2 El final del curso
Estepona (Málaga), mayo de 2017
Cuando me quise dar cuenta la primavera se encontraba en todo su esplendor en Málaga, la tierra que me había acogido unos años después de nacer en Madrid.
El final del curso se acercaba a pasos agigantados y yo me estaba dejando las pestañas para sacar todas las asignaturas con buena nota y así terminar mi doble grado en ADE (Administración y Dirección de Empresas) y Derecho en la Universidad de Málaga.
Unos estudios universitarios que yo no hubiera escogido en primera opción, pero que con la presión de mi padrastro y la connivencia de mi madre en el período de matrícula lograron que al final claudicara.
Afortunadamente, con algunos altibajos sin importancia, al final me había gustado la carrera y me había labrado un futuro, o eso al menos esperaba.
Mi madre era una joven alcarreña que se fue a Madrid en busca de trabajo a finales del siglo pasado.
Allí conoció a mi padre, un asturiano honrado y trabajador que no tuvo mucha suerte en la vida.
El pobre hombre se pasaba la vida en la carretera, ya que era representante comercial de varias marcas, y una noche de verano conoció a mi madre en una fiesta.
Comenzaron a salir, como ellos decían, y unos meses después tuvieron que casarse a la carrera, ya que ella se quedó embarazada.
Sé que alquilaron un modesto apartamento a las afueras de Madrid, en una ciudad-dormitorio llamada Fuenlabrada, y allí comenzó su vida de casados, que no fue fácil ni mucho menos.
Pero las cosas empeoraron unos años después, poco antes de que yo entrara en la escuela primaria.
Mi padre tuvo un terrible accidente de tráfico en una carretera de Toledo, y falleció días después por culpa de las heridas producidas por el siniestro.
De la noche a la mañana mi madre se encontró sin marido, sin dinero y con una niña de seis años a la que alimentar.
Según me contaron, mi familia materna no nos quiso echar una mano y mi madre no tenía para pagar el alquiler, por lo que tuvo que tomar medidas desesperadas.
Habló con una amiga suya por teléfono y le aseguró que en Torremolinos, donde ella vivía, podría encontrar trabajo con facilidad.
Y mientras nos apañábamos, la buena mujer nos ofreció una habitación en su domicilio, una modesta casita que tenía unas vistas impresionantes sobre el Mediterráneo.
Y hacia allí nos fuimos con nuestras maletas y las ilusiones de dos pobres infelices, a finales del año 2001.
Yo no albergo gran recuerdo de aquellos años, y me fastidia mucho casi no poder evocar la figura de mi padre si no es a través de las escasas fotografías que guardo de él.
No obstante, creo que fue una buena elección para nosotras, sobre todo tras lo sucedido unos meses después.
O eso quiso siempre venderme mi madre, sin que yo llegara a tenerlo tan claro.
Mi madre, Elvira, comenzó a trabajar en un restaurante del paseo marítimo.
Torremolinos era una población costera, eminentemente turística, por lo que en temporada alta había bastante trabajo en el sector de la hostelería.
No era el sueño de su vida, pero de algo teníamos que vivir ya que mi padre era autónomo y había tenido problemas con algunos pagos a la Seguridad Social en su momento, por lo que a mi madre ni siquiera le quedó una mísera pensión de viudedad ni a mí de orfandad.
Una noche que libraba en el trabajo mi madre salió a tomar algo con unas compañeras, mientras yo me quedaba a cargo de Sole, la mujer que nos había acogido en su casa.
Ya habíamos conseguido ahorrar algo, pero mi madre no se atrevía todavía a dar el paso y alquilar algo por su cuenta, aparte de que Sole nos trataba muy bien y decía que así le hacíamos compañía.
Esa noche conoció a Antonio, un joven empresario que estaba empezando a asomar la cabeza en el negocio de la construcción.
Era unos años mayor que mi madre, andaluz de pura cepa, y tenía mucha labia y desparpajo.
No se trataba de un galán de cine de Hollywood, pero embelesó a Elvira con su don de gentes y ella se dejó llevar.
Nunca se casaron, aunque de cara a la galería formaran un matrimonio como cualquier otro, eso sí, con una niña ya crecidita.
Antonio quiso adoptarme oficialmente, pero yo quería conservar el apellido de mi padre, Peñalver, y decidimos dejarlo correr.
A él no le hizo demasiada gracia, sin llegar a insistir demasiado en el tema, por lo que lo fuimos olvidando con el tiempo.
Antonio tenía sus contactos, tanto en el mundo de los negocios como en los bancos y, sobre todo, en la Administración Pública.
Ya fuera en ayuntamientos de la Costa del Sol, o en los salones de la Diputación malagueña, por no hablar de los altos cargos de la Junta de Andalucía.
Los concejales de urbanismo se convirtieron en sus mejores amigos, sin hacerle ascos a cualquier otro político o técnico que le permitiera participar en concursos públicos, o acceder a contratos bastante lucrativos con las diferentes administraciones.
Esto lo supe ya de más mayorcita, cuando me pude dar cuenta de la clase de tipo con el que se había juntado mi madre.
