4 Vuelta a empezar #2
Tampoco conocía su apellido, ni su mote, si es que lo tenía, para haber intentado otro tipo de búsqueda.
Como cualquier joven de hoy en día, Einar imaginaba que la chica tendría perfil en Instagram u otra red social.
Pero por mucho que lo intentó no fue capaz de localizar a nadie parecido.
A saber cuál era su nick o si realmente utilizaba mucho las redes sociales.
Y cuando comenzaba a pasar página y a recuperar un poco el ánimo, algo le hizo recordar de nuevo aquella dichosa noche.
Un conocido de Gustav llamado Aron, durante una noche de juerga, les comentó que pensaba marcharse a las islas Canarias a trabajar ese verano en un beach-club.
Al parecer pagaban bastante dinero para tratarse de un trabajo de hostelería, el establecimiento estaba muy bien según los comentarios que pudieron encontrar en Internet y la zona en la que estaba ubicada era una de las mejores de Gran Canaria.
Gustav tenía un trabajo más o menos estable en una empresa de seguros a las afueras de Londres.
Y Einar malvivía, intercalando trabajos temporales aquí y allá con su verdadera vocación: la fotografía.
Todavía no había logrado poder vivir de su gran pasión, pero tenía mucha fe en su talento y en su esfuerzo, aunque le faltaba un poco de fortuna.
Y su amigo y compañero de piso lo sabía, por lo que le permitía asumir menos contribución para los gastos compartidos de un piso que no era precisamente barato.
Einar era muy consciente de ello y no sabía cómo pagar aquella generosidad, por lo que una idea comenzó entonces a asentarse en su cabeza.
—¿Y necesitan más gente para trabajar en ese sitio? —le preguntó al amigo que les comentó la idea de trabajar en Canarias.
—Sí, claro, creo que sí. Déjame que lo consulte mañana y te digo algo.
—Pero Einar, ¿qué haces? —le interpeló entonces Gustav.
—Buscar dinero, Gustav, nada más. Te debo muchas libras y así no podemos seguir.
Te portas demasiado bien conmigo y yo me aprovecho, así que tendré que apechugar.
Si trabajo tres meses a tope en las playas españolas, ahorro la mayor parte del sueldo y las propinas, quizás pueda afrontar mejor el próximo otoño-invierno y buscarme después algo aquí con más calma.
Y de paso, te pago lo que te debo y disfruto de las playas españolas.
—No te veo de camarero, la verdad. Tus dedos tienen otro tipo de sensibilidad, lo tuyo son las fotos artísticas, colega.
Sé que Canarias es un destino turístico internacional, pero eso estará también lleno de españolas y ya sabes el peligro que tienen.
Por no hablar de esos rayos solares para los que tipos como nosotros no estamos nada acostumbrados.
—Eso es lo de menos, Gustav. Yo voy a trabajar, nada más. Aunque bueno, intentaré también disfrutar un poco de la famosa fiesta española… —le dijo guiñándole un ojo.
Tampoco se lo pensó demasiado y en unos días se marchó en avión hasta Gran Canaria.
Había hablado por videollamada con la responsable de recursos humanos del beach-club, firmó un precontrato y se marchó a la aventura junto a Araon sin mirar atrás.
Les alojaron en un piso compartido de cuatro habitaciones dobles y dos baños, propiedad de los dueños del establecimiento hostelero, en el que convivirían ellos dos junto a otros seis camareros.
Estarían un poco apretados, pero podrían apañarse.
Einar debía reconocer que Gustav tenía razón.
No se le daba nada bien el trabajo de camarero y ya había tenido más de un encontronazo con clientes y compañeros, aparte de estar en el punto de mira de Vialli, el encargado.
El joven islandés podía parecer tímido y callado, casi taciturno, pero tenía un pronto terrible.
Había heredado el genio de su madre e intentaba esconderlo al máximo, un carácter volcánico que ya le había buscado problemas en más de una ocasión en su juventud.
Hasta que llegó el día en que se encontró de nuevo con Adriana.
En su fuero interno soñara con volver a verla algún día, pero sabía que las islas Canarias se encontraban a más de dos mil kilómetros de la península ibérica, por mucho que pertenecieran a España, y parecía algo prácticamente imposible.
La joven podía vivir en Madrid, Barcelona o cualquier otro sitio, aunque por lo que le comentó Gustav, creía que vivía en Andalucía, en el sur de España.
Sus sueños se convirtieron en realidad y él no supo reaccionar en un primer instante, se quedó como un pasmarote al verla a su lado en la cabaña del beach-club.
Encima se topó con ella prácticamente desnuda, con ese minibikini tan escueto que dejaba poco margen a la imaginación.
Verla así, mojada después de salir del jacuzzi, con la piel morena y esos ojos que parecían querer traspasarle, trastocó todo su mundo.
De hecho, tropezó y tiró algunas de las bebidas que le quedaban en la bandeja, motivo de disputa posterior con su encargado.
La situación, su timidez o las ganas que tenía de verla le hicieron comportarse como un auténtico imbécil, y se flagelaba en silencio por su torpeza.
