20. Campos de Marte #3
Diego de Padilla, el otrora poderoso maestre y privado del rey don Pedro, fue expulsado de la corte y no consiguió rehabilitarse pese a que juraba que su falta de combatividad contra el bastardo Trastámara fue producto de la necesidad, pero que él nunca había dejado de ser fiel a su cuñado.
El destino le reservaba una muerte triste y agónica, pues acabaría encerrado en un aljibe, igual que él hizo con el maestre de Calatrava anterior en el cargo.
En la oscuridad pasó el resto de sus días, para morir penando entre las húmedas y sucias paredes del castillo de Alcalá de Guadaíra.
—Majestad, el siguiente es el último de los reos importantes.
El cuarto prisionero fue llevado ante el verdugo. Había visto al monarca mostrar clemencia con don Diego de Padilla y rezaba para que lo mismo ocurriera en su caso. El rey levantó la mano y, sin bajarla, se dirigió a la masa:
—Por culpa de ese hombre de ahí, no pude pagar a quien nos defendiera de los malandrines franceses, esos que arrasaban pueblos porque el bastardo no tenía suficiente con qué pagarlos.
Y ahora sucede igual con los mercenarios ingleses, porque tampoco tengo dinero para licenciarlos.
La causa del sufrimiento de Castilla tiene un nombre y ése es el de Martín Yáñez, el que fuera mi contable.
La masa abucheó con fuerza al traidor que se conchabó con Bocanegra para que la galera del tesoro fuera apresada.
El rey Pedro estuvo un rato con la mano levantada, dejando que la plebe se desahogara.
Bajó la mano. Pararon los redobles de tambores y se escuchó el ruido sordo del cuello al ser seccionado.
Mientras todo esto sucedía a orillas del río Guadalquivir, ese mismo mes de septiembre, muy lejos del estío sevillano, en las montañas pirenaicas, un convaleciente príncipe de Gales, con parte de sus hombres enfermos, más de un cuarto de la hueste muerta y con los que quedaban sanos a punto de revuelta porque no podía afrontar los pagos, cruzó la frontera y se retiró airado a Gascuña.
Los señoríos vascongados se negaron a prestarle vasallaje según las cartas recibidas de su rey y le cerraron las puertas, prestos a defenderse de un extranjero.
El esfuerzo económico hecho en Castilla por el príncipe le pasaría factura cuando Francia reanudase sus ataques.
«Al menos —se consolaba—, ese miserable bellaco de don Pedro nunca pactará con Francia, por lo que su flota permanecerá neutral. Y mi señor padre el rey Eduardo seguirá siendo dueño del Canal de la Mancha.»
Visto así, no era poco lo que sacaba de su aventura por España, y, además, había cincelado su nombre en letras de oro por otra victoria histórica que aumentó su merecida fama e inflaba su ego al reconocerse como el espejo del mejor de los caballeros en el que mirarse.
Pero estaba arruinado.
Finales de septiembre de 1367 Ribera occidental del río Ebro, reino de Castilla
Don Enrique dejó atrás la villa navarra de Azagra y cruzó el Ebro con una sensación extraña, la de saber que aquel instante a caballo sobre las caudalosas aguas del río hispano era su particular Rubicón.
Recordaba los duros meses pasados, con su familia refugiada en Zaragoza, recibiendo un trato frío que levantó tales sospechas que doña Juana y los niños se marcharon a Francia.
El rey de Aragón había roto el compromiso matrimonial de su hija con su hijo don Juan y, ante la presencia de las huestes del duque de Lancaster en la frontera, llegaron rumores de que negociaba con el príncipe de Gales un reparto de Castilla, al que iban a sumarse Portugal y Navarra.
Yo nunca os desasistí, rey don Pedro IV de Aragón. Gracias a mí, recuperasteis ciento veinte villas y castillos presa del rey don Pedro de Castilla. Si os oponéis a mi paso, estáis en vuestro derecho, pero yo también y tengo fuerza grande con la que intentarlo.
Ésa fue la carta de respuesta que don Enrique le envió al Ceremonioso ante su demanda de que no atravesase Aragón para no provocar al príncipe de Gales.
—Ya estamos, don Enrique. Las huestes del aragonés no nos persiguen con ganas.
El eterno pretendiente al trono de Castilla miró sobre sus espaldas.
Allí vio a sus fieles, las cuatrocientas lanzas con las que había atravesado por Ribagorza, merced a la ayuda de un infante de Aragón, el conde Pedro de Ribagorza, que tenía a su hijo, el marqués de Villena, preso en manos inglesas tras Nájera.
—Os lo dije, don Tovar. El Ceremonioso sólo cubre las apariencias. Se mueve mejor entre papeles y embajadas que en el campo de batalla.
Estaba seguro de que ésta sería la ocasión definitiva.
Para uno u otro resultado. Había sido un prodigio de resistencia y capacidad de recuperación que, en menos de cinco meses desde el desastre de Nájera, ya estaba retando otra vez al rey don Pedro, tras llevar a cabo una actividad frenética para levantar un ejército con el capitán Du Guesclin ya retornado, con varios nobles y caballeros franceses enrolados en la nueva expedición, y la bendición del papa.
