3 El beach-club #3
Nos atendió de forma muy amable la misma chica que nos había acompañado hasta el reservado, recomendándonos incluso alguno de los cócteles más sabrosos.
Mientras esperábamos la comanda mis amigas se metieron en la piscina para refrescarse y yo decidí probar el jacuzzi, por lo que pudiera pasar.
Prefería no arriesgarme, por lo menos de momento.
Tal vez más tarde, cuando se me pasara el susto y el alcohol hubiera corrido de nuevo por mis venas, me apuntara a retozar en el agua con el resto de los visitantes del beach-club.
Me relajé en el mini spa mientras escuchaba de fondo las risas de mis amigas en la piscina.
Segundos después vi que un camarero entraba en nuestro recinto con la bandeja de las bebidas, por lo que salí del agua y no tuve reparo en acercarme hasta la zona de descanso en bikini, dispuesta a darle las gracias al empleado del beach-club.
No sé si os había comentado que yo soy un poco miope y no me gusta usar lentillas, así que cuando salí del jacuzzi sólo distinguí entre brumas que un camarero había entrado en nuestra zona VIP, sin fijarme en mucho más.
Fue al llegar a su lado, justo cuando depositó las bebidas encima de la mesa y se giró hacia mí, cuando me llevé la sorpresa de mi vida.
—Excuse me, ladies, I bring your drinks. Your food will be arriving shortly.
—¿Einar, eres tú?
¡No me lo podía creer! Allí estaba el buen mozo, en carne y hueso delante de mí, más guapo que nunca. Ni siquiera me percaté de que le había contestado en español a su frase en inglés en la que me decía que traía las bebidas y enseguida llegaría también el picoteo.
Al final Cristina tenía razón y yo calculé mal la jugada.
Ella había visto de lejos a alguien parecido al dichoso futbolista islandés y yo supuse que se trataría de un cliente, cuando en realidad era uno de los camareros del complejo.
Y sí, Einar se había cortado la coleta, tenía el guapo subido y yo parecía una colegial atolondrada a su lado.
Me fijé en su bonito color de piel, dorado de una manera uniforme por el sol de las islas afortunadas.
Einar se había bronceado a lo surfero, sin llegar a ese tono de cangrejo colorado con el que muchos turistas extranjeros se marchaban tras exponer sus pieles lechosas a los rayos solares del Trópico de Cáncer.
El cabello medio cobrizo se le había aclarado por el sol y su rubio parecía cada vez más albino.
Se había afeitado también la barbita y con el pelo así de corto parecía más joven, aunque en realidad ignoraba su verdadera edad.
Estaba para comérselo y cuando me sobrepuse al encontronazo otras sensaciones comenzaron entonces a apoderarse de mis actos.
Si yo me había sorprendido, la cara de susto del vikingo fue apoteósica.
De hecho, ya había depositado nuestros combinados encima de la mesita adyacente al sofá, y se llevaba la bandeja con el resto de bebidas para seguir repartiendo a otros clientes cuando se fijó en mí.
De la impresión se tropezó y tiró algunos de los vasos llenos de líquido que debía entregar en otros reservados.
—Lo sien..., lo siento —se disculpó en español, chapurreando de aquella manera nuestro idioma.
—Don’t worry, Einar —contesté en inglés para que no se preocupara.
Con las pulsaciones al galope intenté sobreponerme al momento y, de paso, tranquilizar al pobre islandés, que parecía más impresionado que yo.
Al contrario que en la noche en la que nos conocimos, en la que ya iba contenta y la lengua se me trababa con el idioma de Shakespeare, pude hablarle en inglés con más parsimonia y sin problemas.
No sabía el tiempo que Einar llevaba en España, yo le había visto por último vez en abril, pero al parecer no manejaba demasiado bien el castellano y quise ponérselo más fácil.
—Perdona, tuve que marcharme de tu casa pronto porque perdía el vuelo de regreso a España. Yo no soy así, quise despedirme de ti y ni siquiera nos dimos los teléfonos, lo siento —me disculpé de manera patética en inglés.
¿Por qué me estaba justificando? Un rollo de una noche es eso, tampoco hay que darle más vueltas.
Ya sabéis, como reza el dicho latino: Excusatio non petita…
A no ser que, en mi fuero interno, aquello hubiera significado algo más para mí.
Y allí estaba yo, como una idiota, intentando explicar mi comportamiento delante de un chico que tampoco sabía muy bien dónde meterse después de nuestro nuevo encuentro fortuito.
Ni confirmo ni desmiento que comencé a hacerme tirabuzones con el pelo, toda nerviosa, mientras cruzaba y descruzaba las piernas, tonteando descaradamente con él.
Allí estaba yo, de pie a su lado con un minúsculo bikini como única ropa con la que taparme.
«¡Menuda tontería!», pensé entonces. Él ya me había visto desnuda y también habíamos realizado otro tipo de cosas más íntimas.
Mejor pensaba en otra cosa, que me estaba empezando a calentar y el rubor se había instalado en mis mejillas sin que yo lo notara.
Creo que hasta me mordí el labio mientras le contemplaba embelesada, no me extraña que el muchacho no diera pie con bola con una loca comiéndoselo con los ojos.
Y eso que no estaban conmigo las piradas de mis amigas, de buena me había librado.
