5 La triste realidad
Estepona (Málaga), julio de 2017
—No te hagas mala sangre, Adri, no merece la pena —dijo Mónica—. Sea porque haya pasado de ti o porque ha perdido tu número, tampoco puedes hacer nada para remediarlo. Ya estamos en casa de vuelta y no te queda otra que mirar hacia delante.
—Ya lo sé, tienes razón. Pero me fastidia que me vuelva a suceder lo mismo, parece que estamos abocados a encontrarnos de esa forma tan atropellada, para después perdernos la pista por circunstancias tan absurdas.
Me cabrea, no te lo voy a negar. Y encima me siento culpable porque seguro que el pobre perdió el trabajo por mi culpa.
—Tampoco lo sabes, no te fustigues. El destino o quién haya sido no quiere que os juntéis, por algo será. Ésa es la única señal que te debería importar, olvídate del muchacho y céntrate en lo importante. Te recuerdo que esta semana empiezas a trabajar con tu padrastro.
—No me lo recuerdes, bastante jodida ando ya. La verdad es que no me apetece ni un poquito comenzar a trabajar para Antonio, y menos con este calorazo.
—Pero sólo durante el verano, luego te largas a Madrid y me dejas aquí sola y abandonada. Serás la becaria con el mayor enchufe de la historia, no creo que el jefe te meta mucha caña.
—Nunca se sabe, Moni, yo no me fío del todo…
El viaje de regreso a casa fue más duro de lo que suponía.
Mis amigas procuraron que pasara página y yo no dejaba de darle vueltas a la cabeza.
¿Qué le había pasado a Einar? Al parecer le despidieron el mismo día en el que nos encontramos de nuevo por casualidad, pero esa no era razón para que no me hubiera llamado.
Había varios motivos posibles y al final, después de cavilar mucho y consultarlo con mi particular oráculo de Delfos, el sanedrín de las locas de mis amigas, lo resumimos en dos opciones principales.
Mónica se presentó como la defensora de la número uno, a saber: Einar siempre había pasado de mí y no pensaba llamarme de ninguna manera, para él sólo fue el polvo de una noche y no quería volver a tener contacto conmigo.
Lo de que le hubieran despedido ese mismo día era secundario, nunca me hubiera llamado de todos modos, según mi querida «amiga».
Lorena abogaba por otra posible solución, a la que yo me agarraba como un clavo ardiendo.
El pobre se descompuso con el despido, ya había comprobado en persona lo desagradable que podía llegar a ser el encargado del beach-club.
Tal vez discutieran y Einar se largara de allí, sin percatarse de que se dejaba el teléfono apuntado en algún sitio.
Había perdido mi número y no tenía manera de encontrarme.
Recordaba haberle dicho que nos alojábamos en Playa del Inglés y que permaneceríamos en la isla hasta el domingo, pero eso no significaba nada.
Sería como buscar una aguja en un pajar, aunque en mi fuero interno me imaginaba como el pobre Einar se recorría los garitos de la zona mientras me buscaba con ahínco,
dispuesto a averiguar lo que de verdad sucedía cuando dos personas tan opuestas se encontraban por casualidad en cualquier sitio del mundo.
Lo malo era que eso sólo sucedía en mi imaginación, asumiendo que me hubiera encantado verle aparecer por nuestro alojamiento cuando al final diera con la pista adecuada.
Tuve que olvidarme del tema para no terminar de amargarles a mis amigas los pocos días que nos quedaban de vacaciones.
Yo no las disfruté como se merecían y eso que intenté disimular delante de mi pandilla, aunque Mónica se percató enseguida del engaño y hubiera jurado que las demás prefirieron obviarlo.
Total, que mi gozo en un pozo, y de vuelta a la rutina en unos días.
Las vacaciones se terminaron y yo me llevé otro pequeño desengaño.
Ni siquiera sabía lo que sentía por aquel dios vikingo, estaba hecha un lío.
Me hubiera gustado averiguarlo cara a cara, mirándonos a los ojos y compartiendo una cena tranquila mientras charlábamos de lo divino y de lo humano.
Así que incorporarme en pleno verano a mi primer trabajo, nada menos que como la becaria de mi padrastro en su constructora, fue la puntilla que remató mi mal humor de las últimas semanas.
Mi madre me pidió que por lo menos cambiara el rictus de mi cara, ya que Antonio me estaba brindando la oportunidad de conocer los entresijos de una gran empresa en mi primera experiencia laboral, pero no estaba el horno para bollos.
—Venga, hija, no te lo tomes así. Sabes que Antonio sólo mira por tu bien. Recuerda que en octubre comienzas ese máster carísimo en Madrid y ya te ha buscado un alojamiento cercano para que no pierdas tiempo con los desplazamientos. Es una gran oportunidad para tu carrera, no la desaproveches.
—Sí, ya lo sé, no hace falta que me recuerdes lo del dichoso MBA. Si lo llego a saber no lo acepto, le voy a deber un gran favor y a saber cómo piensa cobrárselo.
—¡No hables así de Antonio, Adriana! —subió el tono mi madre, algo que la Elvira que yo conocía no solía hacer con asiduidad—. Él siempre ha mirado por ti y te ha tratado como a una hija, eres una desagradecida. Además, ¿qué insinúas?
