21. Una daga en la garganta
Una daga en la garganta
—¿Cuántas veces habremos de pasar por esto, Enrique? ¿Cuántas más quedan? Ya no puedo soportarlo más.
—Mi señora, siempre vuelvo, ¿acaso no lo has visto ya? Aunque esta vez será distinto.
Juana Manuel tenía abrazada a su hija. Su hijo, don Juan, el que había sido jurado infante heredero, estaba fuera del real en compañía de su tutor mirando las operaciones de asedio.
Don Enrique sostenía en la mano la última misiva enviada por sus partidarios desde tierras sevillanas: el rey don Pedro salía a su encuentro.
—¿Distinto dices? —insistió ella—. ¿Cómo?
—No temas. Será igual en una cosa: volveré a ti y los niños, como siempre. Pero esta vez no como un derrotado.
—Mi señor esposo, eso no puedes asegurarlo. —Las lágrimas afloraban a sus ojos—. Sólo Dios lo sabe.
—Pues reza con fuerza, mi dueña, reza.
La lucha por Toledo era encarnizada. Los petristas habían conseguido conjurar las acciones de los partidarios de don Enrique intramuros.
Estos intentaron tomar algunas torres para facilitar el acceso, pero el alcaide de Toledo y su lugarteniente reprimieron duramente sus esfuerzos.
Entonces, el Trastámara lo buscó con minas, todo tipo de máquinas de asalto, incendios de torres.
Lo mismo que había surtido efecto con la alcazaba de Burgos y los muros leoneses.
Los defensores respondían con salidas osadas cortando los puentes y con trabuquetes que lanzaban bolaños sobre las bastidas enriqueñas derribándolas. Las bajas en uno y otro lado eran grandes y tanto defensores como atacantes estaban muy desgastados física y anímicamente.
—Juana, confío en ti, como siempre. Te quedarás con las tropas imprescindibles para sostener este cerco.
—Me aseguraré de que nadie escapa de esa ciudad, Enrique. Y el arzobispo Manrique me ayudará con ello. Tú sólo preocúpate de volver con la cabeza de ese tirano.
La miró henchido de orgullo. Aquella no era la niña asustada de la alcoba del alcázar, sino la mujer que huyó con él por la Vía de la Plata y soportó cautiverio en pos de la peligrosa empresa que hasta aquí los llevaba.
La imagen de Leonor de Guzmán se le apareció y pareció fundirse con la de su esposa.
«¡Por Dios, madre! ¡Qué mujer tan bien hallada me hallaste!»
Don Enrique reunió lo mejor de su ejército y lo sometió a una cabalgada frenética hacia el sur de la meseta.
Sus informadores de Villa Real le habían avisado de un movimiento inesperado del rey don Pedro.
No sólo podría contrarrestarlo, sino que, si su rival no se apercibía a tiempo, sería él quien contaría con el factor sorpresa.
Pero, dado que la rapidez era inexcusable, su hueste llegaría cansada, como le avisaban en su consejo de guerra los que se oponían a tales planes.
«Nájera, Nájera —resonaba en su cabeza con una intensidad que le aceleraba el pulso—. ¡No! ¡No habrá una tercera, sino que ésta será la vencida!»
Alcántara, reino de León (petrista)
La marcha por la antigua Vía de la Plata discurría sin contratiempos. De hecho, la región tenía varios despoblados, como el de la comarca de Sarteneja, que parecía un cementerio.
—Lo que suponíamos, mi rey. No quedan más que ruinas. Los pobladores o están muertos o han emigrado a algún concejo.
—Más espacio para las ovejas y las cabras. Los señores extremeños estarán contentos —dijo el rey don Pedro con un tono que no reflejaba ni pena ni satisfacción.
Su cabeza no estaba ya para preocuparse por el pueblo; hambrunas, pestes..., todo malos augurios que conducían al reino de los muertos. Lo asaltaban pensamientos funestos, velos que nublaban el razonamiento.
«¡Fuera!», gritó en silencio, y los apartó de un manotazo.
Lo único que importaba era llegar cuanto antes a socorrer Toledo, encontrar al bastardo y apuñalarle la garganta hasta desangrarlo como a un cerdo.
Siguieron avanzando. Sólo a la altura de Alburquerque, aun quedando a más de quince leguas al oeste, pensaron que podría haber algún intento de emboscada de los enriqueños, pero no fue así.
Don Pedro, acostumbrado a rápidas marchas desde que accedió al trono, hizo a su hueste acelerar el paso, bajo la promesa de descanso en Alcántara, sede de la orden militar de ese mismo nombre donde lo esperaban refuerzos de Zamora al mando de su alcaide Fernán Alonso, otros venidos de Galicia con su fiel alférez real el conde de Lemos don Fernán de Castro, y muchos otros caballeros que honraban el homenaje otorgado luchando por el rey legítimo.
—No podemos descartar que nos hayan visto pasar los enriqueños —dijo don Pedro.
—Tenemos que actuar pensando en que así ha sido, mi rey.
—¿De cuántos hombres disponemos? ¿Habéis hecho el recuento, señor conde?
—Unos tres mil cristianos entre castellano-leoneses y las milicias andaluzas, majestad. Pero es una hueste, si se me permite decirlo, de su padre y de su madre. Y, además, están esos mil quinientos jinetes moros que habéis traído, de los que no me fío.
