20. Campos de Marte #7
El sultán de Granada miró a su alrededor. Cadáveres por cientos llenaban las calles, los campos y las casas humeaban y sus hombres se afanaban en derruir los muros de la villa.
—La afrenta de Córdoba está más que compensada. Y seguro que nuestro señor el rey don Pedro se sentirá complacido del castigo a este nido de traidores enriqueños.
El faris de su guardia asintió y se dirigió hacia donde estaban los cautivos. Eligió a las mujeres más bonitas y volvió con su sultán.
—Conoces mis gustos, sí. Veamos qué tenemos por aquí.
El sultán examinó a las mujeres jienenses capturadas. A ellas y a los niños y adolescentes se les había perdonado la vida en la matanza. El destino: los harenes y los mercados de esclavos.
—Mi señor sultán, los que están encerrados en la alcazaba han aceptado pagar la suma que les exigimos —dijo el gran visir.
El rey moro se quedó pensando. Miraba y acariciaba las caras de las cautivas, como si no le afectase la noticia que le daba su ministro.
—Creo que es hora de retirarnos a nuestro reino, visir. Manda a por la suma acordada y prepara las tropas para marcharnos mañana.
—¿Mañana? Llevamos tantos cautivos como los que tomamos en Utrera y Marchena. Convendría salir ya...
—Lavad a ésta y a ésta. Y perfumadlas —dijo el sultán a sus esclavos—. Las quiero en mi tienda esta noche. —Se volvió hacia su gran visir—. Tenemos tiempo. Elegid alguna... o, mejor, id a buscar alguno de los niños, sé que los preferís tiernos.
—Sí, príncipe de los creyentes.
Al día siguiente, el sultán sorprendió a su consejo y se volvió sobre Córdoba.
Era una espina clavada. Pero el rey moro se encontró con que las defensas estaban reconstruidas y prestas, por lo que pronto levantó el cerco y se dirigió a Andújar y Úbeda para asaltarlas.
El botín ascendía a once mil cautivos, sumando los apresados en las campañas primeras por Utrera y Marchena.
La mayoría, mujeres y niños. El khums, un quinto de su valor, sería apartado para el gobernante, tal y como determinaba el islam.
Todas las villas asaltadas por el rey de Granada se habían mostrado simpatizantes de don Enrique, con sus petristas siendo vencidos y apartados por los enriqueños, por lo que el rey moro sabía que su señor don Pedro permitía su saqueo.
No obstante, aprovechando la guerra civil castellana, tenía planes más ambiciosos.
—Gran visir, preparad a los hombres. El siguiente objetivo lo haremos... por nuestra cuenta.
—Sidi, eso podría desatar la cólera del rey don Pedro. Castilla, incluso dividida, es un enemigo poderoso.
—No puede ocuparse de todo. Ya lidiaremos con el que salga victorioso, que, Alá disponga, sea nuestro rey don Pedro.
«No, no olvido que os debo el trono, rey castellano. Pero vos haríais lo mismo. Las oportunidades han de aprovecharse, eso es lo que hace un buen gobernante.»
El ejército granadino se dirigió a la serranía de Ronda. En varias razias reconquistó fortalezas perdidas hacía mucho tiempo por el reino de Granada, con lo que el sultán nazarí empujó la frontera hasta los límites de los tiempos de la infancia del rey Alfonso XI, el padre de don Pedro.
Pero, si esto pasaba en el sur de Castilla, en tierras de más al norte la Corona se desangraba a causa de otro monarca. Los dos reyes en disputa no eran capaces de evitar que los otros monarcas peninsulares se lanzasen como buitres sobre tierras castellanas.
Enero-febrero de 1369 Alcázar de Sevilla, Sevilla (petrista)
Don Pedro no podía comprenderlo, no entendía por qué, a pesar de comportarse como defensor de la integridad de la Corona, sus vasallos no caían en la cuenta de que ése, y no otro, era el objetivo que debiera guiar a todo buen castellano, fuera rey o criado.
—Mi rey, sorteando grandes peligros hemos conseguido llegar. Los del Trastámara tienen la meseta vigilada, pero aquí nos hallamos y os suplicamos socorro contra los rebeldes.
—Mis muy estimados señores alcaldes, vasallos fieles, no puedo atender a ese frente cuando tengo una parte de Andalucía en llamas.
—Entonces, majestad, permitidnos que, si hay que rendirse, lo hagamos ante Navarra y no ante esos bastardos enriqueños.
Miró el rey a aquellos valerosos vasallos, hombres que preferían estar con un rey extranjero antes que someterse a un usurpador.
Logroño, Vitoria y Salvatierra de Álava, tierras de hombres duros hechos al frío y al viento, y con un orgullo de pertenencia que se perdía en los tiempos.
Sintió admiración y respeto, pero, les dijo, Castilla era una y antes debían rendirse al bastardo usurpador que darse al rey de Navarra.
Los alcaldes volvieron a hacer el peligroso viaje de vuelta.
Pasado un tiempo, le llegaron noticias tristes de los riojanos: si bien nunca renegando de su rey don Pedro I, las tres villas negociaron con don Tello, curioso embajador enviado por el rey Carlos II el Malo junto a sus mesnadas navarras allá por mayo.