Ni le preguntó cómo estaba, ni le dijo que le hubiera gustado despedirse de ella de otro modo en Londres o llamarla más adelante, que lo había pasado genial con ella o cualquier otra cosa.
Menos mal que ella fue más decidida y le preguntó los motivos para encontrarse en Gran Canaria, después de disculparse por haberse marchado de aquel modo en Londres.
Él no supo apenas responder, farfullando medio en inglés medio en español, sin poder decir dos frases coherentes.
Parecía que le había dado un ictus, la chica iba a pensar que era imbécil.
Al final enhebró una respuesta más o menos larga, en la que no dijo más que tonterías sobre lo bonita que era Gran Canaria, su trabajo de camarero y su pasión por la fotografía.
O eso quiso recordar, su mente no carburaba a la perfección.
Entre el calor, la humedad y la impresión de encontrarse con aquella chica tan de sopetón, no fue capaz de discernir la diferencia entre lo que ocurrió en realidad y cómo se había imaginado él ese futuro encuentro con Adriana.
Menos mal que ella había estado más despierta con lo del celular, por lo menos ya tenía su número de móvil.
Le debió sonar a excusa barata lo que le dijo del teléfono de prepago, pero era la pura verdad.
Su móvil islandés no debía estar preparado para las condiciones climatológicas de la isla y se había estropeado nada más llegar.
Así que se compró un teléfono barato que incluyera un bono de llamadas, tanto locales como internacionales, por si tenía que hablar con su madre, y ni siquiera había sido capaz de aprenderse el número de memoria.
Y como era un poco torpe en ocasiones, prefirió dejar el aparato en su taquilla durante las horas de trabajo, ya que el pantalón de faena era bastante estrecho y el aparato electrónico no le cabía bien en los bolsillos.
Además, él prefería no llevarlo como otros compañeros, colgado del cuello con una cuerda y su correspondiente funda, para preservarlo del agua o cualquier otro contratiempo.
Ya había visto como el encargado abroncaba a otros camareros por perder tiempo chateando con su móvil y no tenía ganas de más movidas con el italiano.
Andaba despistado pensando en todas estas cosas, por lo que Einar no vio llegar a Vialli.
Le pidió a otro compañero que le llevara la comida a la cabaña de las chicas españolas, por lo menos hasta que se recompusiera un poco, pero el encargado transalpino se percató de la jugada y fue en su búsqueda.
El joven islandés sabía que su jefe no desaprovecharía la oportunidad, le iba a caer otra bronca antes de que terminara la mañana.
Tampoco es que Einar pretendiera esconderse de Adriana ni nada parecido, no fue algo premeditado.
Tan sólo necesitaba reflexionar sobre la situación para poder afrontarla con la mayor normalidad.
No quería más problemas en el trabajo y ya tenía su teléfono, por lo que podía llamarla esa misma tarde con calma y quedar en un sitio más tranquilo para hablar de sus cosas, o eso quiso creer antes de que todo le estallara en la cara.
—¿Ya te estás escaqueando otra vez, rubio? —le espetó el italiano con recochineo, hablando en inglés.
—No, Marco, perdona. Me había manchado el pantalón de faena y estaba limpiándolo, por eso le he dicho al compañero que me cubriera durante unos minutos. Ahora mismo vuelvo al trabajo, no te preocupes.
—Sabes lo que te digo, Einar, que no hace falta.
—¿Cómo dices…?
Einar se imaginaba lo que quería decir aquel engreído, pero prefería escucharlo de su boca.
—Ya me has oído, no es tan difícil de entender. Recoge tus cosas y lárgate de aquí. Ya se pondrán en contacto contigo desde recursos humanos para pagarte el finiquito.
—¿Me estás despidiendo, Vialli? No lo dirás en serio…
—Pues claro que lo digo en serio, idiota. ¿Qué te has creído? Eres un inútil integral y alteras toda la planificación del equipo con tu ineptitud. Además, ya estoy un poco harto de tu insolencia y tu chulería, aquí mando yo.
—Claro, ya veo… El gallo del corral se siente amenazado, pobrecito.
—¿Qué insinúas? Si tienes algún problema conmigo me lo dices a la salida, no en horas de trabajo. Así aprenderás la lección, que veo que te falta mundo.
—Haltu kjafti, rassgat —contestó Einar en su idioma.
—¿Qué coño has dicho? Dímelo a la cara si tienes cojones —soltó Vialli en español.
—Creo que se sobreentiende, Marco. Y por si no te ha quedado claro te lo digo también en español y en inglés. ¡Qué te jodan! Fuck off!!
Einar se dio la vuelta y le dejó con la palabra en la boca, no sin antes hacerle una peineta con su dedo corazón. Temió que el italiano le atacara por la espalda, pero Vialli era un cobarde y no querría montar el espectáculo delante de todo el mundo.
Así que se despidió de la buena gente con la que congeniaba del beach-club, fue a cambiarse al vestuario y se largó de allí sin mirar atrás, satisfecho por primera vez desde que llegó a la isla.
No había viajado convencido a Gran Canaria y nunca le gustó ese tipo de trabajo, pero el destino había querido que al aceptar el empleo de camarero dispusiera de una nueva oportunidad con Adriana.