El Fratricida 20. Campos de Marte #4
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20. Campos de Marte #4

Los acontecimientos se sucedían como si fueran la repetición de lo ocurrido el año previo: la ciudad riojana rechazó el ataque, Enrique decidió no perder el tiempo y se dirigió a tomar Burgos, donde la mayoría de notables volvió a negociar.

Los burgaleses le sacaron más promesas de mercedes y abrieron las puertas.

Sin embargo, el alcaide fue fiel a don Pedro y resistió en el castillo, junto con el barrio de la judería.

—De aquí no nos vamos, caballeros. Que venga el rey tirano a echarnos y salvar su castillo. ¡A ver si se atreve!

—¿Y la judería? Esos avaros se han atrincherado y siguen siendo fieles al rey.

—¡No nos puede extrañar, siendo él mismo uno de esos marranos! —dijo don Enrique.

El resto lo miraron y quedaron callados.

La última parte de la propaganda antipetrista que había impulsado el Trastámara era la de hacer circular el rumor de que Pedro I era ilegítimo, que sería el hijo que su madre, María de Portugal, habría tenido con un judío engañando al rey Alfonso.

Sus agentes iban contándolo por todos lados, a veces con versiones contrarias, pues también decían que lo era por haber nacido de una sirvienta judía y que la reina María había sido parte haciendo pasar al niño como suyo para demostrar que cumplía como reina y recuperar así a su marido, el rey Alfonso XI.

—Decidle al rabí que, si se rinden ahora mismo y pagan un cuento de maravedís, no los pasaré a cuchillo. Es mi última palabra.

La judería fue la primera en cesar la resistencia.

Pagaron otro millón de maravedís y salvaron vida y bienes.

Era notable cómo esa comunidad se había recuperado económicamente de la extorsión de hacía apenas año y medio.

Por su parte, el castillo burgalés aguantó ferozmente varios días un asedio con máquinas y minas, hasta que sus defensores confirmaron que su rey no vendría a salvarlos y entregaron la fortaleza.

—Mi señor, dentro hemos liberado al señor Castro de Aragón, vuestro cuñado, que ya pide el mando de una mesnada. Y hemos apresado a ese rei di Napoli que reclama el reino de Mallorca.

Su consejo de guerra quería ejecutar al mallorquín, que fue el jefe de la fuerza petrista que masacró a los enriqueños en su desbandada de Nájera.

Pero ese noble valía unas monedas que el bastardo no podía dejar escapar.

La mujer del prisionero era la reina de Nápoles, que pagó ochenta y cinco mil doblas de oro por su rescate.

El siguiente paso del pretendiente al trono fue enviar misivas a todos sus partidarios y a aquellos otros que creía descontentos con don Pedro, para que se alzasen de nuevo.

Los que tenía por las tierras extremeñas y andaluzas fueron los más audaces y, partiendo una expedición desde Alburquerque, fueron uniendo simpatizantes y llegaron hasta Córdoba que, como antaño, no opuso resistencia.

El impulsor de esa empresa fue un miembro de la familia Guzmán y Osorio: el joven señor de Sanlúcar, nombrado alguacil de Sevilla por Enrique cuando fue rey y huido de la capital sevillana en cuanto retornó el rey legítimo.

Y esa traición, imperdonable, acarrearía funestas consecuencias.

Final del otoño de 1367 Sevilla, reino de Sevilla, Corona de Castilla (petrista)

En la sevillana Laguna de Ferias 1 se estaba apilando leña alrededor de un poste elevado, sito a una buena altura, pues la explanada, incluso en veranos de sequía, llegaba a inundarse.

Situada dentro de los muros que levantaron los almohades, nunca se había edificado por ese problema.

Fue parte de los arrabales, pero ahora se trataba de un lugar insalubre entre la muralla y el caserío, propenso a que se apilasen inmundicias, humedad y todo tipo de insectos.

Esa misma tarde, doña Urraca Osorio, dueña de Sanlúcar y Ayamonte —esposa de un fiel sirviente del reino, uno que fue hijo del famoso Guzmán el Bueno, y madre de otro noble caballero que murió a las órdenes de don Pedro en el asalto Orihuela—, afrontaba su sentencia: muerte por conspirar y dar ayuda financiera a un traidor.

Por lo tanto, también traidora. El pueblo comentaba la escena con opiniones dispares.

—Pero ella no ha hecho nada... Es su hijo pequeño el que ha tomado Córdoba para el bastardo —decía una arrabalera.

—Y la familia siempre fue fiel al reino, hasta que el nuevo heredero de Sanlúcar se pasó al bando enriqueño —añadió su marido, al tiempo que aplastaba contra su cara un bicho de los muchos que por allí revoloteaban.

—¿Creéis que podría haberlo hecho sin los dineros y recursos de ella? —dijo un hombre con pinta de pechero, toda la cara curtida por el sol y las manos agrietadas—. Estas nobles no sólo no se manchan en los campos, es que ni siquiera lo hacen con sus cosas de palacio.