Ella parecía feliz junto a él y miraba siempre para otro lado, como esas esposas famosas que habían salido en prensa o en algunos juicios mediáticos afirmando que no sabían nada de los tejemanejes de sus maridos.
Se hacía la tonta y disfrutaba de una vida regalada después de unos años complicados, y no supo ver el tsunami que se le venía encima cuando fui consciente de la realidad.
Nunca podré decir que Antonio se portara mal conmigo, pero yo no terminaba de tragarle del todo y eso que siempre me idolatró y me trató como a su propia hija.
La pareja no tuvo descendencia propia y eso martirizaba al constructor.
Elvira no quería saber nada de bebés otra vez, bastante había luchado ya en la vida.
Tendría yo unos diez años cuando la Costa del Sol se convirtió en un foco mediático debido a la «Operación Malaya».
Aquello fue un verdadero escándalo y llevó a juicio a alcaldes, políticos de diferentes partidos, empresarios, abogados y mucho más.
Antonio tuvo suerte y no salió escaldado de aquella trama de corrupción.
Conocía a muchos de los detenidos por esa operación, ya que pretendía hacer negocios en Marbella, aparte de en Torremolinos y en otras poblaciones menos conocidas de Málaga, pero todavía no estaba en el ajo.
Antonio siempre lo contaba entre risas, como si librarse de aquello hubiera sido sólo un juego y esquivara la bala sin inmutarse.
Primero la Junta de Andalucía y luego el Gobierno central, en orden directa del Consejo de Ministros, intervinieron el ayuntamiento de Marbella en un movimiento sin precedentes democráticos en nuestro país.
Una macro causa contra decenas de detenidos en numerosas ciudades españolas, con bienes embargados por un montante de varios miles de millones de euros.
Eso me hizo darme cuenta de la clase de tipo que era Antonio, por muchos modales y sonrisa de vendedor de biblias que gastara.
Un hombre sin escrúpulos que sólo miraba por su propio beneficio, sin darse cuenta de que ponía también en peligro a la familia que supuestamente idolatraba.
Poco a poco fue adueñándose de contratas de diferentes tipos, incluidos suministros y servicios para diferentes administraciones, aparte de su negocio habitual de la construcción.
Y el pelotazo fue subiendo de categoría, aparentemente fuera todavía de las redes de Hacienda o la Fiscalía Anticorrupción.
Cuando llegué al instituto fui más consciente de la situación, sobre todo al escuchar sin querer alguna de sus conversaciones por teléfono.
No quería enterarme de los chanchullos de Antonio, pero el dinero debía salir de algún lado.
Cambiaba de cochazo cada dos por tres, porque debía alternar con los poderosos como decía él, y para ello nada mejor que construirse su propio mega chalet en una de las mejores zonas de Estepona.
A él los materiales le costarían menos que a la mayoría de personas normales, pero aquel casoplón en el que vivíamos, inaugurado cuando llegué yo a la universidad, no podrías comprarlo por menos de dos millones de euros.
Y a mi madre le parecía algo normal, como si una pobre mujer nacida en la Alcarria pudiera permitirse semejantes lujos con un trabajo normal y corriente.
Yo intentaba que entrara en razón, pero ella me ignoraba y me llamaba desagradecida, después de todo lo que Antonio había hecho por nosotras.
Y claro, la discusión pasó a mayores cuando tuve que comenzar mis estudios universitarios.
Se me daban bien los números y estuve tentada de comenzar una ingeniería, pero a mi madre no le gustaba.
A Antonio se le hicieron entonces los ojos chiribitas y se le ocurrió mencionar la carrera de arquitectura, sin que fuera algo que me llamara la atención, yo odiaba además el dibujo técnico.
Y entonces vio la oportunidad ante sus ojos.
—Podías estudiar Económicas o Empresariales para ayudarme con el negocio.
O Derecho, que en este mundo hacen falta siempre buenos abogados.
¿No te apetecería trabajar conmigo mano a mano?
Así podría ir enseñándote el oficio cuando terminaras los estudios y en un futuro, tal vez no demasiado lejano, hacerte cargo de la empresa.
No quise discutir con él y menos con mi madre, pero no pensaba trabajar para él ni por todo el oro del mundo.
Dependía económicamente de Antonio, no podía ser tan hipócrita, así que agaché las orejas y acepté su propuesta, ya que todo saldría de su bolsillo.
Y al final comencé a estudiar el doble grado de Administración y Dirección de Empresas más Derecho, una carrera que esperaba me abriera muchas más puertas que las de su constructora local.
Después de todo tuve que rendirme a la evidencia.
Me lo había pasado muy bien durante mis estudios universitarios, había hecho nuevos amigos, había aprendido muchísimo y el doble grado me había gustado más de lo que nunca hubiera supuesto.
Ahora sólo quedaba rematar el último curso y comenzar a pensar en mi futuro más inmediato.
—¡No te agobies, nena! —me decía semanas después mi amiga Mónica, a la que conocí el primer día de clase en la facultad y que no nos habíamos separado desde entonces. Ambas nos acabábamos de graduar con buenas notas y ya estábamos planificando el verano.
