El Fratricida 21. Una daga en la garganta #4
96%

21. Una daga en la garganta #4

En el frenesí de la batalla, poseído por un coraje y una cólera sin iguales, el rey Pedro no escuchó a su alférez.

Los mercenarios franceses, viendo que el lado derecho de los petristas cedía ante el ataque de don Enrique, recobraron el ánimo y se abrían paso hacia la pieza más deseada: el rey castellano.

—¡Men!, ¡el rey, el rey! ¡Sácalo de ahí! —gritaba De Castro, que trataba de controlar la sangría que el segundo haz enemigo había causado.

—¡Dejadme, dejadme! —aullaba don Pedro—. ¡Por fin da la cara ese bastardo! ¡Lo mato, lo mato!

Don Enrique ya estaba allí, en el frente de batalla.

Llegó desde un lado, conteniendo el ansia de los suyos de atacar de frente, dirigiéndolos en una maniobra envolvente por el norte de los campos y cruzando el río Jabalón.

Perdió a varios ahogados en sus aguas, pero llegó con suficientes efectivos y fuerzas para golpear al flanco derecho petrista, que se derrumbaba.

—¡Yo soy el alférez, yo soy quien manda en el campo! ¡Men, tira del rey con tus hombres al castillo, yo cubro la retirada!

El caballero de Sanabria obedeció al conde sin dudar. Con sus escuderos y hombres de armas hizo un perímetro alrededor del monarca y él personalmente lo empujó con dificultades ladera arriba hacia el castillo de la Estrella.

—¡Retirada! ¡Retirada! ¡A la fortaleza! —voceó De Castro, pendón real en mano.

No dio la orden de retreta hasta ver que ya no había nada que hacer.

Y ese momento había llegado: vio al faris, el caballero granadino que mandaba a los nazaríes, agitar sus estandartes en señal de repliegue.

El millar y medio de jinetes volvió grupas y emprendió la huida hacia el sur.

No pararían hasta llegar a la vega de Granada.

—¡Perros de Mahoma, moros hediondos!

Mascullando su desgracia, el conde De Castro, alférez real, fue el último en pasar al recinto amurallado. Los ballesteros genoveses descargaron sus dardos y mantuvieron a raya a los perseguidores el tiempo suficiente para atrancar las puertas. La batalla de Montiel había finalizado.

Del 15 al 21 de marzo de 1369 Castillo de la Estrella (petrista) y Montiel (enriqueña), reino de Castilla

—Tiene buen tino ese bellaco.

—Está a la altura del mejor de esos mercenarios genoveses.

Don Enrique dio un puñetazo al poste central de su tienda.

—¡Callaos! No quiero más historias sobre mi hermano.

Se le escapó llamarlo así. Don Pedro había abatido a varios enriqueños. Cuando escuchaba a los que de noche se acercaban a insultar a sus hombres y desmoralizar a sus tropas, aguzaba el oído y, a oscuras, apuntaba con su ballesta y ¡zas!, un rebelde menos.

—¡Seguidme!

Don Enrique se subió al cerro donde se asentaba el castillo padrastro de San Polo, cuya guarnición abandonó apresurada para engrosar las filas de don Pedro.

Desde allí, observó la cerca de piedra y varios pies de alto que habían levantado sus hombres.

Necesitaba asegurarse de que no había fallos, que todo estaba tan vigilado que ni un pájaro podría salir del castillo de la Estrella sin ser visto.

—Dejemos de hacer intentonas perdiendo hombres sin sentido. Me precipité. Ese muro es la solución: los rendiremos por hambre.

—Sí, mi rey.

—¡Que nadie más se acerque a las murallas! Castigaré a quien lo intente, si es que el tirano no lo mata antes.

El castillo de la Estrella era una fortaleza originalmente musulmana que los cristianos tomaron en 1226.

Situado sobre un cerro testigo, a cientos de pies sobre los llanos montieleños, fue remozado por la Orden de Santiago que lo dotó de un tercer recinto amurallado.

Además, los freires levantaron una torre del homenaje espectacularmente cercada que la convertía en una fortaleza dentro de otra, casi inexpugnable.

—El problema, señores, es que no está bastecido para un largo asedio. No era idea quedarse.

Don Pedro y sus privados escuchaban las explicaciones del comendador.

Montiel era cabeza de una importante encomienda a cuya vera se asentó el caserío principal con varias pequeñas aldeas conectadas.

Se trataba de un enclave fronterizo que sufría frecuentes razias desde el vecino reino musulmán de Granada.

—Esa entrada, la que llamamos Puerta de Hierro, es una verdadera trampa. Su rampa escalonada esconde un pozo de más de sesenta pies.

—No parece que el problema sea ya que quieran entrar... Nos rinden por sed —dijo De Castro.

—No podemos esperar a que las milicias acudan. Las que no llegaron a la lucha se habrán dispersado —dijo Men—. Sólo nos queda que Dios nos envíe al maestre de Calatrava, al verdadero.

—Le dije a don López que no viniera, que debía cuidar de mis hijos.

Miraron al rey, que estaba de pronto avejentado, con ojos sin brillo. Parecía resignado a su suerte.

—Ese hombre hará lo que yo haría, majestad.

—¿Y qué sería eso?

—Desobedeceros. Estará reuniendo hombres ahora mismo, eso lleva tiempo —dijo De Castro.

—Y tiene luego que cruzar Sierra Morena, démosle margen —añadió Men.

