1 El pub #2
—Anda, no me seas mojigata. Es nuestra última noche en Londres y todavía no nos hemos estrenado. Estoy por llevármelo al baño como hacen las inglesas…
Mónica se refería a una anécdota que nos había contado su hermana cuando llegamos a su apartamento en la capital británica.
Por lo visto, era algo habitual y todo el mundo lo sabía.
Allí los jóvenes autóctonos eran muy lanzados para el sexo —de hecho, las autoridades anglosajonas tuvieron un grave problema años atrás con los embarazos adolescentes, algo que no habían conseguido erradicar del todo—,
y podían acabar follando en el baño de un bar con el primer desconocido que se les antojara.
—O algo que siempre me ha chocado mucho también —recordé entonces que nos contó una noche Laura, la hermana de Mónica—.
De repente ves como un grupito de chicos o chicas se presenta entre ellos, se dan la mano de forma muy “polite”, como dicen por aquí, y se escandalizan porque nosotros nos damos dos besos.
Y dos pintas después te los encuentras follando como monos en el baño sin haberse enterado siquiera de sus nombres.
Me pareció algo exagerada su afirmación, pero a la noche siguiente pudimos comprobarlo en vivo y en directo.
Laura nos hizo un gesto para que nos percatáramos del grupo de jóvenes ingleses que se había formado a nuestro lado, chicos y chicas que hasta ese momento no parecían conocerse entre sí.
Pues media hora después vi salir del baño a una pareja recién formada que parecía haberse desfogado a gusto allí dentro, por lo menos a tenor de las pintas que llevaban.
Y eso por no hablar de la falda descolocada de la muchacha, que luchaba por reubicar en su sitio mientras el chico, con la camisa también mal abotonada, se marchaba en dirección contraria sin mirarla ni un instante.
—Yo flipo con los guiris, aunque ya me había pasado alguna vez en Benidorm —afirmó entonces Mónica—. Allí no se cortan ni un pelo, yo los he visto en pleno apareamiento en la calle, y parece que aquí tampoco se andan con chiquitas.
—Lo que a mí me alucina es que van con esas minifaldas que quitan la respiración y no llevan ni medias, con el frío que hace aquí. Vale que lo hagan en Benidorm, pero en Londres a estas horas, y eso que no estamos en pleno invierno, hace un frío que pela.
—Buff, ésa es una pelea que no he conseguido ganar en todos los años que llevo aquí, chicas —confesó Laura—.
Aquí no usan pantis, son casi imposibles de encontrar.
Y si lo consigues, prepárate: cuestan un ojo de la cara.
Así que salen así de frescas, con las piernas rojas del frío, y parece que les da igual.
Yo alucino con las inglesitas, tengo que reconocerlo.
Mi mente desvariaba, mezclando conversaciones pasadas con mis amigas, y la susodicha noche en la que Mónica se acercó a los vikingos sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
Pensé que todo tenía su explicación, porque cuando me quise dar cuenta mi amiga y el grandullón se habían evaporado, y no quise ni imaginarme que se hubieran ido al baño para echar un polvo.
¿Qué iba a hacer yo entonces a solas con aquel chaval que me miraba alucinado ante la nueva situación?
Las imágenes se entrecortaban en mi mente, todavía abotargada por el exceso de alcohol y la falta de sueño, sin poder llegar a discernir la realidad de la fantasía.
Ni siquiera recordaba haber intercambiado dos frases con el chico, y eso que yo dominaba más el idioma inglés que mi amiga.
Aunque con el alcohol la lengua no se me suelta, al contrario; se me vuelve pastosa y no creo que se me entendiera demasiado al hablar en el idioma de Shakespeare.
La visión del cuerpo de Thor desnudo a mi lado no me dejaba concentrarme, sin paños calientes, así que preferí escabullirme.
El móvil no podía servirme de linterna y no pensaba dar ninguna luz, así que tendría que apañarme y acostumbrar mis pupilas a la oscuridad o palpar con las manos.
Pude encontrar la ropa, tirada de cualquier manera en el suelo adyacente a la cama, así que me vestí y recogí mi bolso antes de huir como una cobarde.
Un reloj se había apoderado también de mi cabeza, y su molesto tic-toc me avisaba de la inminente catástrofe. ¿Qué estaba dejando pasar sin percatarme? La cuenta atrás se había instalado en algún rincón de mi mente y no me dejaba concentrarme.
Y entonces todos mis males desaparecieron como por encanto.
Debí hacer más ruido del que suponía, porque el rubio comenzó a desperezarse en la cama.
Justo en ese momento una brizna de luz se filtró por la ventana, y el difuso rayo solar iluminó el rostro del joven tumbado a mi lado. No me lo podía creer…
No es que fuera un orco, ni mucho menos.
Y tampoco es que los rubios me entusiasmaran, yo soy más de morenazos de toda la vida.
Sin embargo, no podía negar que tenía buen gusto al elegir rollos de una noche, aunque fuera borracha.
El chico rezongaba por lo bajo, todavía entre sueños, y abría y cerraba los ojos somnolientos.
Pude fijarme entonces en su barba cuidada y en su rostro agraciado, una cara de pilluelo que volvió a hacer su efecto en mi bajo vientre. ¿Qué narices me estaba ocurriendo?
