21. Una daga en la garganta #2
En la Orden de Calatrava, el maestre don López de Córdoba era titular legítimo frente a un candidato enriqueño que había combatido en la segunda Nájera con freires de su cuerda, muchos de ellos de las posesiones de la orden por Aragón, y al que don Enrique intituló maestre tras la renuncia de Diego Padilla cuando este fue a besarle la mano.
—Seguís sin decir nada, señor conde.
—Reconozco que Alcántara y Calatrava, con sus problemas, están controladas... más o menos. Pero la Orden de Santiago nos ha enfrentado con todo lo que tiene, mi rey.
—No es cierto. Hay una división, sí, pero es por mitades.
—Desde que se ejecutó a don Fadrique, majestad, la mayor parte de comendadores mayores han estado de parte enriqueña. ¡En Nájera se os opusieron los de Castilla, León y Galicia!
—Y los apresamos. Sólo se salvó ese maestre ilegítimo que nombró Enrique porque estaba por Andalucía. ¡Lástima que no acudiera!
—Perdonad, mi rey, sólo quiero hacer notar que los cargos más altos de orden están del lado enemigo. ¡Y es la milicia más importante por efectivos y posesiones!
—Sin embargo, la propia sede, Uclés, me es fiel. En Martos, Mora y Montiel, así como en las encomiendas murcianas, los freires de Santiago no obedecen a ese pseudomaestre, sino directamente a mí.
—Lo sé, alteza, pero sería mejor si...
—¡No, no lo digáis! Tras la traición del anterior maestre de Santiago, que, como bien sabéis, entregó Toledo, no pienso nombrar a ninguno más. ¡Es mejor así!
Fernán de Castro, ejemplo de lealtad y rectitud, sujeto a su honor y sus propios principios, desconfiaba de los freires, de todos, porque, decía, sus votos ya no valían como antes, cuando, en los inicios de sus órdenes, eran hombres más religiosos que seculares y se centraban en la lucha contra el musulmán y no en cuestiones nobiliarias.
—Hacedme caso, Fernán —lo trató de modo cercano don Pedro, poniendo una mano en su hombro—. En esas poblaciones a las que nos dirigimos encontraremos más afines. ¡Se nos unirán más caballeros e infantes y llegaremos hasta Toledo desde donde no nos esperan!
Lo miró fijamente a los ojos.
—Y vos, mi fiel Fernán, seréis como siempre el buen alférez que nos guíe con acierto. Igual que vuestro honorable padre, Castro el de la Guerra, hacía con el mío.
El conde gallego, más reconfortado, hizo una reverencia y abandonó el adarve en dirección a los establos. Era hora de descansar, pero quería asegurarse de que todo estaba listo para la mañana siguiente.
Don Pedro miró una última vez el pendón con la cruz negra y el peral verde sobre campo de oro de la Orden de Alcántara que se erguía en los pináculos de la fortaleza sobre el Tajo.
El sol, un disco rojo difuminado en una neblina crepuscular, se ocultaba hacia la frontera con el reino de Portugal.
Tuvo un momento de recuerdo para su madre, la reina doña María, que estaba enterrada en el país vecino, y, por un instante, deseó ser de nuevo un niño, refugiarse de los gritos de los muertos en su regazo.
Entonces, se le apareció. Venía a buscarlo con ese niño que era él y a la vez no cogido de la mano.
Sus rostros reflejaban tristeza y decepción, un mudo reproche.
Una cabezada lo sacó de la ensoñación y se encontró vencido sobre el merlón, con riesgo de resbalar por la almena. Se sacudió la testa y marchó a sus aposentos con el temor a quedarse dormido, pero consciente de que debía descansar para lo que se avecinaba.
Era una mujer. Muy joven, eso sí, pero una mujer conforme a derecho y costumbres. En edad casadera, catorce años; una bonita muchacha toledana. De noble familia, hija de un caballero que ostentaba el cargo de notario mayor del reino y, además, alcaide de la ciudad que le daba el apellido: Toledo.
—¿Queréis más vino, majestad?
—Sólo si lo sirves tú, Teresa.
La chica se reía y, solícita, quitaba la jarra a las sirvientas y servía en persona al monarca.
Las otras jóvenes damas la miraban con envidia, pues había atraído la atención del hombre más poderoso de toda España.
Don Pedro se dejó llevar por el néctar de Baco, tenía mucho que olvidar, aunque sólo fuera por una noche.
Saldría a la mañana siguiente, dejando Toledo a cargo del padre de esa chica y de sus parientes toledanos, entre ellos uno de su plena confianza, el que era maestre de Santiago.
El bastardo Enrique se había autoproclamado rey en Burgos y se acercaba imparable con sus mercenarios.
—Mi tío, majestad, es alférez de la Banda. Don Pero de Ayala, que también fue doncel vuestro y capitán en vuestros barcos.
El rey recordó al instante a su compañero de la adolescencia, de cuando ambos se preparaban en el arte de las armas.
Ayala y su padre, tras el desliz pasado y perdonado hacía tiempo por haber apoyado a los nobles en las vistas de Tejadillo, volvieron a la merced real y, desde entonces, durante más de una década, habían servido fielmente a don Pedro, arriesgando su vida en luchas por tierra y mar.
—¡Don Ayala! Es tu tío por parte de madre, ¿no?
