3 El beach-club #2
Todas nos quedamos mirando a Lore, esperando una respuesta que se hizo de rogar. ¿Qué tramaba esta vez? Ya nos la había liado en más de una ocasión, así que preferí callarme para que no me llamaran aguafiestas de nuevo. La susodicha nos regaló una gran sonrisa, antes de enseñarnos algo en su móvil.
—He estado hablando con las chicas de la cola, que están de despedida de soltera nada menos, y me han recomendado algo que seguro que nos va a gustar.
Y no os preocupéis por el precio, yo os invito.
Ya sé que a veces me pongo insoportable y quería tener un detallito con vosotras.
Y más después de acoplarme de gorra a este viajecito.
¿No os apetece alquilar una cabaña privada con su propio jacuzzi y camarero privado sólo para nosotras?
Y todo en primera línea de piscina, en una zona exclusiva para VIP’s, con la comida y la bebida incluida en el precio.
—¡¿Estás de coña?! —solté sin pensarlo—. Eso tiene que ser carísimo, no te lo vamos a permitir.
—Sí, si lo podemos permitir, faltaría más. Un día es un día, ¿verdad? —dijo Mónica muy ufana.
—Total, lo voy a pagar con la tarjeta de crédito de mi padre, así que no os agobiéis. El dinero está para gastarlo y sólo se vive una vez. ¡Ya veréis que bien lo vamos a pasar!
Y dicho y hecho, Lorena no se iba a cortar un pelo.
Otra fuerza de la naturaleza que podía formar un verdadero maremoto cuando se juntaba con Mónica.
Cristina me miró y ambas asentimos a la vez después de encogernos de hombros, tampoco íbamos a estropearles la diversión a nuestras amigas.
Y además, tenían razón. Estábamos de vacaciones y había que disfrutar del momento.
Una de las encargadas del complejo nos acompañó a esa especie de cabaña, con sus sofás, sus mesitas, su jacuzzi al lado y su espacio para retozar al lado de la inmensa piscina.
Nada más entrar ya vimos que algunos de los visitantes bebían en curiosos recipientes, con forma de mono y otros animales.
Unos combinados que apetecía probar, aunque fuera todavía demasiado pronto para comenzar con el alcohol.
—Veo que estamos rodeadas de inglesitos, espero que se porten bien y no la líen demasiado —afirmó Cristina muy ufana.
—¿Y cómo sabes tú que son ingleses? —preguntó curiosa Mónica.
Yo me imaginaba la respuesta, ya que en alguna ocasión había hablado con Cris de una de sus aficiones: el fútbol. A mí no me disgustaba el deporte en general y el balompié en particular, pero no era una fanática como ella, que se sabía la alineación de cualquier equipo europeo de primera división.
——Está claro, chica, ¿no lo veis? —soltó mientras Lore y Moni seguían sin enterarse—.
Estamos rodeadas de gente con camisetas de equipos de la Premier League: Manchester United, Tottenham, City, Arsenal, Liverpool e incluso del equipo nacional.
Se nota a la legua que están aquí de vacaciones y les tira el orgullo patrio.
—Si tú lo dices… —contestó Moni—. A mí me da igual, pero que no nos den mucho la murga, a no ser que quieras rematar la faena que no culminaste anoche con el hijo de la Gran Bretaña.
—Buff, no sé —. Claro, por eso le molan tanto las islas británicas a nuestra Cris, ¿verdad? —insinuó Lorena— Y eso que ella no estuvo en Londres con vosotras, que si no se nos trae un paliducho con ella en el equipaje de vuelta.
Mónica me miró un segundo y supe en ese instante que me iba a tocar la puyita de turno. Hacía tiempo que mi amiga no me vacilaba con el tema, así que hice de tripas corazón. Tampoco se lo iba a tener en cuenta, demasiado bien se había portado conmigo después de mi desliz en la capital británica.
—Hombre, de paliduchos también entendemos nosotras —dijo Moni guiñándome un ojo—. Y nada que ver con los británicos, que no suelen ser muy agraciados. Nuestros vikingos estaban de toma pan y moja, os lo puedo asegurar. ¿Me equivoco, Adri?
—Eso creo, sabéis que tampoco lo recuerdo demasiado. Si es que no se puede mezclar, mira que nos lo tienen dicho.
Intenté bromear con la situación y entonces vi que Cristina se ponía muy seria. Miraba a lo lejos, hacia uno de los laterales de la piscina principal, pero ninguna supimos bien lo que le ocurría. Hasta que de pronto nos soltó una de sus frikadas de fútbol que ninguna entendía.
—Hablando de vikingos islandeses y no es por meter cizaña. ¿No me dijiste que el chicarrón con el que se perdió Adriana se parecía a Rurik Gislason? —dijo Cris dirigiéndose a Mónica.
—¿A quién dices? —preguntamos todas a la vez.
—Joder, chicas; no sé para qué os cuento las cosas, no me hacéis ni puñetero caso.
Y entonces pasó a detallarnos de nuevo su teoría. Al parecer Cris se había quedado prendada de la selección islandesa masculina de fútbol en la anterior Eurocopa, en 2016, donde habían dado la campanada al eliminar a Inglaterra en octavos de final.
—No me miréis con esa cara, esto ya os lo he explicado más veces. ¿Alguien me escucha en algún momento? —preguntó algo cabreada.
—Bueno, sí, a veces. Para ser sincera, yo suelo desconectar cuando empiezas a hablar de la pelotita, tía —confesó Moni—. ¿Cómo demonios te gusta tanto el fútbol? Me parece un auténtico coñazo.