—No es nada de lo que estás pensando, mamá, ya sé que Antonio no es de esos a los que les van las jovencitas.
Me refería a lo que ya hemos hablado en más de una ocasión, por mucho que lo niegues.
Es un chanchullero y ha llegado hasta su posición con maniobras no legales del todo, no pongas esa cara de susto.
Tiene sus trapos sucios, eso no lo puedes obviar, y temo que al introducirme en el organigrama de la empresa me coma algún marrón.
—Ya le he dicho que nada de responsabilidades, sólo vas a aprender. El verano se pasa corriendo y en octubre comienzas el curso de nueve meses en Madrid. Y a partir del año que viene podrás hacer lo que te venga en gana, pero por lo menos este año hazle caso a tu pobre madre, te lo pido por favor.
—Está bien, lo haré, aunque sea por tu chantaje emocional.
Intentaré no prejuzgarle demasiado, ya sé que siempre se ha portado muy bien conmigo.
Es que me llevan los demonios algunos de sus negocios y trapicheos, sé que en el fondo no es trigo limpio.
Y si no es él directamente, serán sus asesores y consejeros los que le llevan por el mal camino.
Ojalá me equivoque, mamá, pero sus buenos contactos alguna vez pueden fallar y dejarle con el culo al aire.
En este país eso está a la orden del día.
—No me seas melodramática, anda, ni que esto fuera una película de mafiosos.
Antonio tiene sus negocios con empresas y personas de todo rango y condición, seguro que entre tanta gente hay alguna manzana podrida.
Pero yo pongo la mano en el fuego por él y sólo deseo que os llevéis bien durante este verano.
—Lo intentaré, de verdad. No te prometo nada…
—Eres incorregible, no sé a quién has salido, la verdad. Bueno, me tendré que conformar. Y si ves algo extraño o no te sientes cómoda por lo que sea, por favor, habla conmigo antes de hacer cualquier tontería.
La buena de Elvira decía su última frase con razón, ella sí me conocía bien.
Tenía plena conciencia de que yo era muy capaz de acudir a la Policía o a la Fiscalía si veía cualquier cosa ilegal, cayera quien cayera.
Y claro, ella miraba por su Antonio, el hombre que le había dado todo.
Dicen que el amor es ciego, pero lo de mi madre era ya de categoría superior.
Y efectivamente, no había salido a ella, con su conformismo y su mirar para otro lado.
Una actitud con la que le había ido muy bien en la vida durante los últimos años, por lo menos a su entender, porque para mí era inconcebible vivir así, a expensas de un hombre que me podía arruinar la vida en un instante.
Afortunadamente Antonio se portó bien durante un verano en el que pasó poco por la oficina central y menos por casa, con la excusa de sus viajes de negocios en los que no se llevaba a mi madre por no aburrirla.
La pobre llegó a pensar que tenía una querida, como decía ella, pero yo no estaba tan segura.
Más bien Antonio prefería alejarla de sus tejemanejes.
Yo no vi tampoco nada extraño en la oficina, y eso que me intenté hacer amiga de las de compras y contabilidad.
A la becaria, por muy hijastra del jefe que fuera, no le permitieron acceder a los libros de cuentas ni a otro tipo de información sensible de la empresa.
Mi paso por allí fue el de una ayudante junior al uso: hacer fotocopias, redactar algún escrito sin mayor importancia, recibir a pequeños clientes, recoger recados telefónicos y poco más.
Quizás Antonio me temía después de mis salidas de tono y alguna advertencia que le hubiera hecho mi madre, por lo que esos tres meses allí fueron de lo más aburrido que he hecho en mi vida.
Por fin se acercaba el final del verano y comencé a prepararme para el verdadero desafío: los nueve meses que iba a pasar en Madrid, estudiando uno de los MBA más prestigiosos y caros del mundo.
Una oportunidad única que no pensaba desaprovechar y con la que pretendía abrirme camino en el mundo de los negocios, a poder ser fuera de la influencia de Antonio.
Aunque para ello tuviera que instalarme definitivamente en Madrid o en cualquier otro sitio, por mucho que fuera a echar de menos a mis amigas, mi madre o esa costa malagueña en la que me había criado.
He de reconocer que en el fondo estaba esperanzada por comenzar una nueva etapa de mi vida.
Durante el verano había tenido mis altibajos, recordando la oportunidad perdida con Einar, pero supe salir adelante con ayuda de mis amigas.
Disfruté de mis fines de semana, desfasé todo lo que pude sabiendo que mis tiempos de estudiante sin responsabilidades finalizaban en unos días y decidí seguir adelante, dispuesta a afrontar todo lo que llegara.
Y al final, como siempre, el destino te lleva por unos recorridos que ni siquiera habías previsto. Y tú tienes que elegir, sin saber si la opción escogida es la correcta, aunque sea la que te dicta tu corazón.
Madrid me esperaba con los brazos abiertos, o eso me imaginaba al menos. En esos momentos yo ignoraba lo que realmente me iba a encontrar en la capital, el comienzo de algo que aún hoy no puedo siquiera catalogar.