Para junio, esas posesiones se le escaparon al Trastámara, a pesar del acto de patriotismo hecho por el rey Pedro I.
Otras villas también cayeron en poder navarro, no sin antes oponer fuerte resistencia.
Castilla se desangraba por los cuatro costados.
—Está claro que el bastardo no cuenta con su hermano Tello, mi rey. Eso nos favorece, un enemigo menos.
—Un enemigo menos, sí, don López. Por ahora. La vergüenza de su huida de Nájera la ha escondido en sus cuitas por Vizcaya y en dejarse camelar por el rey navarro.
—Sí, ahora han enfriado sus relaciones, pero conocemos de sobra a don Tello, alteza. Es un bastardo de tan pocos escrúpulos como su hermano Enrique, y eso es decir muy pocos.
—¿Qué estáis queriendo decir, maestre?
—Que precisamente por eso, por su famosa veleidad, mi rey, habría que actuar ahora, antes de que el Trastámara lo perdone y vuelvan a unir fuerzas.
El maestre de Calatrava, ya repuesto en el valimiento del monarca, trataba junto al canciller del sello don Mateos de que don Pedro actuara: los defensores de Toledo avisaban de que no les quedaba mucho tiempo.
Le hacían notar que, incluso en Galicia, donde había una integridad territorial que aglutinaba a sus partidarios, ya había una fisura: Santiago, a fines de año, se había decantado por el bastardo.
Don Pedro, sin embargo, seguía con la mente puesta en sus medio hermanos.
—Sancho es distinto. No sé por qué lo perdono siempre. Quizá porque es leal y ama a sus hermanos. Otra vez anda con Enrique sin dudar un instante, sabiendo que a la próxima no me apiadaré de él.
Era el hermano que a don Pedro le hubiera gustado tener. La única explicación posible para que, después de todo, al que llamaban cruel y tirano no hubiera ejecutado a don Sancho, tan traidor a la Corona como los demás.
—No os lamentéis de vuestra benevolencia, majestad —dijo el maestre, el gesto cómplice—. No hay que tenerla con todos, sino únicamente con quienes creéis que merecen una segunda oportunidad.
—El petulante príncipe de Gales impidió que hiciera justicia con aquellos otros caballeros...
Ayala, el que llevaba el pendón de la Banda; Álvarez de Toledo, el antiguo maestre de Santiago que entregó su ciudad, ¡y todos los demás!
¡Juraron que una vez pagado el rescate no se alzarían en armas de nuevo! ¡Y todos sabíamos que juraban en falso!
Al rey le latía una vena en la frente. Se conocía lo suficiente como para saber lo que vendría luego: una insoportable jaqueca.
—Señores, sé que queréis aconsejarme que salgamos ya a Toledo con lo poco o mucho que podamos reunir. —Se llevó la mano a la cabeza, presionando sobre sus cejas—. Dejadme, he de reflexionar a solas.
Esperaba sin esperanza. Aguardaba sin mucha fe un milagro.
Cuando se enteró de que el Trastámara recibiría de Francia no sólo financiación, sino soldados, activó su diplomacia para intentar lo imposible: que el rey de Inglaterra lo ayudara con sus huestes, a pesar de la deuda incumplida con su hijo el príncipe de Gales.
Envió al deán de Segovia para que hablase con Eduardo III de Inglaterra en persona, saltándose al príncipe.
—No me ha enviado esta vez, señor canciller —se lamentaba don López—. El rey ya no se fía de mí. No lo culpo.
—Lo siento de veras, señor maestre. —Don Mateos reposó un momento su mano sobre el hombro del calatravo antes de dejarlo a solas con su pena.
En diciembre, las Compañías Blancas de Du Guesclin, el Mastín Negro, penetraron por el valle de Arán con seiscientas lanzas profesionales, arrasando por todo el camino hasta llegar a reforzar el sitio de Toledo.
Por segunda vez, el rey de Francia abonó un rescate por el mariscal de Normandía: esta vez pagó al captal de Buch y al príncipe de Gales cien mil francos de oro, y lo envió de nuevo para asentar un rey francófilo en el trono castellano.
Por su parte, el Ceremonioso sólo se atrevió a formular una ligera protesta por la vulneración de su soberanía y los destrozos que el ejército francés causó a su paso.
Francia parecía recuperada tras la tregua de Brétigny.
Su rey Carlos V, al que apodarían el Sabio, había reforzado castillos y fortalezas, puso al frente de las operaciones militares a hombres bien preparados, apartándose él mismo y no cayendo en el error de su padre, capturado en Poitiers y, sobre todo, se ganó a unos nobles gascones descontentos con los nuevos impuestos que el príncipe de Gales les imponía para recuperarse de la ruina de la campaña de Nájera, de la que aquellos señores aquitanos que también participaron, sólo sacaron pérdidas.
—El rey de Francia, en su calidad de señor, ha acogido las protestas del conde de Armañac contra los nuevos impuestos del príncipe de Gales —comentaban las nuevas don Pedro y sus hombres de confianza—.
Luego se han unido otros señores gascones.
Con ese respaldo, ¡ha convocado al príncipe ante un tribunal para decidir como árbitro entre sus vasallos!