1 El pub #3
Y por lo visto yo no le andaba a la zaga y quería más fiesta, el cuerpo me lo demandaba a esas horas de la noche.
Seguía sin recordar el nombre de mi partenaire y a esas alturas de la película me daba un poco igual.
Quise dejar pasar el tiempo para llegar al meollo de la cuestión, aunque recordando el principio y comprobando el final, ya sabía lo que iba a ocurrir entre medias.
Para lo que no estaba realmente preparada era para el fogonazo de realidad que apareció en mi mente a continuación, una vez que entramos en el domicilio en el que me había despertado.
No sé ni qué hora era, ni si mi acompañante vivía solo en ese piso o con más gente.
Al entrar dio la luz y se abalanzó sobre mí, como un lobo hambriento en busca de su Caperucita.
Yo no podía casi ni respirar, con aquel pulpo comiéndome la boca mientras me desnudaba a trompicones.
Ni siquiera tuvimos tiempo de llegar al dormitorio y para ello tuvo mucho que ver la famosa mesita alta en la que yo estaba en esos momentos sentada, rememorando el instante.
Por algo me había quedado bloqueada al tropezarme con ella, allí hubo más que palabras.
Todavía apoyada en la pared de la entrada en la noche de marras, con él encima de mí, sentí como me cogía en volandas, arrimando mi pelvis contra su cuerpo.
Entre roce y roce noté cómo iba aumentando el bulto de su pantalón, que amenazaba con estallar en cualquier momento.
Y en un instante me vi depositada en esa mesa auxiliar, sin saber que allí iba a vivir uno de los momentos del día.
Con la falda por la cintura y las medias desgarradas —el vikingo no se andaba con tonterías—, pensé que me iba a arrancar el tanga a mordiscos y tuve un atisbo de decencia, quizás pensando en no tener que salir luego a la calle sin bragas en plan comando,
con minifalda y sin pantis como las inglesas.
Así que aparté la pieza de lencería hacia un lado, justo a tiempo para el ataque furibundo de un hombre ávido de néctar.
¡La madre que me parió! Recordé entonces como aquel animal se agachó delante de mí, sujetándome las caderas con sus poderosas manos para que no me escapara, y sumergió su cabeza en mi interior, deleitándose con el esplendor del espectáculo que quise regalarle.
Y es que yo estaba excitadísima, completamente empapada, y no necesitaba su lengua en mi clítoris para ponerme a cien.
Aunque el roce de su barba con la sensible piel de mis muslos y de toda la zona genital en general, potenciado con unos movimientos expertos en torno al clítoris y los labios, hizo que estallara sin avisar.
El chico sabía lamer, chupar y sorber con fruición, mientras su lengua juguetona me hacía el amor con descaro, recorriendo toda mi vulva e introduciéndose incluso en mi interior como preludio de lo que me esperaba.
¡Menudo subidón! El orgasmo fue brutal y me anegó por completo sin que yo pudiera remediarlo, por no hablar del rostro de mi acompañante, completamente empapado de mí.
Nunca me había corrido de esa forma y en un espacio tan corto de tiempo, no sabía lo que me había ocurrido.
Quizás fuera una mezcla de excitación, de la extraña situación o de la pericia de aquel chico, pero todas mis terminaciones nerviosas crepitaron a la vez, arqueé mi espalda y solté un grito que no pude ni quise sofocar.
El vikingo levantó su rostro, me miró con ojos lujuriosos y sonrisa canalla y supe que había llegado su momento.
Cuando quise darme cuenta me había empalado con un solo golpe de cadera y comenzó a bombear con fuerza y determinación.
Mi sistema límbico se encendió como una verbena ante el nuevo festival de endorfinas que me subyugaban y creo que perdí por un momento el oremus.
Así que me agarré con fuerza a su cintura envolviéndolo con mis piernas, mientras seguía con mi espalda apoyada en la mesa y entonces comencé de nuevo a sentir poderosas oleadas en mi interior que no podían ser ciertas, iba a estallar de placer una vez más.
Con sus movimientos rítmicos ascendí otra vez al séptimo cielo de la felicidad, acercándome peligrosamente de nuevo al clímax.
No me lo podía creer, yo pensé que la multiorgasmia era un mito, pero quizás no había dado con el amante adecuado o yo no tenía demasiada experiencia en el tema sexual hasta ese momento.
El caso era que me sentía como una muñequita, zarandeada sin piedad por aquel gigante que cabalgaba dentro de mí a toda velocidad, camino de ese abismo que quizás atravesáramos juntos.
Yo me las prometía muy felices, pero el muy cabrón paró un instante después y yo protesté sin demasiado éxito.
El vikingo parecía haberse cansado de la posición, y en verdad tuve que agradecérselo porque no era la más cómoda tampoco para mí y ya me estaba afectando a la espalda.
De nuevo me sentí volar en el aire mientras él me sujetaba contra su cuerpo, sin salir de mi interior, y me llevaba hacia el dormitorio.
Yo seguía con la falda de cualquier manera y la blusa abierta, mientras creí distinguir entre aquella bruma de sexo y lujuria que el rubio iba completamente desnudo.
¿Cuándo se había quitado la ropa para quedarse en pelotas?
