Epílogo histórico
Enrique se dirigió de inmediato a Sevilla, que lo recibió como Enrique II de Castilla, al que sus apologetas llamarían «el de las Mercedes», por todas las prebendas que otorgaba sin reparos para comprar nuevas adhesiones y contentar a posibles aliados.
El caballero don Pero de Ayala escribiría una crónica favorable de su reinado en la que resaltaría sus bondades y cargaría tintas contra su predecesor don Pedro, al que la historia —que escriben los que ganan— acabaría por llamar el Cruel.
Pero con todo, ni Enrique ni su cronista pudieron evitar que el pueblo menudo y la memoria lo recordasen como el rey Justo que sometió a los poderosos nobles.
Y a don Enrique le dieron su propio apodo: el Fratricida.
Lo que vino luego...
Los petristas no se rindieron tras la muerte del rey legítimo don Pedro y continuaron combatiendo al usurpador durante más de dos años en los que la guerra civil continuó. Las siguientes líneas narran el destino que sufrió cada uno de ellos por su leal resistencia.
Murcia (mayo de 1369): Tras la rendición inmediata del castillo de la Estrella en Montiel, ese mismo 23 de marzo de 1369 el rey don Enrique se dirigió a Sevilla, donde sería bien recibido, al tiempo que enviaba al conde de Carrión —primo de su mujer, la reina Juana Manuel— a decantar el reino de Murcia en su favor.
Allí los enriqueños luchaban con los petristas —a los que el rey Pedro IV el Ceremonioso apoyaba soterradamente—.
En mayo de ese mismo año, el conde de Carrión logró controlar la situación, fue confirmado como adelantado mayor de Murcia y el reino de Murcia no sería entregado, a pesar de lo pactado, al rey Pedro IV.
Esto supondría una guerra con Aragón en la que el aragonés lograría involucrar a todos los reinos peninsulares —Aragón, Navarra, Portugal y Granada— contra el rey Enrique II, en lo que se ha denominado por la historiografía «el cerco de Castilla».
Toledo (mayo de 1369): Las noticias de Montiel llegaron a la ciudad que estaba bajo una terrible hambruna.
Aunque los toledanos conocían más focos de resistencia —como el de Carmona con el maestre don López de Córdoba—, se rindieron en mayo de ese mismo año de 1369.
Enrique II comenzó una gran represión, especialmente de los judíos, a los que obligó a pagar grandes sumas de dinero y a muchos los vendió como esclavos.
Reino de Granada (mayo de 1370): Para aliviar el asedio de Carmona, el sultán nazarí Muhammad V realizó razias por Sevilla y saqueó Osuna y Marchena.
En julio de 1369 llegó a tomar Algeciras.
Se alió con el reino de Portugal, con el reino de Aragón y el reino de Fez.
Presionado por un contraataque de los maestres de Alcántara y Calatrava, acabaría pactando una tregua con Enrique II de Castilla el 31 de mayo de 1370.
Zamora (febrero de 1371): En junio de 1369, Zamora, junto con Alcántara, Valencia de Alcántara, Ciudad Rodrigo y gran parte de Galicia, pactaron con el rey de Portugal —Fernando I, pariente de don Pedro y bisnieto de Sancho IV de Castilla el Bravo— y le juraron obediencia.
El rey portugués les concedió privilegios, acuñó moneda como rey castellano, puso tesoros en las villas que lo reconocieron e incluso se atrajo a algunos enriqueños.
El 26 de febrero de 1371, casi dos años después de muerto don Pedro, sin ayuda portuguesa —en guerra con el rey Enrique, que penetró en Portugal—, azotada por el hambre y la peste, Zamora se rindió ante la reina doña Juana Manuel, al cargo del cerco y durante el cual mandó matar a los tres hijos menores —dos niños y una niña— de uno de los defensores, don Alonso Tejeda, alcaide del alcázar, por no rendirse.
El otro capitán fue don Fernán Alonso de Zamora, presente en Montiel, donde fue apresado, pero que lograría escapar más tarde de Valladolid y llegar a Zamora, donde resistió, haciendo numerosas salidas contra los sitiadores.
Los capitanes zamoranos lograron evadirse a Portugal una vez rendida la plaza y se unieron a otros petristas que desde allí seguían alentando sublevaciones.
El bando de los petristas
Diego García de Padilla: Desde que dejó su título de maestre de Calatrava ante el avance del rey usurpador Enrique II en 1366, documentalmente se le pierde la pista.
Los historiadores concuerdan en que, cuando Pedro I recuperó el trono, debió de perdonarle la vida, pero lo expulsó de la corte, razón por la que no estuvo en los acontecimientos finales, pese a sus intentos de rehabilitarse y jurar que su falta de combatividad postrera fue fruto de las circunstancias acuciantes, pero que él seguía siendo fiel al único rey legítimo.
Tras Montiel, los enriqueños lo encontraron (parece ser que en Sevilla) y lo encerraron en el castillo de Alcalá de Guadaira por orden de Enrique II hasta su muerte, sucedida a finales de 1369.