Por el momento, claro, porque aquella sorpresa no la podía guardar sólo para mí.
¿O sí? Mi mente comenzó a carburar buscando un plan alternativo.
Tal vez podía quedar con él una noche a espaldas de mis amigas y yo…
—It doesn't matter, it's OK... Todo bien, don’t worry —contestó con ganas de finalizar la conversación.
Quise cambiar de estratagema y le pregunté por otro tema, a ver si así se rebajaba un poco la tensión. Además, prefería seguir hablando con él sin la compañía de mis amigas, que le agobiarían más de lo que el muchacho ya estaba, dada la situación.
—¿Y qué haces en Gran Canaria? Nosotras estamos de vacaciones en Playa del Inglés, regresamos a casa este domingo. ¿Te gusta España?
—Sí, bueno, it’s good —balbuceó medio en español antes de coger carrerilla en inglés—.
Un amigo me habló de este sitio y me recomendó para el puesto.
Me gusta lo que he visto de España y Gran Canaria es muy bonita…
De todas formas, no se me da bien este trabajo y hace mucho calor para alguien como yo, que viene casi del círculo polar ártico.
Yo soy fotógrafo, pero ya sabes… Perdona, tengo que seguir atendiendo a los clientes antes de que me echen la bronca.
¡Guauuu! Se había trabado un poco al principio pero al final me contestó de una manera más sosegada.
Me sorprendió escucharle tres frases seguidas con mayor aplomo, como más seguro de sí mismo y sin apenas farfullar.
Su voz se tornaba grave pero con un punto aterciopelado, y poseía un acento peculiar al hablar, recubierto de una cadencia musical que te envolvía casi sin darte cuenta.
Allí estaba otra vez esa sensación y algo se agitó de nuevo en mi estómago al escucharle.
Definitivamente, lo que me sucedía cuando estaba en compañía de Einar no era ni medio normal.
—Sí, perdona, no quiero entretenerte. Por si te apetece charlar un día de estos con más calma, o salir a tomar algo por aquí, te dejo mi teléfono. Dame si quieres el tuyo y te hago una llamada perdida —dije con toda la intención de hacerme con su número.
No sé ni cómo me lancé, pero total, no perdía nada.
Nos habíamos vuelto a encontrar de casualidad y tenía la oportunidad de no cagarla de nuevo.
Sí, lo reconozco, quería volver a verle.
Ya sé que no teníamos nada en común, que vivíamos en mundos diferentes y todo lo demás.
Fueron mis entrañas las que hablaron por mí y no quise llevarles la contraria.
Einar me miró muy serio y pensé que le había asustado de nuevo.
No conocía mucho de la cultura y las convenciones sociales islandesas, quizás las maneras mediterráneas le apabullaran un poco.
Y yo no pensaba dejarle escapar tan fácilmente.
Me había encontrado con él por casualidad dos veces, en dos sitios tan distintos y lejanos de mi domicilio como Londres y Gran Canaria.
¿Qué posibilidades matemáticas había de que algo así te sucediera?
No podía jugar en contra de las probabilidades, así que tuve que arriesgar.
El no ya lo tenía, que fuera él quien se mojara y me rechazara si era capaz.
Su gesto tenso no auguraba nada bueno. Einar se encontraba en medio de su turno de trabajo, yo le estaba interrumpiendo y había provocado que tirara alguna bebida.
Encima yo era una cliente y él mi camarero, seguro que pensaba que aquello no estaba bien.
Pero una vez que saliera de allí nadie tendría por qué enterarse, debía intentarlo por todos los medios.
Cuando ya pensaba que se iba a marchar sin contestarme, me contestó muy serio:
—Perdona, soy un desastre. Me he comprado aquí un móvil de prepago y no me sé todavía el número —soltó sin inmutarse.
Sonó a excusa barata, ya sabía yo que le había asustado.
Si es que nunca aprenderé… Aunque todavía no había terminado su alocución—.
Apúntamelo aquí y luego lo meto en mi lista de contactos.
Me alargó entonces un bolígrafo y una hojita en blanco de las que utilizaban para apuntar las comandas. Yo sonreí, por fin sucedía algo que no fuera un malentendido entre nosotros, y le escribí mi número con la mejor de las intenciones.
—No te entretengo más, tendrás que atender a más clientes. Hablamos cuando quieras, Einar. Me ha encantado volver a verte. Hasta pronto.
Y ni corta ni perezosa le planté dos sonoros besos en las mejillas, mientras su cuerpo se envaraba de nuevo.
Su lenguaje corporal me dijo que había vuelto a cometer un fallo, pareció que le molestara que invadiera su espacio vital.
O quizás no le gustaba que alguien del trabajo le viera confraternizar con una clienta.
No creía que nadie le llamara la atención por algo así, pero entendía que en su país las cosas funcionaran de otra manera.
Se apartó rápidamente, se despidió de mí casi en un susurro y me dio la espalda. Salió de la cabaña y se cruzó con mis amigas, que habían visto que llegaban las bebidas desde la piscina y querrían refrescar el gaznate tras su baño.
—See you later, ladies —saludó al pasar al lado de las chicas.
El muy cabrón ya no parecía nervioso, incluso me pareció que les mostraba esa sonrisita canalla que yo sabía que causaba estragos entre las féminas.