El Fratricida 20. Campos de Marte #8
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20. Campos de Marte #8

—Y tiene derecho a ello, ¿no es así, canciller? El propio rey de Inglaterra es vasallo por los feudos en suelo galo.

—Así es, majestad. Pero eso puede romper el acuerdo de paz de Brétigny. El rey inglés podría retomar su reclamación al trono de Francia como hizo antes. De ahí nació esta larga guerra que, a la postre, nos está afectando.

—¿Sabéis qué ha respondido el caballeroso sire Eduardo a esa llamada vasallática?

—Ha dicho que, de ir a París, lo hará con un ejército detrás.

—¡Ja, ja, ja! No esperaba otra respuesta. Yo hubiera dado la misma.

El maestre y el canciller vieron reír a don Pedro como hacía tiempo que no hacía.

—Esto complica las cosas, mi rey —dijo el canciller.

—Sí, mi buen don Mateos, lo sé. Aunque le prometa más y le dé nuevas garantías de pagarle lo que le debo, que es lo que vamos a hacer, pero dirigiéndonos directamente a su padre el rey inglés, la inminencia de retornar a las hostilidades con Francia juega en nuestra contra y de la ayuda que necesitamos.

La guerra se extendía y las energías menguaban al ritmo de las arcas.

Los días eran cada vez más duros, y ni las noches ayudaban, ya que con el correr de los meses parecían hacerse más largas y solitarias, oscuras y pesadas.

Dormía poco, menos de lo que ya de por sí era habitual en él.

Deseaba soñar con ella, pero eran otros los fantasmas que le enviaba Morfeo.

—¿Qué hacéis, repostero mayor? No son horas para estar trabajando.

Acodado a una mesa y con la cabeza sujeta entre las manos, el hombre parecía atascado en sus quehaceres. Un tintero abierto estaba a su lado y, entre sus dedos, una pluma de ganso. No se dio la vuelta al oír al rey.

—Os habla vuestro soberano. ¡Responded!

La figura no respondió, sino que siguió de espaldas y empezó a escribir. Don Pedro se acercó por detrás. El otro ni se inmutó, como si no estuviera. Leyó por encima del hombro.

... que si su majestad no alza el cuchillo, y no paráis de hacer muertes como ésta, vos habréis perdido vuestro reino...

—¡Don Gutierre, miradme, os lo ordeno!

El caballero se volvió. Miró al vacío y sus ojos atravesaron a don Pedro.

—Mi ciudad..., mis amigos y mis paisanos. ¿Abandonaréis Toledo a su suerte, don Pedro?

—¡No tengo medios! ¡Tantas deslealtades, tantos traidores! ¡Me faltan gentes como vos, don Gutierre! Erré con vos, ¡y pido a Dios que me perdone por eso!

Gutierre sonrió al aire, como si escuchase algo traído por el viento. Y susurró: Yo, Gutier Fernández de Toledo, beso vuestras manos y me despido de vuestra merced, que voy para otro señor mayor que vos...

Entonces, una maza golpeó la cabeza del repostero, que cayó sobre la mesa. La maza se descargaba una y otra vez, don Pedro intentó pararla. Asió el brazo que la empuñaba y vio con horror que era el suyo, que no le obedecía. Se despertó con un grito desgarrado, empapado en sudores y temblando.

A la mañana siguiente no encontró sosiego en su paseo por los jardines del alcázar, cuyos constructores diseñaron de modo que luz y agua fluían en armoniosa sintonía.

El canturreo de las fuentes le traía dolorosos recuerdos; sucesos pasados que ya no volverían, los buenos tiempos cuando la dulce María Padilla lo llenaba todo con su presencia y las niñas jugaban entre los jardines perfumados de azahar.

Ahora a esas niñas las mandaría lejos para ponerlas a salvo, pero a María...

a María siempre la tendría cerca, aunque pensarla dolía.

Contempló la fachada labrada en piedra dorada del Patio de la Montería que él mandó hacer y que tanto lo enorgullecía. Ahora no sentía más que indiferencia.

—Mi rey, el canciller don Mateos pide audiencia. Dice que ha llegado respuesta de Inglaterra, pero que espera a abrirla ante vos.

—Decidle que se reúna conmigo en mi cámara.

En ella tenía libros sobre el buen gobierno de los Estados y sobre la historia de los reyes antepasados. Quizá en sus páginas hubiera alguna respuesta a sus pesares. No necesitaba leer la carta inglesa, sabía qué contestación contenía.

—La Crónica abreviada , nuestra historia relatada hasta el reinado del gran Fernando III. Su autor lo fue el padre de esa doña Juana Manuel que se hace llamar reina.

—Sí, mi señor. Y, si me permitís decirlo, es una mujer de carácter, como lo era su señor padre: ha estado al frente de las mesnadas de su marido mientras éste tomaba León.

Don Pedro prefirió evitar el tema. La mujer del Trastámara se había asentado en Illescas y, para cuando llegó don Enrique, las poblaciones alrededor de Toledo y la vega del Tajo habían sido ya tomadas y aseguradas.

El usurpador sólo tuvo que mover el campamento hasta la zona de la Vega, frente a la ciudad primada, donde puso su real, plantó su estandarte y distribuyó a sus más de mil hombres de armas.

Los defensores toledanos no se arredraron y llevaban aguantando nueve meses de asedio.

La novedad era que los mercenarios de Du Guesclin se habían unido a la presión atacante.

—El mismo autor, don Juan Manuel, nos ha dejado esta obra. —La abrió y la puso sobre la mesa—. El Libro de los estados , que todos aquí conocemos, ¿no?

—Es la explicación más preclara que se ha dado del derecho a la posición privilegiada que tiene la nobleza, mi rey. La voluntad divina, que escoge a unos pocos, bendecidos con la luz del entendimiento del que carecen los plebeyos, cortos de mente por naturaleza: es ley de Dios, majestad.

Don Pedro miró al canciller con un aire de condescendencia. Luego dirigió sus ojos al maestre de Calatrava, don López, que esperaba en una callada prudencia. Ante la mirada del rey, se levantó y pasó unas páginas del manuscrito.

—Supongo, alteza, que os referís a esto: el apartado titulado «El emperador en la guerra y en la paz».

—¿Y qué dice sobre lo que hizo el bastardo... sobre lo que también Nos hicimos en Nájera? —se rectificó a sí mismo don Pedro.

—Que en una guerra hay que evitar un enfrentamiento total en una sola batalla que ponga al reino en riesgo de perderse si no se vence en la contienda, mi señor.

—Como hizo Alfonso VIII por dos veces. La primera, Alarcos, 1195, en la que salvó la vida por poco y los almohades retomaron tierras hasta llegar a la mismísima Toledo. Precisamente, Toledo, motivo de nuestros desvelos.

—Si bien en la siguiente batalla de ese tipo —se atrevió a terciar el canciller—, en la gloriosa ocasión de Las Navas, obtuvo su revancha.

—Don Mateos, ahí mi antepasado volvió a jugarse todo a una carta. Gracias a Dios que le salió bien la jugada. Pero sabemos que hay más desastres provocados por no seguir los consejos del buen arte de la guerra que por saltárselos. ¡Mirad a mi medio hermano en Nájera!

El canciller asintió. Sabía lo que estaba haciendo don Pedro. Justificar su inacción ante las llamadas de socorro toledanas. Y los argumentos parecerían correctos de no ser porque no quedaba más opción que hacer un movimiento desesperado.

Si caía la ciudad del Tajo, ocurriría como en la anterior ocasión: el bastardo se presentaría en Sevilla en menos que cantaba un gallo.