Don Pedro miró a sus hombres y asintió. Rezaba porque, por segunda vez, su fiel maestre cordobés lo desobedeciera en pos de su generoso corazón.

A muchas leguas de allí, en Carmona, don López, que se había enterado por los fugitivos del desastre de Montiel, andaba de un lado para otro levantando levas y llamando a caballeros para acudir a liberar al rey del cerco del bastardo.

«Si me apresuro, hay tiempo, hay tiempo. El aljibe de ese castillo tiene reservas para semanas. Y un hombre puede sobrevivir sólo con agua al menos un par de ellas.»

—Mi rey, alguien nos ha traicionado.

—¿Qué? ¿Han abierto alguna puerta? —se levantó don Pedro y agarró el hacha.

—No, majestad. Un par de hombres están con fiebres y otros no paran de hacer sus necesidades. El agua del pozo...

La cara del alférez era el reflejo de la desesperanza. Sin agua no podrían resistir más de tres días, quizá menos, dado que la comida ya se había terminado.

—Llamad a Men, don Fernán.

—Mi señor, ¡no!

—No queda otra, señor conde.

El caballero de Sanabria acudió raudo y agachó la cabeza ante su rey. Cada uno de sus gestos transmitía cansancio, pero también determinación.

—Majestad, ¿mandasteis por mí?

—Sí, don Men. Necesito de vuesa merced, como otras veces, para que me sirváis bien.

—Lo que ordenéis, mi rey.

—Esta vez, por desgracia, no se trata de que consigáis que una exuberante señora gallega acepte casarse conmigo para poder llevarla a mi alcoba. —Sonrió don Pedro, recordando tiempos pasados.

—Por San Pedro que la señora Juana de Castro merecía esos esfuerzos y muchos más, majestad. ¡Menuda mujer! —Sonrió también el caballero.

Por unos instantes, ambos hombres olvidaron la situación desesperada en la que se encontraban.

Recordaron festivos cómo don Men preparó todo para el matrimonio con la Castro, la convenció, casi la metió en la cama del rey.

Apenas fue un parpadeo. Don Pedro se acercó y le tomó por los hombros en una actitud afectuosa impropia del monarca.

—Fuisteis preso de Du Guesclin tras la derrota en Briviesca.

El caballero tragó saliva. Era una espina clavada en su alma.

—No lo fui de ese caudillo de mercenarios, sino de uno de sus hombres, mi señor. Pero sí, estuve en su poder, así se podría decir.

—Y fue el ogro francés quien os liberó.

—Sólo puedo tener buenas palabras para ese bretón, mi rey. Se enteró de que yo era hidalgo que había servido en Trastámara. Y ya sabéis que el conde Enrique, del que fui vasallo, le había dado el condado a Du Guesclin en pago por sus servicios.

—¿Os fiais entonces de ese mercenario? Si le ofrezco dinero y mercedes y nos da su palabra, ¿cumplirá?

El caballero se rascó la cabeza.

—Tiene... cosas contradictorias, mi rey. Al enterarse de que yo provenía del condado que acababa de recibir, le pagó a su mercenario mi rescate; un acto muy caballeresco, más propio del príncipe de Gales, si se me permite decirlo, alteza.

—¿Y?

—Pero no deja de ser un mercenario. Es obvio que se mueve por riquezas más que por lealtades, salvo en lo que se refiere al rey francés, «su rey», majestad.

Don Pedro se quedó pensando. Un mercenario, en teoría, se podía comprar más fácilmente que un noble adherido a una causa.

Pero si un soldado de fortuna no mantenía sus acuerdos comerciales, podrían dejar de contratarlo.

Y luego estaba ese acto caballeresco que no cuadraba con un señor menor bretón que había ascendido gracias a una violencia y dureza más que demostradas en el negocio de la guerra.

El riesgo era grande, pero ¿qué otra opción le restaba?

—Intentaremos darle al bastardo de su propia medicina. Ofreceréis al mariscal francés esto. —Le extendió un documento—. Se lo firmaré cuando nos haya puesto a salvo.

—Con vuestro permiso, ¿puedo?

—Adelante, don Men.

El de Sanabria leyó en silencio. La oferta era muy generosa, excesiva. Pero nada extraña si lo que estaba en juego era una Corona y una vida. El caballero dobló con cuidado la misiva y se la guardó bajo su cota de malla.

—No os fallaré, mi rey.

Curiosa era la rueda de la fortuna, que giraba y ponía a los de abajo arriba y viceversa.

Y más curioso aún que todas sus esperanzas recayeran en que un caballero hidalgo como don Men, menor en linaje, lograra llegar hasta el campamento del bretón y persuadirlo.

Ese hombre fiel que también estuvo en Nájera derrotando al rey usurpador y a sus antiguos captores, los mercenarios bretones, y que lo había seguido hasta Montiel a una lucha desesperada.

«Ahora me parece poco haberle otorgado sólo el señorío de Sanabria. Si don Men logra esto, lo auparé hasta la ricohombría.»

A tres jornadas de Montiel, otro fiel vasallo del rey avanzaba con sus mesnadas y los hombres que pudo reclutar en tan poco tiempo.

Iban a enfrentarse a un enemigo más preparado, pero Dios proveería y su causa, se dijo y le repetía a sus soldados, era la legítima, por lo que el Señor estaba de su lado.

—Mi señor maestre, los exploradores dicen que hasta Baeza no hay fuerzas enemigas.