El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1) 6 El curso de postgrado
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6 El curso de postgrado

Madrid, octubre de 2017

El carísimo Máster del IE Business School comenzó puntual, y yo acudí a la cita hecha un flan.

Afortunadamente hice migas enseguida con dos chicas de mi clase: Martina, una joven de Vigo que llevaba ya unos meses instalada en Madrid, y su compañera de piso, Vanesa, una chica majísima de Pamplona.

Entre las dos me ayudaron a templar los nervios y todas nos centramos en la exigente tarea que se nos presentaba por delante.

Los comienzos fueron duros, no lo voy a negar.

Y eso que yo podía considerarme una de las más afortunadas.

Mi padrastro me había conseguido alojamiento en el barrio de Ríos Rosas, a un cuarto de hora andando de la sede de la escuela de negocios en la calle María de Molina.

Un apartamento muy coqueto, con cocina americana, un saloncito, dormitorio en suite con baño incorporado y un pequeño balcón.

Estaba amueblado en estilo moderno, muy funcional, ya que ese tipo de alojamientos estaban preparados para ejecutivos de alto standing que necesitaran alojarse unos días en Madrid por negocios.

Incluso el portal era tranquilo y acogedor, no me podía quejar.

Se encontraba muy cerca de la zona de marcha de Ponzano, una tentación demasiado grande para una joven recién llegada de provincias como yo que estaba dispuesta a sacrificarme por una buena causa: sacar adelante el curso y convertirme por fin en una mujer completamente independiente.

Pero al menos, gracias a su ubicación y a que el dormitorio daba a un patio de luces, podía dormir plácidamente si no decidía unirme a la fiesta, muy habitual en los aledaños de una zona que se había puesto de moda en la capital.

Lo malo era que echaba de menos a mis amigas, y Martina y Vanesa se dejaban querer.

Así que me uní a su grupito y salimos un par de noches de marcha.

Entre eso, y los fines de semana que regresaba a casa para estar con los míos, comencé a notar que me retrasaba en el curso.

Y eso no podía ser, mi familia había apostado por mí y yo no podía decepcionarles.

Me concentré en los estudios y quise dejar a un lado todo lo demás.

Casi había logrado olvidarme de Einar, centrada como estaba en un curso cada día más exigente.

Sabía que los meses venideros iban a ser muy duros, pero todo sacrificio tiene su recompensa.

Entre las clases oficiales, sacar adelante los trabajos que nos mandaban, preparar los exámenes parciales y prepararme algo de comida, algo a lo que no estaba muy acostumbrada, pues se me pasaba el tiempo casi sin darme cuenta.

He de confesar que tampoco me mataba con las labores del hogar.

Mi alojamiento era una especie de apartahotel de alto standing, y no tenía que preocuparme de limpieza, cambio de sábanas y demás.

Y con mi asignación para gastos muchas veces pedía comida para llevar, aunque el apartamento contaba con una pequeña cocina, que no utilizaba demasiado a menudo.

Vamos, que en el fondo era una privilegiada, pero yo seguía quejándome en cuánto hablaba con mi madre por teléfono o regresaba a Málaga.

Pasaron las semanas y llegó el mes de diciembre, con un frío seco al que no estaba acostumbrada.

Mis compañeras de clase me animaron a salir en los días previos al puente de la Inmaculada, fechas en las que pensaba viajar a la Costa del Sol, y resultó una completa equivocación.

Pero no por el hecho de salir o divertirme con mis nuevas amigas, fue más bien por lo que sucedió aquella noche.

Nos encontrábamos en un local de copas, cerca ya de las doce de la noche, y yo ya les había anunciado a mis acompañantes que estaba a punto de irme a dormir.

Pero entonces ellas se animaron porque un grupo de chicos nos miraban y nos hacían señas desde el fondo de la barra.

Ya os he hablado de mi miopía, así que no le quise hacer mucho caso a mis ojos. ¿Sería posible una nueva casualidad?

Entre el juego de luces del local, el alcohol que ya corría por mis venas y el sueño atrasado que tenía, mi mente me jugó una mala pasada.

Entre aquel grupo de chavales destacaba uno alto y delgado, rubio y desgarbado, vestido con un atuendo demasiado pijo para mi gusto.

Y el caso es que se parecía mucho a Einar, aunque fuera materialmente imposible.

Mis amigas se fijaron en que yo parecía prendada de aquel muchacho, ya que no le quitaba ojo desde la distancia.

Así que ni cortas ni perezosas se acercaron al grupito y me llevaron a rastras con ellas.

Al final el rubiales resultó llamarse Jorge y haber nacido en Oviedo, así que no tenía mucho que ver con mi vikingo preferido.

Lo malo es que me dejé llevar por la situación.

Jorge parecía muy simpático y supo caerme bien.

Quizás yo andaba baja de defensas y no me percaté de la jugada, pero en cuanto me descuidé un momento el asturiano me metió el morro.

Yo le hice un poco la cobra, aunque acabamos medio enrollados allí mismo, frente a la barra.

Mis amigas nos vitoreaban y yo me corté, por lo que dejé de besar al muchacho y me escabullí como pude confesándole que tenía que madrugar al día siguiente.

El chico no se lo tomó a mal y nos dimos los teléfonos para hablar más adelante.

Os juro que ni se me pasó por la cabeza darle un número equivocado, como muchas otras veces que lo haces para quitarte de en medio a un pesado, ni siquiera me lo planteé.

No es que yo buscara nada en concreto, sólo me pareció un chico majo y pensé que quizás podríamos vernos algún día, no hacía mal a nadie por ello.

Un pequeño error del que me daría cuenta más tarde.