—Me fío menos de muchos de los cristianos después de lo visto estos años.
Chasqueó la lengua el conde de Lemos, sin rebatir a su rey. En su lugar, dijo:
—La mayoría de las tropas son milicias de Jerez, Sevilla, Carmona y Écija, y también están los hidalgos de Mayorga con sus escuderos vallisoletanos.
Don Pedro sabía que le faltaban caballeros y profesionales de la guerra para enfrentar con garantías a su medio hermano, que contaba con más caballeros y hombres de armas castellanos, además de con los mercenarios franceses.
Él sólo había podido reclutar un cuerpo asalariado de ballesteros genoveses.
—Por eso, don Fernán, hemos de contar con los nazaríes: saben luchar, son jinetes experimentados.
—Eso no lo niego, alteza, pero me hubiera gustado ver al sultán aquí comandándolos. Eso sería una garantía de que estarían más implicados.
De Castro y Lemos había puesto el dedo en la llaga.
Por más que se le pidió, el sultán de Granada rehusó acompañar a la expedición alegando asuntos internos.
Era un fiel aliado, como bien sabía don Pedro por todo lo que había demostrado cuando ya ni sus propios parientes del reino de Portugal lo ayudaban, pero también era consciente de que el rey moro se guardaba las espaldas. Cosas de la guerra.
—Si remontáramos el Tajo —miró hacia fuera y vio el río transcurrir bajo los arcos del puente romano que llevaba alzado desde tiempos de Trajano—, llegaríamos hasta Toledo. Por esas aguas corre sangre derramada de fieles vasallos a mi Corona.
—Primero nos encontraríamos con Talavera —intervino el alcaide de Zamora—, incluso antes con Oropesa... Nos cerrarían el paso, mi señor rey.
—Sí, es cierto. Y, además, como bien ha apuntado el alférez, necesitamos más caballeros y hombres para equilibrar la balanza. —Inspiró hondo y tomó una decisión—: Mañana partimos hacia los Campos de Calatrava.
—Será una larga marcha, alteza —dijo De Castro.
—Lo sé. Cosas más difíciles hemos hecho.
—Podemos toparnos con los enriqueños de Córdoba si el bastardo los llama. Es una de sus mesnadas más motivada.
—Eso, señor conde, sólo Dios lo sabe. Además, dejarían su villa muy mermada ante una algarada de nuestro aliado nazarí. No creo que lo hagan.
Terció entonces otro caballero, don Men de Sanabria, un hidalgo gallego de Trastámara que fue vasallo de Enrique cuando era señor del condado; hasta lo ayudó a huir de Sevilla a Asturias, ambos con las caras embozadas por temor a don Alburquerque, el privado del joven rey don Pedro.
Luego sirvió bien al monarca en un asunto personal y, desde ese instante, no se apartó de su merced.
—El conde don Enrique no se privará de esos hombres que ya han resistido en Córdoba, majestad, lo conozco bien. Hará todo lo posible por sumarlos a sus huestes antes de presentar batalla. Dad por seguro que en estos momentos van de camino.
Don Pedro reflexionó un instante.
—De acuerdo, señores, creo que estáis en lo cierto. Y, si así fuere y nos los encontrásemos, los enfrentaremos antes de que puedan reunirse con Enrique. Visto así, hasta sería un acierto.
Los capitanes se retiraron, pero el rey indicó con gesto al conde De Castro que aguardara un momento, pues le veía indeciso.
—Adelante, señor, soltadlo.
—Sé por qué no está aquí el maestre don López de Córdoba al frente de sus freires calatravos, y lo entiendo, alteza, pero... Lo echaré de menos en este lance que nos aguarda, sólo es eso.
—Lleguemos a Alcaraz, señor alférez, y allí sumaremos más fieles —le dijo—.
Así ha sido aquí con los alcantareños, que han mantenido sus votos de obediencia y hasta esta misma sede de la orden bajo el mandato del legítimo maestre.
Y también espero que, de camino, en Puebla de Alcocer, sumemos otros muchos, pues esa villa pertenece al concejo de Toledo.
—Pero, majestad —seguía sin estar convencido De Castro—, la villa de Alcaraz no sólo está muy lejos de aquí, sino muy cerca de enclaves santiaguistas. Y su nuevo maestre es por don Enrique.
—No os preocupéis por eso. El comendador de Santiago de la zona, en Montiel, es de los nuestros, igual que aquí lo es el nuevo maestre de Alcántara, que expulsó al clavero apoyado por el bastardo.
El conde De Castro estaba al tanto de las luchas internas de las órdenes militares, sobre todo desde la ya declarada guerra civil cuando el Trastámara osó coronarse en Burgos en 1366.
En la Orden de Alcántara, don López de Córdoba había cedido el cargo de maestre a un caballero que estaba sin fisuras por el rey don Pedro, quien los acogía en la propia sede de la orden en oposición a otra parte de la milicia, que seguía al clavero, un enriqueño al que el papa, siempre del lado del usurpador y de los intereses de Francia, nombró administrador provisional en tanto se dilucidaba la disputa interna del capítulo alcantarino.