21. Una daga en la garganta #3
No era una falsa alarma. Subido a la torre del homenaje del castillo de la Estrella, adonde la hueste real había llegado sin contratiempos tras sumar más adeptos a su paso por Puebla de Alcocer, don Pedro oteaba la lejanía, hacia los llamados Campos de Calatrava.
El gobernador de la encomienda santiaguista de Montiel le señalaba varios puntos luminosos a un par de leguas de distancia.
—Los traidores de Córdoba, sin duda. Irán a reunirse con el bastardo en Toledo. Comendador, por si acaso quisieran intentar algo, enviad aviso a las milicias de que se apresuren en venir.
—Es el camino que usan los calatravos cuando marchan hacia el sur. Para mi gusto, pasan siempre demasiado cerca de nuestras posesiones, alteza.
—Vuestro maestre, ese que fue nombrado por el bastardo y refrendado por el papa francés, vendrá con ellos —dijo con desprecio don Pedro—.
Y seguramente, lo acompañará el comendador de Castilla, quien me traicionó y tuvo esta fortaleza antes que vos.
¿Estáis dispuesto a combatir a vuestros hermanos de armas?
—Lo estoy, mi rey don Pedro. La Orden de Santiago, como el resto de milites, ha de combatir al moro.
Pero, también como todas, cuando el reino está amenazado, ha de defender a su rey legítimo, aunque eso implique luchar contra cristianos.
Ese rey sois vos, alteza. Y ahí fuera se viene un bastardo acompañado de extranjeros.
¡Son mis hermanos santiaguistas los cismáticos quienes se apartan de sus votos sagrados!
—Me alegra escucharos, comendador. Ahora, enviad los emisarios y que descanse la tropa. ¡Y vos mismo!
A los pies de la fortaleza, en el primer recinto amurallado de los tres de los que disponía la construcción, acampaban los caballeros y hombres de armas castellanos.
Fuera lo hacían los jinetes nazaríes. Las tropas concejiles se habían dispersado para pasar la noche y aprovisionarse por las aldeas en un rango de hasta dos leguas, ocupando otras fortalezas menores como la de San Polo.
Éste era un castillo padrastro que se erigió en un cerro a media legua para vigilar la alcazaba árabe que fuera origen del posterior castillo cristiano de la Estrella.
No muy lejos había otra edificación menor: el llamado castillo de las Torres, algo más al oeste, que por su buen clima los santiaguistas usaban como lugar de descanso y curación de heridos y enfermos.
Un destacamento de los que estaban de avanzada más al norte de esas posiciones llegó hasta Montiel en plena noche.
—¡Avisad al rey don Pedro! ¡Los enriqueños se nos vienen encima!
Al despuntar el alba, el rey de Castilla contuvo el aliento. El ejército enemigo era más numeroso de lo esperado y enarbolaba las enseñas del bastardo. Junto a él no venía don Tello, pero sí don Sancho.
«Te perdoné, hermano, y cobré tu rescate para pagar al de Gales. Juraste no volver a alzarte contra mí. Te puede tu lealtad a Enrique, lo entiendo. Ese malnacido es afortunado, se merece más tipos como Tello y menos como tú, Sancho. Esta vez, no habrá perdón.»
—Mi rey, no se trataba sólo de los de Córdoba. —De Castro apretó los dientes.
—Ese hideputa ha estado rápido, señor conde. Pero no nos rendiremos.
—Apenas han llegado milicianos, majestad. Sabéis bien que no os defraudaré, mi señor, pero habría que considerar retirarse hacia Andalucía.
—¡No! ¡No podemos dejar Toledo a su suerte! No queda otra, Castro. Dios mismo nos pone en esta tesitura. Vencer o morir.
Los capitanes legitimistas se miraron, el gesto circunspecto, sin un atisbo de flaqueza.
El alcaide de Zamora, el caballero Men de Sanabria, el comendador santiaguista de Montiel y, por último, el magnate gallego, don Fernán de Castro.
Sabían que las batallas de ese tipo debían evitarse, pero también aceptaban que, si se encontraban en esas, lo era por voluntad divina, así que había que encomendarse al Señor y esperar el imprevisto: la huida de una unidad, la muerte del caudillo enemigo, el error del contrario...
Esos imponderables que Dios Padre disponía para que se cumpliese su justicia divina. A ella apelarían.
—¡Victoria o muerte, mi rey! —vocearon al unísono.
Sonaron los tambores moros y los clarines cristianos.
Don Pedro ordenó sus mesnadas con el castillo a su espalda: una línea de varias filas de profundidad compuesta por peones y hombres de armas, sus caballeros y él mismo, que enfilaba a occidente, hacia los campos.
Su flanco norte, a su derecha, lo confió a que el río Segurilla y su entronque con el más importante río Jabalón fueran un impedimento para los atacantes.
A su izquierda, en el lado sur, situó a las tropas auxiliares granadinas.
Y, por último, la pieza de ballesteros genoveses quedó a media ladera hacia el castillo para apoyar con sus descargas.
