3 El beach-club #4
—No si te veo yo primero, macizorro —soltó la bestia de Lorena al cruzarse con él—. Joder con el rubio, no veas si está bueno el amigo. Que calladito te lo tenías, Adri, nos podías haber avisado.
—¡No me jodas, tía! —exclamó Mónica cuando se dio cuenta—. ¿Ése no era Einar?
—¿Veis? Al final tenía yo razón, nunca me hacéis caso —contestó Cristina para hacerse valer, toda satisfecha por su buen ojo.
—Pues sí, chicas. El bueno de Einar, mi vikingo salvaje, en vivo y en directo en la maravillosa isla de Gran Canaria.
—No puede ser, no entiendo nada. ¿Qué coño hace currando aquí?
Mónica flipaba casi más que yo, y eso que todavía no me había recuperado de la impresión.
Les conté nuestro breve encuentro, sin describirles con demasiado detalle lo que yo sentía por dentro.
Aunque creo que todas me lo notaron, no os vayáis a creer.
Me conocían mejor que mi propia madre y yo no sabía disimular muy bien.
—Me parece a mí que hoy la amiga Adriana triunfa por todo lo alto. Pero primero nos llevas al apartamento, que nos conocemos —dijo Cristina—. Luego te vuelves para acá o que vaya él a Playa del Inglés, que hay más marcha.
—Eso, y que se traiga a algunos amigos —respondió Moni—. ¿No está por aquí Gustav? No me importaría que me diera un buen meneíto, vosotras ya me entendéis.
Y la muy idiota se puso a hacer movimientos obscenos mientras sacaba la lengua y me miraba con lo que se suponía que representaban unos ojos libidinosos. Yo me empecé a reír y le di un empujón para quitármela de encima, antes de que Lorena nos chafara la diversión.
—No quisiera estropearos la fiesta, lo del teléfono me ha sonado a excusa. Y si no quiere llamarte no vas a poder hacer nada, Adri. A no ser que vengas otra vez aquí a acosarle como una psicópata, ya sabes.
No se me había pasado por la cabeza y Lorena podía tener razón.
¿Y si no me llamaba? Me iba a dar igual, yo le había encontrado de nuevo y no pensaba dejarle escapar tan fácilmente.
Si no contactaba conmigo me plantaba de nuevo en el dichoso beach-club y le pedía una explicación antes de regresar a la península. De mí no se iba a librar así como así.
El muy idiota prefirió no traernos la comida, otro camarero se acercó con el pedido, y yo no quise importunarle más en su trabajo.
Sí me di un par de vueltas por el club sin llegar a cruzarme con él, quizás prefiriera mantener las distancias para no tener problemas con algún encargado demasiado estricto.
Me llevé una pequeña desilusión, pero decidí que debía olvidarme de él y disfrutar de la jornada con mis amigas.
Y eso intenté, sin que el runrún de la proclama de Lorena se me quitara de la cabeza.
Lo normal era que Einar me llamara esa misma noche o como mucho al día siguiente para hablar o quedar a tomar algo.
Sabía que me quedaban pocos días en la isla y había que aprovechar la ocasión, no podía ser tan capullo.
Y entonces mi confianza desapareció como por encanto.
Yo me había acostado con aquel chico en Londres, un rollo de una noche del que quizás no se hubiera vuelto a acordar hasta cruzarse de nuevo conmigo, y después le había atosigado en su puesto de trabajo.
Estaba claro, no pensaba llamarme y yo era una idiota redomada.
La diversión no fue la misma con esos pensamientos en la cabeza.
Al final, a media tarde, nos cansamos del beach-club y decidimos regresar al apartamento.
Recogimos los bártulos, dimos una vuelta de reconocimiento sin divisar de nuevo a Einar y nos fuimos de allí con la frustración por bandera. ¿Dónde se había metido el vikingo?
Nos subimos de nuevo al coche y nos dirigimos hacia Playa del Inglés.
Mis temores se confirmaron esa misma noche, cuando salí con mis amigas por Maspalomas y no recibí ninguna llamada ni mensaje en el móvil.