Debía abandonar aquella habitación lo antes posible, el reloj se había puesto en marcha de nuevo.
«¡Joder, el vuelo!», pensé entonces fuera de mí.
Yo debía viajar esa misma mañana hasta Málaga y estaba a punto de perder el avión.
Tenía primero que regresar a casa de Laura, recoger mis cosas, hacer la maleta y salir escopetada hacia el aeropuerto.
El tiempo apremiaba y yo ni siquiera sabía qué hora era.
Creí recordar que el vuelo salía a las 10 y pico de la mañana, por lo que debía estar como muy tarde a las 8:30 en el mostrador de facturación de Heathrow.
Salí del dormitorio y me topé con un saloncito con algo más de luz porque allí las cortinas estaban más descorridas.
No disponían de persianas en las ventanas, como en casi todo el mundo fuera de España, algo que nunca terminaré de comprender.
Así que por lo menos me libraría de llenarme de moretones al golpearme contra los muebles del resto de la casa.
Un piso bastante majo que debía costar un pico de alquiler, si es que mi amigo nocturno era arrendatario.
En un lateral distinguí un reloj de pared que marcaba las siete y cuarto de la mañana.
No sabía si era la hora correcta y no podía jugármela.
Era tardísimo y si no me daba prisa iba a perder el vuelo y a tener una bronca muy gorda en casa.
Mientras buscaba el cuarto de baño rodeé una mesa alta que se encontraba en un lateral del salón y entonces otro flash se coló en mi cabeza con imágenes inconexas que no pude distinguir a la perfección.
Intenté alejar esas imágenes y concentrarme en lo más prioritario, mientras algo continuaba martilleando mis sienes y no se debía ni a la resaca ni al mal despertar.
No podía pararme a pensar en lo que me sucedía, el minutero avanzaba de manera inexorable y se me iba a caer el pelo.
Ni siquiera podía avisar a Mónica ni a su hermana, que seguro que habrían estado llamando a un móvil que no daría señales de vida por mucho que insistieran.
¡Madre mía, la de explicaciones que tendría que dar!
Al final encontré el baño y pude encender una luz que no despertara al bello durmiente.
Lo que vi en el espejo no me gustó demasiado: el maquillaje corrido y una cara de zombi que no ayudaba lo más mínimo, sin tiempo para ducharme o tomarme un café que me despejara en condiciones.
Así que saqué las pocas pinturas que llevaba en el bolso y, tras lavarme bien la cara, me recompuse como pude antes de salir a la calle.
Tampoco quería parecer una loca a las siete de la mañana en las calles londinenses, no si pretendía pillar un taxi hasta la casa de Laura.
Al salir del baño sentí una especie de mareo y me apoyé en la pared del pasillo.
Recorrí a tientas los escasos metros que me separaban del salón y decidí descansar unos segundos antes de buscar la puerta de la calle.
Me senté entonces en la mesa alta que había rodeado minutos antes y entonces me acordé de casi todo.
Me vino en cascada una sucesión de fotografías mentales a toda velocidad.
El chicarrón del norte y yo tonteando en el pub, mientras nuestros cuerpos se iban acercando cada vez más en un ritual de apareamiento más viejo que el mundo.
Y un beso eléctrico que puso todas mis terminaciones nerviosas en pie de guerra, preparadas para plantear batalla.
No sé cómo me encontré fuera del pub, andando de la mano con aquel chico en dirección desconocida.
Cada poco tiempo nos parábamos en cualquier callejón y nos besábamos apasionadamente, mientras sus manos iban perdiendo la vergüenza y cada vez se atrevían más, ya fuera indagando en el interior de mi falda o dentro de mi camiseta,
buscando algo que yo no quería negarle por lo que pude vislumbrar en aquella proyección telúrica que me estaba volviendo loca.
¿Qué me ocurría? Sentí la humedad en mi interior en ese preciso instante, mojada sólo de evocar ese primer momento lujurioso.
Ni siquiera había intercambiado más de dos o tres frases con el muchacho pero me había puesto perrísima por lo visto, sin importarme que el chico me metiera mano en plena calle y me llevara a saber dónde.
Al parecer, el alcohol me hizo perder las inhibiciones, y al recordar las palabras de Mónica sobre nuestra última noche en Londres, me dejé llevar sin tener en cuenta las consecuencias.
El domicilio hacia el que nos dirigíamos no debía estar demasiado lejos del pub, o yo no recuerdo haber andado demasiado, la memoria no me ofrecía datos concluyentes en esos momentos.
Todo me daba vueltas y era imposible concentrarme, pero aunque el maldito reloj —el imaginario que me avisaba de la cuenta atrás en mi cabeza y el real que me daba la hora desde el salón— siguiera corriendo a toda velocidad, yo necesitaba saber qué había ocurrido.
Y para eso debía dejar trabajar a mi mente hasta averiguar la verdad, antes de mostrarme lo que sucedió esa noche, o eso esperaba al menos conseguir.
Entramos entre risas y jadeos en un portal del que no recuerdo apenas nada, más pendiente de comernos a besos mientras accedíamos al inmueble.
El rubio parecía un hombre de pocas palabras, más bien le gustaban los hechos.