4 Vuelta a empezar
Gran Canaria, junio de 2017
Lo que Adriana no sabía en esos precisos momentos era que había alguien que lo estaba pasando incluso peor que ella en la isla de Gran Canaria: Einar Gunnarsson.
El joven islandés no había podido llamarla por una poderosa razón, no por desidia ni por qué pasara de ella.
Se trataba de un motivo mucho más sencillo: había perdido su número.
Después de su casual encuentro en la cabaña VIP del beach-club, Einar tuvo que regresar a la barra central a reponer las bebidas que se le habían caído.
Desafortunadamente uno de los encargados del establecimiento, un tal Marco Vialli, andaba también por allí y se percató de lo sucedido.
Vialli, un italiano que llevaba varios años en la isla y parecía haberle cogido ojeriza desde el principio al chico nórdico, no dudó en echárselo en cara.
—¿Y ahora qué demonios ha sucedido, Einar? En la cabaña de allí te están esperando desde hace rato.
—Disculpa, Marco. Se me ha cruzado un bañista que iba corriendo sin mirar y al esquivarle he tirado un par de refrescos. Lo repongo enseguida, no te preocupes —le mintió sin contemplaciones.
El elenco que trabajaba allí era internacional, por lo que muchas de las conversaciones entre los empleados se realizaban en inglés.
De todos modos, a Einar ya le habían avisado de que debía espabilarse y aprender el castellano para tratar también con los turistas españoles.
Y él lo intentaba, sin que le sobrara demasiado tiempo libre para clases particulares después de doblar turnos muchos días, e intentar descansar en el cuchitril en el que vivía, junto a otros camareros del establecimiento.
—Ya, siempre estás con lo mismo. Esas bebidas te las descontaré de tus propinas, que lo sepas. Y date prisa, no tenemos todo el día.
Einar obedeció a su pesar, tentado de contestarle como se merecía a ese italiano con ínfulas. De momento se callaría porque quería ahorrar algo de dinero, pero no pensaba soportarle muchos desplantes más.
—Tranquilo, Einar, no merece la pena —le aconsejó Paula, una de las camareras más veteranas—. El tipo se creía el más guapo del lugar y has llegado tú, revolucionando al personal, y se ha puesto un poco celoso. Pero no le hagas ni caso. Y no te ruborices, chico, que no eres mi tipo…
Paula se carcajeó en su cara, ya que de todos era conocida su relación con una de las encargadas.
Sin embargo, Einar sabía que la joven llevaba algo de razón, y eso que él no era una persona creída.
Vialli se movía por allí como si aquel local fuera su cortijo y llevaba fatal que ahora, después de la llegada del islandés al beach-club, las miradas de las féminas no fueran todas para él.
Por no hablar de las compañeras que se le insinuaban claramente al recién llegado, detalle que ponía muy nervioso a alguien tan islandés como Einar, poco acostumbrado a esas efusividades.
El joven Gunnarsson no podía creer en su buena suerte de ese día, se había vuelto a encontrar con Adriana después de haber abandonado toda esperanza.
Debía reconocer que le chocó la manera en la que se conocieron en Londres y todavía no sabía muy bien cómo habían acabado en su cama, pero no se arrepentía de la experiencia.
Se quiso arrancar la coleta cuando se despertó del todo en aquella fatídica mañana y vio que la chica española había volado del nido sin despedirse, pero supuso que se trataba de un comportamiento habitual en una relación de ese estilo.
Lo que no era tan normal, por lo menos para él, era no poder quitársela de la cabeza durante las siguientes semanas.
Aunque al principio, en el pub de Covent Garden, se sintió un poco cohibido ante esas dos pequeñas fuerzas de la naturaleza llegadas del sur de Europa, el ver como su amigo Gustav se marchaba con la otra chica le hizo replantearse su situación.
Einar había tenido sus escarceos amorosos en Londres, incluso salió unos meses con una irlandesa, pero la relación no terminó de cuajar.
Quizás porque recordaba cómo le habían roto el corazón en Reikiavik cuando sólo tenía dieciocho años y no quería repetir la experiencia.
Pero aquella chica no era como las demás, había un brillo diferente en su mirada.
Y él, como fotógrafo profesional, podía asegurar que, además de sus innumerables virtudes, la joven española poseía una luz especial.
Le hubiera encantado retratarla con su vieja y querida Leica, una cámara vintage que era uno de sus bienes más preciados.
Rememoró aquella noche en el «Punch Judy», cuando las cervezas dieron paso a las copas y ambos acabaron más perjudicados de lo que pensaban.
Fue ella la que dio el primer paso, o eso quería creer el chico, lanzándose a sus labios sin compasión.
Einar parecía más tímido y le gustaba ir despacio con las mujeres, pero el alcohol no le permitió analizar demasiado la jugada y se dejó llevar.
Eso le decían siempre sus amigos, que era demasiado cerebral, algo frío en ocasiones, y debía soltarse un poco, ser más espontáneo.