—Sí, mi rey. Creo que os acompañará a Sevilla cuando nos abandonéis..., perdón, cuando os marchéis mañana.
—Veo que te has enterado de cosas que aún no se saben, eres una joven muy curiosa.
—¿Puedo preguntaros algo?
—Sólo si luego bailas para mí —dijo el rey acercando la cara.
—He visto cómo tratáis al resto de damas y a mí me tuteáis. No soy ninguna niña, mi señor.
—Perdonad, mi señora De Ayala, por supuesto que no lo sois. Pero, si queréis, pondremos las cosas equilibradas.
—Yo... yo no podría tutear a mi rey, majestad.
—Aquí no, pero sé de un sitio donde vos me podréis tutear y os juro que yo os rendiré la pleitesía debida a una dueña.
Lo último que vio el padre de Teresa fue a su hija servirle más vino a don Pedro.
Días más tarde se enteraría de la aventura de su hija con el monarca.
Y, ya en pleno asedio del pretendiente al trono don Enrique, sabría que la muchacha había tenido una falta en el mes.
De ese escarceo saldría una hija ilegítima de don Pedro y un padre ultrajado a quien, estando a cargo del alcázar y del puente de Alcántara, no le fue difícil convencer a su pariente, el maestre de Santiago, para que abrieran las puertas al bastardo.
—¡Tu apetito sin freno, siempre detrás de las faldas, nunca aprendes!
—¡Estaba solo! Son muchas las cargas que conlleva esta Corona.
—La lujuria, Pedro. Tu pecado eterno. ¡Por eso perdiste esa ciudad y tu reino!
—¡Calla, María, calla! No lo entiendes... Sin ti, todo es vacío, todo es vano.
—¡No! Nuestras hijas, las niñas... ¡Han de ser reinas y dar un rey a Castilla! ¡Protege a las niñas, Pedro! ¡Protégelas!
Se despertó agitado. Tardó unos instantes en saber dónde estaba. Fuera era noche cerrada, apenas había dormido y no deseaba volver a hacerlo. No quería darle otra oportunidad al dios de los sueños que lo atormentaba con espejismos funestos.
Orgaz, reino de Castilla (enriqueña)
A ocho leguas al sureste de Toledo, en la villa de Orgaz, don Enrique congregó a todas sus tropas. Los cordobeses habían logrado llegar a Villa Real, antaño baluarte petrista, y, desde allí, a través de los campos manchegos, ascendieron hasta reunirse con su rey Enrique II.
—Tenemos tres mil quinientas lanzas, mi rey. El tirano nos aventaja en número.
—Pero no lo hace en calidad. ¿No es así, capitán Du Guesclin?
El bretón soltó una risotada y su desproporcionado cuerpo se sacudió de forma grotesca.
—¡Mis seiscientos hombres podrían ellos solos con esas milicias concejiles de las que nos llegan noticias!
—Aun así, no nos confiemos, majestad —dijo don Tovar—. El Cruel sabe luchar y lo hace bien. Y con él van don Fernán de Castro y otros buenos caballeros.
—Perded cuidado, que no habrá confianza alguna. Por eso, vamos a tomarlo por sorpresa. Salimos en cuanto se oculte el sol.
La noche era muy oscura, negra. Podía ser un mal presagio, se decía don Enrique, como las cosas que había ido año tras año prometiendo para llegar a ese momento.
Firmó la cesión de Murcia al reino a Aragón, el sometimiento a arbitraje del rey de Francia en caso de disputa con el Ceremonioso, y suministrar el doble de galeras en la guerra que el francés iba a reanudar con Inglaterra.
Esto último lo selló en el asedio de Toledo cuando en noviembre vinieron emisarios franceses.
Gracias a eso llegaron en diciembre el mariscal Du Guesclin y sus mercenarios.
Para pagar a aquellos hombres, que marchaban a duras penas a su lado, tuvo que emitir moneda devaluada. Lo hizo en las cecas de Burgos y Talavera, lo que agravó la desconfianza al metal en el reino y, por ende, la pobreza.
Uno de sus caballeros de más estricta confianza lo sacó de sus pensamientos.
—No podemos seguir así, estamos perdiendo hombres y cabalgaduras, rey Enrique.
—Tenéis razón, don Tovar. Decidle a la vanguardia que se destaquen algunos hombres y hagan fogatas para señalar el camino.
—Mi señor —intervino otro de los caballeros que, como don Tovar, fue de los que lo ayudaron a escapar del desastre de Nájera—, así perderemos la sorpresa.
—Si nuestros informadores están en lo cierto, el tirano tiene sus tropas dispersas, forrajeando. Aunque nos vean, lo esencial es llegar antes de que puedan reunirse.
A pesar de las medidas tomadas, la mesnada de Du Guesclin se metió por un valle sin salida y perdieron contacto con ellos.
Don Enrique no se detuvo. Se quedaba sin sus mejores guerreros, pero recordó la primera batalla en Nájera en la que don Pedro lo sorprendió y eso decidió el enfrentamiento.
Y él hizo lo mismo en Araviana al aparecer por sorpresa antes de que los fronteros de don Pedro se agruparan para su desgracia.
—¡Acelerad el paso!
Madrugada del 14 de marzo de 1369 Montiel, reino de Castilla (petrista)