El Fratricida 20. Campos de Marte #5
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20. Campos de Marte #5

La guerra era de desgaste, sin ninguna batalla campal y con apenas cabalgadas para desangrar los recursos enemigos.

Se iba desarrollando lentamente, pero sin pausa, con una multitud de asedios a villas y fortalezas.

En esta ocasión, la reanudación de la guerra civil era todavía más cruenta que la de hacía dos años y las actitudes de la población en pro o en contra de un candidato tenían en general más peso que las voluntades de los soldados.

Muchas conquistas del pretendiente al trono no se hacían en campañas, sino con meros desplazamientos de tropas para entrar a una urbe una vez que, desde dentro, los partidarios enriqueños maduraban la situación, como ocurrió en Villa Real y Cuenca.

Donde Zamora era petrista, se oponía la ciudad de Toro enriqueña.

Si Palencia estaba por el bastardo, Dueñas, con la Desamada doña Juana de Castro, que seguía firmando como reina, sostenía la plaza por el rey legítimo.

Por su parte, León resistía los ataques del Trastámara frente a una Valladolid que le abría las puertas sin ofrecer resistencia.

Toledo y Talavera mantenían en alto el pendón real de Castilla mientras Illescas ondeaba la bandera levantisca y proporcionaba al pretendiente una punta de lanza en el Tajo.

Don Enrique, rey usurpador en el norte

En el avance enriqueño hacia León y Asturias se interponía la villa de Dueñas con el adelantado mayor de Castilla y doña Juana de Castro la Desamada al frente.

—Me habéis hecho perder un tiempo precioso, señora.

—«Alteza.» Ése es el trato que me debéis, señor conde. O «majestad», si lo preferís.

Enrique miró divertido a la señora De Castro que, junto al adelantado de don Pedro, rendían por fin la ciudad tras un mes de asedio.

—¿Dónde está vuestro hijo, señora?

No recibió respuesta. Ella lo miraba desafiante, con el porte de una reina. Un oficial enriqueño entró en ese momento.

—Mi señor rey Enrique, no hemos encontrado a nadie más en el castillo.

Don Enrique miró al adelantado petrista, que bajó la mirada. Luego fijó sus ojos en la dueña.

—Si lo entregáis ahora, le perdonaré la vida, «alteza».

—Deberéis ir hasta territorio anglo si tal cosa queréis hacer, señor.

Su retoño estaba a salvo pues, tras acompañar a don Pedro en su viaje para pactar con el príncipe de Gales, permaneció en Bayona, la Llave de Aquitania. El rostro de la dueña parecía tallado en piedra. Enrique miró a su hermano, el conde Sancho, que le devolvió una mirada de apremio.

—Bien, León me espera. Quedaréis confinada en esta villa. Disfrutad de ser reina... de vuestros aposentos.

Don Enrique se volvió y salió de la sala sin decir nada más ni dejar que hubiera ninguna respuesta.

—¡Mal pecado, pues sí que está sabrosa la gallega! No la recordaba así, hermano —comentó Sancho.

—Esas mujeres de los Castro ¡sólo traen problemas! ¡Al cuerno con su belleza! —dijo el rey.

Sancho sabía que su hermano era un mujeriego que en no pocas ocasiones se dejaba arrastrar por el deseo, no dejaba de tener bastardos. No dijo nada y se marchó a preparar la hueste para el siguiente paso: tomar la capital de un reino.

—¡Rendid de una vez la plaza y el rey será clemente!

—¿De qué rey habláis? El único que nos rige no está ahí fuera.

Los emisarios enriqueños se replegaron desde las murallas leonesas. En el campamento se hicieron los últimos preparativos. Llevaban ya tres meses de asedio, estaban en el mes de abril, la primavera había traído sus inoportunas lluvias y se habían perdido muchos hombres abatidos en el barro.

—Tendremos que sufrir más bajas, Sancho. Son tozudos estos petristas.

—Sí, hermano. ¿Inicio el ataque?

Enrique asintió. Su hermano pequeño dirigió a su mesnada y asaltó con muchas pérdidas el convento de Santo Domingo que estaba pegado a la muralla.

—Decidle a Sancho que lo retenga, pero que no intente nada más. La villa está perdida, y sus defensores lo saben.

A lo largo del día, los atacantes colocaron una bastida en el convento y comenzaron la presión sobre los muros.

La ciudad que fuera, tras Cangas de Onís y Oviedo, orgullosa capital del reino asturleonés, base de la Corona de Castilla y León, todavía resistió un tiempo, pero, como predijo don Enrique, la brecha obligó los leoneses a rendirse.

Tras León, la incursión de los enriqueños continuó hacia el norte hasta el corazón de Hispania, a la Asturias orgullosa y tozuda que una vez más mostraba que era una dama difícil de conquistar.

—No me lo esperaba, no me lo esperaba... ¡Estas eran mis tierras!

—Son norteños, hermano. Siempre levantiscos y muy suyos.

—Habrá que ganarse otra vez su lealtad, alteza —dijo el conde de Osona.

El aragonés, hijo del ejecutado canciller aragonés don Bernat de Cabrera, era un noble sin tierras, confiscadas por la sentencia contra su padre.

A pesar de que su desgracia venía por causa del rey Pedro el Ceremonioso, servía en las filas de don Enrique con la esperanza de hacerse perdonar por el soberano aragonés.