Yo ni me había dado cuenta, quizás se desvistió mientras me comía enterita, era un auténtico misterio en el que no quise malgastar ni un segundo más.
Los minutos siguientes parecieron no querer fluir del mismo modo en mi pantalla cinematográfica particular, y sólo se me mostraron fragmentos nublados, imágenes desvaídas que no alcanzaba a discernir con claridad.
Una amalgama de cuerpos sudorosos, efluvios de todo tipo, sábanas arrugadas y mucha pasión, sin llegar a ser momentos concretos que pudiera evocar como el episodio de la famosa mesita que me había puesto de nuevo como una moto.
¿Qué demonios me pasaba? Iba a perder el avión y yo seguía allí apoyada como una idiota, acariciando la madera de una superficie sobre la que me habían echado uno de los mejores polvos de mi vida.
«Espabila de una puñetera vez, Adriana», me dije a mí misma en voz bajita para no despertar al vikingo.
Me daba mucha vergüenza salir de allí a hurtadillas y convertirme en alguien que cometiera los mismos pecados que todos hemos criticado alguna vez.
Me había acostado con un tipo del que no recordaba ni su nombre, ni mucho menos lo sucedido durante toda la noche, pero lo poco que podía recuperar de mi memoria me aseguraba que había sido una velada memorable de la que no tendría por qué arrepentirme.
«¿Nunca te has despertado al lado de alguien que no sabías quién era?»
, era una frase que yo había escuchado en más de una ocasión en conversaciones con gente de mi edad.
Y yo juraba y perjuraba que no era mi caso, ante el asombro de algunas personas.
Ahora ya no podría negarlo tan categóricamente.
El sexo ocasional, el típico calentón de «Aquí te pillo, aquí te mato» había pasado a formar parte de mi currículum amoroso y jamás podría decir que yo no era de ésas de un polvo de una noche.
No es que me sintiera culpable, sobre todo al rememorar los orgasmos que me había provocado aquel semental, pero tampoco estaba yo para tirar cohetes.
Y menos al percatarme de nuevo de que seguía procrastinando, perdiendo el tiempo allí sentada como una idiota.
Todavía sofocada al evocar las escenitas, con la respiración agitada y el aliento entrecortado, decidí abandonar aquel apartamento y a mi rubio desconocido para siempre.
Llegaba tarde y no podía retrasar más el momento del adiós.
Sabía que aquella noche no había sido como cualquier otra: en mi fuero interno lamentaba no recordar algo más de nuestro encuentro, casi como si barruntara que había existido algo especial entre nosotros, una conexión entre los dos que sentía muy adentro.
Y entonces me obligué a pensar que se trataban sólo de tonterías de una joven resacosa que no sabía bien dónde se encontraba a esas horas intempestivas, aparte de con un calentón importante.
Además, ¿qué pintaba yo con un escandinavo en Londres? No era mi tipo de hombre, ni mi ambiente, a miles de kilómetros de casa. Debía sacarlo de mi cabeza lo antes posible, y eso suele ser más fácil decirlo que hacerlo.
Estuve tentada de dejarle mi número de teléfono, apuntado de cualquier manera con la barra de labios en algún papel, pero no merecía la pena.
Así que lo recordaría como una experiencia vital más y a otra cosa.
Debía pensar lo primero en no perder mi vuelo y después, en terminar el curso para graduarme en la universidad después de unos años complicados.
Al salir a la calle no reconocí para nada el barrio, pero vi un cartel de Hyde Park y supuse que andaría cerca de Mayfair.
Recordé entonces que en nuestra noche de juerga habíamos recorrido Leicester Square y acabamos en Covent Garden.
¡Allí estaba! Por fin pude rememorar el dichoso garito en el que había sucedido todo: el «Punch Judy» situado en la Piazza de Covent Garden.
Me dejé de historias, ya era demasiado tarde, por lo que tenía que espabilar.
Al menos pillé un taxi enseguida, no todo iban a ser malas noticias.
Le recité de memoria la dirección de Laura al conductor, menos mal que me la había aprendido con antelación, y le pedí que se diera prisa.
Tuvimos suerte de no encontrar demasiado tráfico y a las 7:45 de la mañana pude llamar al telefonillo del piso de la hermana de Mónica.
El inmueble estaba situado en Fulham, un barrio acomodado pegado a Chelsea.
El novio de Laura trabajaba en la City londinense, ganaba un buen sueldo y se lo podía permitir.
Tampoco es que fuera un palacete, sólo un apartamento con dos habitaciones por el que debían pagar una barbaridad de alquiler.
Yo no era nadie para opinar sobre un gasto a todas luces desorbitado por un piso que no lo merecía, me parecía un auténtico timo.
Y luego nos quejábamos de los precios en España.
—¿Dónde demonios estabas? —me soltó Laura nada más abrirme la puerta de su casa—. Nos tenías muy preocupadas, creíamos que te habían raptado o algo más siniestro.
—Joder, lo siento, soy lo peor. Me quedé sin batería y no pude avisaros…
—Ya, lo típico. No quisiera pecar de cotilla pero ¿dónde has pasado la noche?
—Es una historia muy larga, ya os contaré. El caso es que…