El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1) 3 El beach-club
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3 El beach-club

Gran Canaria, junio de 2017

Nos alojamos en plena Playa del Inglés, en la zona más turística, y disfrutamos del sol, la playa y, por supuesto, la noche grancanaria.

Mónica y Lorena eran un auténtico peligro, y yo intentaba no quedarme atrás, por lo que a Cris, la más modosita del grupo, no le quedó más remedio que seguirnos el ritmo.

La pobre estaba en un sin vivir, creyendo que íbamos a romper algo en el apartamento, por lo que decidimos corrernos las juergas lejos de nuestro alojamiento.

Sería por establecimientos en la isla en los que disfrutar de una buena jarana, en eso no nos ganaba nadie en este país.

Con tanta diversión no le dedicábamos demasiado tiempo a hacer turismo.

Como muy pronto nos daban las cuatro de la mañana de fiesta, así que luego no había quien se levantara temprano para organizar otros planes.

Todas vivíamos en la Costa del Sol y estábamos acostumbradas a las playas malagueñas, pero en Gran Canaria había gran variedad de sitios increíbles que podíamos visitar.

Y yo, que podía considerarme la más juiciosa del grupo en algunos aspectos, y a la vez la más pesada, me las apañé para alquilar un coche con el que poder recorrer la isla.

Los vehículos de alquiler estaban muy solicitados en la zona y nos fue muy difícil conseguir uno.

Al final nos hicimos con un Citroën C3 para tres días, un vehículo de color rojo pasión, por lo que había que aprovechar la oportunidad.

Mis amigas rezongaron al día siguiente, todavía de resaca, cuando les hice madrugar después de una noche en la que nos habíamos pasado con el alcohol.

Quería conocer la capital, Las Palmas de Gran Canaria, y recorrer también algunos de los lugares más conocidos de la isla.

Pero para aquella primera excursión al final no nos fuimos muy lejos.

Conducía yo y Cris me ayudaba con las indicaciones del GPS mientras manipulaba a duras penas la aplicación de mapas en su móvil, mientras las dos viajeras que llevábamos en la parte trasera del vehículo no hacían más que rezongar por todo.

—Sois muy pesadas, chicas, de verdad —afirmé ante la enésima protesta de Mónica, mientras Lorena se amodorraba en su asiento.

—Venga, Adri, ten piedad de nosotras. No hemos dormido ni dos horas, esto es inhumano —aseguró Mónica—. Además, ¿dónde narices nos quieres llevar?

—A conocer Las Palmas y su zona colonial.

Y darnos un paseo por la playa de las Canteras, claro, me han dicho que es una de las playas urbanas más espectaculares de nuestro país.

Después comeremos en algún sitio chulo y ya veremos dónde vamos después.

También quería conocer Agaete o Teror, dos de los pueblos más chulos de la isla.

—¿En serio, tía? —intervino Lorena medio dormida—. Lo que necesitamos es descansar para poder salir esta noche. ¿O es que no os lo pasasteis bien ayer? Cris, creo que tú disfrutaste de la noche canariona, ¿no?

La interpelada agachó la cabeza avergonzada al saber exactamente a qué se refería su amiga.

Y es que Lorena nos hizo rememorar la juerga de la víspera, un desfase total provocado por una ingesta demasiado abultada de chupitos de tequila.

Cristina, la más formal del grupo, había ligado con un inglesito con el que tuvo sus más y sus menos en la pista de baile.

Juramos no recordárselo demasiado, ella iba muy pedo y le daba vergüenza admitirlo, pero si no llegamos a estar al quite el guiri se la beneficia allí mismo, delante de todo el mundo.

—Vale, sí, lo pasamos genial, Lore —consintió Cris—.

Pero Adriana tiene razón, prometimos que también recorreríamos la isla para conocer otros lugares.

Y ya que tienes tanto sueño, en el camino hacia Las Palmas te puedes echar una cabezadita.

Son más de cincuenta kilómetros y por aquí no disponen de autovías de tres carriles, así que tenemos para un rato.

A Lorena le pareció buena idea y se acomodó en su asiento.

Cogió una sudadera que llevaba en la mochila, la dobló hecha un reguño a modo de almohada, y se la colocó en un lado para no golpearse contra la ventana al apoyarse en ese lateral del coche.

Ya estaba dispuesta a echarse su siesta cuando Mónica la interrumpió.

—Buff, esos son muchos kilómetros. Mejor lo dejamos para mañana, que estaremos algo más despejadas. ¿No hay otra excursión más cerca y que no suponga estar todo el día por ahí? Venga, chicas, que no se diga…

—Bueno, también quería conocer el barranco de Guayadeque o el cenobio de Valerón. Pero me da que eso os va a llamar menos la atención y no llevamos ropa adecuada para esas visitas.

—Suena a muermo y a que nos vamos a joder de calor en medio de la montaña. Seguro que existe alguna propuesta más veraniega y divertida, Adri. Venga, Cris, échame tú una mano, anda.

Cristina me miró cómo pidiendo permiso, ya que sabía que me hacía ilusión realizar esas excursiones.

Pero claro, si mis amigas seguían en ese plan, era una tontería conducir tantos kilómetros para nada.

