20. Campos de Marte #6
—Y os cazarán como ratas. ¡Recordad lo que nuestros abuelos contaban de cómo se las gastan los mahometanos!
Sobre los tañidos se empezaban a escuchar los gritos de guerra de los seguidores del islam.
—¡ Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar!
Un anciano cogió un cuchillo del puesto de un carnicero.
—¡Chico, corre y que los campaneros cambien a rebato y avisen a acudir a las murallas! —Luego se volvió a la muchedumbre y alzó la mano blandiendo su arma—. ¡No nos darán cuartel! ¿A qué esperamos? ¡Córdoba, a las murallas!
—¡Córdoba a las murallas! —se escuchó el grito, repetido de esquina en esquina, hombres y mujeres armados con forcas o lo que pillaban de paso.
Aquel día las calles de Córdoba se llenaron de sangre, mezclándose la civil y la de los soldados, junto con la de los enemigos que, sorprendidos por la fiereza de la población, tuvieron que retirarse. El hueco en el muro fue tapiado aprisa y una calma inesperada se adueñó del resto del día.
—Decidle a ese alcaide que sólo aceptaré una rendición sin condiciones.
Mientras los embajadores del rey don Pedro llevaban la respuesta, el sultán de Granada oteaba las murallas. No deseaba acuerdo alguno, sino que se veía ya desfilando por las calles de la antigua capital del califato y sometiéndola sin piedad.
—La respuesta es la misma, alteza. Quieren que...
—¡Basta! ¡Decidle a ese traidor que, si no se someten ahora, dejaré que mis moros violen a todas sus mujeres y les corten pies y manos a los hombres! —gritó el rey don Pedro.
Los embajadores petristas volvieron a acercarse hasta las murallas al caer el sol y, aunque las conversaciones se hicieron en secreto, algunas miradas curiosas atisbaron algo.
Bastó eso para que la espontánea unión de los cordobeses se resquebrajase.
Aparecieron las desconfianzas y los celos.
Hubo agitación y rumores de que el alcaide enriqueño, don Alonso Fernández de Montemayor, iba a entregar la ciudad tras haber acordado con el rey don Pedro.
—Al final, no queda otra, señores.
—Pero... ¡vais a hacer lo que quiere el rey don Pedro!
—No. Lo que quiere ya lo ha conseguido: que nos dividamos.
—No me fío de vos, Montemayor. ¿Quién nos dice que esto no es parte de un acuerdo?
—Sólo lo podréis saber si os unís a nosotros, señor.
Dicho esto, el alcaide fue a la plaza donde había reunido a todo hombre que fuera capaz de portar armas.
Los miró con cara circunspecta y señaló hacia la puerta.
Estaban preparándose para salir cuando su madre, señora cordobesa de rancio abolengo, llegó a la carrera sujetándose las faldas en una imagen poco apropiada en una dueña.
—¡Alfonso! Júrame por la leche que mamaste de mis pechos que eso que cuentan no es cierto. ¡Júrame que no traicionarás nuestra sangre!
El caballero se apeó de la montura, la besó en las manos y respondió con voz queda:
—Mi señora, vamos al campo y allí se verá la verdad .
La noche anterior, los piconeros cordobeses no habían estado cortando leña, como era su trabajo, sino que se introdujeron en el campo enemigo aprovechando la oscuridad y la niebla y, con sus hocinos para desbastar la madera y preparar carbón, rajaron los jarretes de varios caballos, inhabilitándolos para la batalla.
El revuelo en el campamento petrista se escuchó a la amanecida, cuando los jinetes nazaríes se preparaban.
—Ahora es el momento. ¡Ahora! —gritó el alcaide.
La guarnición de Córdoba hizo una salida tan desesperada como inesperada.
Don Pedro se había levantado antes de la salida del sol. No dormía bien. El día se presentaba mortecino, con nubes negras. Escuchó el alboroto en el campamento moro, situado unos cientos de pasos en vanguardia.
—¿Qué es lo que ocurre, don López?
Su maestre venía acompañado de varios caballeros cristianos de su séquito.
—Han saboteado varias monturas de los granadinos, mi rey. Pero eso no es lo peor.
—¿Y qué lo es? ¡Habla!
—Los enriqueños han abierto la puerta del río y acometen la torre de la Calahorra. Mal dadas los hombres del sultán que la guardan.
El rey gritó con rabia y empezó a vestirse sin esperar a sus ayudantes de cámara mientras lanzaba órdenes para apresurarse en ayuda de sus aliados.
—¡Vamos a ayudar a los moros! ¿Es que todo lo tengo que hacer yo?
Los cordobeses lograron retomar la torre de la Calahorra, que no en vano se llamaba en árabe Qala’at al-Hurriya , ‘Castillo de la Victoria’, y se animaron, pensando que lo imposible era posible.
Para sorpresa de todos, no se atrincheraron en ella, sino que el alcaide plantó sus fuerzas en el campo adyacente.
Situó a los hombres de armas y tropas que iban protegidas por mallas con la espalda apoyada en los muros del puente.
Tras ellos, desplegó la milicia ligera con infantes y arqueros cubriéndolos desde lo alto.
—¡Córdoba a las armas! ¡Córdoba con los nuestros!
Una multitud salió coreando las proclamas. El pueblo, con mujeres y ancianos entre ellos, se sumó a sus soldados como días antes.
