El Fuego de tu Glaciar (Entre Volcanes y Glaciares 1)
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1 El pub
Londres, abril de 2017
Me desperté sobresaltada, tal vez una pesadilla que se hubiera colado en mi mente me obligó a abrir los ojos.
Aunque fue peor el remedio que la enfermedad, ya que tuve que ahogar un grito al mirar a mi alrededor.
«¿Dónde demonios estoy?», pensé entonces con mi corazón bombeando sangre a toda velocidad.
Eché un vistazo mientras intentaba calmar mis pulsaciones y entonces sí que me llevé un susto de campeonato.
Me encontraba tumbada en una cama que no era la mía, vestida únicamente con un tanga y una camiseta que no reconocí en esos momentos, y semitapada por un mullido edredón del que me había apoderado casi por completo, arrastrándolo hacia mi zona.
Sentí además una presencia a mi lado en el lecho y temí girar el cuello para comprobarlo, aterrorizada ante la situación.
Me iba a estallar la cabeza y no recordaba para nada el modo en el que había ido a parar hasta allí.
La luz comenzaba a filtrarse por la ventana, tapada por una gruesa cortina que no impedía que los tímidos rayos solares empezaran a colarse en la estancia.
Busqué a tientas mi móvil, mientras mis pupilas se iban acostumbrando a esa penumbra, y lo hallé en la mesilla de al lado.
Naturalmente, como algo habitual en mí, el teléfono se había quedado sin batería y yo no llevaba cargador en el bolso.
Si es que encontraba mi bolso, ésa era otra cuestión, por no hablar de mi ropa y el resto de mis complementos.
Me había incorporado en la cama y, de repente, un pinchazo en la sien me obligó a tumbarme de nuevo.
Lo que yo tenía se llamaba resacón, ésa era la realidad; me había pasado con el alcohol y ahora comenzaba a pagar las consecuencias.
Pero no conseguía recordar casi nada de mi supuesta juerga de la noche anterior.
Un pinchazo de angustia se apoderó entonces de la boca de mi estómago.
Últimamente aparecían en prensa y salían también en televisión noticias relacionadas con el tema, sólo esperaba que no me hubiera tocado a mí.
Me refería a los cada vez más comunes casos de sumisión química a chicas jóvenes en discotecas, producidos por burundanga u otras sustancias similares, para después violentarlas sin que ellas se percataran, ni fueran capaces de resistirse o siquiera acordarse de lo sucedido.
Mi mente embotada comenzó entonces a aclararse y pronto deseché esa absurda idea que me había erizado la piel por un instante.
Tardé en darme cuenta de que me encontraba en Londres, o eso suponía al menos al intentar recordar lo sucedido.
Recé para no haberme alejado en exceso tras la borrachera, ya que había ido a la capital inglesa para pasar el fin de semana con mi amiga Mónica, mientras nos alojábamos en casa de su hermana.
Todos estos pensamientos se sucedieron en unos pocos segundos, mis sentidos todavía no se encontraban al cien por cien y sentía muy distorsionado el devenir del tiempo transcurrido.
Ni siquiera me había atrevido a girar la cabeza hacia la izquierda, donde se encontraría mi supuesto acompañante, en caso de que mi sexto sentido no me fallara también.
Esperaba al menos que fuera un hombre, aunque en la universidad tuve una noche tonta con una compañera de clase y tampoco me iba a asustar de más llegado el caso.
Y no sabía si se debía a mi propia irreflexión, o a ese sentimiento que te nace de las tripas, pero entonces conseguí calmarme del todo y supe que no me encontraba en verdadero peligro.
A no ser que la vergüenza que en esos momentos arrobaba mis mejillas pudiera considerarse un efecto secundario del mismo.
Debía recuperar la compostura y salir de allí de la manera lo menos humillante posible, sobre todo porque entonces comenzaron a llegar otros flashes como vagos recuerdos a mi cabecita loca.
Unos brazos poderosos me levantaban en volandas, mientras la escasa tela de mi falda se subía por encima de lo que podría considerarse decoroso.
Aquello no dejaba lugar a la imaginación, mostrando la piel tersa de mis muslos y el comienzo de un tanga de encaje negro que se antojaba insuficiente para aguantar las embestidas de lo que se barruntaba a través del pantalón de mi contrincante.
Giré entonces el cuello y atisbé entre las sombras la silueta de un hombre grande justo a mi lado, tumbado sobre la cama, completamente desnudo y boca abajo, durmiendo como un bendito sin enterarse de nada.
Como yo tenía costumbre de tirar del edredón hacia mí, no me sorprendió comprobar que él se encontraba completamente desarropado, algo que no parecía afectarle lo más mínimo.
Mis ojos se habían habituado algo más a la penumbra y comencé a vislumbrar los objetos de la habitación.
No me atrevía todavía a encender la luz de la mesilla ni a moverme siquiera, por lo que descorrer la cortina tampoco entraba en mis planes más inmediatos.
Me daba pavor que ese hombre se despertara y tuviera que enfrentarme a él, pero si quería escapar de allí tendría que vestirme y adecentarme un poco en el baño antes de salir a la calle, por lo que el cara a cara estaba casi asegurado.
Mi mente comenzó a discurrir y los pensamientos se entremezclaron con imágenes que no podía saber en ese momento si eran recuerdos o ilusiones.