Cuando regresé al hogar familiar noté un ambiente algo cargado, parecía que Antonio tenía algún tipo de problema y mi madre pagó su frustración conmigo.

Encima no pude quedar con mis amigas porque todas se habían ido de viaje fuera de Málaga, así que fueron unos días extraños.

Y claro, en cuanto recibí un mensaje cariñoso de Jorge me dejé llevar y concerté una cita con él cuando regresara a Madrid.

Me lo podía haber ahorrado, la verdad. Fuimos a cenar a un local muy distinguido en el que no me sentí a gusto y la conversación tomó unos derroteros que no terminaron de convencerme.

Ya comenzamos mal cuando él pidió por los dos y, por supuesto, pagó la factura sin inmutarse.

Y sus insinuaciones, demasiado sexuales para el poco trato que habíamos tenido, no me dieron buen pálpito.

Quise ser educada y respetuosa, en ningún momento fui borde o eso creo recordar. Pero en cuanto le mencioné que prefería regresar a mi apartamento para descansar después de la cena, ya que acababa de llegar de Málaga y al día siguiente comenzaba temprano las clases, no pareció tomárselo muy bien.

—Venga, tonta, no seas aguafiestas. Nos tomamos la penúltima en el local de mi amigo y después ya veremos, la noche es joven.

—No, de verdad, mejor otro día. Me lo he pasado muy bien, pero quiero estar a tope para mañana. Estamos con el sprint final antes de Navidades y tengo que espabilar, no soy precisamente la mejor estudiante del Máster.

Lo de tonta ya me había mosqueado, pero es que los gestos y la actitud insolente de Jorge me estaban empezando a preocupar. Parecía de esos tipos que no aceptaban un no por respuesta. Y claro, si él se había pensado que esa noche iba a echar un polvo igual se llevaba una pequeña decepción.

—Mejor todavía, pasamos de copas. ¿En tu casa o en la mía?

—¿Perdona?

Yo estaba alucinando. El tipo no parecía saber o no quería leer mi lenguaje corporal, que decía claramente que yo me encontraba incómoda.

Se trataba de un chico mono, no iba a negarlo, pero en comparación con mi Einar perdía por goleada.

Y en actitud y modales ni te cuento. No quería montar un espectáculo ni utilizar el comodín de la llamada para avisar a mis amigas de un posible problema, pero no dudaría en hacerlo si la situación se descontrolaba.

—Venga, no te hagas la estrecha, si lo estás deseando.

La otra noche no me quitabas ojo y luego te escabulliste después de ponerme cachondo.

Así que digo yo que me lo debes, ¿no? Si no quieres ir a casa nos lo montamos en el baño del restaurante, te aseguro que no nos molestará nadie —dijo guiñándome el ojo.

—Mira, tío, no sé qué te piensas de mí, pero estás muy equivocado —solté mientras manipulaba mi teléfono.

Acababa de pedir un VTC y tuve suerte, mi coche llegaría en apenas tres minutos a la puerta del local.

Sólo me quedaba escapar de allí sin ningún rasguño—.

Así que vamos a dejarlo aquí, antes de que me cabree del todo.

—¡No puedes dejarme así!

Me levanté con fuerza del asiento y recogí el abrigo y el bolso.

Él me miraba como alucinado, quizás frustrado porque no le salieran bien los planes.

Vi odio en sus ojos y supe que tenía que huir de allí a la carrera.

Se levantó y quiso cogerme del brazo, pero yo di un paso atrás y alcé la voz, ya no me importaba que nos miraran.

De hecho, prefería tener público por si se ponía violento, algo que no descartaba por completo.

—Sin rencores, Jorge. No ha salido bien y ya está, no hay más que hablar.

—No te puedes ir ahora, Adriana. Perdona si te ha molestado algo…

—Tranquilo, Jorge, todo está bien —contesté. Él pareció recular y puso cara de cordero degollado, pero yo no me fiaba. Años después podíamos haber sido carne de meme perfectamente, con ese «Amiga, date cuenta» que yo tardé en percibir—. Pero ahora me voy, tengo al Uber esperándome en la puerta.

Me di la vuelta y le dejé con la palabra en la boca, ni siquiera me despedí de él.

Escuché como farfullaba entre dientes y me pareció escuchar un sonoro «zorra» escapándose entre sus labios.

Preferí obviarlo y salí de allí toda digna, aunque por dentro los nervios me destrozaban y las piernas me temblaban.

Hasta que no estuve a salvo dentro del coche y le di mi dirección al conductor no respiré tranquila.

Me había librado de una buena, ignoraba por dónde podía haber salido mi acompañante de esa noche.

Una escucha tantas cosas que ya no sabe qué pensar.

Bloqueé su teléfono enseguida y lo saqué de mi mente.

No necesitaba ese tipo de personajes en mi vida.

Y, por supuesto, no pensaba aparecer jamás por el local en el que nos conocimos.

Sólo esperaba no tener que encontrármelo en ningún otro lugar.

Si llegara a suceder y se le ocurría acercarse a mí, tenía muy claro que llamaría a la policía sin contemplaciones.

Llegué a casa en unos minutos y conseguí relajarme un poco, aunque no conseguí conciliar el sueño hasta bastante tarde.

Culpa mía por haberme dejado llevar, quizás con el pensamiento de Einar adueñándose de mi cabeza.

Tenía que olvidarme de todo y centrarme en lo que me quedaba de curso antes de que acabara el año.

En ese momento yo desconocía que al final sí tendría que hablar con la policía antes de terminar diciembre, pero no sería por ningún acosador ni nada semejante. Mi vida estaba a punto de dar un vuelco y, como siempre, yo sería la última en enterarme.