El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1) 1 El pub #4
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—Sí, ya me imagino. Una noche de sexo desenfrenado, por lo que parece.

—¿Tanto se me nota? —pregunté avergonzada.

Si Laura se había dado cuenta tan fácilmente, cualquiera podría hacerlo en el aeropuerto o en el avión, se me iba a hacer eterno el viaje. Y encima no tenía tiempo de ducharme ni cambiarme, estaba a punto de perder el vuelo.

Pensé en llamar a la compañía para ver si podía cambiarlo y entonces recordé que había quedado con mi padrastro.

Pensaba pasarse a recogerme por el aeropuerto de Málaga al mediodía y no me apetecía tener que darle explicaciones nada más aterrizar.

Aunque claro, tampoco es que Antonio fuera idiota, y si yo llegaba oliendo a macho en celo podíamos tener una buena discusión.

—Un poquito, guapa. Espero al menos que te lo hayas pasado bien, ya que a nosotras nos has tenido en vilo toda la santa noche.

—Lo siento, no sé qué decir. Me largo, que no llego; voy a recoger mis cosas, aunque tendría que darme una ducha rápida, no sé ni qué hora es. ¿Mónica ya se ha ido?

—Claro, la ha llevado Paul al aeropuerto mientras yo me quedaba a esperarte.

No sabíamos qué hacer, ni a dónde acudir.

Moni ha estado a punto de llamar a tu casa o incluso a la policía, menos mal que la he convencido para que no lo hiciera.

Ah, y son las 7:55; yo creo que te da tiempo a arreglarte un poco, no querrás presentarte así en Heathrow ni delante de tu familia, cantas a un kilómetro de distancia.

—¡Madre mía! No pensé yo que fuera tan evidente, voy entonces al baño.

—No te preocupes, recojo yo tus cosas mientras tanto. Anda, date prisa, que el avión no te va a esperar.

Así lo hicimos y no sé bien cómo me las arreglé, pero conseguí salir de casa de Laura a las 8:10, con tiempo de despedirme de ella y pillar un taxi a la carrera.

La hermana de Mónica se había portado estupendamente conmigo y yo respondí como una niñata malcriada.

La pobre hizo mi maleta, recogió mis cosas, puso a cargar unos minutos mi móvil e incluso avisó por mensaje a su hermana de mi inminente llegada al aeropuerto.

La diosa Fortuna volvía a hacer de las suyas.

Al llegar a Londres cogimos el Heathrow Express, un tren lanzadera que te deja en la estación de Paddington en quince minutos, una opción excelente de la que ni siquiera me acordaba al subirme al taxi.

Y claro, la ley de Murphy hizo su aparición para terminar de estropearme la mañana.

El taxi encontró tráfico y yo comencé a desesperarme al ver avanzar las agujas del reloj.

Finalmente el vehículo me dejó en la terminal de salidas de Heathrow y, gracias de nuevo al buen hacer de Laura, no tuve ni que hacer el check-in en el mostrador de la aerolínea, ya que ella lo había gestionado online para sacarme la tarjeta de embarque mientras me duchaba.

No me extrañaba que fuera tan reconocida en su trabajo como secretaria de dirección de un jefazo, me había salvado la vida en apenas diez minutos con sus dotes organizativas.

Miré las pantallas en las que aparecían las próximas salidas y no me dio tiempo ni a despedirme de Londres, porque tenía que pegarme una buena carrera hasta llegar a mi puerta de embarque, que casualmente se encontraba en la otra punta de la terminal.

Me pareció que mi móvil vibraba en ese preciso instante, quizás fuera Mónica para avisarme del inminente embarque, pero yo no tenía tiempo para pararme a mirarlo.

Corrí como una loca con la maleta a cuestas, menos mal que le funcionaban bien las ruedas, increpando a los viajeros y turistas para que se apartaran de mi camino.

Comencé a sudar de nuevo, así que de nada me serviría la ducha rápida que me había dado en casa de Laura.

Por lo menos no olería a sexo y sólo esperaba que el desodorante que me había puesto impidiera que la transpiración pasara a mayores.

Por fin alcancé la puerta de embarque, a tiempo de ver cómo los últimos viajeros rezagados accedían a la misma tras entregar su tarjeta y su documentación.

Me había librado de otra vergüenza, la de escuchar mi nombre por megafonía como última llamada antes de que el avión despegara.

Eso sí, tendría que viajar sola porque no había sacado la tarjeta de embarque junto a mi amiga Mónica.

Accedí al avión todavía sofocada, algo más tranquila al saber que había alcanzado mi objetivo.

Divisé enseguida a Moni, que estaba pendiente de mi llegada ante el aviso de su hermana.

Me pareció que me decía algo cuando se dio cuenta de que yo me detenía antes de llegar a su altura, debido a que mi asiento se encontraba situado unas filas por delante del suyo.

Yo me encogí de hombros y con gestos le di a entender que luego le explicaría.