Quizás sus orígenes nórdicos fueran uno de los motivos principales para su peculiar forma de ser, sin que todo pudiera achacarse a la geografía del lugar en el que nació y se crio.
Sí, su madre le había inculcado unos firmes valores, y el respeto hacia las mujeres era uno de sus puntos más importantes.
Pero si era la joven española la que le demandaba sus favores tampoco iba a negarse.
Además, Adriana le había llamado la atención nada más verla en el pub, así que podía darse por contento de poder besar unos labios tan suaves.
Los besos subieron de categoría y el ambiente comenzó a caldearse entre ellos.
La chica no se cortaba un pelo y Einar estaba cada vez más excitado.
Dejó atrás todos sus remilgos y dio rienda suelta a su pasión.
No se podía creer que se estuvieran magreando en plena calle unos minutos después, por lo que decidió llevarse a la joven a su casa, donde estarían mucho más tranquilos, a salvo de miradas indiscretas.
Recordaba a duras penas el trayecto hasta su domicilio, un camino en el que ambos perdieron todo tipo de decencia.
No era algo habitual en él, tener sexo fortuito de una manera tan rápida con alguien que acababa de conocer, pero no era el momento de pararse a reflexionar.
Ella parecía más decidida que él a rematar la faena, o eso le pareció en esos instantes, y quiso complacer a la muchacha.
Lo que Einar no supo discernir en esos minutos de pasión, y tiempo después tampoco pudo encontrar una explicación plausible, fue por qué se comportó de esa manera una vez dentro de su casa.
Sí, ambos estaban cachondos, eso nadie lo podía negar.
Pero aquella mujer mediterránea, con su lengua de trapo al intentar hablar en inglés con varias copas de más, le hizo comportarse como un auténtico salvaje.
No podía sospechar que le vino entonces a la mente la misma lujuriosa imagen en la que se demoró también Adriana minutos antes de abandonar su piso, cuando la chica recordó lo sucedido encima de la mesita alta de la entrada.
Nunca sabría que la ropa interior de la chica se humedeció de nuevo al evocar el feroz ataque de Einar antes de despedirse ella a la francesa, pero sí tendría que asumir que la vergüenza que sintió al recordarlo no superaba la excitación que le producía pensar en aquel maravilloso trance.
Y es que Einar no solía comportarse así con una mujer, y menos en una primera cita.
Pero el lenguaje corporal de su compañera de juegos y la increíble pasión que recorría todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo, le hicieron cumplir por una vez lo que le había prometido a sus amigos: ser más espontáneo y dejarse llevar.
Así que ni corto ni perezoso se abalanzó sobre su presa, dispuesto a devorar su exquisito cáliz, antes de que aquella preciosidad le regalara su orgasmo más brutal.
Poco después la penetró por primera vez, un momento que jamás olvidaría, aunque la postura no fuera la más cómoda para ninguno de los dos.
Sin solución de continuidad la levantó en volandas, sin salir de su cálido interior y se dirigieron directos al dormitorio, dispuestos a fundir los muelles de un colchón que demandaba un cambio urgente.
Una noche memorable sin inhibiciones de ningún tipo, en el que ambos contendientes lo dieron todo para contentar a su pareja, rindiéndose a los placeres de la carne.
Los besos y caricias más íntimos se mezclaban con ratos de sexo duro, antes de volver a abrazarse como los amantes eternos, confiados uno en los brazos del otro.
Hubo momentos divertidos, algún malentendido y mucha pasión desenfrenada.
Una noche loca en la que parecía que sus cuerpos sudorosos se conocían de toda la vida.
Una comunión total de la que Einar no fue consciente hasta más tarde, cuando se quedó huérfano de esa piel morena que anhelaba oler, besar y acariciar por el resto de sus días.
Un descubrimiento que le dejó en shock por un momento, creyendo que esa sensación se marcharía tan pronto como había llegado a su ser.
Y ése fue su primer error. Cuando fue consciente de la realidad no supo cómo afrontar el día a día.
Lo pasó mal en un primer momento, pero Gustav y otros amigos le dijeron que se olvidara de esa chica.
Adriana vivía en España y ni siquiera sabía mucho más de ella.
Quizás la sensación que arrasó esa noche con su cordura, la misma que le decía que estaban hechos el uno para el otro, se tratara sólo de un espejismo.
Tal vez no tuvieran nada en común y fuera imposible una relación con ella, obviando incluso la diferencia de idioma o de localización geográfica.
Así que decidió tirar para adelante y olvidarse de esa chica que le había causado tan honda impresión.
Sus colegas se reían de él, pero Gustav sabía que su amigo era una persona sensible y no quería meterse con él.
Incluso le preparó una cita doble con dos chicas inglesas que no salió nada bien.
La herida no había cicatrizado todavía y no fue buena idea para ninguno de los integrantes de una cena fallida en la que acabaron cada uno por un lado.
Ni siquiera recordaba de dónde era Adriana o si se lo había llegado a mencionar.
España era un país muy grande y podía vivir en cualquier sitio.