—Joder, lo que no sé es por qué no os gusta a vosotras. ¿Ver a veintidós tíos buenorros en calzoncillos, corriendo detrás de un balón, y chocando sus cuerpos sudorosos y varoniles no os parece suficiente razón?
—Lo que yo te diga, estás fatal —sentenció Lorena.
—Vale, lo que vosotras digáis. Pues eso, que me enamoré de los islandeses y de su proeza deportiva.
Aparte de alucinar de la comunión con su público y sus celebraciones vikingas después de cada triunfo, por no hablar de que se me caía la baba cada vez que sonaban los himnos y la cámara recorría en primer plano los rostros y cuerpos esculpidos de esos dioses norteños.
—¡Madre mía! —solté a mi pesar—. Pues sí que estás mal, la verdad…
—Si llego a estar yo en ese pub inglés a mí no se me escapan vivos, ya os lo digo yo. Pero bueno, a lo que íbamos. Yo os estaba hablando de Rurik Gislason, dejadme terminar.
—Vaya con la mosquita muerta…
Al parecer Cristina seguía de cerca la actualidad del fútbol islandés, que desde aquella gesta del verano anterior no había parado de ganar adeptos.
—Lo había visto por redes sociales y ya le seguía desde hacía tiempo, porque el bueno de Rurik levantó auténticas pasiones en Francia y ahora se ha convertido en todo un icono.
Le están sacando reportajes en revistas de moda y sus seguidores en Instagram suben como la espuma; al final se hará influencer o modelo antes que otra cosa.
El muchacho está para comérselo y en cuanto Moni nos contó las andanzas de Adriana en Londres me vino su nombre a la cabeza. ¿Se parece o no a tu amigo vikingo?
Entonces Cristina nos mostró imágenes del susodicho futbolista en su móvil y tuve que reconocer que se daba un aire a Einar, si es que de verdad se llamaba así el joven islandés con el que había pasado aquella noche tan brumosa en mis pensamientos.
Con el nombre tendría que fiarme de la palabra de Moni, que tampoco es que fuera garantía de nada.
Algo se revolvió entonces en mi estómago al evocar la velada, pero preferí obviarlo y sólo asentí levemente con la cabeza.
—¡La leche! —exclamó Mónica tras quitarle el móvil a Cristina—. Pues sí que se parece, es cierto. Igual Einar era algo más alto y fibroso, pero podrían pasar por hermanos perfectamente.
Me pasó entonces el teléfono y apechugué con la situación.
No sabía bien el motivo, pero de nuevo las mariposas se instalaban en mi estómago al pensar en aquella noche.
Me fijé en las diferentes fotografías del futbolista que aparecían en el buscador de Google y tuve que darles la razón a mis amigas.
Y eso que tampoco podía rememorar una imagen clara del rostro de Einar, sólo tenía retazos sueltos que me venían como flashes a la memoria.
El más concluyente se refería a la mañana siguiente, cuando el bello durmiente se desperezó mientras yo huía como una cobarde del lugar del crimen.
Esa barba rubita, esos ojos de un azul glacial, similares a los de un perro de trineo pero con más calidez, y esa sonrisa canalla que había destrozado mis defensas, aparecieron de nuevo ante mí.
¡Maldita Cristina! Se podía haber estado calladita.
Aunque seguía sin saber el motivo de por qué sacaba nuestra amiga el tema a colación, así que disparé sin dudarlo, temiendo su respuesta.
—Vale, todo eso está muy bien. Pero ¿a qué viene todo esto?
—A que me ha parecido ver a un chico muy parecido en la otra punta de la piscina, sólo que ahora con el pelo corto. Nada de coleta o melena al viento, ya me entendéis —replicó Cris.
—¿Te imaginas, Adri? Sería muy fuerte que nos lo encontráramos de nuevo aquí, ¿no?
—Eso es imposible, chicas. ¿Qué va a hacer un islandés en Gran Canaria? No le pega nada, la verdad —dije con la boca pequeña.
Una angustiosa sensación se había apoderado de mi estómago y no quise que se me notara de cara al exterior.
No podía ser posible, demasiada casualidad…
Cristina debía haber visto mal, me negaba a creérmelo.
Además, ella no lo conocía personalmente y sólo tenía referencias por terceros, por lo que era prácticamente una quimera que hubiera acertado en su suposición.
De todas maneras, mejor prevenir que curar.
No me apetecía meterme en la piscina y cruzarme con Einar en el agua llegado el caso, así que decidí quedarme en el jacuzzi privado y no interactuar con ningún otro cliente en todo el día.
—Venga, Adri, no te pongas así. Ni que hubieras visto un fantasma, tampoco es para tanto.
Si está por aquí el muchacho pues le saludamos y ya está, tampoco cometiste ningún crimen —afirmó Moni para tranquilizarme al ver que empalidecía—.
Además, seguro que Cris está equivocada, sería demasiada casualidad tropezarnos aquí con él.
—Perdonad, no era mi intención —intervino Cris—. Ya sabéis que soy un poco bocazas a veces y suelto todo lo que pienso, no me lo tengáis en cuenta. Venga, vamos a disfrutar del regalo de Lorena y a pasarlo bien. ¿Os parece?
Todas estuvimos de acuerdo y decidimos olvidarnos del tema.
Así que pedimos unas ensaladas, unas raciones para picar algo y unos combinados para pasar el mal trago.