Disponía de cien mil francos de oro gracias al rey de Francia y su hermano el duque de Anjou.
Además, el monarca le otorgó los señoríos de Theron y Sevian y el condado de Cessenon.
Enrique le vendió al rey este último por veintisiete mil francos más.
Con todo ese dinero pagó armas y soldadas.
También hizo frente a los rescates que pedían el príncipe de Gales y sus nobles por los prisioneros, incluido su querido hermano Sancho, con lo que los castellanos afines que lucharon en Nájera, una vez libres, rompieron su palabra y volvieron a alzarse contra el rey don Pedro y acudieron a su llamada.
—¿Estamos en tierras castellanas?
—Sí, mi señor —respondió don Tovar—. Esta ribera ya es riojana o soriana, según a quién preguntemos. —Guiñó un ojo.
Don Enrique llevó su montura hacia un arenal, descabalgó e hincó los hinojos en tierra. Hizo una cruz y la besó. Y dijo:
—Juro sobre la cruz que nunca más en mi vida, sea cual sea el menester en que me encuentre, saldré del reino de Castilla y antes esperaré la muerte o ventura que me esté dispuesta.
Avanzado el día, en una angostura surgió de entre la maleza un grupo de hombres.
No parecían hostiles, pues se dejaron ver a una distancia prudencial.
Los exploradores enriqueños se acercaron con precaución y, tras intercambiar unas palabras, trajeron de vuelta a una cuadrilla de individuos ya desarmados y con aspecto de vivir entre las bestias y los campos.
—¡Vive Dios! —exclamó don Enrique, que avanzó su montura de entre los caballeros que lo habían resguardado—. Eres hombre de palabra, Ruy Fernádez de Gaona. Aquí estás, vivo, como quedamos.
—Mi rey, mi casa es humilde, pero nuestro padre nos enseñó que un hombre ha de mantener lo que promete.
El escudero había escapado con vida de Nájera y, junto a un puñado de irreductibles enriqueños, algunos de ellos familiares, acosaba a los partidarios de don Pedro aprovechando que conocían la zona como la palma de sus manos.
—Nada de rey por ahora, escudero. Pero, si continúas a mi lado, lo seré de nuevo, y entonces yo obtendré lo que mi sangre da derecho y tú, mi fiel vasallo, la recompensa por la vertida en mi causa.
Ruy se arrodilló y besó el suelo delante del caballo de Enrique, que lo urgió a levantarse.
—Dicen mis hombres que esta comarca la temen los del Cruel por vuestros golpes de mano. ¿Me prometerás algo?
—¡Lo que sea, mi rey! —repitió sus mismas palabras en Nájera haciendo caso omiso a apear el tratamiento de realeza.
—Estos pasos han de quedar bien guardados, no quiero imprevistos a mi espalda. Cierra Rioja por mi causa, Ruy de Gaona —Enrique se dirigió al resto de riojanos—: ¡Cerradla, buenos castellanos!
El escudero y sus hombres vitorearon a don Enrique, que antes de partir dio unas instrucciones a un paje.
Al pronto, el joven regresaba trayendo del barbado un destrero, uno de los más caros y preciados caballos de guerra cuyo precio equivalía a las ganancias de cuatro años de un escudero.
Al verlo, Ruy hizo callar a su cuadrilla.
—Mi señor don Enrique, perdonadme, no pude salvar el destrero que me confiasteis. Era más preciado botín que yo, y los petristas me lo arrebataron. Me alegra ver que éste que tenéis es una montura aún más soberbia que la primera.
—El rocín que me diste era una montura resistente y rápida, De Gaona.
Salvó mi vida, pero las jabalinas de esos malditos se clavaron en él sin remedio.
—Enrique dio una palmada y el paje le alcanzó la barbada a Ruy que, sorprendido, tranquilizó al animal, inquieto por verse en manos desconocidas—.
Tendrás que hacer que se acostumbre a ti, escudero.
Ruy iba a decir algo, pero Enrique y sus hombres ya cabalgaban internándose aún más en tierras castellanas. Todavía escuchó al de Trastámara gritarle:
—¡Mantente vivo hasta mi vuelta, Ruy! ¡No me falles!
El 28 de septiembre recibieron a don Enrique con vítores en Calahorra, donde se proclamó rey hacía ya un año y medio.
Vinieron muchos caballeros a reunirse con él, hasta seiscientas lanzas, incluso bretones que habían luchado en Nájera.
Y también el arzobispo de Toledo, doña Juana, los niños, las doncellas y las damas.
—Mi señor, los aragoneses han apresado algunos caballeros. Parece que los han embarcado de vuelta a Cerdaña sin causarles daño.
—Y el maestre de Calatrava que está por vuestra causa, no ese López de Córdoba que sirve al rey don Pedro, ha visto confiscados todos los bienes de la Orden en Aragón.
—Los resarciré, a todos ellos, lo prometo. Ahora, señores, vayamos a Logroño, y tomemos ese nido de petristas.