20. Campos de Marte #9
—La respuesta de Inglaterra, del príncipe de Gales ha sido ésta —leyó el rey don Pedro—: «... no podemos prestaros ayuda ahora, pues mi padre el rey y yo nos encontramos ante inminente guerra con Francia».
—Y por nuestros agentes, majestad, sabemos que no miente —dijo el maestre don López—. La mayoría de señores gascones, disgustados por el aumento de gabelas, han decidido rendir vasallaje al rey de Francia y éste ha aceptado aun sabiendo que con eso rompe el Tratado de Brétigny.
—Así que, mis señores consejeros, si buscamos «otra Nájera» estaremos solos, sin los mercenarios ingleses y sin sus temidos arqueros.
Se hizo el silencio. Don Pedro fue hacia la estantería donde se apilaban sus libros.
Vio uno que llevaba mucho tiempo sin leer: De regimine Principum .
Lo extrajo con cuidado, acariciando su portada, que le evocaba recuerdos de su niñez cuando estaba encerrado con su madre en el monasterio de San Clemente, a unos pasos de donde se encontraba ahora.
Su maestro, el páter don Bernabé, le trajo una traducción del francés hecha por el erudito Juan García de Castrojeriz «para obra y enseñanza del muy noble infante don Pedro, fijo primero del muy noble rey don Alfonso, rey de Castilla», como ponía en su página primera.
—Buena elección, majestad —le dijeron.
El rey se quedó mirando la portada, sin llegar a abrirlo y lo volvió a poner en su sitio.
« Del regimiento de los príncipes , que contiene consejos del monje Egidus para los futuros monarcas, para que no se olviden de ser hombres, ni de comportarse como cabezas de familia ni de ser la cabeza del reino —se dijo—.
Supongo que no siempre seguí estas enseñanzas.
Las circunstancias mandan, queridos eruditos. »
—Salgamos a tomar el aire, caballeros.
Ambos consejeros reales siguieron al monarca hasta el Patio del Rey.
2 La belleza del lugar era incuestionable, con el estilo mudéjar que tanto gustaba al soberano y por el que sus rivales lo acusaban de ser amigo de los infieles.
De hecho, su aliado Muhammad V el Rico había alabado su hermosura y dijo que quería hacer algo parecido en la Alhambra, lo que cumpliría al ordenar construir el Patio de los Leones ocho años después.
Había cosas en la decoración del lugar que, para las mentes cristianas, resultaban chocantes: se veía el símbolo de la concha, que representaba la fertilidad, insertada entre las características formas diamantinas de los estucos árabes.
Pero lo que más llamaba la atención era otra forma, la mano de Fátima, que para los mahometanos representaba la protección.
—«Maurófilo», dicen de mí. Ese borde bellaco debería decidirse: ahora me insulta esparciendo el rumor de que soy hijo de judía o judío, según el día, ahora me difama diciendo que soy moro.
—¡Eso no lo cree nadie que no sea un malnacido en sus entrañas, mi rey! —dijo don Lope.
—Ahora, maestre, por el bastardo me llaman tirano, me llaman el Cruel, pero cruel es el trono, cruel es la vida.
—Si me permitís, alteza, cruel es Castilla.
Don Pedro entrecerró los ojos y reflexionó sobre las palabras del calatravo.
Fue, como de costumbre, a alargar la mano para coger una fruta. Los árboles del patio se vencían sobre la alberca central por la que paseaban los reyes y sus invitados de modo que, cuando estaban maduros, los frutos colgaban sobre sus cabezas. Pero era invierno y su mano asió el vacío.
«No, no puedo aguardar hasta la primavera para recoger la cosecha. Castilla, la ingrata, no espera», se dijo.
El canciller y el maestre se mantenían en silencio, tratando de ocultar la impaciencia que los devoraba.
—Tras esas algaras y quemas que ha hecho por Andalucía mi aliado el sultán, mi «infidelidad» a Jesucristo la han multiplicado los seguidores del bastardo. Eso lo sé, señores, pero oídme: la gran mayoría de esos cautivos eran enriqueños. ¡Ni una lágrima derramaré por ellos!
—Mi rey, los moros también se han llevado a petristas. Sé que son cosas de la guerra, pero un soberano debe proteger a sus vasallos, ¡y ahora os toca con los toledanos! Ahí, los que quedan son fieles a su rey y al derecho divino que os ampara en el trono.
Don Pedro miró muy serio al maestre, que bajó los ojos tras atreverse a hablar con franqueza. Tras un silencio, el rey sentenció:
—Y no faltaré a mi obligación de señor con mis vasallos. Pero, maestre don López, vos no me acompañaréis.
La cara de sorpresa del caballero se tornó al momento en otra de decepción. Intentó replicar, pero el rey no se lo permitió.
—No, don López, no es porque no me fíe de vos, sino por todo lo contrario. —Le puso una mano en el hombro y le miró a los ojos, casi una despedida anticipada—. Vos quedaréis a cargo de Carmona, donde está el poco tesoro que queda y, lo más importante: mis hijas e hijos.
El maestre lo miró sin saber qué decir, aparte de reiterarle que no le fallaría y don Pedro supo que era cierto, y aun así, también supo que lo echaría de menos al frente de sus freires calatravos, en la que ya adivinaba como la batalla decisiva.
Sí, se lo jugarían todo a una última lanzada de dados.