Una paradójica decisión con la que ligó su destino a, precisamente, el usurpador castellano que testificó contra su padre ayudando a provocar su muerte.

—Tengo un cometido para vos, conde. Asegurad las villas que se han declarado por mi causa y Sancho y yo mismo nos encargaremos de enfrentar a esa «Hermandad por la causa del rey legítimo» que han formado los petristas.

Entre el conde de Osona por un lado y Enrique y Sancho por otro, los de la hermandad asturiana se vieron pronto con los pasos cortados e incomunicados.

Asturias cayó finalmente en poder de las fuerzas enriqueñas.

Sin embargo, cuando se dirigieron a Galicia, fue otra cosa: allí estaba don Fernán de Castro, un líder único y carismático que la sostuvo en la causa legítima.

—Maldito sea ese gallego. ¡Maldito sea!

—Mi rey —dijo Sancho en el consejo—, estas tierras están alejadas, mientras que los campos vallisoletanos son el corazón de Castilla.

—Vuestro hermano tiene razón, alteza —intervino el de Osona—. Volvamos a asegurar todas las comarcas en derredor de Burgos. Aunque el tirano malo esté replegado al sur del Tajo, no debemos confiarnos.

Así fue como hicieron y avanzaron hasta Medina de Rioseco, en poder petrista, y plantaron las máquinas de asedio.

El rey Enrique vio en su hermano Sancho a un gran militar y un seguro apoyo.

Cada día que pasaba, más lo apreciaba y daba gracias a Dios de que don Pedro no lo ejecutase en Nájera.

Él, respecto a su némesis, el rey tirano, tenía la ventaja de los lazos de sangre.

—¿Recuerdas cuando madre me regañaba porque Fadrique y yo te hacíamos rabiar, Sancho?

—Eran cosas de niños, Enrique, están olvidadas. Pero con esas trastadas ayudasteis a forjar mi carácter.

—¿Piensas en Fadrique a menudo?

—Sí, a todas horas. Al menos él pudo despedirse de nuestra madre.

Se miraron sin decir nada, imaginando la escena que les contaron: Fadrique abrazado a doña Leonor sin esperanza, sabiendo ambos que la hora de la desdicha los había alcanzado y nada estaba ya en su mano.

—Mis señores, ha ocurrido una desgracia —dijo un escudero que venía desde el camino de Tordehumos.

En la toma de aquella villa, para la que el rey Enrique comisionó al conde de Osona, el noble aragonés murió dirigiendo al frente de sus hombres el asalto, en tierras castellanas, muy lejos de su Aragón natal.

Don Pedro, el rey legítimo en el sur

Mientras don Enrique conseguía estas victorias y avanzaba sobre Toledo, donde se toparía con otra feroz resistencia que le pondría freno, don Pedro sitió la ciudad de Córdoba con ayuda del sultán Muhammad V de Granada, su vasallo, que le debía la recuperación de su trono.

La campaña conjunta con las fuerzas musulmanas estaba siendo especialmente cruenta, ya que los nazaríes no dejaban de ser tropas islámicas que combatían contra cristianos y pisaban, por primera vez en más de un siglo, tierras que fueron gobernadas por sus antepasados.

—El problema no es mientras marchamos al unísono, mi rey. Las barrabasadas las cometen en cuanto sus algaras van por su cuenta.

—Deberíais hablar con el sultán, majestad. No nos servirá recuperar villas y controlar las que dudan si vuestros súbditos piensan que su rey los deja al albur de los musulmanes.

El rey don Pedro miró al maestre don López y a su canciller. La mirada turbia, el ánimo oscuro. No dijo nada.

Las fuerzas del rey Pedro I reforzadas por las granadinas se presentaron ante las puertas de Córdoba. A su paso, la resistencia se había conjugado con la moderación típica de una guerra entre cristianos. Alguna conversación debió tener el monarca con su vasallo musulmán.

—Bueno, sultán Muhammad V, aquí no os pondré límites en cuanto a los defensores, aunque sí en cuanto a la población.

—Mi rey don Pedro, mis hombres luchan con ardor por vos. Pero se hará como ordenáis, y sólo desatarán la ira de Alá contra los defensores que empuñen armas.

—Comenzad por esa torre. Nosotros apoyaremos desde el otro flanco.

El sultán vio a lo lejos la torre de Calahorra del puente romano que salvaba el río Guadalquivir y era el punto principal de acceso a Córdoba. Asintió y se fue a arengar a sus tropas.

Aún estaba el sol en lo alto cuando las tropas musulmanas lanzaron varios asaltos, feroces, rompiendo la resistencia enriqueña en la torre del puente.

Tras eso lograron hacer brecha en la muralla y llegar a poner pie en el Alcázar Viejo, empujando a sus defensores. Se desató la locura entre la población.

—Los moros, los moros, ¡entran por el alcázar!

—¡Dios mío, Dios mío!

Los capitanes enriqueños ordenaron que se tocasen las campanas para avisar a la población de que se ocultara mientras lanzaban un desesperado contraataque para cerrar la brecha y expulsar a los musulmanes.

—¡Parad, mis paisanos cordobeses! ¡No huyáis! —gritó una embarazada.

—¿Es que no veis que nos masacrarán? ¡No queremos ser violadas! —gritó otra mujer que iba a su lado.

—Pero las campanas... Los señores nos urgen a ocultarnos.