—¡Su hijo mayor murió en Orihuela frente a Aragón, luchando por Castilla y el rey don Pedro! —intervino una mujer con los ojos bañados en lágrimas.

—Y nuestro rey lloró su muerte, y lo vengó y honró. ¿O es que nadie se acuerda de eso? —dijo una mujer que llevaba un canasto lleno de pescado.

—¡Por la memoria de su primer hijo —insistió la mujer llorosa— debiera perdonar su pecado a la madre, que sólo actuó cumpliendo con su amor filial y de auxilio al segundo de su seno!

—¡Es una traidora, una enriqueña, que atenta contra el rey legítimo, contra nuestro rey don Pedro por la gracia de Dios! —dijeron varios de los que estaban alrededor.

La mujer llorosa vio que se caldeaban los ánimos y se alejó hacia primera fila abriéndose paso a codazos.

—¡Esto no es justicia, esto es venganza! —les gritó.

—Leonor, por favor, cállate. Vas a conseguir que te maten —le decía una amiga, que la siguió como pudo por entre la multitud.

Llegaron al frente justo cuando la quema iba a comenzar.

El verdugo fue acercando varias teas a la leña y la pira empezó a crepitar.

El humo era todavía escaso, pero el calor ya se notaba.

Doña Osorio comenzó a toser, sin decir una palabra.

Entonces, el aire caliente en ascenso levantó el vestido de la señora y sus partes íntimas quedaron expuestas.

El gentío comenzó a reír y mofarse. Fue el único momento en que la dama Osorio lanzó un grito de rabia y vergüenza.

La mujer que lloraba por ella no iba a consentir tamaño ultraje.

—Dávalos, ¡no! ¡Leonor, Leonor!

Se zafó del brazo de su amiga y Leonor Dávalos, que era una criada acogida desde niña en casa de doña Osorio, se abalanzó sobre ella para cubrir sus vergüenzas.

La muchacha murió abrasada entre las llamas junto a la dueña.

La chusma enmudeció. Al día siguiente, en donde estuvo la pira, alguien colocó sobre una tinaja una cruz.

Las cenizas serían retiradas y los restos de ambas mujeres se sepultaron juntos.

—Bien, señor canciller, pasemos ya a lo importante —dijo el rey a don Mateos.

«Ya era hora», pensó el consejero.

El canciller había estado hablando con los escasos hombres de confianza que quedaban cerca del rey y todos se alarmaban de que permaneciera encastillado en Sevilla mientras el maldito bastardo conseguía cada vez más adeptos y concejos para su causa.

—Hay que comenzar por asegurar Andalucía —le dijo don Pedro—. Córdoba tiene que recuperarse. Y Llerena.

—Sí, majestad. Sin olvidar que vuestros leales en la vieja Castilla necesitan ayuda. Burgos...

—¡Vos, mejor que nadie, sabéis nuestra situación económica! Era imposible socorrerlos a tiempo ni aun teniendo el dinero para levantar la hueste necesaria.

—Tenéis que contar con todos los que os quieren, mi rey.

—No me cambiéis de tema, Mateos.

—No lo hago yo, majestad. Ha llegado misiva del sultán de Granada.

—¿Y qué dice? ¿De cuántos hombres dispone? ¿Cuánto me va a costar?

—Por lo pronto, alteza, perdonar al maestre don López de Córdoba.

—¿Qué? —don Pedro dio un puñetazo en la mesa—. ¿Cómo se atreve ese reyezuelo a decirme qué he de hacer con quienes me desobedecen?

—Mi señor, mi rey..., el maestre os sirvió siempre bien. No sólo en batalla. Antes de nuestro viaje a Bayona, el terreno fue ablandado durante meses por don López en Londres, explicando vuestras justicias y contrarrestando la propaganda trastamarista.

—¡Y lo recompensé por ello! Pero su clemencia y bondad malentendida, ¿qué nos trajo? Esos nobles a los que perdonó entregaron Córdoba al hijo de la arpía que ha ardido esta tarde.

—Es cierto, majestad. Si bien..., ¿cómo creéis que luchará el maestre por vos para recuperar Córdoba? ¿Qué creéis que don López les hará a esos doblemente traidores cuando los atrape, aunque sean sus parientes?

Don Pedro respiraba agitado. Se llevó la mano a la frente, por el lugar de la cabeza donde, desde chico, solía dolerle. Pasó las yemas de los dedos entre el pelo, notando la deformidad tan conocida como aborrecida de su cráneo.

—Sea, canciller. Preparad la orden para que sea liberado y restituido en sus cargos. Os la firmaré.

Don Mateos sacó un pergamino ya redactado de un bolsillo secreto de su sayo y se lo extendió al monarca.

—Si lo hacéis ahora mismo, alteza, ganaremos tiempo.

Esa misma noche, un correo salió al galope para el reino de Jaén, al castillo de Martos de la Orden de Calatrava, muy cerca de la frontera con el reino musulmán de Granada.

Finales de 1367 y primera mitad de 1368 Reinos de León, Castilla, Toledo y Córdoba Corona de Castilla en disputa