Como una chiquilla me pasé toda la noche revisando el teléfono, pero nada, mi gozo en un pozo.
—No te agobies, Adri, él se lo pierde —me dijo Cris esa misma noche—. Por aquí hay mucho tío bueno en el que fijarse. Ya sabes, un clavo saca a otro clavo…
Yo puse cara de perrito abandonado, aunque intenté animarme para no aguarles la fiesta a mis amigas. ¿Qué me pasaba? El vikingo de las narices se había colado de nuevo en mi subconsciente y me iba a ser muy difícil sacarlo de allí.
—¿No te habrás pillado del rubito, verdad? —me insinuó Mónica al oído para no alertar al resto de la cuadrilla. No supe qué decirle, así que opté por el silencio—. ¡No me jodas, Adri! Pasa de este tío, olvídate de él.
—Eso se dice más fácil que se hace, Moni.
Y tú deberías saberlo bien, no quiero recordarte tus historias con Samuel.
Pero sí, tienes razón. No sé qué me sucede cuando estoy con él, aunque haya sido de una manera tan estrambótica como la de hoy.
Y eso que no me acuerdo bien de lo que sucedió en Londres.
Pero tiene algo…, no sé explicarlo. Algo que me burbujea por dentro y no me vengas con ninguna burrada, que nos conocemos.
Es una sensación extraña, no sé describirlo.
Y si el destino me ha hecho encontrarme dos veces con él por algo será.
Yo no voy a arrojar la toalla tan fácilmente.
—Tú verás, amiga. Pero no quiero luego dramas, espero que ese tipo no te haga daño.
—Tranquila, eso no va a suceder.
La ley de Murphy se cumplió y mi enfado subió más grados en la escala de Richter.
Le di de margen todo el día siguiente, al completo, y tampoco me llamó.
Así que decidí tomar la iniciativa y a la mañana siguiente, antes de que se despertaran mis amigas, me planté de nuevo en el beach-club y pedí hablar con el encargado antes de acceder al recinto.
—Verá, tengo que hablar urgentemente con uno de sus camareros. Se llama Einar y es islandés. Tenemos un amigo común que ha tenido un problema familiar y quería comunicárselo en persona —fabulé sin inmutarme.
El encargado me miró con cara de pocos amigos y supe que me iba a responder lo obvio, por lo que me adelanté de nuevo.
—Es que no le localizo en su nuevo móvil. No sé si es que no le funciona bien o apunté yo mal el número. ¿Podría decirme que turno tiene hoy de trabajo?
—Mira, guapa, no puedo perder el tiempo con tonterías —me contestó en un correcto castellano con un leve acento transalpino—. Estamos trabajando, ¿no lo ves? Además, ese tío ya no trabaja aquí, le despedí anteayer.
—¿Cómo dice? —pregunté asustada.
Mi única posibilidad de encontrarle se estaba difuminando a marchas forzadas. No quería rendirme tan fácilmente, pero el encargado estaba a punto de echarme también a mí a patadas de su establecimiento.
—Pues sí, como lo oyes. Ya había tenido quejas de varios clientes y en verdad era un poco inútil como camarero. Mucha planta pero poco acostumbrado a trabajar. Y aquí se curra de lo lindo, por muy buena percha que gastes. Así que le puse de patitas en la calle.
—Vaya, lo siento —dije por inercia antes de atacar de nuevo como última esperanza ante el inminente desastre—. ¿Y no tiene usted su número de teléfono o una dirección donde encontrarle?
—Mira, bonita, ya te lo he dicho… No tengo tiempo que perder, lo siento. Esos temas lo lleva nuestra jefa de recursos humanos y esta semana está fuera por asuntos personales. Vente la semana que viene y hablas con ella si quieres. Ahora, si me disculpas…
Y se largó de allí dejándome con la palabra en la boca. Mi peor pesadilla se confirmaba en mis propias narices. Había vuelto a perder el rastro de Einar y no tenía medio de localizarle si él no me llamaba. ¡Maldita sea!
En que dichosa hora se me ocurrió acompañar a Mónica a Londres…