Todas se dejarían llevar a disgusto por no escucharme, con morros toda la jornada, y así sería muy difícil disfrutar del día, ya fuera en plena naturaleza recorriendo los valles o paseando por la parte colonial de Las Palmas de Gran Canaria.

Así que no me quedó más remedio que dar mi brazo a torcer.

Y eso que no les había hablado del Roque Nublo…

—Tengo otra idea que igual os apetece más.

No demasiado lejos de aquí, creo que a veinticinco kilómetros, se encuentra Mogán y un poco más cerca, Puerto Rico.

Mogán es un pueblo muy chulo que se asemeja a Venecia con sus curiosos canales y puentes.

Podemos dar un paseo por allí, hacer unas compras y luego irnos a Puerto Rico, que cuenta con una bonita playa y un beach-club espectacular, dicen que de los mejores de la isla.

Mónica me miró muy seria mientras manipulaba su teléfono.

Examinó imágenes de Mogán y pareció algo más satisfecha después de su búsqueda.

Aunque nada comparado con su rostro segundos después, cuando casi se le salen los ojos de las órbitas al encontrar fotografías del lugar recomendado de Puerto Rico.

—¿No me digas que éste es el beach-club del que nos hablabas, Adri? —preguntó señalándome las imágenes que aparecían en su teléfono.

—Pues sí, ése mismo. ¿Te gusta o no?

—¡Pero qué dices, loca! —exclamó alborotada mientras intentaba despertar a Lorena para que secundara la moción, con escaso éxito, todo sea dicho—. ¡Me puto flipa, menuda pasada de sitio! Yo me iba directa allí ahora mismo, sin pensármelo dos veces.

—Venga, no me seas cagaprisas, como dice mi madre. Primero nos dirigimos a Mogán y al mediodía vamos para allá. Anda, Cris, busca el teléfono del sitio y reserva unas hamacas chulas para descansar allí mientras nos sirven la comida y esos cócteles tan ricos que hemos visto en su Web.

—¡Tú sí que sabes, amiga! —soltó Mónica más contenta—.

Ves como al final se pueden hacer excursiones chulas, ya lo decía yo.

Igual hasta me contrato un masaje balinés de los que anuncian.

Nunca he probado eso de que te magree un tío bueno mientras me tomo un mojito, siempre hay una primera vez para todo.

Nos reímos de la ocurrencia de Moni, pero no estaba mal tirada la idea.

Tanta juerga nos estaba pasando factura, por muy jóvenes que fuéramos.

Todavía nos quedaban unos días de vacaciones y había que aprovecharlos al máximo.

En esos momentos yo ignoraba lo que sucedería en nuestro viaje, un hecho que cambiaría mi vida para siempre.

El dichoso destino o como queramos llamarlo volvía a hacer de las suyas.

Y es que lo del libre albedrío está sobrevalorado, al final yo creo que estamos predestinados para ciertas cosas y es imposible librarte de ello.

Pero no adelantemos acontecimientos, que me pierdo.

Al final nos dirigimos al puerto de Mogán, y la visita mereció mucho la pena.

Un lugar con encanto, como anclado en el tiempo.

Se trataba de un antiguo pueblo de pescadores, repleto de canales, puentes y rincones muy instagrameables, que le asemejaban a una pequeña Venecia en miniatura.

Podías pasar en unos segundos de ver a los viejos pescadores arreglar sus redes a hacerte un selfi con un impresionante yate en el puerto deportivo.

Un contraste curioso que nos cautivó sin remedio.

Nos perdimos por unas callejuelas de postal, pasando bajos los arcos trufados de buganvillas.

Recorrimos el puerto y admiramos el colorido de la zona circundante, repleta de casitas blancas ribeteadas de colores llamativos en sus contraventanas.

Nos hicimos mil y una fotografías mientras disfrutábamos de una agradable mañana, antes de asaltar alguna de las tiendas típicas para turistas en las que comprar algún detalle que nos recordara ese viaje tan especial.

Incluso nos reímos un buen rato cuando la pobre Lorena, al cruzar uno de los puentes que atraviesan los canales como en la ciudad italiana, se trastabilló y casi acabó en el agua vestida y todo.

Nos tomamos un aperitivo para abrir boca y decidimos dirigirnos entonces hacia el beach-club de Puerto Rico.

El sol ya apretaba de lo lindo y nos apetecía un bañito.

Íbamos vestidas con ropa cómoda y fresquita, pero todas llevamos una mochila con un par de bañadores y ropa más fashion para no desentonar en un sitio como aquél.

Sobre todo Mónica, con ese minibikini en animal print y un pareo espectacular con un estampado que llamaba poderosamente la atención.

La muy zorra sabía destacar, aunque midiera poco más de metro y medio.

Nos costó encontrar un sitio para aparcar el vehículo, pero al final tuvimos suerte y no lo dejamos estacionado demasiado lejos del beach-club.

Ya había cola para entrar en el establecimiento y estuvimos charlando de todo un poco mientras nos atendían.

En ese momento Lorena, que parecía haberse despejado de su modorra, se puso a hablar con unas chicas que se situaron detrás de nosotras.

Apenas le dimos importancia, nuestra amiga era muy sociable cuando quería, pero enseguida nos llevamos una sorpresa.

—¿Has pagado ya las hamacas, Cris? —preguntó entonces Lorena a bocajarro.

—No, sólo las he reservado. ¿Por qué lo dices?