Me vi a mí misma con mi amiga Mónica en el típico pub inglés mientras degustábamos unas pintas de cerveza negra Guinness.
No es que la bebida tuviera demasiado alcohol, pero no estábamos acostumbradas a esa cerveza y comenzó a hacernos efecto antes de lo previsto.
No sabía si había ocurrido exactamente así, mi cerebro todavía no carburaba a la perfección y puede que me lo imaginara.
Pero creí que algo parecido fue lo que sucedió realmente en aquella noche tan nublada de mi mente.
Incluso me pareció escuchar perfectamente a Mónica mientras me llevaba por el camino de la perdición.
—¡Guauu! ¿Has visto a esos dos ejemplares de ahí detrás?
—¡Ya estás con tus historias, Moni! —exclamé divertida—. Hemos dicho que unas cervezas y a casita, que mañana hay que madrugar…
Algo hizo clic en mi cabeza al escuchar lo de madrugar, sin que en ese momento le diera mayor importancia.
Necesitaba averiguar lo que había sucedido en el pub, y si mi mente debía recomponerse poco a poco para dar con la solución, aunque fuera a riesgo de encontrarme de frente con el maromo desnudo, tenía que darle una oportunidad y que la pobre siguiera a su ritmo.
Ya tendría tiempo de arrepentirme después por no haber tenido en cuenta ese pequeño detalle.
Me había distraído un instante con una fugaz mirada al semidios desnudo que roncaba a mi lado.
No podía negar que aquel chico tenía un cuerpo de impresión.
Y eso que la larga cabellera suelta sobre su espalda, una melena rubia con ribetes rojizos, podía dar lugar a equívocos.
Pero si te fijabas en sus músculos cincelados, sus caderas, y un culo poderoso que daban ganas de mordérselo como a una manzana, te olvidabas de cualquier otra cosa.
Por no hablar de —¡Oh, Dios mío! —que lo que tenía entre las piernas no dejaba lugar a dudas.
El desconocido había cambiado de postura durante el sueño y al girarse pude contemplar perfectamente su anatomía casi por completo.
Los ojos se me desviaron hacia lo más obvio, quizás fuera un reflejo animal y primitivo que no pudiéramos controlar.
Allí apareció una herramienta de gran calibre y eso que se encontraba en posición de descanso, sin que tampoco pudiera dejar de admirar un pecho y unos abdominales que se veían muy marcados desde allí.
Lamentablemente no pude atisbar bien su rostro, todavía medio tapado entre la posición de sus brazos y la almohada.
¿Se trataba de un chico guapo o habría acabado la noche con un orco?
Miedo me daba averiguarlo, aunque pretendiera salir de allí sin ser vista y despedirme a la francesa.
Mónica tenía mucho peligro con unas copas de más y sin encomendarse a Dios ni al diablo, o eso creí recordar entonces, se lanzó decidida hacia los dos muchachotes que nos miraban sin disimulo desde el final de la barra del pub.
Dos morenazas andaluzas como nosotras, aunque yo lo fuera sólo de adopción, teníamos que llamar la atención en un pub con mayoría de gente rubia, castaña o pelirroja.
Como ellos dos sin ir más lejos, dos fornidos muchachos que parecían recién sacados de un catálogo de pibones de las Highlands.
Tuve que salir al rescate y cuando me acerqué al nuevo grupo recién formado, vi como Mónica les plantaba dos besazos a cada uno en sus mejillas, ante el estupor de los que no están acostumbrados a tales muestras de efusividad entre desconocidos.
Al final terminó por presentarme a mí también a los hombretones, aunque no me enteré para nada de sus nombres.
Mi amiga no se cortaba ni un pelo y parloteaba sin cesar, aunque su inglés no fuera muy académico, con los dos chicos que la miraban boquiabiertos.
Quizás nunca se hubieran enfrentado a una fuerza de la naturaleza como Mónica, chiquita pero matona.
Con su 1,52 m. parecía una liliputiense al lado de aquellos dos gigantes, pero eso no la iba a arredrar.
Ella se comía a quien hiciera falta, menuda era la Moni.
Tampoco es que yo fuera jugadora de baloncesto, llegaba al 1,60 m.
pelado, o eso me decía yo siempre a mí misma aunque no engañara a nadie.
Las dos llevábamos buenos tacones, pero no nos servían de mucho ante dos chicos que pasaban del 1,80 m.
con suficiencia. Y Mónica, ni corta ni perezosa, parecía que quería intimar con el más alto de los dos, para que la diferencia de altura fuera aún más evidente. Yo no sabía dónde meterme.
—¿Cómo has dicho que se llaman? —le pregunté—. No me he enterado de nada…
—Ni yo, para que te voy a mentir. Hubiera jurado que el mío se llamaba Gustav o algo así, no me hagas mucho caso. Y el tuyo ni idea, la verdad.
—¿Cómo que el tuyo o el mío? Tú estás fatal, que lo sepas. Entonces ¿no son escoceses o irlandeses?
—Pues no, Adri, creo que tendremos que olvidarnos de esas portadas lujuriosas de muchachotes de las tierras altas en falda escocesa y con el pecho al descubierto. Juraría que son nórdicos; suecos o noruegos, no sé. Pero vamos, que no les voy a hacer ascos a los vikingos.
—Contrólate, que luego ya sabes.