El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1) 4 Vuelta a empezar #3
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4 Vuelta a empezar #3

Gracias a eso se había vuelto a encontrar con la joven española después de aquella noche en Londres y no pensaba desaprovecharlo.

No le hubiera importado partirle la cara al idiota de Vialli, pero llevaba las de perder.

El italiano era capaz de denunciarle a las autoridades y podrían deportarle del país o meterle en la cárcel, no podía jugársela.

Así que prefirió largarse del establecimiento, un lugar en el que había conocido a buenas personas, pero en el que en general había un mal rollo contagioso que le afectaba también anímicamente.

Así que decidió tomarse el día libre, por lo menos para dar tiempo a que Adriana regresara a su alojamiento y pudiera llamarla con calma esa tarde-noche.

Mejor no aparecer por la puerta del beach-club para buscarla, primero por no asemejarse a un acosador y segundo para no tener mayores problemas con la gerencia de la empresa.

Prefirió ir a comer algo, pasear por la zona e irse después a descansar a su habitación.

Y entonces fue consciente de su verdadera situación, menudo idiota.

Si ya no trabajaba para esa gente, su alojamiento compartido con otros camareros del local pendía de un hilo.

Tendría que buscar un plan alternativo a la carrera, Vialli era muy capaz de tirar sus cosas por la ventana y ponerle de patitas en la calle.

Pensó en relajarse un poco, ya tendría tiempo de preocuparse por el resto de sus problemas.

Buscó un lugar tranquilo para comer y se tomó una cerveza doble, se la había ganado después de una jornada tan estresante en varios sentidos.

Sabía que era un completo desastre y que tendría que buscar un hostal, otro trabajo o un vuelo para regresar a Londres, aunque antes necesitaba quedar con Adriana en persona para replantearse qué hacer con su vida a partir de ese momento.

Tampoco es que le fuera a pedir matrimonio a la chica.

Sólo quería saber si lo que él había sentido en aquella noche londinense, y todos los pensamientos que le habían asaltado desde entonces, tenían un fundamento de peso.

No creía que pudiera llamarlo amor, y sus amigos se reían de él diciéndole que se había encoñado de la chica española, pero tampoco necesitaba ponerle un nombre a aquello.

Odiaba las etiquetas y sólo quería dejarse llevar por una vez en la vida, siempre le achacaban que no fuera más espontáneo.

¿Y si el destino le había puesto de nuevo en el camino de aquella chica por algún buen motivo?

Tenía que averiguarlo, a ser posible esa misma noche.

Nervioso por el posible encuentro se dirigió entonces hacia su alojamiento temporal, antes de que Vialli ordenara que le desalojaran de malos modos.

Se dio una ducha relajante y buscó entre sus escasas pertenencias la ropa adecuada para su cita de esa noche.

De todas formas, lo primero sería quedar con la chica, no podía adelantar acontecimientos.

Cuando fue a echar mano de su bolsillo, el lugar donde había dejado el teléfono de Adriana, se percató de su terrible error.

La nota con el número de la joven la había guardado en su pantalón de faena, el mismo que se había quedado en su antigua taquilla antes de abandonar el beach-club en el que había trabajado los últimos tiempos.

Salió hacia allí a la carrera, temeroso de perder de nuevo su oportunidad.

Sólo tenía que buscar la manera de colarse en el establecimiento sin que se diera cuenta Vialli, algo que creía poder conseguir si los astros se alineaban a su favor.

No obstante, la suerte no iba a ayudarle en esta ocasión, para desgracia suya.

Nada más llegar a la entrada supo que había perdido la partida.

El italiano había dado órdenes muy concretas de no dejarle entrar sin su consentimiento expreso, por lo menos hasta que no estuviera preparada la liquidación de su contrato.

Y como no era el caso, no había razón alguna para dejarle pasar, por mucho que Einar apelara a la buena voluntad de sus antiguos compañeros.

—Perdona, Paula, será sólo un momento. Tengo que coger una cosa que me he dejado en la taquilla, nada más.

—Lo siento, Einar, ya sabes que no puedes pasar. No tengo ganas de que me despidan a mí también, son órdenes directas de Vialli.

—Te entiendo, de verdad. Sólo tienes que mirar para otro lado un momento, yo me cuelo como quien no quiere la cosa, voy al vestuario y salgo en un minuto.

—Por favor, no me lo pongas más difícil…

Algún desgraciado avisó de su llegada y Marco Vialli acudió a cobrarse su venganza. Einar debía calmar su furia contra el italiano para conseguir su objetivo, no lograba nada liándose a puñetazos antes de recuperar el teléfono de Adriana.

—Hombre, el regreso del hijo pródigo… ¿Qué tripa se te ha roto ahora, chaval?

—Perdona, Marco, es que me he dejado una cosa en la taquilla. Será sólo un momento, no os molestaré mucho.

—En tu taquilla no había nada, ya la han limpiado. Sólo estaba tu ropa de faena y se la han llevado a la lavandería, no sé qué pretendes con esa excusa barata.

—¡Nooo! —exclamó Einar—. Por favor, déjame entrar. Me he dejado algo importante en el bolsillo del pantalón, necesito recuperarlo. Es cuestión de vida o muerte.

—Cada día eres más patético, rubito. Tendrás que inventarte algo mejor si es que quieres acceder a mi local para liarla de nuevo.

—¿Tú local dices? Madre mía, menudo gilipollas estás hecho. Aunque tienes razón, no merece la pena mancharse las manos con alguien como tú.

Marco amagó con ir a pegarle y sus acólitos le sujetaron como si de verdad hiciera falta.

Einar ni se inmutó y le aguantó la mirada impasible durante unos segundos.

Sabía que había perdido la partida, pero no pensaba darle la satisfacción de hundirse delante de él, ni mucho menos humillarse o suplicarle por algo.

Volvió sobre sus pasos y abandonó aquel lugar para siempre.

El más cruel de los destinos le había puesto de nuevo la fruta en la boca para después arrebatársela de la peor manera, con la mayor de las sañas.

Prefería no haber vuelto a ver nunca jamás a Adriana que encontrarse con un desenlace tan cruel.

De nuevo le perdía la pista, cuando lo tenía todo a su favor.

—Y lárgate también de la habitación donde te alojas, no me obligues a tener que llamar a la policía. Ya no eres empleado del beach-club y no eres bienvenido en ninguna de nuestras instalaciones. Ah, y que te jodan a ti, maldito vikingo.

Einar casi ni escuchó las últimas palabras de Vialli, mientras rumiaba sus próximos pasos.

Recogería sus cosas y buscaría un hostal a la carrera, por lo menos para pasar la noche.

Todavía no se iba a dar por vencido, tenía hasta el domingo para buscar a Adriana.

La isla era muy grande, pero ella le había asegurado que se alojaba en Playa del Inglés.

Esa misma noche recorrería los lugares de marcha de la zona y al día siguiente preguntaría por ella en todos los hoteles y apartamentos que pudiera, no iba a dejarla escapar de nuevo.

Sonaba a plan desesperado, lo sabía, sin que se le pasara por la cabeza rendirse. Seguía creyendo en las señales y para él significaba algo que se hubieran vuelto a encontrar allí. Tal vez fuera una quimera, pero no tenía nada mejor que hacer durante los siguientes días de su vida.