—Mi rey, en esa posición esos imprudentes enriqueños quedarán aprisionados entre mis jinetes y el muro del río. Se han equivocado.
—Estoy de acuerdo con vuestra valoración, sultán. Es evidente que actúan a la desesperada. Pero me preocupa que vuestra caballería está mermada en efectivos.
—¡Son suficientes para acometer el hostigamiento! Os los ablandaremos y vuestros cristianos darán el golpe de gracia.
La caballería ligera mora empezó su acoso mientras los hombres de armas cordobeses se protegían tras sus escudos, esperando, y sus milicias respondían arrojándoles todo tipo de proyectiles.
Entre la población hubo muchas bajas, pues los musulmanes cambiaron su objetivo de improviso.
La confusión de la plebe intentando resguardarse desordenó las filas enriqueñas.
Don Pedro vio llegado el momento de enviar sus tropas pesadas.
—Maestre don López, espero que me traigáis las cabezas de los traidores que dejasteis vivir.
—Os lo juro, mi rey. Ya no son mis parientes, sino meras alimañas, ingratos que también traicionaron mi sangre.
Las tropas de don Pedro avanzaron para entrar en la refriega, despacio, cubriéndose con sus escudos, cerrando la distancia sin importarles la lluvia de flechas y piedras que caía sobre ellos.
De pronto, un resplandor refulgió y se escuchó un trueno.
Los cielos de aquel mes de mayo se abrieron y una lluvia torrencial se descargó sobre el campo, embarrándolo y entorpeciendo la visión.
Los brazos de los caballeros pesaban cual yunques.
—¡Entrad en la refriega! ¡Degollad a esos cristianos! —ordenó el sultán.
Dolido en su orgullo por el asalto a su campamento, el emir granadino empujó a sus hombres a unirse a la lucha donde eran las armaduras pesadas las que mandaban.
Las embestidas de los jinetes moros fueron rechazadas y las bajas entre los asaltantes fueron tantas que se retiraron desmoralizados a sus campamentos.
Cinco días más tarde, sin que hubiera dejado de llover y tras infructuosos intentos de romper las defensas, don Pedro decidió levantar el cerco.
—¡Esto no habría pasado si hubierais hecho las justicias que os ordené, don López!
El maestre agachó la cabeza, escondiendo su vergüenza.
—¡Es culpa vuestra! ¿Cómo pensáis que podréis repararlo? ¿Qué haréis para que esto se vea compensado, maestre?
—Perdón otra vez, majestad. No cesaré mis servicios a vos, pase lo que pase. Cada día recordaré esto. Os juro que os compensaré, a vuestra alteza y a cualquiera de vuestra sangre.
Don Pedro lo miró con dureza antes de aflojar el gesto.
—No tengo duda de ello, don López. Empezad por ir a ver al sultán y decidle que siga él con la campaña. Que haga lo que tenga que hacer para que Andalucía entera se mantenga petrista.
—Su faris jefe de su guardia me ha dicho que el sultán quiere volver contra Córdoba en cuanto pueda.
—Que haga lo que quiera, pero que primero asegure Jaén.
En Córdoba todo eran festejos. La población se había unido frente a la amenaza del infiel de modo que hasta los petristas apartaron las disputas políticas y aceptaron que la ciudad ya no abandonaría su condición de enriqueña.
Al campo donde tuvo lugar la contienda, a las afueras de las murallas del otro lado del río, se lo llamó desde entonces Campo de la Verdad, y se decretó que todo aquel caído, fuera noble o villano, varón o hembra, tuviera derecho al «doble de Cepa», un repique especial de las cuatro campanas a un mismo tiempo de la mezquita-catedral y de las del resto de las iglesias, privilegio que se extendió a sus descendientes.
La Castilla partida en dos reyes
Mientras al rey Pedro I se le atragantaba la recuperación de Córdoba, al que se hacía llamar Enrique II de Castilla se le enquistaba la conquista de Toledo, asediada desde el 30 de abril.
Castilla estaba dividida en dos. Desde Asturias pasando por el valle del Duero hasta el Sistema Central era enriqueña: además de León y Dueñas, habían ido cayendo Toro, Valladolid, Peñafiel, Olmedo, Salamanca, Coca, Arévalo, Segovia y su alcázar, Ávila y Buitrago.
Al otro lado, en la meseta sur, también cayeron Madrid, Illescas, Talavera, Consuegra...
, pero Toledo, rodeada por todos lados, resistía.
Cuenca, Uclés y Villa Real también fueron tomadas por el pretendiente.
La periferia castellana se mantenía con excepciones fiel a don Pedro: Galicia, Zamora, Berlanga y la Vía de la Plata —salvo Alburquerque y Llerena—, Andalucía —excepción hecha de Córdoba y Jaén—, el reino de Murcia, Soria y los territorios riojanos de Logroño, Santa Cruz del Campezo y Salvatierra, así como desde Vitoria hasta San Sebastián y Guetaria eran por el rey legítimo.
Jaén (enriqueña)
—La verdad es que esa lucha entre el rey don Pedro y su medio hermano ha sido un regalo de Alá, alabado sea.
—Vuestro mandato, sidi, traerá la mayor gloria de Granada.
—¿Cómo van las negociaciones con los encerrados?
—Esos cristianos están dispuestos a vender caras sus vidas, mi rey.