—Claro, tú lo tienes muy fácil, a ti no te presionan en casa como a mí. Ya estoy matriculada en un MBA carísimo que se imparte el año que viene en Madrid, con la pereza que me da, todo pagado por mi padrastro. Y encima, como agradecimiento, quiere que trabaje de becaria en su empresa este verano.
—¡Ojalá pudiera yo irme a Madrid contigo! —exclamó Moni para mi sorpresa—. Ya sé que es un agobio vivir tan lejos del mar, pero al menos tendrás fiesta continua todos los días. Dicen que la noche madrileña es la leche, tienes que disfrutar de la experiencia.
—¡Pues no se hable más! —solté sin pensármelo dos veces—. Creo que queda alguna plaza libre en el Máster, vente conmigo y compartimos piso. Creo que Antonio tiene algunas propiedades en Madrid, seguro que podemos apañarnos sin hacer demasiado gasto. Y luego, ¡a quemar la ciudad!
—Ni de coña, tía, yo no tengo la pasta que vale tu dichoso Máster.
Y mis padres bastante han hecho ya, no se van a endeudar más.
No es que lo tenga mucho más fácil que tú, ya me han dicho que me vaya espabilando, no te vayas a creer.
Me van a dar cuartelillo este verano, pero tendré que buscar curro en cuanto llegue septiembre.
—Es la dura realidad, Moni, nos hacemos mayores. Se termina una época maravillosa en la que, aparte de estudiar, no hemos tenido excesivas preocupaciones. Y ahora viene eso que llaman hacerse adultas…
—Bueno, poco a poco. Tampoco seas tú tan aguafiestas. Acabamos de graduarnos y habrá que celebrarlo, ¿no? De momento nos vamos la semana que viene con las chicas a Gran Canaria. ¿No te irás a rajar ahora, verdad?
—No, tranquila, allí estaré. Tengo muchas ganas de conocer la isla, aunque con la calima y el calor que dan para esos días no sé cómo lo vamos a llevar.
—No será mucho peor que el terral que sopla por aquí cuando le da la gana. Mucha costa y mucha playa malagueña, pero cada verano lo llevo peor con estos calores. No sé cómo lo aguantan los que no tienen el mar cerca, la verdad.
No iba a ser yo la que le llevara la contraria a mi amiga, y eso que a mí me gustaba el calor.
Eso sí, no me imaginaba yo pasando todo la canícula a 40º en Madrid, por lo menos sin una piscina a mano y un buen aire acondicionado para sobrellevar los rigores del estío tan lejos de la costa.
Pero ése era un melón que no pensaba abrir de momento, todavía quedaba todo un verano por delante que pensaba aprovechar al máximo.
Y para comenzarlo de la mejor manera nos íbamos con las amigas a Gran Canaria, gracias a la generosidad de los padres de Cristina, otra de nuestras compañeras en la facultad.
Al parecer poseían un alto porcentaje en un apartamento de multipropiedad en la isla, una inversión antigua que ni utilizaban ni intentaban rentabilizar, por lo que podían disponer del inmueble en un complejo vacacional cercano a Maspalomas durante cuatro semanas al año.
Y una de ellas, la que daba comienzo al verano de ese año, podíamos disfrutarla nosotras solas, sin ningún tipo de control parental. La juerga iba a ser épica…
El grupo de cuatro chicas lo completaba Lorena, la mejor amiga de Cris, una niña pija de Puerto Banús con la que te lo pasabas muy bien.
Tenía una forma de ser un tanto peculiar, pero con buen trasfondo.
Eso sí, se gastaba una lengua afilada y viperina con la que mejor llevarse bien, a sabiendas de que te podía hacer un traje en cualquier momento.
Y el alma de la fiesta, para que nos vamos a engañar, menudas juergas nos habíamos corrido todas juntas en los últimos años.
Prefería no pensar en la vuelta de nuestro viaje, ya que le había prometido a Antonio incorporarme a su empresa a principios de julio.
Según él me vendría bien aprender los automatismos de una empresa consolidada, coger experiencia en el sector y de paso echarle una mano en sus negocios, ya que aseguraba que no daba abasto y necesitaba a alguien de confianza en su entorno más cercano.
Miedo me daba descubrir lo que significaba aquello, sobre todo después de conocer algunos de los chanchullos a los que estaba acostumbrado el hombre de negocios malagueño para sacar adelante determinados asuntos.
Tiempo tendría de preocuparme por ello, ahora sólo quedaba terminar bien el mes de junio y celebrar como nos merecíamos el final de un curso apasionante con el que nos habíamos convertido en orgullosas portadoras de un doble grado universitario,
uno de los más valorados según un estudio de una prestigiosa escuela de negocios.
Lo que entonces no podía intuir es que mi verano iba a empezar de una forma tan poco convencional, con unos hechos que me harían replantearme del todo mi futuro más cercano. Y todo por un maldito cóctel que cambiaría mi mundo para siempre, a escasos días de celebrar mi vigésimo tercer cumpleaños…