Martín López de Córdoba: Al recibir la noticia de la muerte del rey en Montiel, el maestre de Calatrava y mayordomo mayor de Pedro I, don López de Córdoba, que había llegado con sus tropas hasta Baeza, se volvió y, en vez de coger los tesoros del rey y marchar a Portugal o Inglaterra, se hizo fuerte en Carmona, junto con el canciller del sello Mateos Fernández de Cáceres, sus familias, las infantas hijas del rey y María de Padilla y los hijos ilegítimos de don Pedro.
Durante más de dos años, desde marzo de 1369 hasta mayo de 1371, resistió el asedio, incluso hizo salidas y cabalgadas —en una de ellas a punto estuvo de sorprender al propio rey don Enrique—, y logró enviar a las hijas del rey don Pedro a la corte del rey de Inglaterra, a la vez que reconoció al rey de Portugal como legítimo heredero al trono de Castilla.
Las hijas de Pedro I y María: Tres hijas dejó el padre a cargo de López de Córdoba.
Beatriz, la mayor, falleció el mismo año que su padre, porque no constan documentalmente referencias a ella, aunque hay historiadores que dicen que pudo haber ingresado en el monasterio de Santa Clara de Tordesillas que ella misma había fundado por deseo de su padre en 1363 como convento de clarisas.
Constanza, la segunda, se casó en septiembre de 1371 con el duque de Lancaster —segundo de los hijos varones del rey Eduardo III de Inglaterra—.
El duque reivindicaría el derecho al trono de su mujer —y de él como rey consorte—.
En 1386, tras una guerra con Castilla, se pactó que la hija de ambos, Catalina de Lancaster, se casaría con el heredero del rey Juan I de Castilla, sucesor de Enrique II.
El matrimonio de Catalina de Lancaster (nieta de Pedro I) y Enrique III (nieto de Enrique II) uniría los dos linajes y así su hijo, Juan II de Castilla, sería rey legitimado por las dos vías.
Isabel, la pequeña, se casó en julio de 1371 con el conde de Cambridge, que sería luego (en 1385) duque de York —tercero de los hijos varones del rey Eduardo III de Inglaterra—.
Sus hijos serían los jefes de la casa de York, linaje que lucharía ochenta años después por el trono de Inglaterra contra sus primos los Lancaster en la famosa guerra de las Dos Rosas (1455-1487).
En una de las salidas del maestre don López de Córdoba, los hombres del rey intentaron un asalto trepando los muros, pero fueron descubiertos y se apresó a doce de ellos. Al volver, don López de Córdoba ordenó su decapitación.
Tras capitular Zamora (febrero de 1371) y ser derrotada la flota portuguesa —y roto el bloqueo que sostenía desde hacía un año sobre Sevilla—, Carmona se quedó sin apoyo portugués y sin suministros; fueron cayendo sus alcázares y, finalmente, el último —«el de Arriba»— capituló el 15 de mayo de 1371.
El rey Enrique, a través del maestre de Santiago, acordó respetar vida y bienes de todos los nobles, sus familias y las de los hijos bastardos del rey don Pedro.
Pero, una vez llegados a Sevilla, los metió a todos presos en las atarazanas.
Luego, incumpliendo todo lo firmado, ordenó una represión contra la villa de Carmona —a la que también arrebató parte de su territorio— y decretó las siguientes penas contra los petristas:
Sancho, hijo ilegítimo mayor de Pedro I y doña Isabel Sandoval, que contaba con siete años, fue encerrado en el castillo de Toro, donde murió poco después por una enfermedad pulmonar.
Diego, hijo ilegítimo menor de Pedro I y doña Isabel Sandoval, que contaba con cinco años, fue enviado al castillo de Peñafiel y después al de Curiel del Duero, donde permaneció encerrado más de cincuenta años; posteriormente pasó al de Coca, donde falleció a los ochenta y ocho años.
De la madre de ambos, la antigua aya y amante de don Pedro, doña Isabel de Sandoval, se pierde el rastro años antes, y los historiadores suponen que habría fallecido ya para ese tiempo.
Don Mateos Fernández, canciller de don Pedro I, fue ejecutado en la plaza de San Francisco de Sevilla. Sus bienes y los de sus familiares fueron confiscados.
Don Martín López de Córdoba fue ejecutado en la plaza de San Francisco de Sevilla.
Su hijo varón, de nueve años (Lope López), fue encerrado hasta su muerte.
Sus bienes y los de sus familiares fueron confiscados.
Según las memorias escritas por su hija Leonor López de Córdoba y Carrillo —que contaba sólo con ocho años y fue también encerrada y sufrió represalias por haber apoyado su familia al rey don Pedro, castigo que se mantuvo hasta el fallecimiento de Enrique II en 1379—, el maestre don López de Córdoba dijo antes de que le cortaran la cabeza: «Más vale morir como leal, como yo he hecho, que vivir como vos vivís, habiendo sido traidor».