21. Una daga en la garganta #5
—Pues adelante, caballeros, aceleremos el paso. ¡Por el rey don Pedro, legítimo soberano por la gracia de Dios!
Las tropas vitorearon el nombre de su rey y lo llamaron por su sobrenombre, el Justo, decididos a liberarlo de la aristocracia nobiliaria arribista y de su líder el rey bastardo.
Del 22 al 23 de marzo de 1369 Castillo de la Estrella (petrista)
Sería esa noche. Esa fue la respuesta que el mariscal Du Guesclin había dado.
No quedaba más margen. El agua que se almacenó en tinajas antes del sabotaje se había acabado.
En su cámara de la torre del homenaje, esperando que la oscuridad lo dominara todo, el rey don Pedro miraba las corazas férreas de su armadura, su hacha de batalla y su lanza.
Nada de eso se llevaría, era necesario aligerar peso.
Ni siquiera su ballesta, que acarició complacido por los buenos servicios prestados.
Un doncel llamado Juan Niño, de los que viajaron en el escaso séquito con el que logró llegar a Bayona tres años antes, no había dejado de suministrarle virotes y armarle las ballestas mientras él cazaba como a conejos a los seguidores del bastardo.
Hacía días que dejaron de acercarse a las murallas.
Lo mandó llamar a su presencia, le encomendó que se la guardase y le dio en mano un puñado de saetas.
—Encárgate por mí de unos cuantos de esos perros.
—Mi rey, yo... no merezco este honor. Yo...
—Es sólo un préstamo, mi buen Niño. Tu rey volverá, así que cuídala bien.
El doncel salió con el rostro lloroso en un presentimiento. Una vez a solas, el monarca castellano cerró los ojos y se quedó dormido sin quererlo.
—¿ Quo vadis , Pedro?
La voz venía desde la arpillera por donde el sol se estaba ocultando. No era una voz grave y profunda, sino angelical y suave.
—¿Sois un ángel? Pensaba que vuestro Señor había decidido que no merezco a otro que no sea al Caído.
Una figura borrosa se formó ante sus ojos, al trasluz de los rayos anaranjados que anunciaban la muerte diaria del astro rey, como un espejo de su propio sino.
Entonces, la vio a ella. A su esposa, a María, igual de radiante y bonita que el día que la conoció en las casas de la mujer de su valido Alburquerque.
—¿A dónde vas? —le decía ella, los ojos tornaron tristes y apagados.
—No temas, mi vida. No pasará nada... Hay que confiar en los hados y en la Providencia. ¡Mira cómo me recuperé en Nájera! Tu Pedro siempre ha tenido la fortuna de su parte.
—No, no... ¡Pedro, amado mío! ¿A dónde vas?
—Confía en mí, mi dueña, confía en tu rey como siempre has hecho.
—Pedro, padre de mis hijos..., ¡no vayas!
María se desvaneció por el hueco de la ventana, las sombras conquistaron del todo la estancia. Don Pedro corrió hacia ella y, de pronto, la luz de la luna lo deslumbraba.
—¡María, María! ¡Quédate! Mi reina, mi amada...
Sintió una mano recia que lo sujetaba.
—Majestad, ¡despertad! ¡Majestad!
Su boca, pastosa y reseca, no le dejaba articular palabra. El caballero le puso en los labios la última agua que quedaba.
—Beba vuesa merced, mi rey don Pedro.
Vio a su lado a don Men. Más atrás, negando con la cabeza, a su alférez el conde Fernán de Castro y a un escudero con unas cuerdas cruzadas a la espalda.
—Es la hora, mi rey. Hemos de marcharnos.
Antes de partir se volvió a De Castro.
—Don Fernán, pagaré rescate por hasta el último hombre que aquí se queda, sea noble o pueblo llano.
—Vuestros leales, majestad, sólo deseamos que vuestra alteza se ponga a salvo. Haremos ruido por el otro lado de la muralla.
Don Pedro miró al conde, que iba a arrodillarse, pero lo cogió por los antebrazos y estrechó con firmeza sus manos.
—Volveré, señor de Galicia. Vuestro rey no os abandonará, a ninguno.
El escudero lanzó con precisión las cuerdas, que amarró con fuerza a las almenas.
En el otro lado de la fortaleza, los hombres del rey iban y venían con antorchas y hasta lanzaron algún proyectil sobre los de la cerca enriqueña.
Mientras tanto, el rey, don Men y el escudero, descendieron por la muralla más exterior.
Una vez en tierra de nadie, amparados por las sombras, cruzaron hasta la cerca de piedra de los enriqueños.
El garfio enganchó a la primera en lo alto del muro.
Los tres hombres descendieron por el otro lado, ligeros como iban, sólo cubiertos por ligeras cotas de malla y armados con espadas y puñales.
—Esperad, creo que he visto algo —dijo don Men.
Una luz se apagó y encendió en una zona del campamento enemigo. Men de Sanabria los guio hasta ella y apareció un bretón que los condujo a una tienda convenientemente apartada del resto.
Al entrar, don Pedro vio en la penumbra al mariscal mercenario, acompañado de varios de sus hombres recubiertos de hierro y acero.
Por alguna razón, no recordaba al francés tan feo: esa piel oscura, similar a la de los moriscos, la frente grande y las cejas pobladas.
Sus ojos saltones brillaron al ver al rey castellano.
—Bienvenido a mi humilde tienda, majestad.
—Saludos, señor mariscal.