan amable de firmar aquí…
Me hubiera encantado que la tierra me hubiera tragado en ese mismo instante, pero ya no había marcha atrás.
Mis peores presagios se habían cumplido y todos tendríamos que asumir las consecuencias, cuando en realidad nos encontrábamos en esa situación por culpa de Antonio.
Mi mente desvariaba y se adelantaba al futuro, sopesando la situación y evaluando qué hacer a continuación.
Tendría que ponerme en contacto con algún buen penalista, aunque primero tendría que explicarle a mi madre lo sucedido, sobre todo después de ver el gesto de pánico que se había instalado en su rostro.
—Lo sabía, este desgraciado nos va a arruinar la vida…
Para que luego digan del funcionariado español o que nadie trabaja en Navidad.
Allí estaba aquel empleado del juzgado, en plena mañana del 24 de diciembre, entregándome una citación en mano.
No ocurrió como en las películas americanas, en las que siempre me había hecho mucha gracia las artimañas de unos y otros, ya fuera para entregar esas citaciones o para librarse de ellas, pero yo estaba jodida de todas maneras.
Tenía que acudir a declarar a dependencias judiciales, y de eso no me iba a librar nadie.
Me habían citado para el día 3 de enero, parecía que les corría prisa con lo lentas que suelen ir las cosas en el sistema judicial español. No sabía si asustarme o temerme lo peor, en esos momentos mi cabeza bullía de actividad.
—¿Y qué tienes tú que declarar en un juzgado, Adriana? ¿Te has metido en algún lío y por eso estabas de ese humor de perros? A mí me lo puedes contar, hija, yo no te voy a juzgar e intentaré ayudarte.
No sabía si era inocencia, estulticia, ceguera transitiva o cualquier otra anomalía que yo ignoraba y no pude morderme la lengua. No quise perderle el respeto a mi madre, pero a veces una tiene que hacerse respetar.
—¿En serio, mamá? Parece mentira, de verdad, quítate la puñetera venda de los ojos de una puta vez. ¡Todo es culpa de Antonio! Parece mentira que no lo veas, llevo años avisándote.
—¡A mí no me hables en ese tono! Y ahí no dice nada de que eso tenga que ver con Antonio, a saber qué has hecho por ahí y por eso no me lo quieres contar.
Se me llevaban los demonios y me daban ganas de abofetearla, os lo juro. Al final llegué a cogerla de los hombros y la zarandeé un poco para que espabilara. Se encontraba en plena fase de negación y en esos momentos todavía no era muy consciente de las consecuencias.
—¡Espabila, mamá! Me citan a declarar para que cuente lo que he visto en la empresa de Antonio.
Sé de buena tinta que le están investigando hace tiempo y está metido en muchos problemas.
Te lo dije, te avisé que todo estallaría en algún momento.
Ese desgraciado siempre ha sido así, un chanchullero, y creo que ha dado con la horma de su zapato.
—¡No te permito que hables así de Antonio! Todo esto es una equivocación, ya lo verás. Voy a llamarle ahora mismo y que nos lo explique, los del juzgado te han confundido con otra persona, a veces ocurre.
Yo negaba con la cabeza, alucinada ante la situación. Parecía que no iba con ella, vivía en su propio mundo. Por supuesto no consiguió localizar al ínclito supuesto delincuente y su actitud viró un poco, casi como si aquello sirviera para exonerarle de cualquier cosa.
—Estará ocupado con sus negocios, luego le llamo. Esta noche lo aclararemos, ya lo verás. Es todo un malentendido, no puede ser.
—Te lo llevo avisando años, mamá, y no me haces ni puñetero caso. Tenemos que buscarnos un buen abogado penalista o podemos acabar nosotras también entre rejas. ¿Te ha contado él alguna vez algo de sus negocios?
—No, hija, yo no sé nada, ya sabes que en eso soy un cero a la izquierda y él es muy discreto.
Reconozco que alguna vez me he mosqueado y he rebuscado entre sus cajones, en el dormitorio y en su despacho de casa, pero no he encontrado nada.
Un día le vi recoger un montón de carpetas, las metió en dos maletines y se las llevó, creo que las tiene su abogado de confianza.
—Muy listo nuestro Antoñito, se curaba en salud. Y seguro que si hacen un registro en la empresa tampoco encuentran gran cosa, lo tendrá todo bien atado: la información repartida en varios bufetes, cuentas offshore y todo el pack completo. Son muchos años de práctica, tampoco es un pardillo.
—De verdad, yo no sé por qué le tienes tanta ojeriza, Adriana. ¿Te ha hecho algún mal o se ha portado mal contigo alguna vez?
—No, mamá, pero le conozco. Tú estás enamorada de él, le idolatras y te has construido tu propia burbuja de cristal.
En el mundo real Antonio es un tiburón sin escrúpulos, te lo aseguro porque he hablado con gente que lo conoce de otros ámbitos.
Y como te he dicho siempre, nadie se hace rico de la noche a la mañana, ni mucho menos gracias a su «duro» trabajo.
¿De verdad te crees que este casoplón y todos los caprichitos que se gasta son normales en un pequeño empresario honrado?
—Yo no he visto nada extraño, te lo juro. Ya sé que me tomas por tonta, pero no creo…
—Te ha tenido en la inopia, nada más. Tú no te has querido meter nunca en sus historias y él te ha mantenido al margen, con buen criterio, para poder compartimentar.
Además, no estáis casados, por lo que no existiría ese privilegio por vínculo matrimonial si tuvieras que declarar contra él.
Y llegado el caso igual nos toca para salvar nuestro culo.
—¡Estás loca! Yo no voy a declarar contra Antonio, aparte de que yo no sé nada malo de él ni me lo pienso inventar.
—Nuestra mejor baza es llegar a un pacto con la fiscalía, te lo aseguro.
Son como pitbulls y no van a soltar a su presa.
Si ya le tienen en su punto de mira van a ir con todo.
Y por mucho que contrate una legión de abogados, al final acabarán con él si se lo proponen.
También dependerá mucho de sus contactos de las altas esferas, de sus enemigos y de las ganas que tengan de verle caer, por el posible efecto dominó.
Al final todo tiene que ver con la política…
—Yo no entiendo nada, la verdad. Y me parece mentira escucharte hablar así, con ese cinismo, no te reconozco. Estoy segura de que todo tiene una explicación, ya lo verás.
—Ojalá tengas razón, te lo aseguro. No quiero que te pase nada, aunque me jorobe que te hagas de menos y no veas más allá, obnubilada por el fulgor que desprende el empresario de éxito. Pero a mí no me va a llevar por delante, puedes creerme.
La conversación fue perdiendo interés para mi madre, que me despachó con un gesto displicente, como si fuera una molesta mosca que se hubiera colado en su salón.
Las horas transcurrieron muy lentas, por lo menos para mí.
A mi madre se le pasó al rato y la escuché trastear en la cocina.
Realmente se puso a preparar la cena de Nochebuena como si no ocurriera nada, mi nivel de incredulidad ya no podía superarse.
Sobre las siete de la tarde escuché unas llaves y me dirigí hacia el hall de entrada.
Mi madre tiene un oído muy fino y se me había adelantado, cortándome el paso por si yo pretendía enfrentarme a Antonio antes de que ella hiciera algo.
Me quedé a la expectativa para saber cuál sería su reacción, si de verdad le enfrentaría o simplemente le daría un beso y le diría que la cena estaría preparada a la hora prefijada, como en cualquier hogar normal en una fecha tan señalada.