—Ha despuntado el sol, ya pueden cargar sin miedo a que tropiecen los destreros. ¿Por qué no lo hacen?
—Mejor para nosotros, así el resto de milicias tendrá tiempo de unírsenos.
Don Pedro se temía que, en vez de favorecerles, aquella espera los perjudicase. Los enriqueños tenían un respiro tras su noche sin tregua. Su maldito hermano podía permitírselo, pues tenía más y mejores huestes, dominaba el campo. Y entonces, se confirmaron sus sospechas.
La vanguardia del que se intitulaba rey se abrió por el centro, haciendo hueco donde formaban las banderas cordobesas.
Con júbilo, los enriqueños recibieron a una nueva mesnada, de medio millar de lanzas al menos, con el águila negra bicéfala del mariscal de Francia tremolando en los banderines de sus astas.
—El dogo francés ha llegado. Seguramente han esperado a que sus monturas tuvieran un descanso. ¡Preparados para recibir la carga! —gritó don Pedro.
No se equivocó. El haz delantero del príncipe bastardo comenzó un trote ligero, que fue aumentando, procurando no mostrar fisuras en la línea.
De pronto, escucharon la voz del Mastín Negro, en su castellano con fuerte acento.
—Por Castilla y el rey don Enrique, ¡muerte al hereje tirano!
Lo siguieron gritos de los cordobeses, que cargaban a su lado, y los maestres de Calatrava —el nombrado ilegalmente por el pretendiente—, y de Santiago, que formaban cada uno en un flanco de la vanguardia.
Sintieron el retumbar de los campos de Montiel bajo los cascos de la caballería pesada castellana hasta que, a escasos pasos de ellos, el sonido se volvió ensordecedor, con los jinetes aguijoneando los caballos y pasando a un galope desenfrenado al tiempo que enristraban las lanzas.
—¡Castilla y León por nuestro rey don Pedro! ¡Muerte al usurpador bastardo!
A esa orden del conde Fernán de Castro, alférez del reino, una salva de virotes genoveses pasó por encima de los petristas y fue a derribar caballos y caballeros enriqueños.
Pero las lorigas de las monturas y las placas pesadas de sus jinetes minimizaron las bajas, llegando la embestida enemiga hasta la línea de don Pedro.
El choque fue brutal, con gran mortandad entre ambos bandos.
Los peones —entre los que se encontraban también judíos que combatían por su protector monarca—, al verse amparados por los caballeros y hombres de armas a pie a su lado, aguantaron con firmeza.
El rey don Pedro, con un hacha en las manos, segaba la vida de varios contrarios y tales eran su presteza y furia que más no osaban acercársele.
—¿Dónde está ese rey vuestro? ¿Dónde está ese traidor? —bramaba conforme repartía hachazos—. ¡Da la cara, cobarde!
Fernán de Castro, que mantenía la calma, agitó el blasón real de los leones y castillos en una seña convenida. Miró y no vio nada. Se giró, levantándose peligrosamente la visera, y gritó para hacerse oír sobre el fragor del combate.
—Men, ¿qué hacen los moros? ¡Por Dios, tiene que ser ahora!
Por un momento no hubo respuesta. El conde se temió lo peor. Entonces escuchó a su paisano.
—Ya vienen, señor alférez. Habían fingido una retirada —señaló con júbilo el de Sanabria.
El arráez nazarí había maniobrado de forma muy hábil, haciendo creer que abandonaban a don Pedro y evitando a la superior caballería cristiana para luego volverse por el flanco y comenzar con un feroz hostigamiento que cogió a las monturas por sus costados, menos protegidos.
Estaban desbaratando el haz de vanguardia enriqueña a cargo de los calatravos.
Bertrand du Guesclin miró a su alrededor y maldijo; todo era un amasijo de hierros y moharras, de mazas, hachas y espadas. Temió que se repitiera lo de Nájera y acabar embolsados.
— ¡Par la Mort-Dieu! 1
Como en la segunda Nájera, don Enrique tenía que actuar y hacerlo deprisa.
Milicias andaluzas podrían llegar en cualquier momento, puesto que no todas habían sido neutralizadas en sus emboscadas.
Pero lo peor era que la carga de su vanguardia no sólo no había hecho brecha, sino que los malditos moros podían rodearla.
Se alzó sobre los estribos y gritó la orden de avanzar sin reservas.
—¡Castellanos, la hora de librarse del amigo de moros y judíos ha llegado! ¡Por Castilla y la fe de Cristo!
—¡Dios nos manda a don Enrique para que sea ejecutor por su mano de ese malo tirano! —secundó don Sancho.
El segundo y último haz, con fuerzas más ligeras que las que ya estaban en el combate, se arrojó sobre el campo de batalla.
Aullaban excitados por ir a matar musulmanes, como tantos siglos llevaban haciendo sus abuelos y sus padres; los pies no les pesaban pese a la noche sin descanso.
No había más huestes en retaguardia. Don Enrique sólo había dispuesto dos haces, sin guardarse tropas de refresco. Era ahora o nunca, todo o nada.
—¡Majestad, el flanco norte! ¡Nos quiebran por el lado!