21. Una daga en la garganta #6
Las dos figuras contrastaban como la noche y el día.
Du Guesclin, de estatura mediocre, el cuello escondido entre los hombros y cabeza pequeña.
Sus brazos eran fuertes y largos y le conferían un aspecto robusto pero desproporcionado.
En sus manos, cortas y anchas, sostenía el documento que el caballero Men de Sanabria le llevó el día antes.
Pedro, instintivamente, se irguió haciendo más patente su gran estatura, aunque al apoyar la pierna mala sonó un chasquido metálico.
Su rostro se veía agotado, pero conservaba la blancura heredada de sus padres.
Sus ojos verdes restallaron a la luz de las lámparas.
—No os dejéis engañar por mi aspecto. Soy feo, lo sé, pero también bueno en lo mío. Dat virtus quod forma negat .
—«La virtud trae lo que la apariencia rechaza.»
—Ése es mi lema, rey don Pedro.
—Muy bien, monsieur Du Guesclin, dejemos el latín, dadme el papel y la pluma y no nos demoremos más. ¡Y poned más luz, que esa era la razón de mi mirada, no se ve un clavo!
—¿Una pluma para firmar vuestra oferta, decís? No será necesario.
Nada más decir eso, los hombres de armas rodearon a don Men de Sanabria y al escudero, que fueron a sacar sus espadas, pero por detrás les llegaron más mercenarios. Las puntas de los aceros aguijando ya sus pechos y espaldas.
—Don Men, os ruego que no hagáis que el dinero que pagué por rescataros sea malgastado —dijo el Mastín Negro.
—¡Me disteis vuestra palabra! —acertó a decir el castellano con la mirada repleta de reproche y desprecio mientras apretaba la empuñadura de su acero presto a liberarlo.
—Yo sólo cumplo con mi señor. —El mariscal Du Guesclin se encogió de hombros.
—¡Cumplís por la vulgar paga de un usurpador bastardo!
—No, don Men. Mi señor siempre ha sido el rey de Francia.
Don Pedro levantó raudo la mano pidiendo a sus hombres que no se resistieran y enfrentó a los soldaderos bretones.
—¡Dejad a mis hombres! ¡Aquí me tenéis, mercenarios!
—Prometí que estudiaría la oferta —dijo Du Guesclin, mirando primero a don Men y luego a don Pedro—. Y lo he hecho. Pero alguien la ha igualado y superado.
Entró entonces en la tienda un hombre de mediana estatura, el cuerpo bien formado, revestido con armadura de placas y un bacinete con visor de pico que habían puesto de moda los franceses hacía pocos años.
La visera la llevaba bajada, ajustada a la babera, listo para entrar en combate.
Sobre las protecciones lucía una sobrevesta con las enseñas castellanas.
Se frenó en seco, vacilando. Miró a don Pedro y a sus hombres y, con una voz que resonó metálica, gritó:
—¿Dónde está el rey? ¿Dónde está ese judío hijo de una fulana?
Don Pedro dio un paso adelante y se puso a plena luz de las lámparas. Llevaban casi veinte años sin verse las caras.
—¡El rey soy yo, el legítimo hijo de don Alfonso! ¡Y vos, un fillo de puta bastardo que siempre huye y nunca da la cara!
Don Enrique lanzó un grito de rabia, en el que concentraba la cólera por los asesinatos de su madre, de su gemelo Fadrique y de sus hermanos menores.
Atacó con la espada a don Pedro, que no tuvo tiempo de desenvainar.
Consciente de que estaba en desventaja, pues no llevaba más que cota de mallas y carecía de yelmo, no le perdió la cara y se arrojó contra su hermano.
—Mejor esto, don Men de Sanabria —dijo Du Guesclin—, a que miles de hombres sigan muriendo. Juicio de Dios en singular combate.
Pedro consiguió aferrar el brazo de Enrique y hacer que se le cayera la espada.
Sacó su daga, manteniéndose arrimado a su oponente, evitando una distancia que le daría ventaja.
Enrique sacó su broncha mientras las estocadas de Pedro resbalaban contra su armadura de placas.
Una puñalada de Enrique alcanzó a penetrar la cota de malla, pero no logró clavarse del todo por la tupida red de anillos engarzados.
Pedro, menos protegido pero más ligero y con mayor movilidad, aprovechó su mayor envergadura y peso para derribar a Enrique.
Se le puso encima y palpó con la mano en busca de un resquicio por donde incrustar su daga.
El bastardo pataleaba sin poder zafarse.
Bajo la visera, sus ojos se le salían de las órbitas: sabía que era su final.
Los mercenarios miraron a su jefe alarmados.
Bertrand du Guesclin hizo un gesto con la cabeza a uno de ellos y, entre los dos, trabaron por las piernas al rey don Pedro y tiraron de él, de modo que el Trastámara quedó encima.
Don Enrique no dejó pasar la ventaja y apuñaló a su hermano una primera vez hasta las entrañas.
Don Pedro, con el acero perforando su carne, sintió cómo el frío metal se abría paso y la vista nublarse.
Su rival se levantó la visera y lo miró con ojos rebosantes de odio.
—¡Mírame, mírame, hijoputa!
Lo que vio don Pedro fue el rostro de Fadrique, el gemelo que venía a cobrarse su venganza. Con sus últimas fuerzas, escupió sangre a la cara de su hermano bastardo. Y cerró los ojos. Ya estaba. No necesitaba ver más.
—¡Abre los ojos, ábrelos y mira cómo te mato con mis propias manos! —le gritaba Enrique cosiéndolo a puñaladas.
Pedro no lo hizo. Ante sus párpados cerrados flotaba el rostro de su amada María de Padilla, la que era la paz de su alma.