El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1) 7 La citación
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7 La citación

Estepona (Málaga), diciembre de 2017

Todo comenzó a torcerse el mismo jueves 20 de diciembre, el día que finalizaba el primer trimestre de mi curso en Madrid.

Al día siguiente había una especie de fiesta de Navidad para profesores y alumnos, pero las que vivíamos fuera nos habíamos escaqueado con la excusa de regresar a nuestras casas, algo que en la mayoría de los casos era cierto.

De hecho, yo tenía billete para el AVE a primera hora de la mañana del día siguiente, con tiempo de sobra para pasar las fiestas navideñas en casa.

Al final pude recomponer un poco mi trayectoria en el Máster, y aunque no fui de las primeras de la clase, sí enderecé bastante el rumbo.

Era consciente de que debería apretar mucho más en los meses siguientes, sobre todo si pretendía colarme entre esos mejores expedientes que podrían ser promocionados para comenzar a trabajar, aunque fuera en prácticas, con algunas de las empresas más importantes del mundo.

Los organizadores tenían contactos con multinacionales de todos los sectores y no sólo en España, los destinos internacionales de relumbrón eran de sobra conocidos en el mundillo.

Nueva York, Londres, Singapur, Dubái, París o Berlín eran algunas de esas opciones, algo que llamaba poderosamente la atención en una clase repleta de estudiantes ávidos de comerse el mundo y comenzar una brillante trayectoria profesional.

Todo esto quedó en un segundo plano cuando recibí una extraña llamada esa misma tarde, mientras me encontraba haciendo la maleta en el apartamento para regresar a Málaga.

Se trataba de mi amiga Mónica, que yo pensaba que me llamaba para ir organizando alguna salida durante las fiestas, pero me equivoqué de plano.

—Hola, Moni, ¿qué tal? Tengo muchas ganas de veros, que en el puente me dejasteis colgada.

—Perdona, Adri, no debería haberte llamado…

—¿Qué te pasa? —pregunté preocupada. Había notado la tensión en su voz, algo le sucedía. Sin embargo, no me podía imaginar de lo que se había enterado mi mejor amiga—. Venga, suéltalo, no te preocupes. De todas formas llego mañana, si quieres nos vemos por la tarde.

—Es que no quiero meterme en un lío, ni a mi madre tampoco, claro. A saber si tienes pinchado el teléfono o algo.

—Ahora sí que me estás preocupando —afirmé sin tapujos, todavía muy desubicada. Ignoraba lo que le ocurría a mi amiga, pero pensaba averiguarlo—. ¿De qué demonios estás hablando? ¿Y qué tiene que ver tu madre con todo esto?

—Es que verás, ella ha oído algo en los Juzgados sobre tu…

—Schhh, calla, no digas nada más —respondí con rapidez. Me estaba imaginando de qué iba la película y preferí ser cauta—. Quedamos mañana por la tarde en la cafetería ésa que te gusta tanto, la de la tarta de manzana, y me cuentas con más calma.

—Pero…

—Nada, tienes razón, mejor lo hablamos cara a cara. Perdona, te tengo que dejar, todavía no he preparado las maletas. Nos vemos mañana, guapa.

Y colgué sin darle tiempo a replicar a la pobre Mónica. Sí, vale, igual pequé de paranoica, pero había leído tantos libros y visto tantas películas sobre investigaciones policiales que me temí lo peor. Así que mejor prevenir que curar, como decía siempre mi madre.

Los nervios de Mónica y la mención de su madre y los juzgados de Málaga, donde ella trabajaba desde hacía años en labores administrativas, me llevaron a una única conclusión.

Había leído o escuchado algo de mi padrastro: tal vez le estuvieran investigando o su nombre había aparecido en cualquier diligencia procesal, y querían ponerme sobre aviso.

Yo no quería que infringiera la ley de protección de datos ni se metiera en ningún lío por mi culpa, pero si ya conocía el dato tampoco me iba a quedar sin saberlo.

Mejor no hablarlo por teléfono, por si acaso, aunque me parecía extrañísimo que ya hubieran pinchado mi línea.

Sí, había trabajado para la empresa durante el verano anterior, en labores de simple becaria.

No obstante, quizás las autoridades pensaran que yo, como hijastra del posible investigado, podría estar informada de alguno de los chanchullos que habían llamado la atención de las autoridades malagueñas.

Me puse en lo peor, tengo una imaginación desbordante que a veces me juega malas pasadas.

Por un lado me asustaba que mi familia tuviera que enfrentarse a un juicio mediático como fue la Operación Malaya, si es que realmente se estaba preparando algo de semejante calibre, pero por el otro lado llevaba años avisando en casa.

Mi madre siempre había mirado para otro lado y yo tampoco hice nada por remediarlo, por mucho que me las diera de adalid en contra de la corrupción.

Podían acusarnos perfectamente de cómplices por omisión, sin que ninguna de las dos hubiéramos cometido ningún delito en realidad.

No quise adelantar acontecimientos, mientras los nervios comenzaban a apoderarse de mi estómago.

Esa noche no dormí prácticamente, más preocupada por el porvenir de mi madre que por el mío propio, asumiendo que lo que le ocurriera a Antonio le estaba bien empleado por sus prácticas irregulares a lo largo de tantos años.