Pero ella no se iba a conformar con eso, menuda era mi amiga.

Acababa de depositar el equipaje en el maletero y sentarme en mi asiento cuando Mónica se plantó a mi lado.

Mi sitio se encontraba junto al pasillo, así que no iba a ser tan fácil librarse de ella.

Menos mal que en breves momentos las azafatas nos mandarían sentar a todos y abrocharnos los cinturones para efectuar el despegue, ya que el vuelo se encontraba en hora y teníamos pista libre para abandonar el aeropuerto.

—¡La madre que te parió, cacho zorra! —me escupió en la cara nada más verme. Yo me sonrojé de vergüenza, tampoco quería llamar demasiado la atención en el avión, por lo que la hice callar.

—Ya lo sé, Moni, tengamos la fiesta en paz. No me eches la bronca, por favor; menuda mañanita llevo, ya te contaré.

—No, guapita de cara, me lo vas a contar ahora mismo. Te habrá dado bien lo tuyo el vikingo, ¿no? Menudo susto de muerte que nos diste anoche.

—¡Schhh! Por favor, ahora no —le rogué abochornada ante la mirada de algunos pasajeros. Se trataba de un vuelo directo a Málaga, así que estábamos rodeados de españoles, no de ingleses—. Cuando lleguemos a casa te cuento, te lo prometo.

—¡No te lo crees ni tú! Ahora lo verás…

Me dejó con la palabra en la boca antes de dirigirse hacia su asiento original, recoger el bolso y una chaqueta que había dejado allí y regresar a mi lado.

El asiento del medio de mi bloque de tres se encontraba vacío y ya habían subido todos los pasajeros, por lo que parecía que no sería ocupado.

Así que ni corta ni perezosa me hizo levantarme para que ella pasara y se sentara a mi lado, sin encomendarse a nadie ni pedir permiso al personal de vuelo o al desdichado pasajero que dormitaba sobre la ventana incluso antes de despegar.

Yo no sabía dónde meterme e imaginé que no me iba a dejar en paz en todo el viaje.

—Hala, bonita, ya puedes ir largando por esa boca. ¿Dónde coño te metiste anoche?

—Aunque no te lo creas, no me acuerdo ni de la mitad de las cosas. Me emborraché demasiado en el pub y tengo mucha niebla en mi memoria. Tendrás que ayudarme a colocar las piezas inconexas que tengo del puzle, a ver si así me centro yo también.

—No entiendo nada… Yo te dejé con el vikingo macizorro, ¿no te fuiste con él?

—Sí, eso parece. Por lo menos he amanecido en su cama junto a él, así que no puedo negarlo.

—Ya lo sabía yo, y luego vas de mosquita muerta. Quiero los detalles, ya sabes… Me lo debes, si no quieres que vaya largando por ahí.

Sabía que su chantaje era de mentirijillas, Mónica nunca me haría algo así.

No me quedó más remedio que claudicar y contarle lo que había sucedido, eludiendo los detalles más íntimos y personales, aunque ella no se dio por satisfecha.

Rellenamos entre las dos los huecos que desconocíamos y así pude enterarme de que ella se había liado con Gustav en el baño y luego habían salido fuera a fumar.

Cuando regresaron a buscarnos no nos encontraron, debimos cruzarnos en la salida sin darnos cuenta.

Mi amiga pensó que yo me habría ido con mi acompañante a un lugar más discreto y que nos veríamos un rato después.

—Comencé a preocuparme cuando no volviste al bar ni tampoco contestabas a mis llamadas. Así que regresé a casa de Laura, preocupada por si te había sucedido algo, y he pasado la noche en vela mientras tú retozabas a lo loco con Einar. Menuda amiga estás hecha, so guarrón.

—¿Se llamaba Einar? Joder, soy lamentable, me he tirado a un tío del que no sabía ni su nombre.

—¿En serio? Joder, tía, estás fatal de lo tuyo… Pues sí, nos hemos liado con dos muchachotes islandeses y tú ni te acuerdas, eres lo de que no hay.

Abochornada ante las palabras de Mónica, que tenía toda la razón, decidimos finiquitar el tema y no volver a hablar de ello.

Sin embargo, yo sabía que ella me lo sacaría a la menor ocasión, sobre todo por pincharme y ponerme en vergüenza delante de alguna otra amiga.

Sería una anécdota más, aunque en mi fuero interno intuía que eso no iba a quedarse así.

Y es que el bueno de Einar, y eso que ni siquiera recordaba bien su sonrisa de canallita en vivo y en directo, se había metido en mi interior más de lo que quería reconocer, real y metafóricamente hablando.

De ese modo consiguió que mis pensamientos se dirigieran cada poco tiempo hacia esa barbita y esos ojos tristes que te taladraban por dentro a la menor oportunidad.

Un viaje a Londres que me marcaría para siempre, en un instante en el que yo todavía lo ignoraba por completo.