Al final, el que la hace, la paga. No creí que nosotras pudiéramos acabar en la cárcel, siempre podíamos llegar a un acuerdo con la Fiscalía, pero la vergüenza y el deshonor de pasar por un proceso de esas características no nos lo iba a quitar nadie. Y no me apetecía lo más mínimo.

Llegué al día siguiente al mediodía y reconozco que fui bastante fría con mi madre, que no se esperaba mi actitud nada más llegar a casa, y menos en vísperas de fechas tan entrañables como las navidades.

Nunca he sabido ser hipócrita y se me nota demasiado en la cara, por lo que preferí interactuar lo menos posible hasta que supiera de verdad lo que sucedía.

Así que comimos prácticamente en silencio, con la excusa de que yo estaba cansada del viaje, y al rato me subí a mi habitación a preparar la estrategia.

A media tarde me escabullí del chalet sin llamar la atención, minutos después de avisar a Mónica de que iba de camino al punto de encuentro.

Ella ya estaba esperándome cuando llegué, al parecer incluso más nerviosa que yo.

Nos dimos un abrazo incómodo, pedimos un café y un trozo de tarta y nos preparamos para afrontar lo que tuviera que venir.

—Antes de nada, Mónica, no tienes por qué contarme nada. Se le puede caer el pelo a tu madre y no me perdonaría que pagarais vosotras las consecuencias de los actos de otra persona que siempre ha ido a su aire, sin preocuparse de las consecuencias de sus actos.

—Vamos, que ya te has olido de qué va todo esto.

—Pues sí, y no hace falta que me des detalles.

Imagino que el nombre de Antonio o de alguna de sus empresas ha aparecido en algún papel del juzgado, sea una diligencia previa, una investigación en curso o lo que sea —dije para aligerar su carga.

Sólo tenía que confirmármelo con un gesto y nadie podría decir que me había dado un dato clasificado—. No te preocupes, estaremos preparadas.

—No lo entiendes, Adri, eso es lo de menos. Pero sí, te confirmo que todo lo que has dicho es verdad, y a unos niveles ya muy avanzados.

—Joder, lo sabía —solté sin darme cuenta—. Un momento, espera… ¿Cómo que no lo entiendo y que eso es lo de menos? ¿A qué te refieres exactamente?

—A que es tu nombre el que ha aparecido. Al parecer te van a citar en el juzgado en unos días.

—¡La madre que lo parió! Ese desgraciado me va a buscar la ruina, a mí y a mi madre. Y no se lo pienso consentir.

—Lo siento, Adri, en cuanto mi madre vio tu nombre se asustó. Sabe que somos amigas y que tú eres una buena chica, pero claro, cuando tu nombre aparece en una investigación judicial no sabes nunca cómo puede acabar la cosa.

—De verdad, no te preocupes. No tienes que darme más detalles y os lo agradezco en el alma. No me perdonaría en la vida que le pasara algo a tu madre por desvelar datos de un expediente en curso, así que esta conversación no ha tenido lugar.

—Pero Adri…

—No te preocupes, de verdad, ya veré qué hacer.

Sé que le voy a dar el disgusto de su vida a mi madre y tendremos que afrontarlo antes de que nos explote en la cara.

Y no puedo esperar a la cena de Nochebuena, esto tengo que arreglarlo antes.

No creo que me vayan a citar en estos días que todo funciona a medio gas, pero a saber la prisa que tienen por meterle mano a mi querido padrastro.

—Lo siento mucho, de verdad. Con las ganas que tenía de verte y te acabo de amargar las fiestas. Y eso que todavía no te he preguntado por tu mal de amores, espero que ya te hayas olvidado del innombrable.

—No estoy ahora para amoríos, te puedes hacer una idea.

Tengo que diseñar una estrategia y, si me hace falta, consultaré con algún buen penalista al margen del bufete que lleva los asuntos de Antonio y su empresa.

La verdad es que con el Máster no he tenido tiempo de pensar mucho en el vikingo, si es a él a quién te refieres.

Aunque también he de decir que salí una noche con un idiota al que tuve que poner en su sitio, ya te contaré en otro momento la historia.

—Vale, cuando quieras. Lo siento, ahora me tengo que ir. Hablamos en estos días y ya me cuentas.

—Claro, guapa, no te preocupes. Dale recuerdos a tu madre y dile que muchas gracias por todo, pero que se olvide del tema. Ah, y ¡Feliz Navidad!

El fin de semana se me hizo eterno, no os voy a mentir.

No sabía si podría aguantarme hasta el lunes por la noche, cuando celebraríamos la cena de Nochebuena en casa.

Afortunadamente no teníamos invitados, sólo estaríamos los tres en casa.

Ni nos desplazaríamos a casa de nadie o a un hotel a celebrarlo, como ya habíamos hecho en alguna que otra ocasión.

El cabreo de mi madre resultó ser de campeonato, y la mujer llevaba toda la razón.

Yo pagaba mi ofuscación con ella y el ambiente se fue haciendo cada vez más denso en unas horas que se me antojaron interminables.

No quería ponerla sobre aviso, no sin antes enfrentarme al desgraciado de Antonio, y sabía que la confrontación estaba servida.

Tampoco quería amargarle una noche tan especial a mi madre, pero no me quedaba otro remedio.